A veces pareciera que, entre
más empeño, dedicación, deseo manifiesto y agallas para seguir a Jesús, implica
también mayores embates del mal. Tiene su lógica. Si el demonio pudiera,
atraería para sí a los espíritus más fuertes, a los más valiosos. A los
espíritus débiles ya los tendrá ganados de manera mucho más sencilla. Bastaría
con ofrecerles un poco de carnada o tentaciones y ahí los tiene a su disposición.
Ejemplos sobran en la Biblia.
Ahí hay un José, acosado por la esposa de su jefe egipcio, calumniado, acusado
falsamente y enviado a prisión. Allá está Susana, injuriada por los ancianos
perversos y salvada por Daniel. Y hoy tenemos a los tres ejemplares jóvenes
hebreos, intachables, rectos, justos y llenos de Dios, se trata de Ananías,
Azarías y Misael, a quienes Nabucodonosor nombró como Sidrac, Misac y Abdénago.
Por no adorar los ídolos de ese rey, fueron acusados y condenados al horno
ardiente; pero su fe en Dios era más grande y no sólo no perecieron en el
fuego, sino que un ángel los acompañaba, soplando aire fresco para alejar las
llamas; y no sólo fueron salvados, sino que, además, danzaban en honor de
Yahvé; y no sólo danzaban con el ángel, sino que, además, cantaban un himno al
Señor, una oración de bendición y de gloria al Dios que los libraba de aquel
infortunio. Con ellos se manifiesta el poderío de Dios y, desde luego, la
imposibilidad de que aquellos que son justos y rectos, confiados siempre en el
Señor, serán librados de los males.
Ignoro si a alguien se le ha
ocurrido antes; pero el hecho de haber sido estos tres jóvenes descritos en el
libro de Daniel como virtuosos, tal vez representen una prefiguración de las
potencias del alma, la memoria, la inteligencia y la voluntad; y quien cultive
esas potencias tendrá la asistencia divina pese a la dificultad.
Con ese pasaje nos queda claro
que quienes están cerca de Dios, los que le buscan y viven para darle gloria
con los actos propios, no caerán en manos del maligno.
Los embates del demonio no
cesan, aún en este encierro. Por ahí habrá familias enteras todavía incapaces
de quedarse y resguardarse para no poner en riesgo a los demás. Estarán también
quienes, incapaces de estar a solas consigo mismos, buscan desesperadamente,
como lo decía Pascal, “correr tras la liebre”, es decir, correr afanosamente
detrás de cualquier diversión que les enajene, ya sea en el Netflix o en
cualquier servicio de streaming; las redes sociales o cualquier otra cosa del
Internet. Todo menos la oración, el ayuno, el sacrificio y la convivencia
familiar. Estarán mayores ofertas, tal vez, de pornografía o de otros hábitos
no menos detestables.
El aislamiento debería
significar ascesis, preparación mediante la oración, reflexión, meditación y
fortalecimiento del espíritu, comenzando por el estudio de la Palabra de Dios.
Por lo pronto la lectura del libro de Daniel y el Salmo nos enseñan hoy que
esta fidelidad a pesar de los embates del demonio para caer en la idolatría y
los placeres del mundo, no quedará recompensada por el Salvador del mundo que pronto
padecerá y nos hará parte de su Pascua y su triunfo sobre la muerte y sobre el
mal.
La crucifixión era un símbolo
de humillación en la época de Jesús. La condena a muerte podía tener distintas
modalidades; pero ser crucificado era la peor, la más vil. Cuando Jesús fue
crucificado y con ello glorificado, pasó a ser un símbolo de grandeza. Fue el
instrumento para vencer el mal. Desde entonces la cruz es señal de grandeza, de
poder, de triunfo.
Así lo constató el ejemplo de
Constantino, en el 312, cuando triunfó en la batalla de Majencio, llevando la
cruz como estandarte, pues así se le había revelado. Desde entonces fue
permitida o al menos no perseguida la religión cristiana en el Imperio Romano,
aunque siguió habiendo una serie de persecuciones, alguna de ellas, como la de
Diocleciano en el 303, muy sangrienta y cruel.
Aunque hay religiones que prohíben
tener imágenes de Dios, en el fondo no hay ninguna religión que no la tenga,
que no se haga imágenes de Dios. «Dios es, en sí, el mismo para todos —nos dice
Rémi Brague, en “Sobre el Dios de los cristianos y sobre uno o dos más”, de la
BAC, 2014— y Él está más allá de todas las representaciones que se han hecho de
Él. Las imágenes y los conceptos que se han hecho sobre Dios varían entre los
hombres y los grupos que los congregan, según se trate de escuelas filosóficas
o religiones. Si nosotros no podemos captar lo que es, o mejor dicho, quién es
Dios en sí y por sí mismo, esta incapacidad nos conduce precisamente a la
diversidad de representaciones que existen de Él y nos impone la tarea de poner
en claro los matices o los abismos que las separan». Así pues, incluso para
hablar de Dios hay que tener una imagen de Él, inclusive también si se ha de
negar su existencia o la imposibilidad de conocerlo, como en el agnosticismo
tan común en nuestros días.
«Cuando levantéis en alto al Hijo
del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino como
el Padre me ha enseñado», nos dice Jesús en el Evangelio de San Juan (8, 28),
con lo que podemos interpretar lo alto de la cruz en el monte calvario; pero
también su ascensión al cielo.
Poder contemplar la cruz en lo
alto, como recién lo hizo el Papa en la oración especial en la plaza de San Pedro
y muy cerca ya de la Semana Santa, nos debe recordar ese acto de reconocimiento
de su grandeza, su majestad y su triunfo. No hay una necesidad de ser sanados
cuando opere con su fuerza y le reconozcamos como el que Es. Por eso también se
nos exige un acto profundo de transformación interior, de ese “vaciamiento de
sí”, ya reconocido por el místico alemán el maestro Eckhart. Es importante
negarse a nosotros mismos para dejar que prevalezca el que Es. También por ello
Miguel García-Baró nos dice en su obra “De estética y mística” (Ed. Sígueme,
Salamanca, 2007) que: «El
vaciamiento de Dios, que comenzó en la Creación, pero que culminó con la Encarnación hasta la Cruz, permite la esperanza
extraordinaria de una recapitulación en Dios, al final, de todas las
realidades. Los cuales han merecido no sólo el amor de Dios, sino, en cierta
manera, la identificación de Él con ellas. Únicamente la voluntad del hombre
torcida al mal, únicamente la perversa autodivinización del hombre se halla por
entero fuera del alcance del vaciamiento de Dios. Su Palabra no sólo ha sido el
modelo eterno de las cosas y la memoria eterna de todas ellas, sino que se ha
hecho carne, o sea, debilidad y visibilidad. Dios se ocultó en la carne del
hombre, en la carne del mundo; pero esto permite ahora al hombre que se ocupa
con el mundo, aspirar a reflejar, sobrenaturalizando la naturaleza, los efectos
de la gracia sobre las cosas creadas».
La serpiente abrasadora de bronce (Núm, 21, 4 – 9),
elaborada por Moisés para salvar al pueblo de las mordeduras de serpientes
abrasadoras nos enseña no sólo la acción sanadora, el “phármakos”, la catarsis,
la cura para el pueblo, sino que, además, sigue la línea de interpretación del
ciclo de la violencia mimética, pues la afirmación ya antes citada de que “Satán
expulsa a Satán” se pone de manifiesto en el efecto sanador para quienes miran
o contemplan la imagen de esa serpiente puesta ahí por Moisés, pues aquel que
mire esa serpiente no padecerá la muerte si es mordido por una serpiente real. A
partir del triunfo de la Cruz, ya no es Satán quien expulsa a Satán, es Jesús
quien lo vence y nos abre la puerta de la eternidad con Dios.
El alma sedienta de Dios deberá vaciarse de sí y
disponerse como la tierra que espera la semilla y los elementos para ser fecundada
y producir vida; una vida que tiende a lo alto, al cielo; a lo alto, a donde
podemos contemplar a Jesús.
Lo sabría, acaso, Simone Weil, cuando expresa
estos versos:
Ábrenos ya la puerta y veremos los vergeles,
Beberemos de sus aguas frías que aún conservan la huella
de la luna.
El largo camino arde hostil a los extraños.
A ciegas erramos sin encontrar el lugar.
Agobiados por la sed, queremos ver las flores.
