@jhcastelano
Cuando en el año 2016 nos visitó por única ocasión hasta ahora el Papa Francisco muchos cuestionaron con quien o quiénes se reunía. “¿Por qué no se reúne con las víctimas de los curas pederastas?”, decían, “¿por qué no con los familiares de los 43?”, decían otros (o los mismos). Por entonces escribí sobre el asunto y luego agregué otras consideraciones sobre el eco de sus palabras, sobre la misión y hasta sobre sus gestos más significativos, uno de ellos el que tuvo con los presos de Chihuahua. Ahora me preguntaría si tenemos en la memoria sus mensajes, si permanecen vigentes o, peor aún, si hemos hecho algo de lo que nos dejó encargado el vicario de Cristo en la tierra.
Lo mismo podría inquirir de las visitas de los anteriores: tanto las de Benedicto XVI, como las de Juan Pablo II; pero tal vez ya sería mucho pedir. Solemos ocuparnos sobremanera de tantos asuntos, que poco podríamos seguir con la mente en aquellos mensajes. Se justificaría, si no fuera porque hay otros mensajes, más cercanos en el tiempo y que sí tienen impacto en nuestras vidas. Hay otros antiquísimos que se resisten a morir de la memoria del hombre. Afortunadamente uno de esos mensajes es el Evangelio, de tal modo que podemos recrear y volver sobre él para adaptarlo a nuestras circunstancias actuales para decirle algo al mundo de hoy.
Hoy, con el Evangelio de ocasión, voy a meterme en terreno minado. Ni hablar: ¿qué pasaría si Jesús viniera hoy y de pronto lo viésemos departir con algún sicario, con un matón o por lo menos con alguno de esos que van y cobran plaza para el tráfico y consumo de la droga? Pues qué creen, ¡ya vino y compartió con la peor escoria de su sociedad! Es lo que nos enseña el Evangelio de hoy en Lucas 5, 27 – 32. ¿Lo reconocemos? Es la llamada vocación de Leví, el publicano. Mateo, para la posteridad. Un publicano no es necesariamente el equivalente al recaudador de impuestos de nuestros días, pues estando los judíos bajo el yugo de los romanos, era más que un traidor el judío que pasara a cobrar para darle el dinero a los romanos. Justo como el que cobra plaza en nuestros días: para llevar el dinero a los matarifes, a los narcos. Así de odiado era el publicano. Así de despreciable era aquel al que Jesús llamó y con el que comía y se escandalizaban los fariseos, tan respetuosos de la ley.
Ahora viene lo interesante: el llamado de Leví no era para permanecer en un estado de putrefacción, sino para sanarse y para salvarse. La respuesta de Jesús es por demás contundente y clarificadora: “no son los sanos, sino los enfermos los que necesitan al médico”. La sanación es para el que está enfermo, la salvación es para el que está perdido.
Siendo esa la coyuntura, vuelvo sobre los cuestionamientos: ¿cómo acercamos a Dios a los que están en situaciones tan grotescas y en apariencia perdidas, como los adictos, los sicarios, los narcos, los que envenenan, lo que corrompen, los que violan, los que secuestran, los que siembran el mal y el terror? ¿Cómo hablamos de Dios, de tal manera que a través de nuestra misión Él llame a esos descarriados? La primera respuesta no se hace esperar: “¿y quién dice que nosotros no estamos necesitados de esa sanación también?”, o: “¿quién de nosotros está libre de pecado para que arroje…?” Y ciertamente ese no es el sentido de la cuestión, sino éste: ¿cómo vamos en nuestro llamado, en nuestra misión diaria? ¿Cómo favorecemos la acción de Dios, incluso en esos ámbitos de mayor dificultad intrínseca para el florecimiento de la Palabra y el establecimiento del Reino?
El primer paso tal vez sea el de aceptar que necesitamos la sanación y que debemos curarnos. El segundo será anunciar que somos sanos y que somos salvos. Cualquiera de las dos opciones requiere una buena dosis de oración, de examen de conciencia, de voluntad y de fuerza para emprender el cambio, la conversión y el camino, acogiendo, orando y convirtiendo al impensable, cualquiera que sea su nombre, pues puede ser el vecino, el hermano, el que ha caído en el vicio, en la perdición, en el pecado.
Dios tenga misericordia de nosotros y nos guíe. Esta es la oportunidad.
JHC
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