PROPUESTA DE
HORA SANTA PARA LA VÍSPERA DE TODOS SANTOS
1.
Canto
de entrada: Venimos ante ti, Señor.
2.
Exposición
del Santísimo y rezo de la estación. Todos de rodillas.
3.
Introducción
general. Sobre la entrega de Jesús por nosotros.
Un solo lector guía. Pueden
estar sentados.
(De la Homilía de Melitón de Sardes,
obispo, Sobre la Pascua)
Los profetas predijeron muchas cosas
sobre el misterio pascual, que es el mismo Cristo, al cual sea la gloria por
los siglos de los siglos. Amén. Él vino del cielo a la tierra para remediar los
sufrimientos del hombre; se hizo hombre en el seno de la Virgen, y de ella nació
como hombre; cargó con los sufrimientos del hombre, mediante su cuerpo, sujeto
al dolor, y destruyó los padecimientos de la carne, y él, que era inmortal por el
Espíritu, destruyó el poder de la muerte que nos tenía bajo su dominio.
Él fue llevado como una oveja y muerto
corno un cordero; nos redimió de la seducción del mundo, como antaño de Egipto,
y de la esclavitud del demonio, como antaño del poder del Faraón; selló
nuestras almas con su Espíritu y los miembros de nuestro cuerpo con su sangre.
Él, aceptando la muerte, sumergió en la
derrota a Satanás, como Moisés al Faraón. Él castigó la iniquidad y la
injusticia, del mismo modo que Moisés castigó a Egipto con la esterilidad.
Él nos ha hecho pasar de la esclavitud a
la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, de la tiranía
al reino eterno, y ha hecho de nosotros un sacerdocio nuevo, un pueblo elegido,
eterno. Él es la Pascua de nuestra salvación.
Él es quien sufría tantas penalidades en
la persona de muchos otros: él es quien fue muerto en la persona de Abel y
atado en la persona de Isaac, él anduvo peregrino en la persona de Jacob y fue
vendido en la persona de José, él fue expósito en la persona de Moisés, degollado
en el cordero pascual, perseguido en la persona de David y vilipendiado en la persona
de los profetas.
Él se encarnó en el seno de la Virgen,
fue colgado en el madero, sepultado bajo tierra y, resucitando de entre los
muertos, subió a lo más alto de los cielos.
Éste es el cordero que permanecía mudo y
que fue inmolado; éste es el que nació de María, la blanca oveja; éste es el
que fue tomado de entre la grey y arrastrado al matadero, inmolado al atardecer
y sepultado por la noche; éste es aquel cuyos huesos no fueron quebrados sobre
el madero y que en la tumba no experimentó la corrupción; éste es el que
resucitó de entre los muertos y resucitó al hombre desde las profundidades del
sepulcro.
Se guarda silencio para
meditar brevemente lo leído.
4.
Canto.
El Señor nos ha reunido.
5.
PRIMER
MOMENTO. ACTO DE FE.
a)
Monición.
El monitor debe ser un lector
distinto. Puede ser uno solo para todas las moniciones. La lectura debe ser
pausada y muy enfática en su pronunciación, además de clara, desde luego.
«La puerta de la fe» (cf. Hch 14,
27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su
Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la
Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que
transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la
vida. Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), con el que
podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la
muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el
don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en
él (cf. Jn 17, 22). Profesar la fe en la Trinidad –Padre, Hijo
y Espíritu Santo– equivale a creer en un solo Dios que es Amor (cf. 1
Jn 4, 8): el Padre, que en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo
para nuestra salvación; Jesucristo, que en el misterio de su muerte y
resurrección redimió al mundo; el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a
través de los siglos en la espera del retorno glorioso del Señor. (Porta Fidei, 1)
b)
Lectura
bíblica sobre la fe. La Anunciación y la respuesta de la Virgen María. Lc. 1,
26-38.
Para ésta y todas las lecturas
bíblicas la postura debe ser de pie. Lector especial.
Al sexto mes fue enviado por Dios el
ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada
con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era
María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»
Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo.