Esperando y sufriendo, henos por fin aquí delante de la
puerta.
A golpes la abatiremos, si es preciso.
Golpeamos y empujamos, pero es demasiado firme.
No cesemos en nuestro esfuerzo
con la oración, el ayuno, el sacrificio. El tiempo que sea necesario para poder
contemplar en lo alto a Jesús.
Todo señalamiento acusador
desencadena un ciclo irrefrenable de violencia. Aun en aquellos casos en los
cuales las acusaciones pudieran representar un acto de plena justicia, pues al
señalar la necesidad del resarcimiento del daño, también se inicia el juicio y
el ciclo para ver vencido al adversario. Muchas ocasiones más bien hay víctimas
receptoras de la acusación. Toda víctima, por el hecho de serlo, es inocente. Y
no de sus propios actos, sino del linchamiento derivado de la acusación.
El ciclo de la violencia
mimética —ya lo hemos abordado someramente antes— es un proceso por el cual
Satán expulsa a Satán, como nos lo explica en sus obras René Girard. Es un
círculo vicioso, como le conocemos en nuestra circunstancia. Una espiral
repetida sin cesar. Un acusador se presenta, señala una víctima, la ofrece como
expiación, otros acusadores le siguen, sacrifican a la víctima y el remedio se
presenta ante todos por medio de una catarsis, una limpia, un ungimiento, un
motivo de salud, una aparente calma hasta la vuelta de otro ciclo igualmente
violento para repetir el esquema.
La literatura epopéyica,
mitológica, trágica, dramática y hasta cómica está llena de relatos así, de
estos procesos sacrificiales. Incluso la Biblia; con la diferencia radical de
ser en la Biblia donde esos procesos se rompen en virtud de la acción divina.
El pasaje de Susana, esposa de Joaquín, en el libro de Daniel, nos da cuenta de
ello; así como el célebre episodio de la mujer sorprendida en adulterio, a
quien Jesús libró de la lapidación y masacre.
Por allá a lo lejos vemos a un
Edipo, culpado de la peste por su crimen de incesto y de parricidio.
Despreciado y humillado, con su esposa y madre muerta y sus hijos-hermanos a
punto de otra tragedia. Su linchamiento curó la peste. A su vez, su hija
Antígona habría de padecer la muerte por tortura al desobedecer el decreto de
Creonte para quien le diese sepultura a Polinices, el traidor de Tebas. Nunca
hubo una salvación. Ni siquiera para Penteo, masacrado por las Bacantes, entre
quienes estaban su propia madre y sus hermanas, embrutecidas, extasiadas y
poseídas por esa extraña influencia de Dionisios, pues las mujeres le ofrecían
todo tipo de excesos, embrutecidas, fuera de sí, enajenadas. Nunca hubo una
ruptura del ciclo de la violencia mimética como sí lo hubo repetidamente en la
Biblia.
Para que Satán no expulse a
Satán y el ciclo se vuelva perpetuo, es necesario dar paso a la acción divina.
Para nuestro caso, es el Paso, es decir, la Pascua. Con la resurrección y el
triunfo de la Cruz, Jesús habrá de vencer de una vez por todas a Satán, al
deseo, al acusador. Así lo consigna uno de lo cánticos del Apocalipsis: «ha
sido precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y
noche, ellos le vencieron en virtud de la sangre del cordero y por el
testimonio que dieron y no amaron tanto su vida que temieran la muerte. Por
eso, estad alegres, cielos, y los que moráis en sus tiendas».
En el caso de la mujer
adúltera Jesús hace que los acusadores se vuelvan contra sí mismos,
reconociendo sus propios pecados y sintiéndose indignos de perpetrar el
homicidio público. Jesús, por su parte, ejerce la misericordia por antonomasia,
no acusar; pero sí pedir que ya no se repita el pecado. Es Jesús.
Es siempre sorprendente cómo
la Palabra de Dios resulta oportuna y eficaz. En la liturgia del día de hoy
para la misa encontramos una línea de reflexión muy clara sobre la
manifestación de la gloria de Dios a través del milagro de la resurrección de
Lázaro, el amigo de Jesús. El Evangelio de San Juan nos relata el dramatismo,
las emociones de los amigos de Jesús, de Martha y de María, así como la de los
testigos, quienes se preguntaban cómo podría ser posible que éste hubiese
podido hacer ver a los ciegos y no detener la enfermedad de su propio amigo.
Jesús se conmueve y manifiesta su gloria y su poder devolviéndole la vida a su
amigo, pese al estado de descomposición que ya tenía.
El Evangelio guarda un
paralelismo con la advertencia enunciada por el profeta Ezequiel sobre el hecho
de sacar de los sepulcros y de dar vida nueva.
También por eso el salmista
clama desde el fondo de la tumba y espera la misericordia de Dios, pues el alma
espera en él.
Y la clave para entender todo
la ofrece San Pablo en su carta a los romanos, pues hace notar la diferencia
entre vivir de la carne o por la carne, y por contraparte, vivir del espíritu. Cuando
Jesús resucita a Lázaro le dirige estas palabras: «esta enfermedad no acabará
en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios».
Lo mismo podríamos aplicar
para esta pandemia y decir que esta enfermedad no acabará en la muerte, sino
para que se manifieste la gloria de Dios. Por eso es necesario intensificar la
oración, el sacrificio, el ayuno y la meditación, en suma, la preparación y el
cultivo de la interioridad. Es muy importante, según los consejos de San Pablo,
vivir y cultivar el espíritu. Es seguro que Dios no abandonará a su pueblo y la
Pascua de Resurrección nos traerá la vida en todo su esplendor. Es duro el
camino de la conversión y la penitencia; pero es necesario e imprescindible
tomar no sólo las precauciones sanitarias, sino las espirituales también.
Los hombres egregios han sido considerados
como almas grandes o espíritus fuertes, no tanto por la fiereza, temeridad y
fortaleza física, ni por la notoriedad en los asuntos del orden público, las guerras,
la estrategia, el combate, sino también en ámbitos como el avance en todos los
órdenes de la vida: la medicina, la religión, la tecnología, los inventos, etc.
Esos espíritus fuertes se han caracterizado no sólo por la nobleza, sino las
más de las veces porque han aspirado a alturas extraordinarias, entre ellas la
más, la santidad, pues incluso ni el genio llega a tanto. La virtud es parte
esencial en la ascesis proyectada por dichos espíritus.
Nos resulta impostergable meditar
sobre ello y organizar nuestra vida por medio del ayuno, la oración, la limosna
para lograr la conversión mediante la penitencia y permitir actuar a Jesús para
que manifieste su gloria con nosotros y quede vencida al fin esta enfermedad, tanto
la que está amenazada en el cuerpo, como la del espíritu.
Ahora que la pandemia nos ha
obligado a confinarnos, la cuestión educativa ha tomado diversas caras. Ha sido
necesario implementar las clases a distancia o dejar actividades por uno o por
otro medio. Hay instituciones que tienen sus plataformas propias y por ello no
padecen la carestía o la imposibilidad de controlar el suministro de los
contenidos. Hay otras que pueden implementar las herramientas que están en el
mercado de los medios de comunicación gracias al Internet, lo cual implica y tiene
su buena dosis de colaboración por los padres de familia al tener éstos la capacidad
para proporcionar a sus hijos los medios acordes a las herramientas propuestas.
Habrá, en cambio, escuelas del orden público y de educación básica que no
cuentan con dichas posibilidades y tal vez ni siquiera con los contenidos en
televisión abierta que el gobierno ofrece, se pueda llegar a los alumnos de
bajos recursos. Para quienes pueden echar mano de las herramientas tecnológicas
de la información está resultando en muchos casos un terreno nuevo de
exploración. Ya habrán notado la dificultad y la necesidad de dominar más de
una modalidad de enseñanza a la distancia. Ya estarán sintiendo también la
necesidad de replantear contenidos y meditar bien sobre lo que se tiene que decir.
La reflexión sobre los contenidos ha dado un vuelco para quienes pretender
hacer bien el trabajo con lo que se tiene o se puede.
También vemos, con el
patrocinio de las redes de comunicación, cómo surgen un sinnúmero de mensajes
de toda índole sobre lo que estamos viviendo. No faltan los expertos
improvisados, las fuentes sin verificar, las notas sensacionalistas, las suspicacias
y hasta los motivos para comunicarse con las masas lo más creativamente
posible. Todo eso nos puede hacer correr el riesgo de que el tiempo se estreche
y no veamos las ventajas que nos trae el encierro a fortiori.
