lunes, 9 de diciembre de 2019

Sobre el deseo y sobre la fuerza de la pureza


Este día nos trae mucha riqueza para la meditación porque la Gracia de Dios se manifiesta en abundancia por diversas razones.

La Iglesia celebra a San Juan Diego. Además se cumple un aniversario más de la primera aparición de la Santa Virgen María de Guadalupe a este indio humilde llevado ya a los altares, así que nos encontramos en la víspera o proximidad de esa magna celebración; pero apenas tendremos tiempo de prepararlo y vivirlo con devoción, pues estamos en pleno adviento y eso nos implica una buena dosis de esfuerzo para responder a esa demanda como cristianos.

Mas la mayor relevancia se opera hoy gracias a la solemnidad de la Inmaculada Concepción, trasladada al lunes por coincidir con el segundo domingo de adviento. Importancia que es capital en la doctrina, en la vida y en la esencia de la cristiandad católica, pues en la pureza y virginidad de la Madre de Dios se manifiesta la grandeza, la gloria de Dios con toda su evidencia y su portento.

Mucho puede pensarse y decirse sobre la virginidad de María, así como sobre la virginidad en general. Y es necesario hacerlo porque, otra vez, es de los conceptos olvidados u omitidos en el uso común de la moralidad, del "mos", y su genitivo "moris", o del original griego "ethos", de la costumbre como tal, del modo de ser, de conducirse, de desplegar la acción y esperar las consecuencias de ello. Es menester también porque de ello depende el equilibrio de cierta parte del orden y la armonía en las relaciones y hasta en la realidad de las familias, amén de la integridad, amor propio y conocimiento de sí y hasta el trato consigo mismo para cada persona. Hablar de pureza y virginidad, o de impureza o lujuria trastoca todas las dimensiones de la persona desde lo más íntimo y sagrado. Por eso no es fácil. Y tampoco lo es dada la ramplonería o la chacota con la que se suelen tomar estos tópicos.

Imagen venerada en Chignahuapan, Puebla.
Diócesis de Tulancingo
Es por demás evidente que nuestro mundo se cierra por lo general a aceptar que la virginidad sea un valor que haya que cuidar. Por lo regular se considera que sólo la Iglesia Católica sigue pugnando por reconocer esa condición de la pureza, la virginidad o el pudor como algo deseable y, si algún cristiano se atreve a hablar, ya no digamos a defender públicamente la postura propia sobre estos temas, corre el riesgo con toda seguridad de ser linchado por los que le rodean y no se sienten comprometidos con estas causas o esta doctrina. De inmediato se le tilda de arcaico, de retrógrada, de "medieval", si no es que de "mocho" o mojigato. Las más de las veces ni siquiera con argumentos claros, sino con la falacia ad hominem por delante y no poca dosis de burla o de mofa. A ello contribuyen los medios de comunicación, la idea del progresismo, la moda, los pensadores e intelectuales que defienden el "nuevo orden mundial", los prejuicios, la inmadurez; pero sobre todo, la sinrazón. Dura circunstancia. Peor escenario se esperaría con este ritmo de irreligiosidad, de amoralidad y de barbarie. Nada alentador para el cristiano se atisba hacia el futuro próximo.

En el fondo del asunto del ejercicio de la propia sexualidad y, por ende, de la conservación o no de la virtud virginal, está el deseo. En ese fondo la verdadera cuestión tiene que ver con la capacidad de la persona para darse cuenta hasta dónde cede su potestad a lo que es su objeto de la voluntad para desear o rechazar.

Siempre que sentimos una necesidad, un anhelo, un apetito, etc., esperamos la satisfacción de cumplirlo o conseguirlo, empero, ¿de todo apetito, anhelo, tendencia, inclinación o deseo es menester su consumación y por ende su satisfacción sin que eso nos acarree funestas consecuencias en todos o al menos en alguno de los casos de su cumplimiento? Es decir, ¿todos los deseos son justificables para la procuración de su cumplimiento? O más aún: ¿hay deseos sanos y deseos insanos? Ya Simone Weil —y toda la tradición cristiana al menos— nos han respondido que efectivamente no es así y que hay que distinguir, hacer florecer y en contraparte dominar ciertos deseos. Tantos filósofos —y psicólogos ahora, quizás— han escrito y reflexionado sobre el asunto de las pasiones; y, siendo el deseo algo que nos pasa, que padecemos —una pasión también, pues— cabe ahondar y manifestar algunos esbozos de esas consideraciones sobre el tema en cuestión.

