sábado, 29 de febrero de 2020

El nombre que tenga el sicario

@jhcastelano


Cuando en el año 2016 nos visitó por única ocasión hasta ahora el Papa Francisco muchos cuestionaron con quien o quiénes se reunía. “¿Por qué no se reúne con las víctimas de los curas pederastas?”, decían, “¿por qué no con los familiares de los 43?”, decían otros (o los mismos). Por entonces escribí sobre el asunto y luego agregué otras consideraciones sobre el eco de sus palabras, sobre la misión y hasta sobre sus gestos más significativos, uno de ellos el que tuvo con los presos de Chihuahua. Ahora me preguntaría si tenemos en la memoria sus mensajes, si permanecen vigentes o, peor aún, si hemos hecho algo de lo que nos dejó encargado el vicario de Cristo en la tierra.

Lo mismo podría inquirir de las visitas de los anteriores: tanto las de Benedicto XVI, como las de Juan Pablo II; pero tal vez ya sería mucho pedir. Solemos ocuparnos sobremanera de tantos asuntos, que poco podríamos seguir con la mente en aquellos mensajes. Se justificaría, si no fuera porque hay otros mensajes, más cercanos en el tiempo y que sí tienen impacto en nuestras vidas. Hay otros antiquísimos que se resisten a morir de la memoria del hombre. Afortunadamente uno de esos mensajes es el Evangelio, de tal modo que podemos recrear y volver sobre él para adaptarlo a nuestras circunstancias actuales para decirle algo al mundo de hoy.

Hoy, con el Evangelio de ocasión, voy a meterme en terreno minado. Ni hablar: ¿qué pasaría si Jesús viniera hoy y de pronto lo viésemos departir con algún sicario, con un matón o por lo menos con alguno de esos que van y cobran plaza para el tráfico y consumo de la droga? Pues qué creen, ¡ya vino y compartió con la peor escoria de su sociedad! Es lo que nos enseña el Evangelio de hoy en Lucas 5, 27 – 32. ¿Lo reconocemos? Es la llamada vocación de Leví, el publicano. Mateo, para la posteridad. Un publicano no es necesariamente el equivalente al recaudador de impuestos de nuestros días, pues estando los judíos bajo el yugo de los romanos, era más que un traidor el judío que pasara a cobrar para darle el dinero a los romanos. Justo como el que cobra plaza en nuestros días: para llevar el dinero a los matarifes, a los narcos. Así de odiado era el publicano. Así de despreciable era aquel al que Jesús llamó y con el que comía y se escandalizaban los fariseos, tan respetuosos de la ley.

Ahora viene lo interesante: el llamado de Leví no era para permanecer en un estado de putrefacción, sino para sanarse y para salvarse. La respuesta de Jesús es por demás contundente y clarificadora: “no son los sanos, sino los enfermos los que necesitan al médico”. La sanación es para el que está enfermo, la salvación es para el que está perdido.

Siendo esa la coyuntura, vuelvo sobre los cuestionamientos: ¿cómo acercamos a Dios a los que están en situaciones tan grotescas y en apariencia perdidas, como los adictos, los sicarios, los narcos, los que envenenan, lo que corrompen, los que violan, los que secuestran, los que siembran el mal y el terror? ¿Cómo hablamos de Dios, de tal manera que a través de nuestra misión Él llame a esos descarriados? La primera respuesta no se hace esperar: “¿y quién dice que nosotros no estamos necesitados de esa sanación también?”, o: “¿quién de nosotros está libre de pecado para que arroje…?” Y ciertamente ese no es el sentido de la cuestión, sino éste: ¿cómo vamos en nuestro llamado, en nuestra misión diaria? ¿Cómo favorecemos la acción de Dios, incluso en esos ámbitos de mayor dificultad intrínseca para el florecimiento de la Palabra y el establecimiento del Reino?

El primer paso tal vez sea el de aceptar que necesitamos la sanación y que debemos curarnos. El segundo será anunciar que somos sanos y que somos salvos. Cualquiera de las dos opciones requiere una buena dosis de oración, de examen de conciencia, de voluntad y de fuerza para emprender el cambio, la conversión y el camino, acogiendo, orando y convirtiendo al impensable, cualquiera que sea su nombre, pues puede ser el vecino, el hermano, el que ha caído en el vicio, en la perdición, en el pecado.

Dios tenga misericordia de nosotros y nos guíe. Esta es la oportunidad.