De quienes están tratando de
verificar y meditar sobre las causas y las consecuencias de esta situación,
podemos identificar muy buenos análisis y posturas, empero, llenas de las más
variadas elucubraciones. De pronto pareciera que todos tratan de enseñar algo:
desde el pretendido apocalipsis hasta las teorías del complot; desde las más
variadas técnicas de cómo hacer llevadera una cuarentena cocinando recetas ad
hoc, hasta las más mordaces críticas al sistema, a los gobiernos y hasta a la
Iglesia. Todos tratan de enseñar algo, decimos, de marcar el camino de la opinión
pública; pero pocos estamos dispuestos a escuchar lo esencial: a Dios, a su
palabra, a lo que está tratando de decirnos en nuestro interior; por eso el
profeta Jeremías dice: «el Señor me instruyó y comprendí» (Jr 11, 18) pues
además a Él podemos confiarle nuestra causa. Esta causa. Esta enfermedad que ha
cobrado ya muchas vidas en ciertos países de distintas latitudes.
Los fariseos que pretendían
echar mano de Jesús quedaban fascinados, como nos lo indica el Evangelio de
Juan: «Jamás ha hablado nadie como ese hombre» (Jn 7, 46), decían. Habrían
quedado maravillados por la elocuencia de Jesús; pero quizás más por la
profundidad y porque su palabra llegaba al corazón como nunca nadie antes.
Jesús es el verdadero maestro. No hay nadie, ni el más creativo profesor con
plataformas, emisiones, actividades lúdicas, entretenidas y novedosas; no hay
profesor universitario con todas las herramientas a su disposición; no hay
filósofo de ocasión que enseñe e interprete con maestría lo que estamos
viviendo; no hay analista económico, político, sanitario, sociólogo que pueda
estar a la altura de Jesús. Por eso el hecho de que los sacerdotes estén
llevando sus predicaciones a través de los medios de comunicación, nos ofrece
la oportunidad de escuchar al verdadero maestro, quien bajo estas circunstancias
nos está llamando ahora en nuestro corazón.
No hay pandemia o tribulación que esté por encima de nosotros, si nuestra oración es sincera, si reconocemos al verdadero maestro, pues como el Salmo7 canta hoy: «mi escudo es Dios, que salva a los rectos de corazón». Si nuestro corazón carece de esa rectitud, más nos vale comenzar a enderezarlo y enderezar nuestra senda, pues sólo así podremos atender y aprender del verdadero maestro y gozar de su salvación, aún en tiempos de ignominia como éste.
“¿Por qué tenía que pasar todo
esto?” No falta quien se lo pregunte. La duda manifiesta procede de la incertidumbre
y de la lluvia de información sobre el asunto del virus y la pandemia que
aqueja —al menos así nos lo hacen ver— a buena parte del mundo. Cualquier
ángulo asumido para ver desde ahí toda esta suerte de desorden se ve
influenciado por el cúmulo de posturas de expertos y analistas, por parientes y
vecinos, por conocidos y extraños que desde sus trincheras opinan mucho y asumiendo
todo tipo de posicionamientos. La realidad es que, si nos da por creer a pie
juntillas lo que nos dicen, vivimos confinados y asomándonos furtivamente para
proveernos de lo que podemos para paliar este aislamiento. Y vemos las calles
con gente que vive al día y que busca seguir con su vida relativamente normal.
Y habrá poco a poco destapándose otra realidad: la de la nueva configuración y
el acomodo de esas estructuras de poder en el mundo.
Este día será histórico.
Allende la posteridad se hablará de él como el día en el que el Papa Francisco
realizó una muy solemne celebración… en la soledad, en una plaza de San Pedro
casi totalmente vacía, apenas con un puñado de personas que más bien formaban
parte de la logística de la celebración, desde los liturgos hasta los
encargados de las cámaras y los aparatos para hacer posible una transmisión
vista desde lo lejos por la TV o el Internet. Ahí se pudo observar a media luz
el vestido resplandeciente y blanco del Papa, caminando él con un paso
acompasado y a la vez desigual. Por algo cojea y se nota mucho; pero lo que más
estuvo en boga fue la expectativa por al menos cuatro aspectos de esta
celebración.
El primero era la espera de la
bendición solemne llamada “urbi et orbi”, del lugar para el mundo entero, al
ser fechada y pactada de manera extraordinaria ante la realidad y la amenaza
del coronavirus. Por lo regular esta bendición la concede exclusivamente en
Navidad y en Pascua; pero decidió hacerlo ahora ante esta indecible situación. Y
se dio como se esperaba: solemne, única, profunda y conmovedora.
El segundo rasgo era el del
mensaje. En simbiosis y perfecta amalgama con el momento de la bendición, el
Papa dirigió un sentido mensaje clamando a Dios que despierte, como lo hicieron
los discípulos, según el Evangelio de San Marcos, cuando en la barca los azotó
la tempestad y tuvieron que despertar a Jesús para que calmara la tormenta con
su poder, con su palabra, porque a Él le obedecen los elementos. También
resaltó la crítica del sinsentido en nuestras prioridades cotidianas, alejados
de Dios y ensimismados en metas a veces plagadas de mezquindad y de individualismo.
El Papa pone el ejemplo para que podamos enfocarnos en lo estrictamente
necesario, en la fe que debemos tener y en la elección de nuestras prioridades.
El tercer aspecto del que se
guardaba expectativa fue el del gesto papal de orar a los pies del Cristo de
San Marcelo, imagen de Jesús crucificado a la que se le atribuye el milagro de
haber detenido la peste que azotó Roma en 1522; así como el rezo ante la imagen
de la Virgen de la Salud del pueblo romano. Desde antaño y ahora se nos pide
como cristianos que nuestras oraciones sean para pedir la intercesión y el
milagro y que sólo el poder de Dios podrá detener la amenaza que se cierne
sobre el mundo. Y no es por el número de muertes, sino por la indefensión y el
sentimiento de impotencia que se tiene ante un ataque de estas dimensiones.
Ya hemos visto el cierre de
los templos y de los servicios religiosos presenciales; pero también hemos
visto el renacer de una esperanza fundada en los medios de los cuales podemos
echar mano para cultivar nuestra espiritualidad. Ese era el otro aspecto
esperado: la presencia a lo lejos, esta vez sí efectiva y no banal, pues se
impartió la bendición para alcanzar una indulgencia plenaria, lo cual significa
que, si por mala fortuna o por voluntad de Dios alguien llega a perecer por causa
de la pandemia, ya recibió la absolución con la bendición del Papa. En este
caso para eso sirve la indulgencia plenaria; pero no sólo es para eso, pues también
con ella se alcanza la Gracia de Dios en esta cuarentena que coincide con la
Cuaresma.
Nos hemos hecho muchos ídolos,
como veíamos en las lecturas pasadas; pero también nos dejamos llevar por la
violencia mimética y, sin advertirlo, hemos caído en una actitud de contubernio
contra todo lo bueno de la vida. Así, solemos despreciar las acciones y el
proceder de los que son justos. Aborrecemos esa actitud recta y planeamos en
secreto, con nuestras inmundicias, nuestras omisiones o hasta nuestras
mezquindades, el fin de lo que es bueno. Las estructuras se manchan con nuestra
incapacidad por procurar el bien cuando nos desviamos con la idolatría de
tantas cosas. Y hoy venimos a darnos cuenta, como lo dice el Papa, que siempre hay
cosas que no son necesarias y otras que nos acercan a Dios y no las valoramos.
Por eso este tiempo de verdadera Cuaresma en cuarentena es la oportunidad para
rescatar todo eso. Ojalá no perdamos esa oportunidad para cultivar nuestro
espíritu con unas adecuadas reflexiones, con la oración y nuestra intención de
darnos para los demás.
Sólo así podremos aspirar a
entender, captar o participar de algo que nos rebasa, pero que con la fe
sabemos que estaremos ahí y son los misterios de Dios. Sólo así, aunque no
tengamos la respuesta del por qué está pasando todo esto, sí podremos ver la oportunidad
de reconocer a Dios, en lo que hemos podido identificar de nuestras vidas, en
nuestro encierro, en la cuarentena, incluso en el miedo; en la compañía de los
más cercanos a nosotros, en la reconfiguración de nuestras prioridades y, sobre
todo, en la gloria de Dios que se manifestará al final y por encima de todo
esto.
