miércoles, 1 de enero de 2025

La Puerta

 @jhcastelano

El Padre José María Cabodevilla (1928 – 2003) ofrece este nombre a Cristo en el primer día del año, o para el primer día del año en su obra “365 nombres de Cristo”. Nos explica el sentido de la apertura, del abrir. Así abrimos este 2025, en el nombre de Cristo. «Ábrenos ya la puerta y veremos los vergeles», dice Simone Weil en un verso alejandrino sobre el deseo de Dios. 

La imagen de la puerta a un ciclo nuevo, a un nuevo capítulo en la era cristiana, no podría menos que inspirarnos a renovar nuestros propósitos. Cada quien sabe lo que le inspira o motiva; pero más allá de las promesas huecas o las metas olvidadas prontamente, subyace siempre una intención porque cobramos conciencia del tiempo, del ciclo y de lo que creemos que debemos hacer siempre para el bien propio y de los demás.

No ha sido una casualidad, sino una intención bien medida que, como cada veinticinco años, al interior de la Iglesia Católica se declare un jubileo, una oportunidad más en el cuarto de siglo para retomar el camino de la pretensión por la salvación, de trabajar arduamente y buscar la santidad a la que todos estamos llamados. El Papa Francisco ha abierto solemne y simbólicamente las puertas de los recintos sagrados en Roma para ejemplificar esa apertura al jubileo; pero también hacia un nuevo momento o una nueva etapa en la vida de los fieles. No se trata solamente de buscar por interés vano las indulgencias plenarias, sino de nutrir y vivificar por dentro nuestros corazones, nuestras almas y manifestar con caridad desinteresada que todo lo que hacemos sea para gloria de Dios y beneficio para los demás.

JHC

martes, 24 de octubre de 2023

"Rezar por la familia de los reptiles"

 @jhcastelano

Anda en las redes sociales digitales una controversia sobre uno o dos párrafos de un documento oficial del sínodo de la sinodalidad. Es una cita de San Isaac de Nínive, o Isaac el Sirio, Obispo, monje y asceta del siglo VII, oriundo de lo que hoy es Qatar. Es venerado en las Iglesias católicas orientales y la ortodoxa. No tengo datos de que lo sea en la Católica Romana, pues su onomástica es el 28 de enero, justo la fecha de la fiesta o memoria de Santo Tomás de Aquino. La controversia ocurre porque en el llamado “sínodo de la sinodalidad”, camino emprendido por la Iglesia Romana o Católica, se le cita en un documento oficial, como dijimos, a saber, sobre la «espiritualidad de la sinodalidad», es decir, de las ideas espirituales que rigen este camino sinodal, cosa nada mínima. Ya desde una idea preparatoria el documento nos dice sobre el discernimiento espiritual de la Iglesia sinodal: «Nosotros también llegamos a descubrir que Dios no tiene un objetivo solamente para nosotros, sino que es para toda la humanidad y, de hecho, para todo cuanto existe en la creación». Bajo esta perspectiva ya se advierte la idea de la universalidad.

La verdadera problemática está en la página 29 del documento, pues por la pluma de los redactores pasan las siguientes palabras: «En muchos modos, podemos ver y apreciar el don del discernimiento en términos musicales. En muchas ocasiones, aprendemos a cantar cuando cantamos con otras personas. De ellas, aprendemos a reconocer las notas verdaderas o las falsas. Poco a poco, familiarizamos con la música e iniciamos, casi intuitivamente, a comprender cuando estamos en armonía. Así también, a partir de la familiaridad con Dios, podemos llegar a reconocer lo que es verdadero y lo que está en armonía con el proyecto de Dios y aquello que desentona o es una nota errónea. También aprendemos cuál es el modo de amar y actuar de Dios para la salvación del mundo a través de la nueva “música de la Cruz”. En definitiva, el discernimiento es un acto de amor a Dios y al prójimo. Es el conocimiento que llega a través del amor». Donde no aclara a qué se refiere la “música de la Cruz”. Resulta de cierto modo ininteligible, por muy metafórica que sea la espiritualidad o la armonía en el camino; pero no es aún lo más difícil de entender, pues enseguida pone la referida cita de Isaac, el Sirio: 