El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas
a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre
Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará
el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su
reino no tendrá fin.» María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no
conozco varón?» El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el
poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será
santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha
concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que
llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios.» Dijo María: «He
aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel dejándola
se fue.
c)
Momento
de silencio para meditar la respuesta generosa de María. Respuesta llena de fe
y modelo para nosotros. Lo puse en letras negras porque
hay que leerlas y hacerlas explícitas.
d)
Canto.
Angellus (El ángel del Señor)
e)
La
fe de los santos como ejemplo para nosotros. Reflexión.
Lector guía.
Apresurémonos
hacia los hermanos que nos esperan
(De los sermones de san Bernardo, abad. Sermón2:
Opera omnia, edición cisterciense, 5)
¿De qué sirven a los santos nuestras
alabanzas, nuestra glorificación, esta misma solemnidad que celebramos? ¿De qué
les sirven los honores terrenos, si reciben del Padre celestial los honores que
les había prometido verazmente el Hijo? ¿De qué les sirven nuestros elogios?
Los santos no necesitan de nuestros honores, ni les añade nada nuestra
devoción. Es que la veneración de su memoria redunda en provecho nuestro, no
suyo. Por lo que a mí respecta, confieso que, al pensar en ellos, se enciende
en mí un fuerte deseo.
El primer deseo que promueve o aumenta
en nosotros el recuerdo de los santos es el de gozar de su compañía, tan
deseable, y de llegar a ser conciudadanos y compañeros de los espíritus
bienaventurados, de convivir con la asamblea de los patriarcas, con el grupo de
los profetas, con el senado de los apóstoles, con el ejército incontable de los
mártires, con la asociación de los confesores con el coro de las vírgenes, para
resumir, el de asociarnos y alegrarnos juntos en la comunión de todos los
santos. Nos espera la Iglesia de los primogénitos, y nosotros permanecemos indiferentes;
desean los santos nuestra compañía, y nosotros no hacemos caso; nos esperan los
justos, y nosotros no prestamos atención.
Despertémonos, por fin, hermanos;
resucitemos con Cristo, busquemos los bienes de arriba, pongamos nuestro
corazón en los bienes del cielo. Deseemos a los que nos desean, apresurémonos
hacia los que nos esperan, entremos a su presencia con el deseo de nuestra
alma. Hemos de desear no sólo la compañía, sino también la felicidad de que
gozan los santos, ambicionando ansiosamente la gloria que poseen aquellos cuya
presencia deseamos. Y esta ambición no es mala, ni incluye peligro alguno el
anhelo de compartir su gloria.
El segundo deseo que enciende en
nosotros la conmemoración de los santos es que, como a ellos, también a nosotros
se nos manifieste Cristo, que es nuestra vida, y que nos manifestemos también
nosotros con él, revestidos de gloria. Entretanto, aquel que es nuestra cabeza
se nos representa no tal como es, sino tal como se hizo por nosotros, no
coronado de gloria, sino rodeado de las espinas de nuestros pecados. Teniendo a
aquel que es nuestra cabeza coronado de espinas, nosotros, miembros suyos,
debemos avergonzarnos de nuestros refinamientos y de buscar cualquier púrpura
que sea de honor y no de irrisión. Llegará un día en que vendrá Cristo, y
entonces ya no se anunciará su muerte, para recordaros que también nosotros
estamos muertos y nuestra vida está oculta con él. Se manifestará la cabeza
gloriosa y, junto con él, brillarán glorificados sus miembros, cuando transfigurará
nuestro pobre cuerpo en un cuerpo glorioso semejante a la cabeza, que es él.
Deseemos, pues, esta gloria con un afán
seguro y total. Mas, para que nos sea permitido esperar esta gloria y aspirar a
tan gran felicidad, debemos desear también, en gran manera, la intercesión de
los santos, para que ella nos obtenga lo que supera nuestras fuerzas.
f)
Silencio
para meditar esta enseñanza de los santos.
g)
Canto.
Un solo Señor.
h)
Preces.
PRECES (De pie)
Acudamos alegres, a nuestro Dios, corona
de todos los santos, y digámosle:
R/ Por
intercesión de todos los santos, sálvanos, Señor.