JHC
27 de marzo, día de
la encomienda, año de la Gracia de Nuestro Señor, 2020
Pude ver hace unos días un filme verdaderamente «conmocionante», si puedo proponer esta derivación como neologismo, más que conmovedor. Se llama “Una aventura extraordinaria” (Life of Pi), del director Ang Lee, año 2012. Se trata de un naufragio padecido por un joven hindú; mas no se trata sólo del naufragio, sino acerca del hablar de Dios. El sobreviviente cuenta dos historias paralelas de su hazaña: en una sobrevive milagrosamente con un tigre de bengala; en otra da cuenta del drama de supervivencia vía la desesperación inspiradora de la muerte entre los últimos sobrevivientes, quedando sólo él. El mismo protagonista propone que sus dos historias tienen que ver con Dios porque al final, cuando da a elegir uno de los relatos, él presupone que Dios elegiría la predispuesta por la inercia de la película sobre el espectador. De cualquier manera, haber sobrevivido en tales condiciones no deja mucho espacio para prescindir de lo sagrado.
Es este tema de lo sagrado, el verdadero y mayor de los problemas de la filosofía, según propone un maestro que ha escrito no pocas páginas para estudiar y escudriñar los temas que permean la discusión filosófica de nuestros días. El de la religión es «el» problema por antonomasia en el plano filosófico, y con ello el de lo sagrado, el de Dios. No ha habido un sistema filosófico, una idea, una propuesta, una meditación, un pensamiento por muy alto o profundo que sea, que no se haya topado con el fondo mismo de todo asunto trascendente, es decir, que no haya rozado con el problema de lo sagrado. Hablar de Dios, pues, por muy tema tabú en el ámbito «laico», por mucho que los paladines de la secularización se empeñen en acallarlo, terminan restándole la importancia y los trabajos a un sinnúmero de veros pensadores.
Se sabe, por otra parte, que ciertos pueblos han considerado el tema de lo sagrado de una manera tan importante que hasta era necesario callarse el nombre de Dios, precisamente por tan sagrado, tan sublime. Por contraparte, en nuestros ámbitos secularizados se banaliza el uso del término que designa a Dios porque se le ha desprovisto de todo contenido inherente a su naturaleza, es decir, se le ha «desacralizado».
Ya ni siquiera se puede hablar de Dios tan abiertamente sin que se levanten sospechas de fanatismo por parte de los no pocos espíritus «ilustrados» o jacobinos de nuestros días.
Urge hablar de Dios. A ver si con ello se despierta un poco más el interés de quienes no sólo le han negado los oídos a su Palabra, sino a los que han cerrado toda posibilidad de su experiencia viva. Urge porque el creyente muchas veces dice serlo; pero se niega a asumirse como “practicante”. Urge porque hasta para opinar sobre religiones resulta ahora que los “expertos” son esos académicos agnósticos vacíos de toda creencia en lo sagrado y propensos a pontificar sobre esos asuntos como si les fuesen propios. Urge porque desde el ámbito secular de un Estado equívocamente llamado «laico» cuando más bien se asume como ateo, desde ahí se pretende invadir el espacio de la religión y juzgar sobre lo más íntimo y sagrado mediante la irritante espada de lo “políticamente correcto”. Urge hablar de Dios porque así se muestra la esperanza de que Dios hable por medio de las palabras de quien desee hablar de Él con toda sinceridad y compromiso. Le entro.
Tanto en la literatura judía,
como en la musulmana y, desde luego, en la cristiana del ambiente medieval
suelen encontrarse referencias a los ángeles. Hoy ya no se habla tanto de
ellos. Nuestra hipermodernidad no tiene tiempo, y la ciencia no los reconoce,
como para seguir alimentando la idea de su existencia. Parece cosa de
superstición para los ojos escrutadores y ensoberbecidos de la ciencia moderna,
de la manera de ver todo enteramente desde las posibilidades exclusivas que los
sentidos nos permiten y, desde luego, lo que el mundo sensible nos ofrece. No
hay más.
Y, sin embargo, no sólo el
ejemplo de María cunde hoy entre nosotros cuando conmemoramos la anunciación
del Señor, pues concentrados en el detalle de lo que Nuestra Madre, la Virgen
María, habría de asumir en los nueve meses que corresponden al período de la
gestación del niño, Nuestro Señor Jesucristo, habría de aceptar María los
designios de Dios; así la habrá de acompañar San José y lo recordaremos otra
vez ya muy cerca de la Natividad, en el Adviento. Tratar el caso de María es
por demás interesante, extenso y de valorarse. No sólo tenemos su ejemplo,
decíamos, sino que encontramos en el pasaje de la anunciación al ente encargado
de llevar el mensaje. Es muy importante su participación.Es el Ángel Gabriel.
Estamos ante un Ángel de
acción y que tiene interacción con el mundo físico, tal como pasó con el
Arcángel Rafael en el libro de Tobías. Y lo mismo se piensa de los ángeles
custodios o los ángeles de la guarda. De donde se sigue que no todos los
ángeles como seres espirituales tienen la misma función. Para el caso de los
custodios o los de la guarda, se supone que están siempre cerca de nosotros y
que, si es el caso, intervienen para cuidarnos ante la inminencia del mal. El
problema es que no siempre les invocamos ni les tomamos en cuenta. Por ahí en
un texto de Emma Godoy escribía ella que pueden encontrarse a un brazo
extendido a la derecha de nuestro cuerpo.
Más allá de las elucubraciones
esotéricas que nos presenta la llamada “angelología”, y que ha reducido su función
a los caprichos de nuestros deseos, convirtiendo —esos sí— en elementos de la
superstición. Más allá de ello encontramos referencias a los ángeles por
pensadores y, más aún, pastores y entregados al servicio del ministerio pastoral,
como es el caso de Juan XXIII, de quien se dice que cuando tenía una diligencia
diplomática complicada que atender, rezaba a su ángel guardián que se
anticipara, que se adelantara para poder pactar con el ángel guardián de su
interlocutor, así cuando él llegara, ya no fuese difícil la conversación o la
controversia a dirimir; por ello se tenía al santo, al Papa bueno, como un
exitoso negociador, un “ablandador” de temperamentos.
Han sido varios los santos que
explican la jerarquía de los ángeles. San Gregorio, Santo Tomás de Aquino y San
Buenaventura se cuentan entre ellos. Hasta escritores seculares nos recuerdan
esa misma jerarquía. Es el caso de Régis Debray, el otrora médico que acompañó en
los 60’s al Che Guevara por Bolivia y ahora un catedrático emérito consumado en
París, en una obra suya denominada “El arcaísmo posmoderno”, donde acusa la
incoherencia o por lo menos la hipocresía del mundo actual, quien por un lado
niega la existencia de Dios y los seres sobrenaturales o todo lo concerniente a
lo divino; pero por otra exalta lo esotérico y no se deslinda del lenguaje y de
los conceptos propios de la jerarquía de los ángeles. Ahí explica a su modo la
jerarquía, la misma que proponen los santos antes aludidos.
Según la tradición cristiana,
entonces, tenemos tres categorías de ángeles, aunque no necesariamente en orden
a su importancia, sino a su función específica, de la que tampoco abundan
demasiado. Así, tenemos a los más inaccesibles para la mente humana, que son
los querubines, quienes viven exclusivamente en la contemplación y la alabanza
divina. Luego están los serafines, quienes son los guardianes de las cosas de
Dios. Luego siguen los tronos, en la misma categoría, la más alta. La siguiente
categoría, la media, es la de las dominaciones, las virtudes y las potestades.
Cada una tiene una función específica, según los santos, tales como, realizar
los milagros, repartir bienes espirituales, luchar contra las fuerzas adversas
y estar atentos a las razones del obrar divino.
En la tercera categoría están
los que tienen mayor interacción con el mundo sensible, como participar en el
gobierno de las sociedades, cumplir misiones especiales y ser los guardianes de
los fieles en la tierra.