"¿En qué consiste un corazón misericordioso? Es un corazón ardiente por toda la creación, la humanidad, los pájaros, los animales, los demonios y todo lo que existe. Mediante el recuerdo de ellos, los ojos de una persona misericordiosa derraman abundantes lágrimas. Por la fuerte y vehemente misericordia que se apodera del corazón de tal persona, y por esa gran compasión, el corazón se humilla, y uno no puede soportar escuchar o ver cualquier injuria o leve dolor de alguno en la creación. Por esta razón, una tal persona ofrece continuamente una oración cargada de lágrimas, aún por las bestias irracionales, por los enemigos de la verdad y por aquellos que la perjudican, para que sean protegidos y reciban misericordia. Y del mismo modo, la persona reza por la familia de los reptiles debido a la gran compasión que arde sin medida en el corazón que se asemeja a Dios."

Un corazón ardiente “por los demonios” no suena tan convencido del deseo de Dios. En otras circunstancias los exorcistas han recomendado no tener ninguna especie de diálogo con el Malo. Cualquiera podría suponer que eso incluye no arder el corazón por esos seres que desean poseer nuestra alma, porque sería como entregarnos sin remedio y sin freno a las acciones del maligno.

Derramar lágrimas de misericordia, por su parte, no nos exime de esperar y trabajar por salir de la mediocridad del pecado y dejar que los otros naufraguen en esa confusión donde no se atina a sentir el efecto del mal, sino la dejadez de la cobertura de la misericordia, de la falsa misericordia, podríamos agregar, la del que «todos caben en la Iglesia». Derramar lágrimas por las bestias irracionales no está mal, pues nos duele el mal en la Creación; pero hacerlo por los «enemigos de la verdad» no suena tan misericordioso, sino más bien claudicante, deshonroso y hasta de cierto grado cobarde, pues una cosa es perdonar inclusive a quienes nos sobajan y otra muy distinta es no guiar a los que se vean perdidos en la maraña del pecado.

Lo de rezar por la familia de los reptiles es harto más incomprensible. Tal vez sólo se pueda entender si consideramos no específicamente el ejemplo de esos animales, sino el conjunto de la obra natural del docto pincel.

Ya había tenido la oportunidad de leer citas de este santo oriental en los Relatos del Peregrino Ruso que, a su vez, cita la Filocalia. La espiritualidad vertida en un documento clásico como los relatos del peregrino suenan un poco al ardor de un San Francisco de Asís por la Creación entera; pero también a las ideas místicas de una Simone Weil, por ejemplo, cuando se arriesga a afirmar que por el amor a Dios es capaz de obedecerlo hasta el extremo de la condenación eterna; o incluso un poco a lo que Emma Godoy insinuaba, a saber, que el cosmos entero tiene una perfecta armonía sólo perturbada por la acción del pecado, por lo que nos toca velar y pugnar porque se conserve dicho orden. Sólo por algo así podría entenderse esa cita tan espinosa.

Julián Hernández Castelano
Santa Apolonia Teacalco, Tlaxcala.

domingo, 5 de diciembre de 2021

La salud del Padre Ray

 Sobre el estado de salud del Padre Raymundo Eleuterio Morales


Las informaciones que nos han hecho favor de emitir el día de ayer, sábado 4 de diciembre de 2021, sobre el estado de salud del Padre Raymundo, son contrastantes. Por un lado, tuvimos aquella idea de su ligera recuperación y, por otro lado, un pronóstico preocupante. La primera idea nos la hizo llegar nuestro amigo Eduardo, cuya hermana es cercana a las personas del hospital, pues ella se jubiló de trabajar ahí y tiene ciertos contactos que le pueden informar de primera mano sobre este asunto. La segunda información la emitieron en la tarde a los familiares del Padre.

La mejoría ligera hace tener esperanza en su recuperación, pues lógicamente si ya no hay deterioro en su capacidad de oxigenar; pero sí una leve, aunque mínima recuperación, eso hace pensar que puede volver.