Dios nuestro, fuente y origen de toda
sabiduría, que por tu Hijo Jesucristo has hecho de los apóstoles fundamento de
la Iglesia,
concédenos ser totalmente fieles a la fe que ellos enseñaron.
Tú que otorgaste a los mártires
fortaleza para dar testimonio de ti hasta derramar su sangre,
concede a todos los cristianos ser fieles testigos de tu Hijo.
Tú que concediste a las vírgenes el don
insigne de imitar a Cristo en su virginidad,
haz que sepamos ver siempre su virginidad consagrada como un signo del
reino futuro.
Tú que has manifestado en los santos tu
presencia, tu grandeza y tu perfección,
haz que los fieles, al venerarlos, se sientan unidos a ti.
(Se pueden añadir algunas intenciones
libres.)
Concede, Señor, a todos los difuntos
gozar siempre de la compañía de María, de san José y de todos los santos,
y, por su intercesión, dales parte en la alegría de tu reino.
i)
Oración.
Dios todopoderoso y eterno, que nos has otorgado celebrar en una misma fiesta
los méritos de todos los santos, concédenos, por esta multitud de intercesores,
la deseada abundancia de tu misericordia y tu perdón. Por nuestro Señor
Jesucristo.
6.
ACTO
DE ESPERANZA.
a)
Monición.
La verdadera, la gran esperanza del
hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el
Dios que nos ha amado y que nos sigue amando «hasta el extremo», «hasta el
total cumplimiento» (cf. Jn 13,1; 19,30). Quien ha sido tocado por el amor empieza
a intuir lo que sería propiamente « vida ». Empieza a intuir qué quiere decir
la palabra esperanza que hemos encontrado en el rito del Bautismo: de la fe se
espera la « vida eterna », la vida verdadera que, totalmente y sin amenazas, es
sencillamente vida en toda su plenitud. Jesús que dijo de sí mismo que había
venido para que nosotros tengamos la vida y la tengamos en plenitud, en
abundancia (cf. Jn 10,10), nos explicó también qué significa « vida »: « Ésta
es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado,
Jesucristo » (Jn 17,3). La vida en su verdadero sentido no la tiene uno
solamente para sí, ni tampoco sólo por sí mismo: es una relación. Y la vida
entera es relación con quien es la fuente de la vida. Si estamos en relación
con Aquel que no muere, que es la Vida misma y el Amor mismo, entonces estamos
en la vida. Entonces «vivimos». (Spe Salvi, 27)
Cuando ya nadie me escucha, Dios todavía
me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre
puedo hablar con Dios. Si ya no hay nadie que pueda ayudarme –cuando se trata
de una necesidad o de una expectativa que supera la capacidad humana de
esperar–, Él puede ayudarme. Si me veo relegado a la extrema soledad… esa gran
esperanza que no se apaga ni siquiera en las noches de la soledad. (Spe Salvi,
32)
b)
Canto.
Más allá del sol.
c)
Ofrecimiento
de la oración por las benditas almas del santo purgatorio.
¡Padre celestial! ¡Padre amorosísimo!
que para salvar las almas quisiste que tu Hijo unigénito, haciéndose hombre, se
sujetase a la vida más pobre y mortificada y derramase su sangre en la cruz por
nuestro amor ¿Cómo dejarías sufrir largo tiempo en el purgatorio a unas almas
que tanto costaron a Jesucristo y que son tus hijas amadísimas? ¿Cómo
permitirías que fuese malograda sangre de tan gran valor? Compadécete, pues, de
estas pobrecitas almas y líbralas de sus penas y tormentos. Compadécete también
de las nuestras y líbralas de la esclavitud del vicio. Y si tu justicia pide
satisfacción por las culpas cometidas te ofrecemos las obras buenas que hagamos
en estos días. ¡Ah!, de ningún valor, son en verdad; pero las unimos con los
méritos infinitos de tu Hijo divino, con los dolores de su Madre Santísima y
con las virtudes heroicas de cuantos han existido en la tierra. Míranos a
todos, vivos y difuntos, con ojos de compasión y haz que celebremos un día tus
misericordias en el eterno descanso de la gloria, Amén.
d)
Dies
irae… Antiguamente existía en la Liturgia de la Iglesia este himno musicalizado
por Mozart para encomendar solemnemente las almas de los fieles difuntos a la
misericordia de Dios. Hoy lo recordamos, lo meditamos y lo hacemos nuestro para
completar nuestra oración por cada uno de los difuntos de nuestras familias,
nuestra comunidad, nuestra sociedad y el mundo entero. (Pueden
estar de rodillas mientras se recita el himno a dos voces, con dos lectores,
uno lee el latín y el otro repite en español. La lectura debe ser pausada y
enfática)
Texto original en latín
Dies iræ, dies illa,
Solvet sæclum in favilla,
Teste David cum Sibylla !