Podríamos decir que en la
primera categoría están los ángeles de la más alta contemplación del Creador,
en la segunda están las categorías de ángeles que dan cuenta de la majestad del
Rey de Reyes, Nuestro Señor Jesucristo, por quien todo fue creado y ante quien
se dobla toda rodilla; y en la tercera categoría son los ángeles de acción, de
operación directa en los elementos del universo, lo cual corresponde a la
acción práctica del Espíritu Santo. De donde se sigue una interpretación
trinitaria, según lo descubre San Buenaventura. Y es este mismo santo quien nos
explica de qué manera actúan los ángeles en la operación y en el gobierno de
los elementos del universo. Deleitémonos:
«Se ha de observar, pues, que
este mundo, que se dice macrocosmos, entra en nuestra alma, que se dice mundo
menor, por las puertas de los cinco sentidos, a modo de aprehensión,
delectación y juicio de las cosas sensibles. La razón es manifiesta: hay,
efectivamente, en el mundo seres generadores, seres generados y seres que
gobiernan a entrambos. Generadores son los cuerpos simples, a saber: los cuerpos
celestes y los cuatro elementos. Porque, en virtud de la luz que concilia la
oposición de los elementos en los mixtos, de los elementos tienen que ser
engendrados y producidos cuantos seres se engendran y producen por la operación
de la virtud natural. Generados son los cuerpos compuestos de elementos, tales
como los minerales, los vegetales, los animales y los cuerpos humanos. Los seres
que tanto a estos como a aquellos gobiernan, son las substancias espirituales,
ora las totalmente unidas a la materia, como las almas de los brutos, ora las
que están unidas a ella, como son los espíritus celestiales, a quienes los
filósofos llamaron inteligencias y nosotros llamamos ángeles. A ellos es a quienes
compete, según los filósofos, mover los cuerpos celestes y se les atribuye, por
lo mismo, la administración del universo, dado que reciben de la primera causa,
que es Dios, la virtud influyente que transmiten, en conformidad con la obra
del gobierno que se relaciona con la consistencia natural de las cosas. Mas a
ellos se atribuye, según los teólogos, el gobierno del Universo, a las órdenes
del Dios sumo, en cuanto a las obras de la reparación, por cuya razón se llaman
espíritus servidores, enviados en favor de aquellos que deben ser los
herederos de la salud». (Itinerario de la mente a Dios, capítulo II, número
2)
Por ello conviene pedir el
favor, la acción y la intercesión de los ángeles, pues hoy uno de ellos fue el
precursor de la Buena Nueva, pues anunció a la Virgen el advenimiento del Hijo
de Dios. Con las facultades que tienen para gobernar en el universo a través de
los elementos, pueden, con la orden de Dios, ejecutar lo debido, si merecemos
la salud. Merezcámosla.
Hace algunos años se hablaba
mucho en nuestro país acerca de Monseñor Rafael Guízar y Valencia, hoy ya
declarado santo. Canonizado y prototipo, o al menos patrón de los obispos de
México. Obispo él de Veracruz, vivió los años más duros de la persecución
cristera. Y fue precisamente esa circunstancia lo que le obligaba a pasar de
incógnito en su trayecto de Veracruz a la Ciudad de México, cuando eso se
ofrecía. En algunos de sus viajes tuvo que pasar de camino a estas tierras de
Tlaxcala. Aquí en Santa Ana Chiautempan podía alojarse en la casa del
Presbítero Lorenzo Hernández Leana, tío abuelo de mi esposa, pues como
sacerdote estaba incardinado a la diócesis de Jalapa y formaba parte del
presbiterio de Monseñor Guízar y Valencia. Eso se cuenta entre la familia. La
anécdota crece cuando se le reconoce a Monseñor una personalidad totalmente
llena de la Gracia que procede de Dios, de ahí su talante de santo. Los que lo
vieron y saben de ese paso por estos rumbos, dieron testimonio de ello. De su
vida podemos decir mucho, tal vez lo más impactante fue su entrega en la
clandestinidad para apoyar a los heridos del movimiento revolucionario y su
trabajo pastoral hasta en Cuba, luego su exilio y el acoso del gobierno y, por
último, el extraordinario hallazgo de su cuerpo incorrupto tras su exhumación
en 1950.
Cuando uno piensa en personas
como el Obispo Guízar y Valencia no puede más que preguntarse y admirarse por
su capacidad de vivir y encarnar la fe con una espiritualidad portentosa. Lo
mismo podríamos decir de tantos otros personajes de su estatura espiritual. Un
Fray Junípero Serra, por ejemplo, evangelizador de la Sierra Gorda de Querétaro
y de las Californias. Nada más de mirar y reconocer las distancias que caminaba
y recorría para evangelizar esos pueblos, uno puede ver la grandeza del ánimo,
la magnanimidad y el espíritu fuerte, amén de la pasión en la vocación y el
ministerio que eligieron para propagar la Buena Nueva.
Ejemplos sobran. Lo importante
es reconocer esa grandeza de espíritu que los movía a llevar la predicación y
el testimonio hasta un grado heroico. Cabe preguntarnos cómo se inspiran, cómo
se fortalecen en su interior y cómo lo desarrollan hasta llegar a tales
extremos de entrega y de testimonio. Y la respuesta no es otra más que ésta:
fueron los que, alejados de todo miedo, se acercaron, como dice Miguel de
Unamuno, hasta beber, no el chorro, sino el torrente inmenso del agua viva, de
toda la fuerza y portento de la vida que viene de Cristo y que vivifica y
fortalece hasta el grado de mover para la causa todas las acciones en beneficio
de los otros, la que embriaga del amor al prójimo y vuelca el corazón hasta
ocupar todo, desde las entrañas hasta los gestos, las palabras, las acciones,
etc. Es, quizá, lo mismo que mueve a tantas personas a entregarse generosa y
silenciosamente a una vocación consagrada y que no esperan otra cosa que
sentirse uno con los demás porque el amor a los otros les ha impulsado a tomar
la fuerza, la inspiración y la asistencia de Dios mismo. Los que han dado el sí
al servicio de los demás, los que han tenido la valentía de dejarlo todo para
ir al encuentro del Señor a través de la entrega, la oración y todo lo que su
ministerio, sus carismas y su mística les interpelan para ejercer la vida así.
Sacerdotes, religiosas, religiosos y hasta laicos consagrados; obispos,
arzobispos, cardenales y hasta el Papa, todo un ejército de Dios que necesita
nuestra oración y nuestra comprensión, nuestra mano solidaria y las fuerzas que
tenemos también los laicos.
Todos necesitamos sentir ese
torrente de vida que de Dios procede y de lo que nos habla el profeta Ezequiel
(47, 1 – 9. 12) porque somos como el enfermo de la piscina de Betesda, quienes
estamos sedientos y necesitados de la acción divina, no sólo para limpiar nuestra
podredumbre que tiene raquíticas y enfermas nuestras almas, sino para sentir el
torrente que es la palabra sanadora de Jesús, quien nos pide no pecar más para
no caer otra vez en la enfermedad espiritual. Es hora de soltar nuestras
cadenas y liberarnos realmente de lo que nos oprime en nuestro interior. Es
hora de acercarnos o de dejar que entre el barullo se nos acerque Jesús y nos
pregunte y nosotros contestemos con sinceridad que sí queremos sanarnos, porque
muchas ocasiones vivimos contentos y felices con nuestras cadenas, no queremos
liberarnos, sino seguir subyugados y oprimidos por nuestros miedos, nuestras
hipocresías, nuestras mediocridades, nuestro confort, nuestro victimismo,
nuestros vicios o nuestras mentiras. Sólo la verdad nos hará libres; pero sólo
la palabra de Jesús limpiará nuestras inmundicias porque es como un torrente de
agua viva que nos aguarda. Ya es tiempo.
No han faltado los sesudos
análisis para descubrir lo que está pasando en realidad detrás de esta terrible
pandemia que nos tiene pertrechados en nuestros hogares. Unos dicen que es
porque el capitalismo está agonizando y las empresas globales con sus esbirros
los gobiernos de avanzada necesitan una excusa para destapar el acabose. Otros
dicen que es una nueva manera de reconfigurar el dominio del mismo capitalismo,
que necesita recuperarse y volverse a proyectar. También hay quienes afirman
que, sin ser necesariamente una estrategia económica, bien puede ser un
problema sembrado por quienes experimentan con virus para crear nuevas
medicinas dentro de la industria farmacéutica. Y, pues, tampoco faltan quienes interpretan
una suerte de premonición apocalíptica y pueden, lo mismo citar a Nostradamus
que al monje que gritaba en medio de la plaza de San Pedro en esos días de la
renuncia de Benedicto XVI sobre la inminente Parusía. Para colmo tenemos un
gobierno que relativiza los datos de la pandemia y pretende jugarle al cauto.