Es verdad, empero, que todo paciente intubado y con poca respuesta en su capacidad de oxigenar, tiene mínimas posibilidades de recuperarse. Es ahí donde el segundo pronóstico, por lo demás, muy detallado, cobra relevancia, pues es cierto también que, en tanto menos tiempo el cuerpo de Ray pueda suministrar el oxígeno, ese tiempo es valioso para mantener órganos vitales en buen estado, como el cerebro y el corazón. Es lo que entiendo, por eso sigue siendo delicado su estado de salud.

Vale la pena considerar algo más sobre la cuestión clínica y el sistema de salud: si bien, por un lado, debemos creer y esperar lo mejor, tanto de los médicos, como de la tecnología y los medios para la recuperación de los pacientes, también es verdad aquello de la diferencia en el trato, sea por el suministro y la utilización de los instrumentos y medicamentos para la recuperación, o también por una razón más determinante: los médicos que atienden en la semana son médicos consumados, de experiencia, de mayor pericia, mientras que los médicos de fin de semana suelen ser los practicantes. Esa diferencia me hace pensar en la disparidad de los diagnósticos, o al menos en la diferencia entre las expectativas a futuro. Sin el ánimo de denostar o descalificar a quienes laboran los fines de semana, es probable que, aunque emitan diagnósticos francamente realistas o incluso fidedignos, puede ser que, el poco tacto y, en última instancia, la idea de las pocas posibilidades de sobrevivencia en esas condiciones, les den la pauta para emitir juicios más bien catastróficos.

Como sea, lo único que nos queda es esperar lo mejor, haciendo oración, pidiendo oración, poniéndolo en manos de Dios, ofreciendo el sacrificio de la Eucaristía por su salud, pues es Dios quien tiene la última palabra, no los médicos, aunque estos sean preciosos instrumentos por los cuales se procura, se obtiene y se despliega la esperanza de la salud, de la recuperación y, en último término, de la vida de las personas. Les invito a seguir apelando al Creador, al dueño de la vida y de la muerte, de la salud y de la enfermedad, al Rey de Reyes y Señor de Señores.

Confieso que me he sentido tentado a inquirir y escrutar si la diócesis de Querétaro, de manera oficial o a través de los encargados del clero diocesano están al tanto o también ofrecen sus oraciones por él, máxime si, como hemos visto, han tenido presente a otros sacerdotes que han estado en la misma condición, más allá de si Ray tenía buena relación o no con la curia diocesana; pero mejor me abstengo de juzgar eso. Prefiero yo mismo poner en las manos de Dios la vida y la salud de este hermano entrañable y, al mismo tiempo, pido a Dios por sus hermanos de ministerio, por su diócesis, con la esperanza de que ninguno de los ordenados sacerdotes sea marginado, excluido o ignorado, sino más bien tratados todos por igual, con misericordia y cercanía, brindándoles siempre un acompañamiento espiritual y una asistencia material en casos como éste. Confío plenamente en que así lo estén haciendo desde esa comunidad de sacerdotes y con un obispo “pastor con olor a oveja”, como lo es el Padre Fide, o Don Fidencio, para mayor formalidad.

Mientras tanto, aquí seguimos, de corazón pidiendo y esperando lo mejor.


Yo conozco tu talante, 
Padre Ray, querido hermano; 
de admirarte yo me ufano 
y a Dios pido que quebrante 
esa losa atosigante 
que te postra en aflicción 
de zozobra y agresión. 
¡Que este canto fluya y suene 
porque Aquel que pronto viene 
nos traerá tu sanación!

¡Fuerza, hermano, sí se puede 
recuperar la salud! 
Siempre ha sido tu virtud 
enfrentar lo que sucede, 
inclusive si esto excede 
o rebasa en proporción 
todo atisbo de razón. 
¡La Providencia interviene 
porque Aquel que pronto viene 
también trae tu salvación!