Quantus tremor est futurus,
quando iudex est venturus,
cuncta stricte discussurus !
Tuba mirum spargens sonum
per sepulcra
regionum,
coget omnes
ante thronum.
Mors stupebit
et Natura,
cum resurget
creatura,
iudicanti
responsura.
Liber
scriptus proferetur,
in quo totum
continetur,
unde Mundus
iudicetur.
Iudex ergo
cum sedebit,
quidquid
latet apparebit,
nil inultum
remanebit.
Quid sum
miser tunc dicturus ?
Quem patronum rogaturus,
cum vix
iustus sit securus ?
Rex tremendæ maiestatis,
qui salvandos salvas gratis,
salva me, fons pietatis.
Recordare, Iesu pie,
quod sum causa tuæ viæ ;
ne me perdas illa die.
Quærens me,
sedisti lassus,
redemisti
crucem passus,
tantus labor
non sit cassus.
Iuste Iudex ultionis,
donum fac
remissionis
ante diem rationis.
Ingemisco, tamquam reus,
culpa rubet vultus meus,
supplicanti parce Deus.
Qui Mariam absolvisti,
et latronem
exaudisti,
mihi quoque
spem dedisti.
Preces meæ
non sunt dignæ,
sed tu bonus
fac benigne,
ne perenni
cremer igne.
Inter oves
locum præsta,
et ab hædis
me sequestra,
statuens in
parte dextra.
Confutatis
maledictis,
flammis
acribus addictis,
voca me cum
benedictis.
Oro supplex
et acclinis,
cor contritum quasi cinis,
gere curam mei finis.
Lacrimosa dies illa,
qua resurget ex favilla
iudicandus homo reus.
Huic ergo parce, Deus.
Pie Iesu Domine,
dona eis requiem. Amen.
|
Traducción
Día de la ira, aquel día
en que los siglos se reduzcan a
cenizas;
como testigos el rey David y la
Sibila.
¡Cuánto terror habrá en el futuro
cuando el juez haya de venir
a juzgar todo estrictamente!
La trompeta, esparciendo un sonido
admirable
por los sepulcros de todos los reinos
reunirá a todos ante el trono.
La muerte y la Naturaleza se
asombrarán,
cuando resucite la criatura
para que responda ante su juez.
Aparecerá el libro escrito
en que se contiene todo
y con el que se juzgará al mundo.
Así, cuando el juez se siente
lo escondido se mostrará
y no habrá nada sin castigo.
¿Qué diré yo entonces, pobre de mí?
¿A qué protector rogaré
cuando apenas el justo esté seguro?
Rey de tremenda majestad
tú que, salvas gratuitamente,
sálvame, fuente de piedad.
Acuérdate, piadoso Jesús
de que soy la causa de tu calvario;
no me pierdas en este día.
Buscándome, te sentaste agotado
me redimiste sufriendo en la cruz
no sean vanos tantos trabajos.
Justo juez de venganza
concédeme el regalo del perdón
antes del día del juicio.
Grito, como un reo;
la culpa enrojece mi rostro.
Perdona, Señor, a este suplicante.
Tú, que absolviste a Magdalena
y escuchaste la súplica del ladrón,
me diste a mí también esperanza.
Mis plegarias no son dignas,
pero tú, al ser bueno, actúa con
bondad
para que no arda en el fuego eterno.
Colócame entre tu rebaño
y sepárame de los machos cabríos
situándome a tu derecha.
Confundidos los malditos
arrojados a las llamas voraces,
hazme llamar entre los benditos.