No sabemos exactamente lo que
está pasando, ni la causa final, ni la formal, para usar las categorías
aristotélicas; tal vez sólo sepamos la causa eficiente, que son los agentes de
contagio, además de la causa material, que es el propio virus y sus
características ya bien definidas. La respuesta más sensata ante este peligro
ha sido la cuarentena relativa, pues no faltan las necesidades, aunque sea para
asomarse a la calle. Y no faltan tampoco quienes ya están imaginando lo que
sucederá cuando esto termine, suponiendo y elucubrando las más variadas
hipótesis.
Desde el punto de vista
espiritual deberíamos preguntárnoslo: ¿qué va a pasar cuando esto termine? La
respuesta tiene que llegar desde el enfoque de la cuaresma: cuando esto termine
lo que queda o lo que debería suceder es lo obvio, a saber, la Pascua de
Resurrección. Eso lo podemos verificar año con año; pero esta situación es
inédita, especial, sui generis y eso nos interpela para determinar hasta qué
punto la llamada de Dios nos está reclamando una acción concreta desde nuestro
ser cristiano.
Cuando esto termine deberíamos
haber reforzado nuestros lazos de comunidad, pues el asilamiento debe hacernos
valorar esa dimensión que en lo cotidiano nos tiene sumidos en el
individualismo por la mezquindad y la falta de empatía para formar verdaderas
comunidades humanas.
Cuando esto termine nuestros
lazos familiares deberán reflejar lo que a cuaresma nos pide: la reconciliación,
la conversión, el ayuno, la limosna y, por supuesto, la oración. Deberemos
haber meditado los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo
de una manera profunda y con toda la intención de comprometernos para trabajar
por el bien común y por hacer patente el Reino de Dios.
Cuando esto termine habremos
de sentir que el camino de la cuaresma fue único por la situación que se nos
impone. No habremos revestido del hombre nuevo, habremos buscado y meditado de
qué manera podremos caminar con dignidad porque hemos buscado las obras de la
luz y nos hemos alejado de las obras de las tinieblas.
Cuando esto termine deberíamos
tener más sentido de compasión y de solidaridad, mayor capacidad de sentir las
necesidades de los hermanos para poder ayudarles. Tendríamos que estar
vigilantes de las formas, ya que, sin caer en el descuido del contacto físico,
nada obsta para que nuestras almas vayan juntas por un mismo sentir. Tendremos
que ser más receptivos y más pulcros hasta en la manera como tratamos a los
otros, con el respeto y la solemnidad que cada uno merece, a sabiendas de que
son tierra sagrada y que no tenemos ningún derecho de profanar aquello que Dios
sembró en el interior de cada persona y que es su dimensión de singularidad y
de unicidad al amparo de los dones recibidos del altísimo.
Cuando esto termine podremos
sentir con júbilo y con gozo la sanación y la salvación y podremos cantar como
el salmo 29:
Te ensalzaré, Señor, porque me
has librado
y no has dejado que mis
enemigos se rían de mí.
Señor, sacaste mi vida del
abismo,
me hiciste revivir cuando
bajaba a la fosa.
Tañed para el Señor, fieles
suyos,
celebrad el recuerdo de su
nombre santo;
su cólera dura un instante;
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el
llanto;
por la mañana, el júbilo.
Escucha, Señor, y ten piedad
de mí;
Señor, socórreme.
Cambiaste mi luto en danzas.
Señor, Dios mío, te daré
gracias por siempre.
Y veremos el cielo nuevo y la
tierra nueva que Dios prepara para los que le son fieles, como lo insinúa el
profeta Isaías (65, 17 – 21) y cómo lo sintió el funcionario (Jn. 4, 43 – 54),
quien pidió de Jesús atención no para él, sino para su hijo, en un claro
ejemplo de cómo debe hacerse una intercesión con fe. Así nosotros debemos pedir
por los demás, no sólo para librarnos de la posibilidad del contagio y la
enfermedad, sino por los que están a expensas de ello en los hospitales y los
servicios médicos, así como los que ya han caído enfermos.
Esto se puede ver, entonces,
como una oportunidad para acercarnos a nosotros mismos, a Dios mediante la
compañía y la oración con los demás y a una nueva conciencia para hacer
efectiva esta cuaresma como tiempo de preparación, conversión y reconciliación.
Cuando todo esto termine.
«No te dejes llevar por su
gran altura, ni por su mucha fuerza, porque los ojos de los hombres miran las
apariencias; pero los ojos de Dios miran al corazón», dice la escritura en el
primer libro de Samuel (16, 7). El profeta Samuel iba a ungir al nuevo rey de
Israel, llevó su cuerno con aceite y se aprestaba para hacer un sacrificio
ritual con Jesé y sus hijos, así que era cuestión de ver a los hijos de éste;
pero ninguno de los presentados era el elegido, ni el más grande, fuerte y bien
parecido; tal vez ni siquiera el que parecía más inteligente, sino el más
pequeño, el que no había sido tomado en cuenta por pequeño y porque era el
pastor y no estaba presente y, sin embargo, Samuel supo ver más allá de las
apariencias.
“Las apariencias engañan”,
dice un dicho muy común. A veces pensamos de un acontecimiento algo y resulta
otra cosa. A veces de alguien creemos algo y no resulta veraz y aplicamos así
el dicho. No siempre resulta lo que uno cree con lo que se ve. Un filme de 2014,
Draft Day, traducida en español como “Decisión final”, ahí un manager,
representado por Kevin Costner, tiene ante sí la encomienda de elegir al
jugador emanado del futbol americano colegial que mejor convenga al equipo de
los Browns, como todos los demás equipos; lo haría en séptimo turno; pero le
proponen un trato para elegir en primer lugar, es decir, le abren la
posibilidad de elegir al mejor de todo el futbol colegial a cambio de sus
primeros turnos de los tres próximos años. Toma la negociación porque,
presionado por el dueño del equipo, su staff, su propia madre y la historia
necesitada de triunfos de su ciudad, así que se esperaba que eligiera al
quarterback estrella del futbol colegial. Manda a investigar al joven y
encuentra algo raro: cierto que era una estrella, un jugadorazo; pero había
algo que, de su interior, de su persona, no le convencía al manager. En cambio,
había un par de jugadores con formas de ser un poco más idóneas, uno de ellos,
esperando que, por haber sido su padre jugador de aquel equipo, esperaba su
oportunidad con ellos y otro, defensivo, dedicado joven que mantenía a sus
sobrinos porque su hermana había fallecido de cáncer, era a quien en realidad
el manager admiraba. Por fin llegó el momento de decidir y escogió a este último
para sorpresa de todos y cuando lo hizo provocó toda clase de suspicacias
respecto del primero, luego el mismo manager supo negociar para sacar partido
de la situación y de la confusión. Cuando defendió su decisión, dejó en claro
que, no sólo se trataba de mirar los datos externos, sino incluso aquellos no
tan visibles: los del corazón.
En el ámbito educativo hemos
llegado a encontrar en repetidas ocasiones algunos casos de alumnos o alumnas
que muestran ciertas actitudes de cierta normalidad; pero suelen esconder a
veces tremendas heridas que no se ven; también hay quienes, detrás de actitudes
anómalas, suelen tener extraordinarias dotes de sencillez, de nobleza y de
bondad. Es preciso saber mirar más allá de lo que a simple vista nos aparece.
En el ámbito de la educación, para poder trabajar con los alumnos es necesario
saber mirar su corazón.
También en otros ámbitos de la
vida humana suele pasar así: nos dejamos llevar por las apariencias. Somos tan
poco observadores y muy propensos a los prejuicios. Nos adelantamos a creer
algo erróneo de las personas cuando debemos pedir a Dios su inspiración para
saber discernir.
Con los acontecimientos nos
pasa lo mismo: nuestras cargas preconcebidas de lo que siempre hemos creído o
lo que a primera vista nos presenta nuestra mente, nos obnubila y no
obstaculiza la capacidad para hurgar un poco más con nuestras facultades
intelectivas. No basta documentarse para saber algo a profundidad, sino saber
discernir esa información. A veces el exceso de información nos abruma y no nos
deja ver el panorama. Los árboles no dejan ver el bosque, como cunde la
expresión en los ámbitos intelectuales desde hace varios siglos.