Todo deseo que se orienta a estas cosas llamadas “mundanas”, sea cual sea, llevado a su satisfacción y sin un referente trascendente, es un deseo insano, es una pasión que nos domina. El deseo del dinero, del poder, del placer, etc., nos puede llegar a esclavizar, a hacernos dependientes y sufrir por ese apego; nos aprisiona, nos encadena, nos oprime. Podemos pensar en pequeños deseos y considerarlos inofensivos; pero no podemos sustraernos de llevarlos al extremo del capricho al no poder verlos satisfechos en un momento dado; si los podemos controlar logramos una ecuanimidad, un equilibrio admirado ya desde antiguo por el ideal virtuoso tanto griego como cristiano. El único deseo con el cual no se corre el riesgo de esclavizarse es el deseo de Dios, según nos dice Simone Weil: «Sólo el deseo dirigido directamente hacia el bien puro, perfecto, total, absoluto, puede poner en el alma un poco más de bien del que antes había. Cuando un alma se encuentra en este estado, su progreso es proporcional a la intensidad del deseo y al tiempo». 

Una de las notas características de las comunidades primitivas cuando comenzaron a despuntar como civilizaciones ordenadas, perdurables, armoniosas y con un sentido de auto protección, fue la función prohibitiva de los deseos de sus miembros. Tal como apuntaremos con detalle más adelante, René Girard nos ofrece un excelente análisis sobre estos procedimientos. El pueblo judío de los textos veterotestamentarios nos ofrece también la prueba de que el buen funcionamiento moral de su tormentoso proceso de civilización estaba salvaguardado por la observancia de los mandamientos y los duros preceptos legales enmarcados por la prohibición de los deseos insanos. Por su parte la larga tradición de la cristiandad difundió y defendió la administración, o al menos la promoción de la necesidad de la prohibición de ciertos deseos humanos. El ejemplo más paradigmático por ser quizá el más fuerte o el más influyente para la condición humana, es el deseo sexual. Por ser significativo y paradigmático nos adentramos en el debate de su pretendido control versus el reclamo de su liberación. 

Es en ese sentido como Michel Foucault nos ofrece un ensayo interesante sobre la historia de la sexualidad, en el que afirma que «la sexualidad es cuidadosamente encerrada. Se muda. La familia conyugal la confisca. Y la absorbe por entero en la seriedad de la función reproductora.»  En el diagnóstico que hace sobre esta historia de la sexualidad, nuestro autor parece utilizar un lenguaje francamente quejoso sobre la manera como se ha dado el tratamiento a ese ámbito especial de la vida de las personas. ¿Qué es lo que pretendería Foucault al señalar tan agudamente una situación casi de ignominia contra la sexualidad humana? Nos lo revela enseguida: «haría falta nada menos que una trasgresión de las leyes, una anulación de las prohibiciones, una irrupción de la palabra, una restitución del placer a lo real y toda una nueva economía en los mecanismos del poder».  Vamos rápido distinguiendo que el reclamo de nuestro autor parece ser en contra del hecho del control. Ve en este hecho la mano perversa de toda la tradición que nos ha mandado reprimir nuestra sexualidad porque en el fondo el control de tal apetito constituye el control total sobre la sociedad. Hay manipulación y, según Foucault, haría falta arrebatar ese poder para llevar el placer a lo real. En otras palabras, así como está domeñado el placer, escondido, oculto, está secuestrado y con ello nos controlan, no existe en la realidad, es una ilusión. La situación de represión de la sexualidad tiene todavía una faz escasamente interpelada y un trasfondo más profundamente arraigado en las prácticas religiosas. «Es legítimo preguntarse por qué, durante tanto tiempo, se ha asociado sexo y pecado»,  nos agrega el autor, introduciendo en su acusación el elemento religioso en el asunto. «¿Cómo ha ocurrido ese desplazamiento que, pretendiendo liberarnos de la naturaleza pecadora del sexo, nos abruma con una gran culpa histórica que habría consistido precisamente en imaginar esa naturaleza culpable y en extraer de tal creencia efectos desastrosos?»  La médula, la entraña, el verdadero problema parece yacer en esta cuestión acerca de la identificación entre sexo y pecado. Al equipararnos estas dos ideas, nos han dado la ocasión perfecta para poder vernos en la necesidad de reprimir la sexualidad. Esto es lo que afirma, con sus palabras, Foucault.