JHC

En audio, opción 1:

Opción 2:




viernes, 28 de febrero de 2020

Sobre el ayuno


@jhcastelano

Mucho se discute en nuestros días acerca de la posible inutilidad —o, mejor dicho, la impertinencia— del ayuno corporal. Sucede con su descrédito lo mismo que con otras tantas tradiciones cuyo significado y sentido resplandecía en el pasado; pero hoy ya no tiene fuerza alguna ni representatividad. Y puede ocurrir desdén hacia esas cosas anacrónicas, arcaicas o vetustas. Un concepto desprovisto de su primigenia intención y de su más honda implicación suele ser denostado, rechazado o poco valorado.

El ayuno forma parte de las tres acciones marcadas para una experiencia profunda de disciplina ascética para llegar al culmen de la Pascua durante la Cuaresma. Las otras son, como ya se sabe, la limosna y la oración. Van unidas, porque no hay un ayuno fructífero sin una buena oración y sin una proyección por la vía de la caridad mediante la limosna.

Siempre que en el mensaje cristiano de la revelación aparecen tres conceptos interrelacionados, consecuentes o entrelazados, no podemos dejar de pensar en la técnica enunciada por San Agustín y continuada por santos de la altura de San Buenaventura o Santa Catalina de Siena, a saber, la visión trinitaria para su correcta hermenéutica. Eso aplica para estos tres conceptos. Podríamos decir, emulando la regla Audi, Ora et Labora, de San Benito: Ieiunii, Ora et Da (ayuna, ora y da);  de donde se sigue que el ayunar está en consonancia con la persona de Dios Padre, a Él aspira a tener experiencia en lo más profundo del alma, por medio del dominio de la voluntad, de los sentidos y de las pasiones, tal como el mismo Cristo experimentó cuando padeció las tentaciones en su retiro en el desierto. La oración evocaría la presencia de Jesús y la limosna la expresión caritativa del Espíritu Santo.

Ayunar, sería, pues, el equivalente a preparar nuestra alma para el encuentro con Dios. Prepararla por medio del dominio de las pasiones. El ayuno sería la acción corporal concreta por la cual pasamos de un plano físico de sacrificio y hasta de mortificación para cerrar la posibilidad de cierto deleite de los sentidos que nos puedan distraer de la posibilidad de sentir a Dios. No es, pues, una mera acción de abstenerse para rememorar o evocar la precariedad de los que carecen de lo elemental. No es que debamos ser indolentes, es que el proceso comienza con la preparación personal, luego la invocación de la ayuda de lo divino y luego la acción. Es un proceso.

La riqueza litúrgica de la Iglesia en el ámbito bizantino cuidaba por demás los elementos que podrían conducir al espíritu por los senderos de la experiencia meditativa. Muchos elementos de los templos y de las propias celebraciones favorecían y favorecen este tipo de prácticas. Lo reconocen los liturgos cuando tratan de fomentar la disposición del alma para vivir las celebraciones lo más puro posible en cuanto a los ritos. Y lo reconocen los pensadores que, entre el anhelo estético y la inspiración de la búsqueda del misterio nos han hecho notar ese tipo de detalles. Es el caso de José Vasconcelos, por ejemplo, cuando encuentra que «la Iglesia de Bizancio depuró la liturgia. Introdujeron los cantos y el incienso que prolongan el éxtasis. Inventaron las tiernas y bellísimas letanías. La fuerza de ruego contenida en el ora pro nobis y los raptos de esperanza de los Kyries, la melodía varia del cantante y el coro insistente de los fieles producen un efecto elevado y conmovedor, como de contacto con lo divino» (El monismo estético, p. 91, ed Trillas, 2009). El ayuno viene a ser también un instrumento para acondicionar el alma para ese contacto con Dios, pues.

La Iglesia no cesa de empeñarse en señalarnos las bondades o las ventajas de esta práctica, matizando en cada caso o en cada tiempo su aplicación. En el 2009, por ejemplo, en el mensaje para la Cuaresma de ese año, el entonces Papa Benedicto XVI lo ponía en el centro de la preparación para la Pascua:

