lunes, 13 de enero de 2020

Discípulos

@jhcastelano

Lo que domina nuestro interior y nuestra voluntad es lo que nos somete, de lo que somos seguidores o discípulos. Todos buscamos algo en la vida. Todos vamos hacia algo. Le llamamos "destino" o "meta", o "fin". Y para llegar a ello nos hacemos un plan de vida y dirigimos y empleamos nuestras fuerzas y empeños a lograrlo, con método más o menos fino, o por lo menos con la intención de llegar. Eso que nos llama, esa meta, ese fin, varía y depende de lo que manda en nuestro interior.

Si nuestro corazón siente impulso por algo, entonces hablamos de un deseo. Si nuestro deseo se relaciona con lo más alto, con lo divino, entonces tenemos un proceso, un camino espiritual para seguir.

Todos hemos aprendido de alguien lo que sabemos e incluso en gran medida lo que somos. No ha faltado en nuestro proceso formativo como personas una buena dosis de imitación. Aprendemos del ejemplo, dicen. La continuidad entre el pasado y el futuro para las generaciones que estamos vivas depende de cómo absorbemos lo que nos han enseñado y cómo transmitimos eso mismo. Dicha continuidad es la tradición bien entendida.

El relato evangélico de San Marcos nos presenta este día el llamado de Jesús a sus primeros cuatro discípulos, los pescadores, a Andrés y a Simón, y a los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan. Muy escuetamente se nos dice que Jesús los llamó y ellos lo siguieron. Todo parece muy simple, sin embargo habrá que considerar la necesidad de un antecedente de encuentro, de espera y, por supuesto, de identificación con Jesús. Lo que les sucedió a los discípulos es que tuvieron el privilegio de sentirse llamados por el mismo Jesús y respondieron a ese llamado siguiéndolo, sin más, dejándolo todo. No podría, en ese sentido, caer en mejor momento la noticia del Papa emérito Benedicto XVI, quien se pronuncia acerca de la decisión radical que entraña ese seguimiento de Jesús para el caso de los sacerdotes y lo que ello implica:

"Creo que el celibato tiene una gran importancia al abandonar un posible dominio terrenal y un círculo de vida familiar; el celibato incluso se vuelve verdaderamente esencial para que nuestro acercamiento a Dios pueda seguir siendo el fundamento de nuestra vida y pueda expresarse concretamente. Obviamente, esto significa que el celibato debe penetrar todas las actitudes de la existencia con sus necesidades. No puede alcanzar su pleno significado si nos ajustamos a las reglas de propiedad y a las actitudes de la vida que se practican comúnmente hoy en día. No puede haber estabilidad si no ponemos nuestra unión con Dios en el centro de nuestra vida", afirma Benedicto XVI.

Justo llega la noticia del libro que se publicará, cuando el salmo nos dice "cumpliré al Señor mis votos", y cuando Ana, la esposa de Elcaná, en el libro de Samuel, se sabe despreciada por ser estéril y su hombre le dice que si no le basta él mismo como su Señor, como si el mensaje que debemos asumir es: la entrega de cuerpo y alma exige la exclusividad del alma hacia nuestro único Señor. Entrega que para el caso de los consagrados, incluye la idea del celibato o de la castidad. Ese es el modelo, el ejemplo a seguir, la meta, el fin.

JHC

sábado, 11 de enero de 2020

La nueva vida

@jhcastelano


El Bautismo de Jesús marca el comienzo de su vida pública, de su ministerio. A partir de ese momento se habrá de dedicar a recorrer la comarca de su tierra, anunciando esa Buena Nueva, aglutinando consigo a sus amigos los apóstoles, realizando milagros prodigiosos y pronunciando los discursos que los evangelistas nos han legado.

Mucho se ha analizado sobre su contexto histórico. El momento propicio para la aparición en público de nuestro Señor Jesucristo tiene que ver con su pueblo en particular, sometido desde tiempo atrás por el Imperio romano, pero con las prerrogativas de quienes podían tener una organización propia en lo político para la mejor administración de las cosas del interés común. Era una táctica desde Julio César, emulando, a su vez, al ilustre Alejandro Magno, quien en sus conquistas respetaba la organización propia de los pueblos conquistados cuando éstos se le sometían. Lo mismo procuró Julio César, su sobrino Augusto y los llamados "césares", así fue como el imperio creció, dada la incorporación de los pueblos sometidos, muchas de las ocasiones de manera voluntaria, sin lujo de saqueos o de violencia. El caso de los judíos es conocido por la Biblia y otras fuentes de la época: un pueblo sometido, dividido y con mucha actividad en lo político por los grupos con diversos intereses y talantes en la época en la que Jesús aparece: desde los más radicales y cuasi guerrilleros como los Zelotas, pasando por los saduceos, aristócratas e intelectuales, o los fariseos, fanáticos de las prescripciones legales de la Tora, y por último los esenios, grupo lleno de misticismo y alejados de la civilización, al parecer para tratar de vivir una espiritualidad muy peculiar.