Te lo ruego, suplicante y de
rodillas,
el corazón acongojado, casi hecho
cenizas:
hazte cargo de mi destino.
Día de lágrimas será aquel renombrado
día
en que resucitará, del polvo
para el juicio, el hombre culpable.
A ese, pues, perdónalo, oh Dios.
Señor de piedad, Jesús,
concédeles el descanso. Amén.
|
e)
Reflexión:
Muramos con Cristo, y viviremos con él.
(Del libro de san Ambrosio, obispo,
sobre la muerte de su hermano Sátiro. Libro 2,40. 41. 132. 133) Pueden sentarse.
Vemos que la muerte es una ganancia, y
la vida un sufrimiento. Por esto, dice san Pablo: Para mí la vida es Cristo, y
una ganancia el morir. Cristo, a través de la muerte corporal, se nos convierte
en espíritu de vida. Por tanto, muramos con él, y viviremos con él.
En cierto modo, debemos irnos
acostumbrando y disponiendo a morir, por este esfuerzo cotidiano, que consiste
en ir separando el alma de las concupiscencias del cuerpo, que es como irla
sacando fuera del mismo para colocarla en un lugar elevado, donde no puedan
alcanzarla ni pegarse a ella los deseos terrenales, lo cual viene a ser como
una imagen de la muerte, que nos evitará el castigo de la muerte. Porque la ley
de la carne está en oposición a la ley del espíritu e induce a ésta a la ley
del error. ¿Qué remedio hay para esto? ¿Quién me librará de este cuerpo presa
de la muerte? Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, y le doy gracias.
Tenemos un médico, sigamos sus remedios.
Nuestro remedio es la gracia de Cristo, y el cuerpo presa de la muerte es
nuestro propio cuerpo. Por lo tanto, emigremos del cuerpo, para no vivir lejos
del Señor; aunque vivimos en el cuerpo, no sigamos las tendencias del cuerpo ni
obremos en contra del orden natural, antes busquemos con preferencia los dones
de la gracia.
¿Qué más diremos? Con la muerte de uno
solo fue redimido el mundo. Cristo hubiese podido evitar la muerte, si así lo
hubiese querido; mas no la rehuyó como algo inútil, sino que la consideró como
el mejor modo de salvarnos. Y, así, su muerte es la vida de todos.
Hemos recibido el signo sacramental de
su muerte, anunciamos y proclamamos su muerte siempre que nos reunimos para
ofrecer la eucaristía; su muerte es una victoria, su muerte es sacramento, su
muerte es la máxima solemnidad anual que celebra el mundo.
¿Qué más podremos decir de su muerte, si
el ejemplo de Cristo nos demuestra que ella sola consiguió la inmortalidad y se
redimió a sí misma? Por esto, no debemos deplorar la muerte, ya que es causa de
salvación para todos; no debemos rehuirla, puesto que el Hijo de Dios no la
rehuyó ni tuvo en menos el sufrirla.
Además, la muerte no formaba parte de
nuestra naturaleza, sino que se introdujo en ella; Dios no instituyó la muerte
desde el principio, sino que nos la dio como remedio. En efecto, la vida del
hombre, condenada, por culpa del pecado, a un duro trabajo y a un sufrimiento
intolerable, comenzó a ser digna de lástima: era necesario dar fin a estos
males, de modo que la muerte resituyera lo que la vida había perdido. La
inmortalidad, en efecto, es más una carga que un bien, si no entra en juego la
gracia.
Nuestro espíritu aspira a abandonar las
sinuosidades de esta vida y los enredos del cuerpo terrenal y llegar a aquella
asamblea celestial, a la que sólo llegan los santos, para cantar a Dios aquella
alabanza que, como nos dice la Escritura, le cantan al son de la cítara:
Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente, justos y
verdaderos tus caminos, ¡oh Rey de los siglos! ¿Quién no temerá, Señor, y
glorificará tu nombre? Porque tú solo eres santo, porque vendrán todas las
naciones y se postrarán en tu acatamiento; y también para contemplar, Jesús, tu
boda mística, cuando la esposa en medio de la aclamación de todos, será
transportada de la tierra al cielo –a ti acude todo mortal–, libre ya de las
ataduras de este mundo y unida al espíritu.
