miércoles, 1 de enero de 2025
La Puerta
martes, 24 de octubre de 2023
"Rezar por la familia de los reptiles"
domingo, 5 de diciembre de 2021
La salud del Padre Ray
Sobre el estado de salud del Padre Raymundo Eleuterio Morales
Las informaciones que nos han hecho favor de emitir el día de ayer, sábado 4 de diciembre de 2021, sobre el estado de salud del Padre Raymundo, son contrastantes. Por un lado, tuvimos aquella idea de su ligera recuperación y, por otro lado, un pronóstico preocupante. La primera idea nos la hizo llegar nuestro amigo Eduardo, cuya hermana es cercana a las personas del hospital, pues ella se jubiló de trabajar ahí y tiene ciertos contactos que le pueden informar de primera mano sobre este asunto. La segunda información la emitieron en la tarde a los familiares del Padre.
La mejoría ligera hace tener esperanza en su recuperación, pues lógicamente si ya no hay deterioro en su capacidad de oxigenar; pero sí una leve, aunque mínima recuperación, eso hace pensar que puede volver.
Es verdad, empero, que todo paciente intubado y con poca respuesta en su capacidad de oxigenar, tiene mínimas posibilidades de recuperarse. Es ahí donde el segundo pronóstico, por lo demás, muy detallado, cobra relevancia, pues es cierto también que, en tanto menos tiempo el cuerpo de Ray pueda suministrar el oxígeno, ese tiempo es valioso para mantener órganos vitales en buen estado, como el cerebro y el corazón. Es lo que entiendo, por eso sigue siendo delicado su estado de salud.
Vale la pena considerar algo más sobre la cuestión clínica y el sistema de salud: si bien, por un lado, debemos creer y esperar lo mejor, tanto de los médicos, como de la tecnología y los medios para la recuperación de los pacientes, también es verdad aquello de la diferencia en el trato, sea por el suministro y la utilización de los instrumentos y medicamentos para la recuperación, o también por una razón más determinante: los médicos que atienden en la semana son médicos consumados, de experiencia, de mayor pericia, mientras que los médicos de fin de semana suelen ser los practicantes. Esa diferencia me hace pensar en la disparidad de los diagnósticos, o al menos en la diferencia entre las expectativas a futuro. Sin el ánimo de denostar o descalificar a quienes laboran los fines de semana, es probable que, aunque emitan diagnósticos francamente realistas o incluso fidedignos, puede ser que, el poco tacto y, en última instancia, la idea de las pocas posibilidades de sobrevivencia en esas condiciones, les den la pauta para emitir juicios más bien catastróficos.
Como sea, lo único que nos queda es esperar lo mejor, haciendo oración, pidiendo oración, poniéndolo en manos de Dios, ofreciendo el sacrificio de la Eucaristía por su salud, pues es Dios quien tiene la última palabra, no los médicos, aunque estos sean preciosos instrumentos por los cuales se procura, se obtiene y se despliega la esperanza de la salud, de la recuperación y, en último término, de la vida de las personas. Les invito a seguir apelando al Creador, al dueño de la vida y de la muerte, de la salud y de la enfermedad, al Rey de Reyes y Señor de Señores.
Confieso que me he sentido tentado a inquirir y escrutar si la diócesis de Querétaro, de manera oficial o a través de los encargados del clero diocesano están al tanto o también ofrecen sus oraciones por él, máxime si, como hemos visto, han tenido presente a otros sacerdotes que han estado en la misma condición, más allá de si Ray tenía buena relación o no con la curia diocesana; pero mejor me abstengo de juzgar eso. Prefiero yo mismo poner en las manos de Dios la vida y la salud de este hermano entrañable y, al mismo tiempo, pido a Dios por sus hermanos de ministerio, por su diócesis, con la esperanza de que ninguno de los ordenados sacerdotes sea marginado, excluido o ignorado, sino más bien tratados todos por igual, con misericordia y cercanía, brindándoles siempre un acompañamiento espiritual y una asistencia material en casos como éste. Confío plenamente en que así lo estén haciendo desde esa comunidad de sacerdotes y con un obispo “pastor con olor a oveja”, como lo es el Padre Fide, o Don Fidencio, para mayor formalidad.