Cuando ya quedan satisfechas las más elementales necesidades materiales para la subsistencia, el interés muda de lo material a lo psicológico en que se refiere al control de las minorías sobre las mayorías. Los mecanismos de control girarán en torno a los deseos de las mayorías. Controlar mediante prohibiciones ha sido la tónica, según Freud, de la civilización a través de la historia. «Supongamos levantadas de pronto a sus prohibiciones: el individuo podrá elegir como objeto sexual a cualquier mujer que encuentre a su gusto, podrá desembarazarse sin temor alguno de los rivales que se la disputen y, en general, de todos aquellos que se interpongan de algún modo en su camino, y podrá apropiarse los bienes ajenos sin pedir siquiera permiso a sus dueños.» 

La prohibición sexual es un mecanismo que le permite a la civilización conservar de algún modo el dominio cultural que se ejerce sobre los individuos, impidiéndoles replegarse sobre su estado de naturaleza primitiva; pero también es la punta de lanza de las representaciones religiosas.

Liberar el discurso y el deseo sexual, como propone Foucault, supondría abolir las prohibiciones que dan origen a la unanimidad que, a su vez, constituye la génesis del hecho religioso y de toda sociedad: «La sexualidad —dice Girard— forma parte de la violencia sagrada. Al igual que todas las demás prohibiciones, las prohibiciones sexuales son sacrificiales; cualquier sexualidad legítima es sacrificial. Esto quiere decir que, hablando en propiedad, no hay sexualidad legítima de la misma manera que no hay violencia legítima entre los miembros de la comunidad. Las prohibiciones del incesto y las prohibiciones que se refieren a cualquier homicidio o cualquier inmolación ritual dentro del seno de la comunidad tienen en el mismo origen y la misma función. A esto se debe que se parezcan.» 

La prohibición sexual, por su parte, no es considerada una represión externa por la tradición cristiana. El único control al que se expone es al control personal. «La castidad implica un aprendizaje del dominio de sí, que es una pedagogía de la libertad humana. La alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado».  Esta manera de ver el control personal de las pasiones y en concreto del deseo sexual, choca frontalmente con las ideas de Foucault. Tener prohibiciones es efectivamente un acto externo, porque son impuestas, pero eso nada tiene que ver en esta visión con la necesidad del auto control.

Entender el esquema sacrificial implementado incluso por la cristiandad, nos da la pauta para justificar la aparente manipulación o represión del deseo, que no es otra cosa más que un mecanismo humano, encaminado a la administración que tanto reclama Foucault y que ya existe, en torno al propio deseo, para evitar cualquier desmembramiento de la sociedad que lo practica, puesto que ceder al deseo implica llevar al estado de naturaleza primitiva a las relaciones humanas. Recordemos que una de las condiciones de diferencia para con los animales es precisamente ese control de las pasiones. El sacrificio ritual permite canjear todo sentimiento fatídico y todo ánimo violento por una especie de sublimación positiva.

Ceder al deseo y a la liberación o a la administración de la sexualidad, tal como lo propone Foucault, con el pretexto de implantar una verdadera ars erotica, podría traer consigo la implementación de los impulsos y los deseos sexuales, como carne de cañón, provocando, ahora sí, un consumo sexual que cautiva a la población bajo el auspicio y la protección legitimada del Estado Moderno. Ignorar las verdaderas razones del control de la sexualidad y abrir la puerta al libertinaje conlleva el engaño, la ilusión de la práctica sexual que más bien puede degenerar en la irresponsabilidad. No imaginamos la expresión a rajatabla de los impulsos sexuales a costa de la violencia desatada si dicha expresión ofende o socava la relación de terceros. 