La única manera como podremos
darnos cuenta de las obras de las tinieblas es porque necesitamos la luz; pero
también necesitamos curar nuestras cegueras para darnos cuenta de lo evidente,
para poder mirar las entrañas, el corazón, la médula de las personas y de los
acontecimientos. Esa luz y esa curación de nuestra ceguera la da Jesús, como lo
demuestra en el Evangelio de San Juan, cuando cura al ciego de nacimiento. Sus
detractores, los maestros de la ley, que se quedan en la interpretación de la
misma en lo concerniente a lo externo, al simple y llano cumplimiento de lo
externo, sin mirar la entraña de la necesidad concreta de las personas, actitud
indolente e insensible, distante de la verdadera misericordia que de Dios
procede y Jesús nos enseña con todos sus gestos y palabras.
Hoy más que nunca, lejos de
buscar culpables por la pandemia, de acusar el exacerbado capitalismo, de
buscar conspiraciones para adueñarse del mundo, de señalar anomalías en el
manejo de la crisis de salud o en la falta de medidas eficaces, nos falta
unirnos en la oración, vivir una cuaresma con la mayor dosis de meditación, de
sacrificio y de concentrarnos en lo esencial. Pidamos a Jesús que nos abra los
ojos, que elimine nuestra ceguera y que mire a nuestro corazón para que
nosotros podamos ver el corazón del hermano.
Pese a que cunden las llamadas
“Fake News”, por ser notas sensacionalistas, alteradas o inventadas, no deja de
ser revelador que haya confluido esta pandemia del coronavirus con la
circunstancia económica mundial de actualidad: no tenía mucho que los Estados
Unidos, a través de su reserva federal, había bajado las tasas de interés, como
si supieran que se avecinaba una tormenta económica, una crisis o recesión;
luego vino la baja de los precios del petróleo por parte de Arabia Saudita en
la guerra comercial que tienen contra Rusia. No estamos lejos de saber hasta
qué punto los estragos se dejarán sentir por la baja en la producción y las
ventas comerciales del gigante oriental, China.
Encima venimos a darnos cuenta
de la gravedad de una pandemia sin parangón en los últimos cien años, pues la
gripe aviar de España afectó al mundo el siglo pasado y aunque ha habido otros
riesgos, como el de 2009 con la llamada “influenza porcina”, luego corregida al
AH1N1, no se había presentado algo como lo de ahora.
Henos aquí en un encierro,
pues es lo que se recomienda, aunque no toda la población lo acata y el
gobierno mantiene sus reservas con el aspecto económico y comercial, aunque
bien han presionado para que cesen los eventos multitudinarios, especialmente
los religiosos.
Cuentan que San Gregorio Magno fue capaz de congregar al pueblo para que, haciendo oración, sacrificios y ayuno, como en el caso de los ninivitas, se disipara un duro ataque de epidemia en su tiempo, que en la procesión que organizó se oyó al coro de los ángeles cantar el Regina Coeli y que se vio a San Miguel Arcángel re enfundar su espada como señal de que había dado fin a la pandemia que los azotaba y terminaba así la prueba que Dios ponía al pueblo.
La oportunidad está dada para
vivir entonces una cuaresma de verdadero recogimiento, de meditación, de
penitencia y de sacrificios. Si bien la lectura del profeta Oseas remata hoy
diciendo en boca de mismo Dios que quiere misericordia y no sacrificios,
también es cierto que el salmo refiere que el único sacrificio válido es un
espíritu quebrantado y humillado que Dios no despreciará y favorecerá a Sión y
reconstruirá las murallas de Jerusalén. Luego en el Evangelio Jesús nos pone como
imagen la soberbia del fariseo y la humildad del publicano, como si nos explicara
que el verdadero sacrificio es el de dentro, el del corazón, no el externo, el
notorio, el que nos envanece y nos envilece porque se queda en las apariencias
y en la hipocresía.
Ojalá que nuestro sacrificio
sea verdadero y que podamos volver al Señor en esta cuaresma, entonces pasará
la amenaza de la pandemia, se abrirán los templos y el Señor mismo recibirá una
vez más de nuestra parte el sacrifico externo por antonomasia que es la santa
Eucaristía.
Confiesa el Padre Filiberto
Cruz Reyes escribir y publicar sus dos libros, tanto “Parcelas en el tiempo” (Miguel Ferro Editio, México, 2014),
como “Estoy en medio de ustedes” (Miguel Ferro Editio, México, 2017), para alcanzar una síntesis entre la fe y la
razón. Así pretende arrancarle a cronos una buena dosis de su esencia para
dejarnos unas reflexiones de sus lecturas, las ideas y los conceptos que se
pueden encontrar en el cultivo de la fe por la vía de la razón o del dominio de
la razón por medio de la fe, siempre dispuesto a encarnar a su manera el
anuncio del Evangelio en su ministerio sacerdotal tan encomiable y menesteroso
de oraciones, igual que tantos otros amigos sacerdotes que lidian a
diario con el mundo y llevan la Buena Nueva de Jesús. El mismo Padre Fili nos
convocó alguna vez, a algunos amigos para tratar de producir algo que exaltara
la belleza de la Iglesia con este mismo cometido, de unir la fe y la razón,
pues es una manera de dar cumplimiento el mandato más importante: amar a Dios
con todo el corazón, con toda la mente, con todo el ser, entregándolo todo. Es
justo reconocer que estas reflexiones en gran medida proceden de la motivación
emanada de esa intención por cultivarnos y hablarle a otros de esto mismo, pues
es nuestra aportación al anuncio de la Buena Nueva.
“Sólo sé que no sé nada”,
dicen que decía Sócrates. Cuando el oráculo señaló al filósofo como el hombre
más sabio de Atenas, se sintió libre de corroborarlo por toda la ciudad,
suponiendo que él no podría saber más que los demás. Así, se encontraba con
militares, políticos y hasta con los sofistas y retóricos, además de los
médicos y otros, en apariencia conocedores de sus respectivas áreas o
profesiones. A todos les aplicaba su ya reconocido método mayéutico, inspirado
en la analogía de lo que su madre practicaba, sólo que su madre, quien era
partera, lo hacía para ver nacer a los niños. Sócrates hacía lo mismo; pero con
las ideas. Gozaba al interrogar a sus interlocutores porque de las preguntas
que les lanzaba obtenía nuevas ideas, de tal modo que la mayéutica era para él
“parir ideas". A Sócrates se le debe un gran aporte en el mundo de la
filosofía y con ello, del pensamiento en general, al igual que sus
contemporáneos los griegos de la etapa clásica.
Es conocida la idea
aristotélica también del deseo de saber, inscrita en su Metafísica al inicio.
El ser humano tiene la necesidad natural de saber algo, no de quedarse en la
ignorancia. De hecho, esa condición ha sido identificada tradicionalmente como
la característica o diferencia principal entre el ser humano y los otros seres
vivos con los que compartimos la vida en este mundo, por la capacidad de
utilizar la razón, el pensamiento y el cultivo del saber para adaptarse y para
dominar el mundo.
Para muchos el camino del pensamiento
es una separación de todo lo que tenga que ver con la fe. Se plantea una
dicotomía, un abismo insalvable entre la fe y la razón.
Desde el inicio de este
periodo llamado Modernidad hubo ya voces y posturas que alertaban acerca de la
condición anómala de pretender centrar el conocimiento exclusivamente por medio
de criterios racionales, dándole la espalda a cualquier certeza que proviniese
incluso de lo misterioso e inexplicable que sólo por la revelación acude vía la
fe. Tal es el caso de Blaise Pascal, contemporáneo de Descartes, francés
también, quien tuvo una experiencia mística la noche del lunes 23 de noviembre
de 1654, misma que le inspiró y le movió a cambiar radicalmente su vida,
dejando sus grandiosas y geniales aportaciones al mundo de la matemática, de la
física, de la mecánica y de la ingeniería, en suma, decidió abandonar toda
empresa de la ciencia exacta para dedicar enteramente sus energías y su genio a
escribir una apología del cristianismo, misma que no terminó, pues falleció relativamente
joven y enfermo. A esa apología inconclusa se le conoce como los
“Pensamientos”. En ellos nos hace ver la necesidad de fundamentar nuestras
certezas más radicales en algo superior a la razón, algo de lo que proceden
nuestras ideas de lo perfecto, de lo infinito, de lo inefable: es la fe y la
revelación. En estas ideas pascalianas encontramos, para nuestro propósito, un
primer acercamiento a la necesidad de la integración entre la fe y la razón,
entre la religión y la cultura en el periodo de la Modernidad.