Podemos preguntarnos qué valor y qué sentido tiene para nosotros, los cristianos, privarnos de algo que en sí mismo sería bueno y útil para nuestro sustento. Las Sagradas Escrituras y toda la tradición cristiana enseñan que el ayuno es una gran ayuda para evitar el pecado y todo lo que induce a él. Por esto, en la historia de la salvación encontramos en más de una ocasión la invitación a ayunar. Ya en las primeras páginas de la Sagrada Escritura el Señor impone al hombre que se abstenga de consumir el fruto prohibido: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio” (Gn 2, 16-17). Comentando la orden divina, San Basilio observa que “el ayuno ya existía en el paraíso”, y “la primera orden en este sentido fue dada a Adán”. Por lo tanto, concluye: “El ‘no debes comer’ es, pues, la ley del ayuno y de la abstinencia” (cfr. Sermo de jejunio: PG 31, 163, 98). Puesto que el pecado y sus consecuencias nos oprimen a todos, el ayuno se nos ofrece como un medio para recuperar la amistad con el Señor. Es lo que hizo Esdras antes de su viaje de vuelta desde el exilio a la Tierra Prometida, invitando al pueblo reunido a ayunar “para humillarnos —dijo— delante de nuestro Dios” (8,21). El Todopoderoso escuchó su oración y aseguró su favor y su protección. Lo mismo hicieron los habitantes de Nínive que, sensibles al llamamiento de Jonás a que se arrepintieran, proclamaron, como testimonio de su sinceridad, un ayuno diciendo: “A ver si Dios se arrepiente y se compadece, se aplaca el ardor de su ira y no perecemos” (3,9). También en esa ocasión Dios vio sus obras y les perdonó.

El ayuno es, pues, una oportunidad preciosa para reconciliarnos con Dios. Es una señal de humildad de nuestra parte para postrarnos ante el Rey de Reyes. Nos prepara internamente porque nos hace recordar la precariedad de nuestra vida. Cuando no se puede ver más que como una prohibición, resulta una carga y un sinsentido. Ojalá podamos dotarlo de significado y podamos practicarlo con la idea de acondicionar nuestro interior para la oración y para la caridad.

JHC


En audio. Opción 1

Opción 2



jueves, 27 de febrero de 2020

El dilema

@jhcastelano

Gustar de Dios implica desafiar frontalmente a la gran mentira de nuestro tiempo y, quijotescamente, pelear a contracorriente contra el Gran Animal. Gustar de Dios es saberse en medio del laberinto, a sabiendas de que en cualquier recodo, penumbra,  rastro de putrefacción o hediondez; o que en cualquier filo de los muros saltará la fiera, cuya cabeza es terrible a la vista y cuya hambre se sacia con la sangre y la carne de las víctimas, y, sin embargo, salir avante y triunfante, como lo fue Daniel en el foso de los leones, o como lo fueron Ananías, Azarías y Misael en el horno ardiente y bailando de júbilo con el Ángel.

Gustar de Dios es desafiar la lógica humana. Es un sinsentido para los estándares de vida de nuestro tiempo, porque es más fácil entregarse a los vericuetos, a los intríngulis del devenir de la vida en el mundo; porque es mejor acomodarse, reconfortarse, conformarse, ver pasar la vida sin sentirse interpelado en lo más mínimo, hacer lo menos, conseguir lo más; en suma, aspirar a una moral comodina, mezcla de la ramplonería y la aspiración de la armonía sin emplear fuerzas que nos acaben; mezcla también del individualismo exacerbado, del relativismo que nos vacuna contra los embates de la no menos peligrosa —así se asume— religiosidad innecesaria y, ¿por qué no?, hasta de una suerte de nihilismo para no molestarnos con el pensamiento de la trascendencia o de la aspiración a lo alto.

No han faltado las visiones o corrientes de pensamiento que acusan al cristianismo de asumir, muy al estilo platónico, la idea del dualismo, la dicotomía entre el bien y el mal. Tal acusación, para que fuese del todo completa, podría aludir al pitagorismo y, quizás, para ir más lejos, a los antiguos egipcios, amén de los judíos veterotestamentarios, que es de donde la liturgia de este día, más concretamente con el Deuteronomio (30, 15-20), retoma los preceptos mosaicos de la contraposición, de los dos caminos, tanto el del bien, como el del mal.

La voz de la conciencia no se inauguró con el “daimon” de Sócrates, sino con este emblemático pasaje para toda la tradición judeocristiana: «hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Pues yo te mando hoy amar al Señor, tu Dios, seguir sus caminos, observar sus preceptos, mandatos y decretos, y así vivirás y crecerás y el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde vas a entrar para poseerla». La vida y el bien son sinónimos de la cercanía con Dios. Lo contrario, la muerte y el mal, serán, desde entonces, señales de la lejanía respecto de Dios. Por eso es dichoso el que cumple la voluntad del Altísimo y que pone su confianza en Él, como reza el salmo 1.

Desde el punto de vista filosófico es Rémi Brague, quien ha explorado con suma erudición el recorrido que va desde antiguo hasta la entrada de la modernidad la relación que se le otorgó por parte del género humano a la ley y su homologación con los preceptos divinos en su obra coyuntural “La ley de Dios”. Allí nos explica que la primicia de la revelación cristiana marca el culmen de esta relación del hombre con la ley y con Dios. «La ley del Señor es perfecta», dice otro salmo. Los profetas y los hombres justos sabían ya desde la antigua tradición hebraica que no hay otro camino para la vida plena y para llegar a Dios, que el cumplimiento de sus mandatos.