Julián Hernández Castelano

domingo, 28 de noviembre de 2021

La tarea de ser justos

@jhcastelano


Si de ejercer la justicia se trata, nadie duda de la necesidad de comenzar por uno mismo. Antes de ser justos con los demás, uno debe procurar serlo con uno mismo, en su persona, en su vida. Si me reconozco como un ser viviente, dotado de fuerza, inteligencia y consciencia de ser, como mínimo me corresponde ejercer y desplegar esos atributos en mi existencia; pero no basta con eso, pues la única manera de seguir en el mundo con esas facultades es ejercerlas también para los demás y no sólo para mí mismo.

No reconocemos, ni para nosotros mismos, ni en el mundo, el efecto de la justicia y el derecho dados por Dios. Hemos extirpado, como civilización occidental, la idea de la guía o la referencia divina para fundamentar los códigos legales que nos rigen. En la idea de la práctica del derecho y de la justicia ya no está presente el mandato divino ni la alianza con Dios. El criterio último para dirimir cualquier problema legal ya no tiene como referente el bien supremo, sino la convención y, en ocasiones, las aberrantes leyes impuestas por minorías con la base de unas ideologías rapaces, muchas de ellas con tintes eminentemente diabólicos.

Incapaces de conciliar la fe y la razón, nos hemos creído el cuento de su incompatibilidad y en nuestra embriaguez de pretendida ciencia, despreciamos la fe y creemos —extraña paradoja creerlo— que sólo la razón es digna de ¡credibilidad!, y no nos damos cuenta de esa paradoja, antes bien, la exaltamos como si fuese el símbolo de nuestra libertad de las “ataduras de la religión”.

Si, por alguna razón, no nos hemos visto favorecidos a capricho por la acción de Dios, solemos no solamente perder la esperanza, sino llenar de vituperio la sola idea de su existencia. La desesperanza puede llevar a la perdición, a la frustración, al resentimiento y a la hostilidad frente a Dios.

A la hora de la discusión, del contraste del pensamiento o de la consideración de lo diferente nuestro parámetro suele no ser, ni el de la caridad, ni el de la rectitud y mucho menos el de la bondad, sino el de la descalificación, de la ruina ajena y del error. Nos apresuramos a emitir juicios alejados de la verdadera caridad y muchas de nuestras acciones pueden ser así, ofensivas, lesivas, destructivas; pero eso sí, después nos preguntamos por qué parece el mundo tan desorientado y perdido, sin darnos cuenta de nuestro propio extravío. En nuestros días, bien podría considerarse un pecado no solamente vivir dicha perdición, sino también el no enterarse ni darse cuenta cómo en el mundo la división afecta y carcome hasta los bloques de personas teóricamente afines y con similares propósitos. Toda agrupación pudo haberse congregado para lograr metas comunes en bien de todos y de la circunstancia donde se desempeñan; pero verse afectada por este afán divisionista. De entre las mieles dadas por nuestra civilización ultramoderna está la del fácil acceso a la información en el mundo digital; pero al mismo tiempo esa dulzura se troca en amargura cuando la confundimos con el poder, pues creemos que el simple hecho de tener tanta información nos autoriza para encumbrarnos por encima del criterio de cualquiera otro con ideas diferentes a las que descubro. Nos llenamos de soberbia. No siempre, empero, tener la información nos dota de bondad.

El tema principal de La República, de Platón, es precisamente la justicia. Hacer cada uno lo que le toca, practicarla como una virtud fundamental, equiparada con la sabiduría y aspirar a un estado ideal cuya característica debía ser la justicia, son algunas de las conclusiones históricamente válidas y acreditadas para entender este concepto. Me atrevo a decir que, para San Agustín la justicia tiene que ver con el orden del universo o del mundo para el caso de quienes lo habitamos, saber encontrar y palpar la acción de Dios aquí y ahora, en todos los elementos, y saber trabajar en armonía, eso es la justicia.