Este deseo expresaba, con especial
vehemencia, el salmista, cuando decía: Una cosa pido al Señor, eso buscaré:
habitar en la casa del Señor por los días de mi vida y gozar de la dulzura del
Señor.
f)
Silencio
para meditar esta reflexión. Pueden hacer un momento de
oración de rodillas.
g)
Canto.
María ven.
h)
Oración.
Todos de pie.
Escucha, Señor, nuestras súplicas, para
que, al confesar la resurrección de Jesucristo, tu Hijo, se afiance también
nuestra esperanza de que todos tus hijos resucitarán. Por nuestro Señor
Jesucristo.
7.
ACTO
DE CARIDAD.
a)
Canto.
Todo mi ser canta hoy.
b)
El
amor nunca sobra.
Pueden escuchar sentados.
«Antes de la fiesta de la Pascua,
sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre,
habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo».
Así nos dice el evangelio de San Juan. ¿Y cuál es ese amor hasta el extremo al
que se refiere? Ni más ni menos que la mismísima entrega en sacrificio voluntario,
de una víctima inocente y pura que habría de sucumbir ante los acusadores que
lo convirtieron en la víctima propiciatoria. Y era necesaria su entrega para
luego triunfar desde la cruz y hasta la resurrección.
El amor hasta el extremo es la misma entrega.
Es el perder la propia individualidad, la propia integridad, si se quiere, para
manifestar con tremendos hechos la indubitabilidad del triunfo del mismo amor
en cualquier circunstancia.
En efecto, si hemos de amar hasta
parecer exagerados, no está demás, no sobra ese amor. Si las situaciones de la
vida nos imponen pesadas cargas como la enfermedad terminal de un familiar, un
malestar personal, la muerte de un ser querido, el miedo, el frío, la soledad,
la dificultad en lo que hagamos, debemos pensar y saber que podemos sentir el
amor de los nuestros, pero aún más, podemos nosotros mismos acudir a dar amor,
tal como reza la oración del frailecito virtuoso de Asís: “Maestro, ayúdame a
nunca buscar / el ser consolado, sino consolar / ser entendido, sino entender /
ser amado, sino yo amar”. Porque se nos habla tanto de los traumas, los
ambientes que propician familias disfuncionales, la discriminación, el rechazo
social, la polarización política, la pobreza, la justicia social que no llega,
etc., pero apenas tenemos tiempo de preguntarnos qué estamos haciendo
efectivamente nosotros. Podemos ofrecer nuestras manos para levantarlas en
reclamo y exigencias de nuestros derechos, así como nuestros gritos clamando
justicia, podemos opinar y sugerir mejores acciones del gobierno, podemos
callar y pensar para nuestros adentros: “cada quien su vida y su criterio”,
podemos sentir lástima por los que sufren y esperar que no nos pase a nosotros…
Aunque la verdad es que en todo ello falta la esencia amorosa. Esa es la solución
que el mundo nos incita a proponer.
Como sea, también podríamos detenernos
un momento, salvar lo oscuro y el encierro de nuestra intimidad personal,
mirarnos cara a cara con nosotros mismos y reconocer que también podemos
ofrecer nuestra cercanía con quienes están sufriendo a nuestro alrededor,
podemos abrazar, orar con ellos, apoyarles, reanimarles, dejar de quejarnos por
pretender ser las víctimas, pues al cabo siendo víctima el amor que el mismo
Jesús prodigó a sus amigos fue un amor activo, hasta el extremo. El amor, pues,
nunca sobra, ni aunque pueda parecer exagerado. No le cerremos las puertas.
Dejemos que se dé con nosotros a los demás, como Jesús lo hizo.
c)
Canto.
Hazme un instrumento de tu paz.
d)
Los
santos y la caridad.
En la comunión de los santos,
"ninguno de nosotros vive para sí mismo, como tampoco muere nadie para sí
mismo" (Rm 14,7). "Si sufre un miembro, todos los demás sufren con
él. Si un miembro es honrado, todos los demás toman parte en su gozo. Ahora
bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su
parte" (1 co 12, 26-27). "La caridad no busca su interés" ( 1 Co
13,5)
El menor de nuestros actos hecho con
caridad repercute en beneficio de todos, en esta solidaridad entre todos los
hombres, vivos o muertos, que se funda en la comunión de los santos. Todo
pecado daña a esta comunión.