No era raro, según estos antecedentes, que la espera del mesías se relacionara con un libertador político, que quitase el yugo de los romanos e hiciera resplandecer las glorias pasadas de la estirpe de David. Y llegó Jesús con un mensaje no necesariamente político, sino mucho más profundo, de compromiso con los sometidos, sí; pero no del orden material solamente, sino del orden espiritual y con un reflejo práctico que se ha tratado de identificar con la misericordia y sus obras.

Por otro lado, el bautismo de Jesús nos presenta signos enigmáticos: el agua misma, la figura de Juan, la confesión de los pecados que, se sabe, era condición sine qua non se ofrecía este bautismo, la presencia de Jesús, el cielo que se abre, la voz que se escucha con el mensaje de ser Jesús el Hijo, el Amado, en quien Dios Padre se complace, en algún evangelio, el símbolo de la paloma que representa al Espíritu Santo, en suma, un relato sin parangón, del todo portentoso, glorioso y rico. Y es de estos símbolos de donde podemos apuntar algo más:

Que ya desde esos tiempos, y seguramente con antelación, el agua es señal de purificación, de plenitud, de limpieza, de renovación y de vida. Y que, en ese sentido, el sumergirse en ella entraña la idea de la profundidad de la vida espiritual, condición básica para un nuevo nacimiento en el agua y en el espíritu.

Que Juan, el que bautiza, el que precede, el que ofrece la vida nueva, el que anuncia a Jesús, es señal de la santidad por medio de la cual podemos encontrar esa mediación entre Dios y los hombres. Que es un ministerio que se ejerce, que se cultiva y se prepara y que requiere una verdadera consagración y fidelidad. Ahí nos corresponde rezar por nuestros sacerdotes, que hacen las veces de los bautistas en nuestros días.

Que la purificación para tener acceso a una vida del espíritu renovada requiere la confesión. Ya desde los tiempos del bautista era menester dejar atrás una conciencia de pecado y revestirse con la pureza de la Gracia para disfrutar y ejercer esa vida nueva. San Buenaventura pide en su Itinerario del alma a Dios, como condición necesaria la pureza del alma mediante la confesión. Lo mismo procura en sus ejercicios espirituales San Ignacio de Loyola. No es nuevo y no es ajeno. Hoy hace falta lo mismo: procurar que la celebración de los misterios de Cristo y la práctica de los sacramentos incluya la confesión.

Que el cielo abierto es señal de la presencia trinitaria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y que el bautismo en sí mismo permite esa apertura por la cual recibimos el mensaje, la voz y la presencia de la plenitud de Dios en su forma trinitaria. No hay manifestación más gloriosa y completa que ese cuadro imaginario y que fue vivido en el relato que el evangelio nos presenta. Así remata y concluye todo el ciclo de la Navidad, para prepararnos y abrirnos nosotros a la vida pública de anuncio del Evangelio por medio de nuestras obras, nuestro testimonio y nuestras palabras. Habría qué preguntarnos qué tanto nuestro rol en la vida colectiva está dando los frutos necesarios para el equilibrio y la armonía, para la continuidad y la capacidad de formar la comunidad.

JHC

lunes, 6 de enero de 2020

Un Jesús para nuestra circunstancia

@jhcastelano


Siempre resulta providencial la Palabra de Dios para darnos respuesta ante las dificultades del mundo. Nunca parece ajeno, extraño o ambiguo meditar sobre aquello que nos trae la proclamación de la Palabra en la liturgia.

San Juan en su carta nos deja claro que podemos pedir todo aquello que necesitamos, si es que cumplimos los mandamientos de Dios y nos pide que creamos en Jesús: "puesto que cumplimos los mandamientos de Dios y hacemos lo que le agrada, ciertamente obtendremos de él todo lo que le pidamos. Ahora bien, éste es su mandamiento: que creamos en la persona de Jesucristo, su Hijo, y nos amemos los unos a los otros, conforme al precepto que nos dio." Luego nos advierte estar alertas contra los falsos espíritus o los falsos profetas.