En un estudio muy profundo, Rémi Brague nos enseña las relaciones entre el hombre y la justicia en la tradición judeocristiana y sus ecos hasta en el islam, en su obra La Ley Divina, nos hace ver cómo las civilizaciones, incluso la egipcia, la griega y la romana, entre otras antiguas, hacían valer sus códigos morales y jurídicos apelando a un Bien mayor, a un ente supra existente y de ahí su influjo hacia el mundo. Ya en la cosmovisión cristiana y en la génesis de la construcción de nuestra civilización estaba presente la idea de algo superior para poder encontrar inspiración y regir nuestros actos, de tal modo que, extirpar esa idea de lo divino o de lo supremo y sagrado, nos deja en la orfandad de la apelación y nos arroja sin armas para justificar las leyes, nos deja una justicia chata, sujeta al vaivén de la tasa, de la medida de humanidad, con sus limitaciones.

Fue San Juan Pablo II quien hace una síntesis de la potencia de la fe y la razón en necesaria amalgama: «La fe y la razón (Fides et ratio) son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo». No ha sido el único, por supuesto, ni el último en afirmarlo; pero esta declaración en su encíclica papal nos devuelve a la idea, nos recuerda lo ya contenido en diversos pasajes de la Sagrada Escritura y en no pocos lemas y líneas de trabajo y de pensamiento de grandes sabios y santos. La fe y la cultura, la piedad y las letras, la ciencia y la conciencia, todo va contenido, simbiótico, a la par.

La cristiandad, así como la impiedad, necesita un referente renovado de esperanza, sobre todo en tiempos tan difíciles como los de ahora, tan turbios y confusos. Si como comunidad de fe no podemos ofrecer señales de alivio, de aliento, de iluminación, orientación, acompañamiento en la fe, en la esperanza y en la caridad, descuidamos el mandato de llevar la Buena Nueva. Siempre es urgente la actualización constante de ideas, de formación, de acciones en beneficio de los demás, de solidaridad y de compasión.

El vástago santo que ya viene y que «ejercerá la justicia y el derecho» nos debe traer la esperanza de algo mejor. Si dejamos que nuestro Dios nos descubra sus caminos y seamos guiados por la senda de la verdad y de su doctrina no nos debe faltar esa esperanza. Nuestra civilización ya debe entender y recordar que, siendo fieles a Dios, Él también permanecerá fiel y bondadoso con nosotros. No olvidemos nuestra parte de la alianza, sino procuremos rebosar de amor hacia los demás. Ante todo, permanezcamos fieles, constantes y asiduos en la oración. De ello nos vendrá la inspiración para practicar la justicia.

Santa Ana Chiautempan, Tlaxcala.
28 de noviembre de 2021

jueves, 2 de abril de 2020

Simone Weil encuentra a Dios



Dice nuestra filósofa que estaba recitando este poema inglés, cuando Cristo bajó de la cruz para tomarla en éxtasis místico:

El Amor me acogió, mas mi alma se apartaba, culpable de polvo y pecado.
Pero el Amor que todo lo ve, observando mi entrada vacilante se acercó a mí, diciéndome con dulzura: ¿hay algo que eches en falta?
Un invitado, respondí, digno de encontrarse aquí.
Tú serás ese invitado, dijo el Amor.
¿Yo, el malvado, el ingrato? ¡Ah, mi amado! Yo no puedo mirarte.
El Amor tomó mi mano y replicó sonriente: ¿quién ha hecho esos ojos sino yo?
Es cierto, señor, pero yo los ensucié; que mi vergüenza vaya donde se merece.
¿Y no sabes, dijo el Amor, quién ha tomado sobre sí la culpa?
¡Mi amado! Entonces, podré quedarme…
Siéntate, dijo el Amor, y degusta mis manjares.
Así que me senté y comí.

No puedo agregar nada. Todo lo dice el poema.

miércoles, 1 de abril de 2020

El riesgo de seguir a Jesús


@jhcastelano


A veces pareciera que, entre más empeño, dedicación, deseo manifiesto y agallas para seguir a Jesús, implica también mayores embates del mal. Tiene su lógica. Si el demonio pudiera, atraería para sí a los espíritus más fuertes, a los más valiosos. A los espíritus débiles ya los tendrá ganados de manera mucho más sencilla. Bastaría con ofrecerles un poco de carnada o tentaciones y ahí los tiene a su disposición.