Los santos fueron los campeones de la
fe, la esperanza y especialmente de la caridad, es decir, del amor.
El amor al prójimo enraizado en el amor
a Dios es ante todo una tarea para cada fiel, pero lo es también para toda la
comunidad eclesial, y esto en todas sus dimensiones: desde la comunidad local a
la Iglesia particular, hasta abarcar a la Iglesia universal en su totalidad.
También la Iglesia en cuanto comunidad ha de poner en práctica el amor. En
consecuencia, el amor necesita también una organización, como presupuesto para
un servicio comunitario ordenado. La Iglesia ha sido consciente de que esta
tarea ha tenido una importancia constitutiva para ella desde sus comienzos: «
Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían sus
posesiones y bienes y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno
» (Hch 2, 44-45). Lucas nos relata esto relacionándolo con una especie de
definición de la Iglesia, entre cuyos elementos constitutivos enumera la
adhesión a la « enseñanza de los Apóstoles », a la « comunión » (koinonia), a
la « fracción del pan » y a la « oración » (cf. Hch 2, 42). La « comunión »
(koinonia), mencionada inicialmente sin especificar, se concreta después en los
versículos antes citados: consiste precisamente en que los creyentes tienen
todo en común y en que, entre ellos, ya no hay diferencia entre ricos y pobres
(cf. también Hch 4, 32-37). (Deus caritas
est, 20)
e)
Canto.
Dios es amor.
f)
Preces.
De pie
Dirijámonos a nuestro Señor, que ha
querido quedarse con nosotros en su forma sacramental para pedirle que
acreciente nuestra capacidad de sentirle y dar testimonio de su encuentro.
Decimos todos: Te rogamos, óyenos.
Por los fieles cristianos, para que a
ejemplo de los santos, tengamos también la capacidad para lograr con heroísmo
la vivencia de las virtudes teologales. Oremos.
Por la Iglesia, por el Papa, los
obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, para que sepan aprender de los
santos y con su ejemplo también ellos puedan llegar a dar un testimonio de la
caridad de Dios. Oremos.
Por el pueblo de México, para que estas
fiestas de todos santos y de los fieles difuntos, no se sustituyan con
creencias o influencias extranjeras de la cultura de la muerte, sino que
aprendamos más bien a respetar, impulsar y vivir cristianamente los tiempos de
la liturgia. Oremos.
Por la Iglesia triunfante, es decir, por
los santos que ya gozan de la presencia de Dios en el cielo, para que
intercedan y pidan por nosotros, quienes aún vivimos con la esperanza del
premio eterno. Oremos.
Por la Iglesia purgante, nuestros fieles
difuntos, para que Dios les conceda la pronta purificación de sus almas, olvide
sus culpas y los acoja pronto en su morada en el Cielo. Oremos.
Por la Iglesia militante, los vivos,
quienes estamos ahora en el mundo, para que aprendamos a sentir el amor de Dios
y podamos llevarlo a los demás desde nuestras obras cotidianas, así como
alabarle, bendecirle y glorificarle siempre. Oremos.
g)
Canto.
El encuentro.
8.
CIERRE
DE LA HORA SANTA.
De pie.
a)
Padre
nuestro. Con la alegría y la certeza de tener la oración enseñada por el mismo
Cristo, digamos confiadamente Padre nuestro…
b)
Oración
final.
Señor todopoderoso, que te has hecho
presente en medio de nosotros y que no niegas tu Espíritu Santo a quienes
preparan su alma para recibirlo, nos ponemos en tus manos en esta noche y para
siempre, agradecidos por haber participado en esta hora de acercamiento a ti en
la oración. No nos abandones nunca, antes bien, danos la fuerza de tu Gracia
para vivir con plenitud la grandeza de tu amor. Por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.
c)
Bendición
del santísimo. De rodillas.
d)
Canto
de cierre. Exaltado sea Dios. De pie.
e)
Canto
de salida. Demos gracias al Señor.