¿Por qué esta pretensión de
reintegrar fe y razón? Porque ambas se habían separado, porque la razón, y por
ende también la cultura, que representan todo conocimiento humano, todo logro
de la tradición, se separaban de la fe al considerar que el conocimiento sólo
podría provenir de las fuentes precisamente racionales. Desde ahora ni la
lógica ni la metafísica tenían como último fin a Dios. O más bien, al no
encontrar los pensadores del final de la Edad Media y el principio de la
Moderna, acomodo o razón de ser de la lógica y la metafísica, juzgaron que eran
inútiles, vacías y ambiguas. El nominalismo de Ockham y la corrupción de
ciertos clérigos regulares habían provocado esta desviación teórica y, en
cierto sentido, habría esto último motivado también la rebeldía de Lutero en
Alemania. Por otra parte, los pensadores de aquella época optaron por las
concepciones luteranas de la fe, según las cuales no se necesitaría más que
creer, ya no merecer el Cielo, pues ya estaría ganado. En fin, que entre los clérigos
que habían caído en estado de corrupción, los protestantes fideístas y los
científicos antropocentristas, le dieron un nuevo rumbo a la cultura, al saber
científico, separado de la fe, apegado a la razón, secular, sin Dios.
Estamos acercándonos o
refiriéndonos en nuestra revisión al punto crítico de la modernidad en el que
salta el desafío de proyectar la vida hacia el futuro tratando de ofrecer
alternativas ante la decadencia. No cabe, acaso, seguir sin cultura y sin
espíritu, sólo bajo los parámetros del saber empírico. No parece que haya
muchas respuestas a las preguntas fundamentales mediante la ciencia galileana
encumbrada y ensoberbecida. Con Husserl podríamos encontrar una primera
posibilidad: «Una tarea une a los hombres de modo inextricable: sólo cuando el
espíritu retorne a sí mismo desde su orientación ingenua hacia lo exterior y
permanezca en sí mismo y puramente en sí mismo, podrá dar razón de sí
mismo.» O incluso con Habermas: «En la
conciencia pública de una sociedad postsecular se refleja una comprensión
normativa que tiene consecuencias para el trato político entre ciudadanos no
creyentes con ciudadanos creyentes. Si ambas posturas, la religiosa y la laica,
conciben la secularización de la sociedad como un proceso de aprendizaje complementario,
pueden entonces tomar en serio mutuamente sus aportaciones en temas públicos
controvertidos también desde un punto de vista cognitivo.» Y al propio Joseph Ratzinger, quien propone
que:
También a la razón se le debe
exigir a su vez que reconozca sus límites y que aprenda a escuchar a las
grandes tradiciones religiosas de la humanidad. Si se emancipa totalmente y
renuncia a dicha disposición a aprender, si renuncia a la correlación, se
vuelve destructiva. Yo hablaría de una correlación necesaria de razón y fe, de
razón y religión, que están llamadas a depurarse y regenerarse recíprocamente,
que se necesitan mutuamente y deben reconocerlo.
No han sido pocas las
ocasiones en las que Ratzinger, el Papa Benedicto XVI, se ha referido a esta
necesidad de integrar fe y razón. Y ya
su antecesor, Juan Pablo II había publicado una encíclica al respecto, como
bien lo mencionábamos antes. Y estos pronunciamientos han tenido su resonancia
en el ámbito intelectual, tanto para denostarlos, como para promoverlos y, en
la mayoría de los casos, discutirlos.
Esta idea de la integración
entre fe y razón ya estaba contenida en la filosofía pascaliana. Por su parte,
Juan Carlos Moreno Romo dedica un amplio capítulo de su Vindicación del
cartesianismo radical para tratar
sustanciosamente este asunto: «Para que la razón y la fe se entiendan y puedan
llegar a ser la una el complemento de la otra tienen que entrar en contacto
estos dos hechos profundos en cuanto tales, y para ello se precisa que convivan
ambos en la intimidad de una sola conciencia—en rigor, en un hombre que, a la
vez que filósofo verdadero, sea también un verdadero creyente. Semejante
conjunción, aunque difícil, no ha dejado de ocurrir desde los comienzos mismos
de la era cristiana.» Por nuestra cuenta,
hemos tenido la oportunidad de reseñar ese trabajo de Moreno Romo y nos hemos
referido de esta manera al mismo asunto: «Henos de pronto sumergidos en la
reflexión sobre la complementariedad entre la razón y la fe. Una de las tesis
centrales del libro, además de esta que establece la religión como el máximo de
los problemas de la filosofía, y la
necesidad de asirse tanto a la fe como a la razón, es precisamente la
recuperación del Descartes cristiano, y católico, para situarlo en
contraposición a esas corrientes filosófico-ideológicas que pretenden hallar
sus raíces en las teologías protestantes, o en el libertinismo ateo.»
Los diagnósticos de decadencia
sugieren que el ejercicio filosófico no puede llegar a su plenitud en medio de
una crisis cultural como la que estamos atravesando siendo una pretendida
civilización ultramoderna. Nuestra crisis es cultural, por decirlo de alguna
manera, porque desde el ámbito del pensamiento se le ha dado la espalda a la
cultura, es decir, al cultivo del espíritu. Ya ni siquiera se cree ni se asume
que haya espíritu. Ni siquiera alma. Si de verdad hay una crisis, ésta comenzó
cuando fue desterrada toda señal de religiosidad. La embestida contra la
religión y contra el Dios moral de la cristiandad llega a su clímax en tiempos
de experiencia de vacío y de sinsentido. Y ahí está en medio la filosofía y más
concretamente la educación: huérfana y esclava de las ideologías de moda;
secuestrada por los designios de los programas educativos encaminados al logro
de las necesidades sociales, según el credo político reinante, perecedero,
trivial, ramplón e impersonal; anónimo como el Estado Moderno. Y si la cultura
decae, lo que sobreviene es la barbarie, como nos hace notar Michel Henry: «La
barbarie es siempre segunda con respecto a un estado de cultura que le precede
necesariamente, y sólo en relación con él puede aparecer como un
empobrecimiento y una degeneración.» Es
este mismo pensador quien denuncia la dislocación entre el saber científico y
el saber cultural:
«Es forzoso rechazar el
conjunto de los prejuicios de nuestro tiempo, a saber, la creencia de que no
solamente el saber científico es el más importante sino que en realidad es el
único saber verdadero; que saber quiere decir ciencia, es decir, este tipo de
saber matemático, introducido en la época de Galileo; que todo lo que ha
precedido a esta llegada de la ciencia rigurosa en Occidente no ha sido más que
un montón de conocimientos inorgánicos, presentimientos confusos, por no decir
prejuicios e ilusiones. ¿Cómo la humanidad precientífica, desprovista en efecto
de todos los medios que iba a poner a su disposición la técnica moderna, habría
podido no sólo sobrevivir y desarrollarse, sino incluso producir en numerosos
dominios, por ejemplo, los del arte y la religión, resultados extraordinarios,
a los que los hombres de nuestro tiempo serían incapaces de acceder si aquella
humanidad no hubiera dispuesto del saber fundamental que es el de la vida?».
La fe necesita madurar con la
razón. La ignorancia manifiesta en la fe es una especie de fanatismo o un
sinsentido, como lo ha dejado ver nuestro mandatario nacional cuando muestra
amuletos contra el mal. Es una pésima manera de insinuar que los católicos
somos así. No hay pensamiento mágico en la fe madura, por eso habrá que estar
en guardia contra los sensacionalismos, las cadenas de oración, las supuestas
advertencias de profecías o el advenimiento del apocalipsis. Ninguna pandemia o
contingencia debería mermar nuestro compromiso con la oración y con el cultivo
de la fe mediante el conocimiento de las cosas, tal como se aprecia cuando
Jesús en el Evangelio (Mc. 12, 28 – 34) le aplaude al escriba que le responde
correctamente acerca del más importante de los mandamientos, pues al fin y al
cabo, amar a Dios con todo nuestro corazón implica nuestra memoria como
potencia del alma, con toda nuestra mente, implica nuestro entendimiento y con
todo nuestro ser, implica nuestra voluntad, a imagen todo de la Santísima
Trinidad, que es a lo que aspiramos y no le es ajeno todo esfuerzo por saber.
El camino evoca la memoria y la vía hacia Dios. La Verdad es el logos, la Palabra, el Verbo, la razón de Jesús. La vida es el dinamismo impreso por la fuerza del Espíritu Santo