Ejemplos sobran en la Biblia. Ahí hay un José, acosado por la esposa de su jefe egipcio, calumniado, acusado falsamente y enviado a prisión. Allá está Susana, injuriada por los ancianos perversos y salvada por Daniel. Y hoy tenemos a los tres ejemplares jóvenes hebreos, intachables, rectos, justos y llenos de Dios, se trata de Ananías, Azarías y Misael, a quienes Nabucodonosor nombró como Sidrac, Misac y Abdénago. Por no adorar los ídolos de ese rey, fueron acusados y condenados al horno ardiente; pero su fe en Dios era más grande y no sólo no perecieron en el fuego, sino que un ángel los acompañaba, soplando aire fresco para alejar las llamas; y no sólo fueron salvados, sino que, además, danzaban en honor de Yahvé; y no sólo danzaban con el ángel, sino que, además, cantaban un himno al Señor, una oración de bendición y de gloria al Dios que los libraba de aquel infortunio. Con ellos se manifiesta el poderío de Dios y, desde luego, la imposibilidad de que aquellos que son justos y rectos, confiados siempre en el Señor, serán librados de los males.

Ignoro si a alguien se le ha ocurrido antes; pero el hecho de haber sido estos tres jóvenes descritos en el libro de Daniel como virtuosos, tal vez representen una prefiguración de las potencias del alma, la memoria, la inteligencia y la voluntad; y quien cultive esas potencias tendrá la asistencia divina pese a la dificultad.

Con ese pasaje nos queda claro que quienes están cerca de Dios, los que le buscan y viven para darle gloria con los actos propios, no caerán en manos del maligno.

Los embates del demonio no cesan, aún en este encierro. Por ahí habrá familias enteras todavía incapaces de quedarse y resguardarse para no poner en riesgo a los demás. Estarán también quienes, incapaces de estar a solas consigo mismos, buscan desesperadamente, como lo decía Pascal, “correr tras la liebre”, es decir, correr afanosamente detrás de cualquier diversión que les enajene, ya sea en el Netflix o en cualquier servicio de streaming; las redes sociales o cualquier otra cosa del Internet. Todo menos la oración, el ayuno, el sacrificio y la convivencia familiar. Estarán mayores ofertas, tal vez, de pornografía o de otros hábitos no menos detestables.

El aislamiento debería significar ascesis, preparación mediante la oración, reflexión, meditación y fortalecimiento del espíritu, comenzando por el estudio de la Palabra de Dios. Por lo pronto la lectura del libro de Daniel y el Salmo nos enseñan hoy que esta fidelidad a pesar de los embates del demonio para caer en la idolatría y los placeres del mundo, no quedará recompensada por el Salvador del mundo que pronto padecerá y nos hará parte de su Pascua y su triunfo sobre la muerte y sobre el mal.

JHC

martes, 31 de marzo de 2020

En alto

@jhcastelano


La crucifixión era un símbolo de humillación en la época de Jesús. La condena a muerte podía tener distintas modalidades; pero ser crucificado era la peor, la más vil. Cuando Jesús fue crucificado y con ello glorificado, pasó a ser un símbolo de grandeza. Fue el instrumento para vencer el mal. Desde entonces la cruz es señal de grandeza, de poder, de triunfo.

Así lo constató el ejemplo de Constantino, en el 312, cuando triunfó en la batalla de Majencio, llevando la cruz como estandarte, pues así se le había revelado. Desde entonces fue permitida o al menos no perseguida la religión cristiana en el Imperio Romano, aunque siguió habiendo una serie de persecuciones, alguna de ellas, como la de Diocleciano en el 303, muy sangrienta y cruel.

