viernes, 17 de enero de 2014

Sobre las apariciones de la Virgen de Guadalupe

«Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; y quién es el Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». (Lc. 10, 21-22) Nos dice el Evangelio de San Lucas que pronunció Jesús.

Un pequeño como San Juan Diego fue elegido y a él se le reveló algo extraordinario como la dicha de ver con sus propios ojos a la gran Madre de Dios, María Santísima. Igual que a su tío Juan Bernardino, quien no sólo la pudo ver, sino que experimentó el milagro de la salud gracias a la Virgen María de Guadalupe.

Las tres apariciones que presenció San Juan Diego y la cuarta, presenciada por su tío Juan Bernardino, son las pruebas o manifestaciones de la afirmación del mismo Jesús: no a los sabios ni a los inteligentes, sino a los sencillos se les revela lo que Dios quiere. Así es el encuentro con Dios: no por voluntad nuestra, sino por la providencia y la misericordia del mismo Dios.

Y aún más extraordinario resulta que ese encuentro venga por medio de su Santísima Madre la Virgen María. Y todavía más sorprendente y digno de orgullo es el privilegio que Dios nos concedió como pueblo mexicano al darse estas apariciones de la Virgen María de Guadalupe en nuestras tierras y para nuestro pueblo. Dios nos bendijo con las apariciones y nos distingue. Seamos sencillos como San Juan Diego y como su tío Juan Bernardino, para que nos pueda visitar en nuestro corazón la gran Madre de Dios y nos traiga a su Hijo. Que esa sea nuestra esperanza y podamos experimentar nuestras propias apariciones, con todo su esplendor, grandeza, fulgor y belleza.

El Cardenal Norberto Rivera Carrera compuso una bella oración a la Virgen y a San Juan Diego. Hagámosla nuestra:

"Querido Juan Diego, muéstranos dónde quiere la Reina del Cielo,
nuestra amada Niña, nuestra Madre, nuestra Señora de Guadalupe
que le edifiquemos su templo;
en qué corazón, en qué alma, en qué espíritu
debemos construir la fe, esperanza y amor.

Dinos dónde recogiste estas hermosas flores
llenas de rocío matinal, dónde estaban arraigadas,
quién las hizo crecer para nosotros, quién las acarició y las acomodó en tu tilma.

Queremos ser esas nuevas rosas que florezcan en nuestro valle
a veces tan frío, tan árido de civilidad.

Queremos seguir dibujando con el pincel del Espíritu de Dios
el rostro mestizo y moreno de cada habitante de esta ciudad,
rostro donde resida y crezca el amor.

Dinos, querido Juan Diego, indio diligente y obediente,
indio noble y paciente, indio fiel y verdadero,
dónde debemos ir, por cuál sendero debemos caminar,
para llevar a este pueblo delante de santa María de Guadalupe,
para que sean escuchados sus ruegos,
sus tristezas, sus llantos,
para que sean acariciados por esas manos cobijadoras de Madre.

Condúcenos, amado Juan Diego,
ante la Muchachita Morena del Tepeyac,
nuestra Madre amorosa y compasiva,
pues creemos en el mensaje del que fuiste testigo
y nos has transmitido como fiel misionero de Dios.
Por ti sabemos que la Reina y Señora
nos ha colocado en su corazón,
que estamos bajo su sombra y resguardo,
que es la fuente de nuestra alegría,
que estamos en el hueco de su manto, en el cruce de sus brazos;
sabemos y estamos seguros de que es ella
quien nos conduce al verdadero Dios por quien vivimos y somos.
Gracias, Juan Diego, varón santo,
felicidad de México, de América y de la Iglesia entera.
Amén.

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