@jhcastelano
Si de ejercer la justicia se trata, nadie duda de la necesidad de comenzar por uno mismo. Antes de ser justos con los demás, uno debe procurar serlo con uno mismo, en su persona, en su vida. Si me reconozco como un ser viviente, dotado de fuerza, inteligencia y consciencia de ser, como mínimo me corresponde ejercer y desplegar esos atributos en mi existencia; pero no basta con eso, pues la única manera de seguir en el mundo con esas facultades es ejercerlas también para los demás y no sólo para mí mismo.
No reconocemos, ni para nosotros mismos, ni en el mundo, el efecto de la justicia y el derecho dados por Dios. Hemos extirpado, como civilización occidental, la idea de la guía o la referencia divina para fundamentar los códigos legales que nos rigen. En la idea de la práctica del derecho y de la justicia ya no está presente el mandato divino ni la alianza con Dios. El criterio último para dirimir cualquier problema legal ya no tiene como referente el bien supremo, sino la convención y, en ocasiones, las aberrantes leyes impuestas por minorías con la base de unas ideologías rapaces, muchas de ellas con tintes eminentemente diabólicos.
Incapaces de conciliar la fe y la razón, nos hemos creído el cuento de su incompatibilidad y en nuestra embriaguez de pretendida ciencia, despreciamos la fe y creemos —extraña paradoja creerlo— que sólo la razón es digna de ¡credibilidad!, y no nos damos cuenta de esa paradoja, antes bien, la exaltamos como si fuese el símbolo de nuestra libertad de las “ataduras de la religión”.
Si, por alguna razón, no nos hemos visto favorecidos a capricho por la acción de Dios, solemos no solamente perder la esperanza, sino llenar de vituperio la sola idea de su existencia. La desesperanza puede llevar a la perdición, a la frustración, al resentimiento y a la hostilidad frente a Dios.
A la hora de la discusión, del contraste del pensamiento o de la consideración de lo diferente nuestro parámetro suele no ser, ni el de la caridad, ni el de la rectitud y mucho menos el de la bondad, sino el de la descalificación, de la ruina ajena y del error. Nos apresuramos a emitir juicios alejados de la verdadera caridad y muchas de nuestras acciones pueden ser así, ofensivas, lesivas, destructivas; pero eso sí, después nos preguntamos por qué parece el mundo tan desorientado y perdido, sin darnos cuenta de nuestro propio extravío. En nuestros días, bien podría considerarse un pecado no solamente vivir dicha perdición, sino también el no enterarse ni darse cuenta cómo en el mundo la división afecta y carcome hasta los bloques de personas teóricamente afines y con similares propósitos. Toda agrupación pudo haberse congregado para lograr metas comunes en bien de todos y de la circunstancia donde se desempeñan; pero verse afectada por este afán divisionista. De entre las mieles dadas por nuestra civilización ultramoderna está la del fácil acceso a la información en el mundo digital; pero al mismo tiempo esa dulzura se troca en amargura cuando la confundimos con el poder, pues creemos que el simple hecho de tener tanta información nos autoriza para encumbrarnos por encima del criterio de cualquiera otro con ideas diferentes a las que descubro. Nos llenamos de soberbia. No siempre, empero, tener la información nos dota de bondad.
El tema principal de La República, de Platón, es precisamente la justicia. Hacer cada uno lo que le toca, practicarla como una virtud fundamental, equiparada con la sabiduría y aspirar a un estado ideal cuya característica debía ser la justicia, son algunas de las conclusiones históricamente válidas y acreditadas para entender este concepto. Me atrevo a decir que, para San Agustín la justicia tiene que ver con el orden del universo o del mundo para el caso de quienes lo habitamos, saber encontrar y palpar la acción de Dios aquí y ahora, en todos los elementos, y saber trabajar en armonía, eso es la justicia.
En un estudio muy profundo, Rémi Brague nos enseña las relaciones entre el hombre y la justicia en la tradición judeocristiana y sus ecos hasta en el islam, en su obra La Ley Divina, nos hace ver cómo las civilizaciones, incluso la egipcia, la griega y la romana, entre otras antiguas, hacían valer sus códigos morales y jurídicos apelando a un Bien mayor, a un ente supra existente y de ahí su influjo hacia el mundo. Ya en la cosmovisión cristiana y en la génesis de la construcción de nuestra civilización estaba presente la idea de algo superior para poder encontrar inspiración y regir nuestros actos, de tal modo que, extirpar esa idea de lo divino o de lo supremo y sagrado, nos deja en la orfandad de la apelación y nos arroja sin armas para justificar las leyes, nos deja una justicia chata, sujeta al vaivén de la tasa, de la medida de humanidad, con sus limitaciones.
Fue San Juan Pablo II quien hace una síntesis de la potencia de la fe y la razón en necesaria amalgama: «La fe y la razón (Fides et ratio) son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo». No ha sido el único, por supuesto, ni el último en afirmarlo; pero esta declaración en su encíclica papal nos devuelve a la idea, nos recuerda lo ya contenido en diversos pasajes de la Sagrada Escritura y en no pocos lemas y líneas de trabajo y de pensamiento de grandes sabios y santos. La fe y la cultura, la piedad y las letras, la ciencia y la conciencia, todo va contenido, simbiótico, a la par.
La cristiandad, así como la impiedad, necesita un referente renovado de esperanza, sobre todo en tiempos tan difíciles como los de ahora, tan turbios y confusos. Si como comunidad de fe no podemos ofrecer señales de alivio, de aliento, de iluminación, orientación, acompañamiento en la fe, en la esperanza y en la caridad, descuidamos el mandato de llevar la Buena Nueva. Siempre es urgente la actualización constante de ideas, de formación, de acciones en beneficio de los demás, de solidaridad y de compasión.
El vástago santo que ya viene y que «ejercerá la justicia y el derecho» nos debe traer la esperanza de algo mejor. Si dejamos que nuestro Dios nos descubra sus caminos y seamos guiados por la senda de la verdad y de su doctrina no nos debe faltar esa esperanza. Nuestra civilización ya debe entender y recordar que, siendo fieles a Dios, Él también permanecerá fiel y bondadoso con nosotros. No olvidemos nuestra parte de la alianza, sino procuremos rebosar de amor hacia los demás. Ante todo, permanezcamos fieles, constantes y asiduos en la oración. De ello nos vendrá la inspiración para practicar la justicia.