Aunque hay religiones que prohíben tener imágenes de Dios, en el fondo no hay ninguna religión que no la tenga, que no se haga imágenes de Dios. «Dios es, en sí, el mismo para todos —nos dice Rémi Brague, en “Sobre el Dios de los cristianos y sobre uno o dos más”, de la BAC, 2014— y Él está más allá de todas las representaciones que se han hecho de Él. Las imágenes y los conceptos que se han hecho sobre Dios varían entre los hombres y los grupos que los congregan, según se trate de escuelas filosóficas o religiones. Si nosotros no podemos captar lo que es, o mejor dicho, quién es Dios en sí y por sí mismo, esta incapacidad nos conduce precisamente a la diversidad de representaciones que existen de Él y nos impone la tarea de poner en claro los matices o los abismos que las separan». Así pues, incluso para hablar de Dios hay que tener una imagen de Él, inclusive también si se ha de negar su existencia o la imposibilidad de conocerlo, como en el agnosticismo tan común en nuestros días.

«Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino como el Padre me ha enseñado», nos dice Jesús en el Evangelio de San Juan (8, 28), con lo que podemos interpretar lo alto de la cruz en el monte calvario; pero también su ascensión al cielo.

Poder contemplar la cruz en lo alto, como recién lo hizo el Papa en la oración especial en la plaza de San Pedro y muy cerca ya de la Semana Santa, nos debe recordar ese acto de reconocimiento de su grandeza, su majestad y su triunfo. No hay una necesidad de ser sanados cuando opere con su fuerza y le reconozcamos como el que Es. Por eso también se nos exige un acto profundo de transformación interior, de ese “vaciamiento de sí”, ya reconocido por el místico alemán el maestro Eckhart. Es importante negarse a nosotros mismos para dejar que prevalezca el que Es. También por ello Miguel García-Baró nos dice en su obra “De estética y mística” (Ed. Sígueme, Salamanca, 2007) que: «El vaciamiento de Dios, que comenzó en la Creación, pero que culminó con la Encarnación hasta la Cruz, permite la esperanza extraordinaria de una recapitulación en Dios, al final, de todas las realidades. Los cuales han merecido no sólo el amor de Dios, sino, en cierta manera, la identificación de Él con ellas. Únicamente la voluntad del hombre torcida al mal, únicamente la perversa autodivinización del hombre se halla por entero fuera del alcance del vaciamiento de Dios. Su Palabra no sólo ha sido el modelo eterno de las cosas y la memoria eterna de todas ellas, sino que se ha hecho carne, o sea, debilidad y visibilidad. Dios se ocultó en la carne del hombre, en la carne del mundo; pero esto permite ahora al hombre que se ocupa con el mundo, aspirar a reflejar, sobrenaturalizando la naturaleza, los efectos de la gracia sobre las cosas creadas».

La serpiente abrasadora de bronce (Núm, 21, 4 – 9), elaborada por Moisés para salvar al pueblo de las mordeduras de serpientes abrasadoras nos enseña no sólo la acción sanadora, el “phármakos”, la catarsis, la cura para el pueblo, sino que, además, sigue la línea de interpretación del ciclo de la violencia mimética, pues la afirmación ya antes citada de que “Satán expulsa a Satán” se pone de manifiesto en el efecto sanador para quienes miran o contemplan la imagen de esa serpiente puesta ahí por Moisés, pues aquel que mire esa serpiente no padecerá la muerte si es mordido por una serpiente real. A partir del triunfo de la Cruz, ya no es Satán quien expulsa a Satán, es Jesús quien lo vence y nos abre la puerta de la eternidad con Dios.

El alma sedienta de Dios deberá vaciarse de sí y disponerse como la tierra que espera la semilla y los elementos para ser fecundada y producir vida; una vida que tiende a lo alto, al cielo; a lo alto, a donde podemos contemplar a Jesús.

Lo sabría, acaso, Simone Weil, cuando expresa estos versos:

Ábrenos ya la puerta y veremos los vergeles,
Beberemos de sus aguas frías que aún conservan la huella de la luna.
El largo camino arde hostil a los extraños.
A ciegas erramos sin encontrar el lugar.

Agobiados por la sed, queremos ver las flores.
Esperando y sufriendo, henos por fin aquí delante de la puerta.
A golpes la abatiremos, si es preciso.
Golpeamos y empujamos, pero es demasiado firme.

No cesemos en nuestro esfuerzo con la oración, el ayuno, el sacrificio. El tiempo que sea necesario para poder contemplar en lo alto a Jesús.

JHC