Los estudios de Girard sobre la violencia mimética, sobre los mitos fundadores, el fenómeno del chivo expiatorio, los mecanismos del orden en las colectividades y hasta de la entraña antropológica del cristianismo como un proceso mayúsculo de dicha violencia mimética, rota y cumplimentada en la figura del Cordero inocente que paga por todos las culpas y suma los deseos insanos para lavarlos con el sacrificio, nos ofrecen pues esos estudios una muy reveladora razón de ser de las prohibiciones de los deseos:

"Las prohibiciones tienen una función primordial; reservan en el corazón de las comunidades humanas una zona protegida, un mínimo de no violencia absolutamente indispensable para las funciones esenciales, para la supervivencia de los niños, para su educación cultural, para todo lo que constituye la humanidad del hombre. Si existen unas prohibiciones capaces de desempeñar este papel, no hay que verlas como las buenas acciones de la Señora Naturaleza, esta providencia del humanismo satisfecho, última heredera de las teologías optimistas engendradas por la descomposición del cristianismo histórico. El mecanismo de la víctima propiciatoria debe aparecérsenos ahora como esencialmente responsable del hecho de que exista una cosa semejante como la humanidad. Sabemos, desde hace un tiempo, que en la vida animal la violencia está dotada de frenos individuales. Los animales de una misma especie jamás se enfrentan hasta la muerte; el vencedor perdona al vencido. La especie humana está desprovista de esta protección. El mecanismo biológico individual es sustituido por el mecanismo colectivo y cultural de la víctima propiciatoria. No existe sociedad sin religión porque sin religión ninguna sociedad sería posible."

En otros estudios suyos, nuestro autor señala la condición de propiedad del deseo: afirma que todo deseo no es propio, sino ajeno, sembrado, inculcado o motivado por fuentes externas. Todo deseo es mimético. El Quijote soñaba parecerse lo más posible a Amadís de Gaula. Julio César fantaseaba con parecerse a Alejandro Magno. Alejandro Magno aspiraba parecerse a Aquiles, el de los pies ligeros. La torre de Babel, la Caída en el Edén, etc., procede de un deseo mimético, ajeno, que domina y posee, que transforma y prepara la violencia mimética. 

Y en efecto, desde la tradición judeocristiana encontramos estas fuentes de la prohibición de los deseos. Los diez mandamientos, por ejemplo, contienen una serie de prescripciones contrarias a ciertos deseos como el de la venganza hasta la muerte, de fornicación, de robar, de codiciar las cosas ajenas, de desear la mujer del prójimo o también de mentir. Ha sido esta ley la fuente legal de numerosos sistemas jurídicos adaptados para cada localidad que invirtió sus esfuerzos en plasmar por escrito la observancia de un orden deseable. 

Los propios evangelios se encuentran plagados de situaciones en las que se advierte la peligrosidad de ceder ante los deseos. El ejemplo más notorio y significativo puede ser el pasaje de las tentaciones de Jesús: al deseo de pan, de manipulación del poder de Dios y de dominio del poder mundano, Cristo ofrece la resistencia.  En otro pasaje el discípulo Pedro trata de disuadir a Jesús por el sufrimiento que se acercaba, es decir, trató de sembrarle el deseo de la supresión del dolor; y la respuesta del Cristo fue fulminante a la vez que extraña, pues une la figura de ese deseo con la figura del mismo Satanás: «¡Quítate de mi vista, Satanás!, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres.»  