Mientras tanto, aquí seguimos, de corazón pidiendo y esperando lo mejor.
Padre Ray, querido hermano;
de admirarte yo me ufano
y a Dios pido que quebrante
esa losa atosigante
que te postra en aflicción
de zozobra y agresión.
¡Que este canto fluya y suene
porque Aquel que pronto viene
nos traerá tu sanación!
recuperar la salud!
Siempre ha sido tu virtud
enfrentar lo que sucede,
inclusive si esto excede
o rebasa en proporción
todo atisbo de razón.
¡La Providencia interviene
porque Aquel que pronto viene
también trae tu salvación!
domingo, 28 de noviembre de 2021
La tarea de ser justos
@jhcastelano
Si de ejercer la justicia se trata, nadie duda de la necesidad de comenzar por uno mismo. Antes de ser justos con los demás, uno debe procurar serlo con uno mismo, en su persona, en su vida. Si me reconozco como un ser viviente, dotado de fuerza, inteligencia y consciencia de ser, como mínimo me corresponde ejercer y desplegar esos atributos en mi existencia; pero no basta con eso, pues la única manera de seguir en el mundo con esas facultades es ejercerlas también para los demás y no sólo para mí mismo.
No reconocemos, ni para nosotros mismos, ni en el mundo, el efecto de la justicia y el derecho dados por Dios. Hemos extirpado, como civilización occidental, la idea de la guía o la referencia divina para fundamentar los códigos legales que nos rigen. En la idea de la práctica del derecho y de la justicia ya no está presente el mandato divino ni la alianza con Dios. El criterio último para dirimir cualquier problema legal ya no tiene como referente el bien supremo, sino la convención y, en ocasiones, las aberrantes leyes impuestas por minorías con la base de unas ideologías rapaces, muchas de ellas con tintes eminentemente diabólicos.
Incapaces de conciliar la fe y la razón, nos hemos creído el cuento de su incompatibilidad y en nuestra embriaguez de pretendida ciencia, despreciamos la fe y creemos —extraña paradoja creerlo— que sólo la razón es digna de ¡credibilidad!, y no nos damos cuenta de esa paradoja, antes bien, la exaltamos como si fuese el símbolo de nuestra libertad de las “ataduras de la religión”.
Si, por alguna razón, no nos hemos visto favorecidos a capricho por la acción de Dios, solemos no solamente perder la esperanza, sino llenar de vituperio la sola idea de su existencia. La desesperanza puede llevar a la perdición, a la frustración, al resentimiento y a la hostilidad frente a Dios.
A la hora de la discusión, del contraste del pensamiento o de la consideración de lo diferente nuestro parámetro suele no ser, ni el de la caridad, ni el de la rectitud y mucho menos el de la bondad, sino el de la descalificación, de la ruina ajena y del error. Nos apresuramos a emitir juicios alejados de la verdadera caridad y muchas de nuestras acciones pueden ser así, ofensivas, lesivas, destructivas; pero eso sí, después nos preguntamos por qué parece el mundo tan desorientado y perdido, sin darnos cuenta de nuestro propio extravío. En nuestros días, bien podría considerarse un pecado no solamente vivir dicha perdición, sino también el no enterarse ni darse cuenta cómo en el mundo la división afecta y carcome hasta los bloques de personas teóricamente afines y con similares propósitos. Toda agrupación pudo haberse congregado para lograr metas comunes en bien de todos y de la circunstancia donde se desempeñan; pero verse afectada por este afán divisionista. De entre las mieles dadas por nuestra civilización ultramoderna está la del fácil acceso a la información en el mundo digital; pero al mismo tiempo esa dulzura se troca en amargura cuando la confundimos con el poder, pues creemos que el simple hecho de tener tanta información nos autoriza para encumbrarnos por encima del criterio de cualquiera otro con ideas diferentes a las que descubro. Nos llenamos de soberbia. No siempre, empero, tener la información nos dota de bondad.