No siempre ha sido favorable en la práctica, sin embargo, el cumplimiento de la ley de Dios; máxime si, como nos dicen los predicadores de la talla de un Fray Nelson Medina O.P., desde antiguo la serpiente ha sembrado la idea de que no se puede ser obediente a Dios y ser feliz al mismo tiempo. Y en nuestros días esa idea ha causado estragos en la conciencia y en la práctica de toda ética, pues se prefiere una vana y pasajera felicidad, incluso a costa de la eternidad, por no buscar hacer compatible el orden y la armonía que los mandatos de Dios nos traen con la felicidad.



La filósofa mística Simone Weil identificaba al Gran Animal con la bestia del Apocalipsis, con Roma, con el poder temporal. Ese Gran Animal son los caprichos del mundo, son los preceptos de lo fácil, del éxito pasajero, lo que se rinde a la gran mentira. Ante todo ello, Jesús nos llama para ser los garantes y depositarios de una verdad inefable, pero al mismo tiempo irrevocable, «pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo?» (Lc. 9, 25) Ganarse a sí mismo es cumplir la ley de Dios, que sea Él quien conduzca nuestros pasos.

JHC


En audio, opción 1:




Opción 2:


miércoles, 26 de febrero de 2020

Somos polvo

@jhcastelano

Es el autor de “El mundo de Sofía”, novela filosófica de nuestros días, el noruego Jostein Gaarder, quien, en sus últimas cavilaciones toma prestada aquella máxima de que “somos polvo de las estrellas”, aludiendo a nuestra pertenencia y nuestra situación en el universo, según los conceptos de la ciencia ultramoderna, pues, según ésta, no somos casi nada respecto de la vastedad del espacio físico allende las estrellas, las galaxias y el infinito. Somos una muy minúscula parte en el inmenso teatro. Somos una mínima partícula en el macrocosmos.

Nos damos mucha importancia con nuestras intrigas, nuestras ocupaciones o nuestras preocupaciones. Tratamos de construir o de vivir agarrándonos a la vida, perpetuándonos en el ser con nuestra conciencia. Y así nos empeñamos en conseguir algo para sentirlo nuestro o para acoplarnos a ello. Y, sin embargo, todo eso es la nada, si de repente nos viéramos ante nuestro destino final, ante nuestro último aliento, porque no sabemos cuándo puede ocurrir. De ahí que esa nada nos asuste, de ahí que tomar conciencia de nuestra precariedad también forme parte de nuestro sino. 

Ningún Phármakos nos consuela. Ni el soma soñado por los moradores de “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley, traducido en tantas y tan vanas actividades y/o sustancias que nos podrían enajenar para evadirnos de nuestra cruda realidad. Incluso el pensamiento irremediable del fin y el miedo a la nada nos sobrepasan y nos aturden con frecuencia. Quien no ha pensado nunca estas cuestiones es, según Pascal, por lo menos, sospechoso, inconcebible.

 Jesús nos trae, empero, una oportunidad para actualizar y vivir la Pascua como algo vigente y de reconocer sus llagas y su sangre, como nos lo dice el Papa en su mensaje para la cuaresma de este año, a través de los rostros sufrientes de los desplazados o los descartados por esta sociedad voraz e insensible.

Hay dos dimensiones en las que podemos asumir la Palabra de este día, tanto para darnos cuenta de que ha llegado el momento de la conversión, pues pecadores somos, tal como lo enunciael salmo 50, como para poner en práctica una suerte de ascesis, de vida interior, de exigencia, de autodominio y, sobre todo, de cultivo del espíritu. 

Una dimensión es la personal, precisamente, la que nos interpela hacia nuestra interioridad, la que nos llama a no dejarnos vencer, a preparar el camino de nuestra particular pascua. La otra dimensión es la del mundo que nos espera y de algún modo nos pide una respuesta, un compromiso. No podemos vivir solamente viéndonoslas con nosotros mismos solamente, ni empeñados en esa cacofónica palabra de la “praxis”. No todo es la búsqueda de la justicia social o comunitaria. No todo es, tampoco, el egoísmo latente detrás de la disciplina espiritual. Hay que saber dar equilibrio. Esa tarea puede ser un afán pendiente en esta cuaresma que iniciamos. Más nos vale brillar, aun si somos humilde polvo.

JHC




En audio, dos opciones: