miércoles, 24 de julio de 2013

Glosa del camino al Tepeyac

Cuando voy por el camino
para ver la virgencita,
el espíritu se ensancha
y me impulsa en mi interior
a reconocer lo bello,
la grandeza de su amor.

Observo las bendiciones
prodigadas al hermano
peregrino, queretano,
que con buenas intenciones,
esperanzas, ilusiones,
marcha en pos de lo divino
por la Virgen, al Dios Trino.
Todo puede contemplarse,
saborearse, disfrutarse,
cuando voy por el camino

No hace falta la riqueza
material, para venir,
sólo ganas de vivir
sin temor y sin tristeza,
como el hombre aquel que reza
y su corazón palpita.
Es lo que se necesita,
voluntad, valor, prestancia,
no soberbia, ni arrogancia,
para ver la virgencita.

¿Qué nos da la romería?
Mucho esfuerzo y sacrificio,
vida, paz, un beneficio,
gozo, júbilo, alegría,
fortaleza y energía,
el perdón como avalancha,
confesión: y ya no hay mancha
que me impida comulgar,
siento en paz un respirar,
el espíritu se ensancha.

Este gozo prevalece
do se posa el pensamiento,
y florece el sentimiento
que se aviva y estremece,
se entusiasma y engrandece
de temor y de temblor,
¿es la voz de mi Señor
anunciando su presencia?
Me comparte su clemencia
y me impulsa en mi interior.

¿Qué has hecho, Señor conmigo,
que por más que te traiciono,
me retiro y te abandono,
no dejas de ser mi amigo?
Yo voy contento contigo,
meditando todo aquello
donde has plasmado tu sello,
y me siento interpelado,
menesteroso y llamado
a reconocer lo bello.

He mirado cómo algunos
hombres miran al Altísimo,
cómo adoran al Santísimo
y le ofrecen, oportunos,
los esfuerzos, los ayunos,
esperando con fervor,
casi inmunes al dolor,
el esfuerzo implementado,
y de Dios manifestado.
la grandeza de su amor.

Julián Hernández Castelano.

Jesús María, El Marqués, Qro., 23 de julio, año de la fe, 2013.

viernes, 5 de abril de 2013

Magnanimidad


Hace tiempo me publicaron esta misma entrada en el periódico El Observador de la actualidad y también en el portal del periodismocatólico.com. Si alguien gusta leerlo de esa fuente, les dejo el link:


Yo nada más lo rescato ahora para que reflexionemos sobre esta palabra y lo que representa y cómo nos puede interpelar en nuestra vida diaria.

He aquí una palabra escasamente utilizada por los hispanohablantes en estos albores del presente siglo. El motivo por el que casi no se recurre a ella, es, sin duda, la falta de precisión acerca de su significado, y desde luego, su ausencia en la práctica, que podría ser la causa de muchos de los males, trastornos o retrasos que aquejan nuestra actual situación, como personas que vivimos en comunidad, como miembros de una sociedad, como seres humanos necesitados de un mínimo de relación interpersonal, de lazos de confianza para formar la estructura y la organización social.

Primeramente hemos de observar el término, para de ahí ponderar su validez, su concordancia entre la aplicación de ciertos signos que en la práctica son lógicamente otra cosa muy distinta, pero que podrían reflejarse fielmente en la palabra que nombra lo que es. Así pues, esta palabra está conformada en su raíz por dos términos de la lengua latina: “magna”, que se enuncia en latín como magnus, magna, magnum, para cada género, respectivamente, y que quiere decir magno o grande; y la otra parte de la palabra en cuestión, “animidad”, que es derivada de anima, que, como es bien sabido, significa alma. El resultado, ya en nuestra lengua española, es la palabra que le da título al presente escrito, esto es, la magnanimidad, que podríamos definir entonces como “grandeza de ánimo” o “grandeza del alma”.

Ciertos aspectos de la sociedad carecen definitivamente de la exaltación anímica, del impulso hacedor, transformador, o simplemente, de la “gana” de vivir o hacer lago más allá de lo mínimo y necesario que se puede hacer para cumplir cualquier tarea o misión.

«Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» nos dice el evangelio según San Mateo. Y bajo ese ideal de perfección y trascendencia muchísimas personas han vivido y han entregado su vida. Es nada menos que la vocación a la santidad. Es el llamado que Dios nos hace para que seamos buenos, pues la Bondad es sinónimo de esa perfección a la que se refiere el evangelio. Aceptamos que Dios es perfecto y es santo. Nosotros estamos llamados a ser santos y por ende, a ser perfectos. El ideal del cristiano no debe entonces perderse con la mediocridad y la ramplonería a la que el mundo nos incita constantemente. ¿Para qué esforzarse y sobresalir? ¿Para qué ser generosos, pensar en los demás, servir y entregarse, si no tenemos la certeza del Cielo o la otra vida?, pregona así nuestra circunstancia.

«Si alguno ha recibido el don del arte —decía Albino Luciani, Juan Pablo I— de la fama y de la riqueza éste tiene una obligación mayor de manifestar su gratitud a Dios mediante una vida buena. Ser de los “grandes” es también un don de Dios que no debe “subirse a la cabeza”, sino más bien impulsar a modestia y virtud». Y acaso por eso pensadores como Miguel De Unamuno o Pascal entendían la promesa de la Eternidad y buscaban con su vida trascender. Y acaso también José Ingenieros denunciaba al Hombre mediocre y Ortega y Gasset al Hombre-masa, para contraponer la vida de mediocridad a la vida de la nobleza auténtica o la grandeza de ánimo, es decir, la magnanimidad.

Julián Hernández Castelano (México)

viernes, 22 de marzo de 2013

La esperanza del cristiano frente al nuevo pontífice


Prestigiados periódicos nacionales dedicaron sendos reportajes para consignar el ambiente previo al cónclave y llamó la atención cómo se refirieron a aquello que es menester para la Iglesia apoyándose en supuestos expertos que afirman que urge, entre otras cosas, la modernización de esta institución, lavar la imagen de ella por casos de corrupción y soberbia, etc. Por otra parte la mayoría de estos medios de comunicación les piden opinión a diversos personajes polémicos y controvertidos que, dentro de la Iglesia católica, siendo ellos sacerdotes o religiosos, se han visto en problemas hacia el seno de la propia catolicidad. Hay "expertos", los mismos que aparecen en no pocos medios de comunicación; esos son, como dicen en los pueblos: "chiles de todos los moles".
A todas luces se ven las tendencias francamente amarillistas de la prensa. Todo lo miden bajo la lógica de la Real Politik, de los juegos del poder y de lo material. Cualquier reportero ya funge como vaticanista consumado y se atreve a reseñar las misas en las que participaron los cardenales, cerca del Vaticano, como si fueran campañas políticas. No se trata de un murmullo, sino de una alharaca sin sentido en torno de la elección del nuevo pontífice. Y es en estas circunstancias en las cuales un cristiano desprevenido o desprovisto de la mínima conciencia crítica hacia la prensa común o laica puede caer presa de estos ruidosos jilgueros que pululan en los “prestigiados medios de comunicación”. 
Vale la pena, entonces, concentrarnos en lo esencial como cristianos que somos. ¿Qué podemos o qué debemos esperar del nuevo Papa?
Un Papa que sea un guía espiritual. A los medios, a quienes son hostiles a la religión católica, a los críticos, se les olvida que la principal tarea de la Iglesia es espiritual, no material, ni ávida de poder. Hace falta entonces que el Papa nos muestre amorosamente el camino, que ore por nosotros, que sea un hombre santo que inspire el encuentro con Dios para todos nosotros, no sólo cristianos, sino para el mundo entero, incluso para esos que critican, juzgan, elucubran y gritan contra la Iglesia y sus errores. En el discurso inaugural del Concilio Vaticano II, Juan XXIII afirmaba: «Fácil es descubrir esta realidad —la crítica a la Iglesia—, cuando se considera atentamente el mundo moderno, tan ocupado en la política y en las disputas de orden económico que ya no encuentra tiempo para atender a las cuestiones del orden espiritual, de las que se ocupa el magisterio de la Santa Iglesia.»
Un Papa que nos mande Dios por su voluntad y por la acción del Espíritu Santo. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar sus antecedentes, su edad, su falta de fuerzas, su sonrisa, sus formas, etc., si lo importante está en la Providencia de Dios? Los hombres miran las apariencias, pero Dios mira al corazón, nos dice el profeta Samuel cuando es ungido rey el humilde pastorcito hijo de Jesé para ser luego el Rey David. (1 Sam. 16, 1-13)
El cristianismo siempre se deconstruye a sí mismo, dice Jean-Luc Nancy y repite con él un maestro mío, es decir, siempre está en constante renovación. En estos días históricos no hay excepción y todo cristiano —incluso los no católicos— tienen ante sí el desafío de no perder de vista el mensaje cristiano, el mensaje de la caridad, de la entrega, del servicio, así que el nuevo Papa tendrá que amar el servicio, tendrá que amar y entregarse. Existen una serie de documentos eclesiales que bien pueden guiar al cristiano verdaderamente interesado en lo que debe esperar del nuevo sucesor de San Pedro, cargo que dignamente ha desempeñado el muy ilustre Benedicto XVI. Desde el decreto Christus Dominus, del Concilio Vaticano II, la Constitución dogmática Lumen Gentium, del mismo Concilio, la exhortación apostólica Pastores Gregis y hasta la no menos importante exhortación apostólica también Pastores Dabo Vobis, sobre la formación e importancia de los Obispos, los primeros y sobre los Sacerdotes la última. Hay, en suma, bastante material para entender la labor pastoral del clero regular ante los desafíos del mundo actual. Nada qué ver con las expectativas tan de orden político sembradas por los comunicadores carentes de lo que su tarea les exige: la información.
A todos nos toca encomendar en nuestras oraciones a nuestro nuevo pontífice. De paso podríamos pedir por todos esos periodistas ávidos de la nota sensacionalista. Que resuene en nuestro interior la voz de la Palabra de Dios: «Os daré pastores según mi corazón» (Jer 3, 15). Enhorabuena y para mayor gloria de Dios.

sábado, 9 de febrero de 2013

Comentario a la parábola del Hijo Pródigo


EL HIJO PRÓDIGO. Lc 15, 11-32

Pareciera que a todo adolescente se le llega el tiempo en el cual se cree lo máximo: sus fuerzas están en plenitud. La sangre corre por sus venas rápida y ligeramente. Y es entonces como el joven desea sentir la vida en plenitud.
En esa disposición de su ánimo, en esa gana de ser y hacer lo inesperado, puede caer en una crisis como la del hijo pródigo: se puede engañar e ilusionar a sí mismo pensando y creyendo que todo lo puede solo, que no necesita ni de su familia para desenvolverse en el mundo, conquistarlo, disfrutar, etc.
Y engañado por esa ilusión se separa de su padre y de su familia. Se aleja y derrocha. Malgasta y se entrega a los placeres y a los juegos del mundo, a los vicios, a las vanidades, a la superficialidad y a la ligereza. No entiende ni quiere compromisos. No siente la obligación de entregarle cuentas a nadie ni de responder por nadie. Al contrario, cree que lo merece todo y por eso malgasta la herencia que su padre le ha dado.
Cuando se gasta todo se da cuenta de su indigencia, de su condición miserable y vacía. Decide o es orillado a ser una especie de mendigo. Se ha rebajado hasta tal punto que quiere comerse la comida de los cerdos. Es la peor humillación y bajeza a donde puede llegar.
Piensa entonces en la casa de su padre, en lo bien que estaba allí. Se da cuenta que hasta el más bajo de los sirvientes de su papá come mejor que él y es tratado con más consideración en la casa de su padre que él entre los cerdos.
Decide entonces regresar y pedir perdón al padre. Su papá lo recibe con gusto y lo perdona. Es un papá misericordioso que perdona porque el amor que tiene por su hijo es mayor que la mayor ofensa que el hijo le pudo haber hecho en la vida.
Los malos deseos. Los deseos de irse al mundo y romper con la familia llevan a la indigencia, a la soledad, al vacío, a la pobreza, al sinsentido. Apartan de Dios y del bien. El deseo de estar con la familia, con el papá, con los hermanos, no es más que el deseo del bien, de Dios.
Así como este papá se alegró porque su hijo volvió, así Dios se alegra cuando nos arrepentimos de corazón y volvemos para estar con Él a su lado. De la misma manera se ha de alegrar nuestro Dios cuando ve a nuestras familias unidas, sin malos deseos de los hijos para irse al mundo y abandonar a sus propias familias. Estar con la familia representa estar con ese Padre amoroso y misericordioso. Estar sin la familia representa estar lejos y solos como el muchacho que se fue. Estar sin la familia tarde o temprano nos lleva a rebajarnos y humillarnos y compartir con los cerdos, que bien pueden significar la maldad. Volver a la familia es volver a Dios y experimentar su amor y su misericordia.