El tema principal de La República, de Platón, es precisamente la justicia. Hacer cada uno lo que le toca, practicarla como una virtud fundamental, equiparada con la sabiduría y aspirar a un estado ideal cuya característica debía ser la justicia, son algunas de las conclusiones históricamente válidas y acreditadas para entender este concepto. Me atrevo a decir que, para San Agustín la justicia tiene que ver con el orden del universo o del mundo para el caso de quienes lo habitamos, saber encontrar y palpar la acción de Dios aquí y ahora, en todos los elementos, y saber trabajar en armonía, eso es la justicia.
En un estudio muy profundo, Rémi Brague nos enseña las relaciones entre el hombre y la justicia en la tradición judeocristiana y sus ecos hasta en el islam, en su obra La Ley Divina, nos hace ver cómo las civilizaciones, incluso la egipcia, la griega y la romana, entre otras antiguas, hacían valer sus códigos morales y jurídicos apelando a un Bien mayor, a un ente supra existente y de ahí su influjo hacia el mundo. Ya en la cosmovisión cristiana y en la génesis de la construcción de nuestra civilización estaba presente la idea de algo superior para poder encontrar inspiración y regir nuestros actos, de tal modo que, extirpar esa idea de lo divino o de lo supremo y sagrado, nos deja en la orfandad de la apelación y nos arroja sin armas para justificar las leyes, nos deja una justicia chata, sujeta al vaivén de la tasa, de la medida de humanidad, con sus limitaciones.
Fue San Juan Pablo II quien hace una síntesis de la potencia de la fe y la razón en necesaria amalgama: «La fe y la razón (Fides et ratio) son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo». No ha sido el único, por supuesto, ni el último en afirmarlo; pero esta declaración en su encíclica papal nos devuelve a la idea, nos recuerda lo ya contenido en diversos pasajes de la Sagrada Escritura y en no pocos lemas y líneas de trabajo y de pensamiento de grandes sabios y santos. La fe y la cultura, la piedad y las letras, la ciencia y la conciencia, todo va contenido, simbiótico, a la par.
La cristiandad, así como la impiedad, necesita un referente renovado de esperanza, sobre todo en tiempos tan difíciles como los de ahora, tan turbios y confusos. Si como comunidad de fe no podemos ofrecer señales de alivio, de aliento, de iluminación, orientación, acompañamiento en la fe, en la esperanza y en la caridad, descuidamos el mandato de llevar la Buena Nueva. Siempre es urgente la actualización constante de ideas, de formación, de acciones en beneficio de los demás, de solidaridad y de compasión.
El vástago santo que ya viene y que «ejercerá la justicia y el derecho» nos debe traer la esperanza de algo mejor. Si dejamos que nuestro Dios nos descubra sus caminos y seamos guiados por la senda de la verdad y de su doctrina no nos debe faltar esa esperanza. Nuestra civilización ya debe entender y recordar que, siendo fieles a Dios, Él también permanecerá fiel y bondadoso con nosotros. No olvidemos nuestra parte de la alianza, sino procuremos rebosar de amor hacia los demás. Ante todo, permanezcamos fieles, constantes y asiduos en la oración. De ello nos vendrá la inspiración para practicar la justicia.
jueves, 2 de abril de 2020
Simone Weil encuentra a Dios
Dice nuestra filósofa que estaba recitando este poema inglés, cuando Cristo bajó de la cruz para tomarla en éxtasis místico:
No puedo agregar nada. Todo lo dice el poema.


