sábado, 30 de noviembre de 2019

Primer Domingo de Adviento. Ciclo A.


Comentario personal a la liturgia del día.

Primera lectura: Isaías 2, 1-5.
Salmo 121, 1-9.
Segunda lectura: Romanos 13, 11-14.
Evangelio de San Mateo, 24, 37-44.



Comienza un nuevo ciclo litúrgico. El año nuevo de la Iglesia es hoy. Otra oportunidad para renovarse por dentro, para retomar el impulso del corazón en la búsqueda de lo divino.

El tiempo litúrgico del Adviento nos invita a prepararnos. Es uno de los dos tiempos para alistarnos por algo que viene. El otro es la Cuaresma. En el tiempo del Adviento se vive un aire muy tierno porque lo que se avecina es la Navidad. Ya nos enseña el Magisterio de la Iglesia que en los dos primeros domingos de este tiempo de Adviento las lecturas son más bien apocalípticas, es decir, evocan la venida definitiva de Cristo, o, como se dice, la Parusía, el triunfo final del Cordero de Dios para la eternidad.

No sabemos el día ni la hora, dice Jesús en el Evangelio de San Mateo. Nadie lo sabe. Por ello los constantes anuncios de sectas y del pensamiento oficial en el mundo sobre el fin inminente, no tiene cabida ni sentido frente a las palabras de Jesús. Nosotros no debemos tener otro Señor más que Jesús. Apenas le reconocimos como Rey Universal, así que conviene verlo como el que ostenta el señorío para la eternidad. Si lo tenemos claro, entonces debemos prepararnos para recibirlo. Ese es el sentido de la preparación en el primer momento del Adviento.

El color morado de la liturgia es propio de la llamada a la penitencia y a la conversión. Los buenos propósitos de este año nuevo para la Iglesia habrán de considerar esta preparación del corazón. Nuestra tarea para recibir a Cristo es la de limpiarnos por dentro, en nuestro espíritu, para que su llegada no nos encuentre desprevenidos. Por eso San Pablo nos invita, como se los escribió a los romanos, a desvestirnos de las obras de las tinieblas y a vestirnos con las obras de la luz, pues el día está cerca, dice, el día que no conoce el ocaso, el de a venida definitiva de Cristo con toda su gloria y su esplendor.

Debemos aspirar a lo alto, a lo más alto, a donde no reinan las tinieblas ni el frío, a donde está el monte santo de Dios, como lo dice el Salmo 121 y como lo remarca el profeta Isaías en la lectura. Nuestra vocación en el mundo no estará anclada a las cosas del propio mundo. No vale la pena desgastarnos por o que es perecedero, por lo efímero, por lo banal, por lo bajo, sino por lo alto, por lo eterno, por lo que no pasará, sino que permanecerá, en suma, por el valor de lo divino.

Las obras de la noche y de las tinieblas son las que nos alejan de Dios. Son los errores que por opción, por omisión o por debilidad nos arrastran al mal. Son los pecados. De esos hay que despojarnos en esta nueva oportunidad de comenzar para revestirnos de las obras de la luz, como lo son, por ejemplo, las obras de misericordia. Ojalá podamos considerar estas últimas e incorporarlas en nuestra cotidiana práctica, en nuestra ascésis cristiana en un calendario propio durante este caminar hacia la Navidad.

No perdamos tiempo. Trabajemos por alcanzar la Gracia de Dios. A esa preparación alude el Adviento, el año nuevo de la Iglesia y toda la liturgia de estos días hasta que podamos sentirnos alegres y llenos de Dios con su venida, incluso con el  recuerdo vivo de su Natividad.

Por ser día primero de mes nos conviene recordar y encomendarnos a la acción de la Divina Providencia de Dios y ponernos en las manos del que es Trino y Uno. Trataremos de dirigir nuestra oración el día uno, el diez y el veinte del mes a las tres personas de la Santísima Trinidad, del uno al nueve, en especial a Dios Padre, del once al diecinueve a Dios Hijo y del veintiuno al veintinueve a Dios Espíritu Santo. El treinta y el treinta y uno serán especiales y pueden evocarnos el servicio de María la siempre Madre de Dios o el cierre del año para esta ocasión.

Oración a la Santísima Trinidad:

Oh, Padre eterno, Primer Principio,
si tú eres poderosísimo,
origen y arte eficiente
de todo cuanto hay en el Universo,
permítenos encontrarte
por los vestigios de tu huella,
por las sombras de tu luz,
para amar lo que contemplamos.

Oh, Hijo amado del Padre,
ya que en ti está
la máxima sabiduría
y ya que eres tú la Luz,
el arte ejemplante,
el único imitable,
permítenos amar
y concebir los simulacros de ti
por las obras,
déjanos ser las resonancias
del Verbo que fue dicho
en la eternidad.

Oh, Espíritu Santo,
el Óptimo,
el perfeccionador,
la fuerza divina,
la plenitud eterna,
el arte ordenante del mundo,
déjanos sentir en las cosas
el espectáculo sempiterno,
el deleite del alma
en el regocijo de Dios,
como quien ve
esas pinceladas
de excelsitud y belleza.

¡Amén!
¡Amén!
¡Amén!


JHC