Y acaso la búsqueda de la areté griega, el perfeccionamiento de las virtudes y la sucesiva postura de los estoicos sobre el control de las pasiones sea todo ello un antecedente de lo que después la tradición cristiana preservó sobre la administración de los deseos. La muy larga lista en el catálogo de santos católicos en veinte siglos nos confirman el testimonio de quienes lograron no sólo controlar, sino vencer las pasiones humanas, mismas que implican cualquier tipo de deseos. La moderación del deseo fue la tónica del estilo de vida que pretendían alcanzar un sinnúmero de personas entregadas a la vida monástica o religiosa. En ese sentido, desde la filosofía y la teología mística nos llega el Maestro Eckhart para recordarnos que el desasimiento del sí mismo, el no desear otra cosa más que a Dios, permite el sometimiento de la voluntad humana para alcanzar la verdadera libertad en el desapego de toda pasión provocada por el deseo: «Has de saber que en esta vida nunca hombre alguno se ha desasido de sí mismo sin haber descubierto que debe desasirse más aún. Son pocas las personas que reparan bien en este hecho y perseveran en tal actitud. Se trata de un trueque equivalente y un negocio justo: hasta donde sales de todas las cosas, hasta ahí, ni más ni menos, entra Dios con todo lo suyo, siempre y cuando en todas las cosas abandones completamente lo tuyo. Comienza tú a hacerlo y permite que te cueste todo cuanto eres capaz de rendir. Ahí y en ninguna otra parte encontrarás la verdadera paz.»  Es preciso, pues, para este pensador místico medieval, llevar hasta el extremo el mandato evangélico del negarse a sí mismo, negando y domeñando los deseos con ello.

Simone Weil vuelve a nuestra ilación analítica del deseo para recordarnos lo que se puede desear: «Sólo puedo desear el bien. Pero mientras que los demás deseos son unas veces eficaces y otras no según el azar de las circunstancias, este deseo es siempre eficaz. Porque el deseo del oro no es el oro, mientras que el deseo del bien es un bien.»  Nuestra autora se refiere al bien, pero ella misma acepta que en el fondo siempre está Dios. Más aún: que toda tendencia de deseo de las personas no es más que la sed de amor a Dios, pero con la diferencia de estar orientadas hacia donde no está Dios o hacia donde sí está.

La fuerza de la pureza consiste, como lo sugiere Miguel de Unamuno en La agonía del cristianismo, en mantener y desplegar una especie de virilidad de la fe, es decir, no tener como objeto del desgaste sexual nada meramente mundano, sino los bienes trascendentes que nos llaman a poner toda nuestra fuerza para acometer las más duras tareas con virilidad, la de la fe. Los "hijos" permitidos al consagrado o al comprometido hasta el tuétano con la causa de la fe, son los hijos espirituales, de ahí la paternidad o la maternidad espiritual que tanto admiramos en los consagrados.

Por otro lado las tareas más encomiables suelen ser desarrolladas por aquellas personas que, no teniendo compromiso siquiera de relación con nadie, se concentran ciento por ciento en esas tareas. Suena tal vez ridículo, pero yo he podido verificar que en las ocasiones en que los jóvenes, varones o mujeres, no tienen ni siquiera en la mente en qué ocupar sus fuerzas en cuanto a relaciones personales un tanto íntimas, suelen tener una fuerza desmedida y un talento plasmado de manera excepcional en aquellas actividades en las que ponen su empeño; en cambio, he notado que siempre que hay una relación aunque sea de noviazgo, suelen dejar para la atención de la pareja mucha fuerza que ya no le imprimen a dichas tareas a las que pudieran dedicarse con más ahínco.

La pureza abarca también el pudor y la castidad. Cuando se trastoca el pudor, se queda la persona en una situación de vulnerabilidad de su intimidad. Si eso de pierde, se pierde también la conciencia de la salvaguarda de la propia dignidad. La castidad es requisito indispensable de la pureza de las intenciones allende los dominios de la lujuria, incluso dentro del matrimonio. Por ello el modelo de pureza siempre será por antonomasia la Inmaculada Concepción de María.

En fin, que por algo los más grandes santos nos han dejado ejemplo de pureza, no sólo desde el punto de vista de la sexualidad, sino del corazón, que es donde principalmente se encuentra el mérito de la santidad y es donde nuestra Madre la excelsa Virgen María pudo tener primero su pureza para la eternidad, porque si Cristo pudo ser el ser más puro y sin mancha, no debió serlo menos el vientre que lo llevó.

Oración.

Virgen pura, en ti la vida, 
fue sembrada por ventura, 
porque en ti, siendo tan pura, 
fuiste excelsa y elegida. 
Y es tu gracia vida henchida 
que nos dio la vida eterna, 
porque, siendo tu tan tierna, 
en tu vientre todo brilla, 
dejándonos maravilla 
de la gloria sempiterna. Amén.

JHC

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