Ya en el Evangelio de San Mateo encontramos un dato que va más allá de lo histórico: Jesús decide iniciar su ministerio en Galilea, no en Nazaret, al saber de la aprehensión de San Juan Bautista por parte de Herodes Antipas, el hijo del otro Herodes, llamado el Grande. Recordemos que las tribus de Israel habían sido dispersadas siglos antes, haciendo desaparecer casi por completo su raza en tiempos de Jesús en la región del norte de Judea, justo donde Jesús comenzó su predicación. Con ello los expertos y la misma profecía explícita en el Evangelio dejan ver el cumplimiento de la profecía de la gran luz que se deja ver y encontrar por esas tribus otrora dispersas.

En nuestros días vemos la amenaza de un cierto conflicto internacional, siempre a la sombra de la ambición por el poder en el mundo. El choque de civilizaciones parece dejarnos a la suerte de los caprichos de quienes rigen el mundo. No hay un sólo frente donde no se pueda distinguir o encontrar un motivo para invocar la presencia de Dios para sembrar la paz. Y no hay tarea donde no podamos insertarnos para cumplir nuestra vocación cristiana de proclamar la Buena Nueva, la era de la paz y de la concordia, o donde no nos sintamos interpelados para tratar de mejorar nuestro mundo en cualquiera de los aspectos que reclaman atención urgente.

Nos queda concentrarnos no sólo en la necesidad de lo social o el compromiso con la armonía en el mundo, sino que además debemos mostrarnos creyentes y fieles seguidores de Jesús, previniéndonos de no caer en las garras de los falsos profetas de nuestros tiempos y no dejando que los huecos de la necesidad espiritual del mundo se llene con esos mismos mercachifles anticristianos que quieren someter al hombre en el nombre de lo que sea, lejos de Dios.

Necesitamos aplicar la actualización del discurso evangélico que con mucho tino nos han legado ya los padres conciliares y las asambleas regionales de los obispos bajo la coordinación del Papa.

No perdamos tiempo, hagamos oración y actuemos. Es ahora.

JHC


domingo, 5 de enero de 2020

Lo que se manifiesta aquí

@jhcastelano

Literalmente la palabra "epifanía" quiere decir "lo que se muestra aquí", o "lo que se manifiesta en este lugar".

Resultado de imagen para epifania del señorLa solemnidad de la manifestación del Salvador nos trae el relato de esos reyes o magos que de oriente vieron la estrella de Belém y acudieron prestos para llevar regalos a Jesús nacido, al Rey de Reyes. El Evangelio mismo de hoy nos narra cómo fueron ante Herodes y éste les pide que le den más información al regreso para él mismo acudir. La historia nos la sabemos. Incluso nunca faltan los sesudos análisis exegéticos dentro de la misma Iglesia para decirnos y orientarnos sobre lo que realmente pasó y que si eran reyes o no, o magos, o astrólogos, o ciudadanos, y si eran tres o cuatro o no se sabe, y por lo de los regalos y sus simbolismos.

La tradición continúa con un sinnúmero de generaciones de niños que con toda la ilusión del mundo siguen esperando y siguen sintiendo la llegada de estos magos con sus regalos. El desafío sigue vivo de lo que nosotros mismos podemos dar a los más necesitados, a esos niños y a quienes siguen con la esperanza viva en que los magos traen parabienes.

Lo más importante de todo, sin abundar para más, es lo que se manifiesta aquí, el eterno presente donde Jesús está vivo y lo podemos contemplar. Nada más...


JHC

sábado, 4 de enero de 2020

Contagio



La palabra contagio se asocia, por lo regular, a la enfermedad. Por eso se suele tener precaución hasta para utilizarla. La verdad es que desde su raíz etimológica alude al contacto y, más generalmente, al acto de tocar. No hay contagio si no hay contacto. No hay contacto si no hay cercanía. No hay cercanía si hay un alejamiento, un aislamiento. 

Ahí reside, tal vez, uno de los más duros problemas del mundo actual: nos educan, nos condicionan y nos bombardean con la idea, velada o abierta, del necesario aislamiento, ya sea para evitar contagios o simplemente para procurar el disfrute de ciertos placeres de los que nos podemos volver esclavos en soledad.

Así surgen ciertas categorías para establecer el tipo de relación entre las personas. Cuando alguna relación cae en una espiral de violencia, el lenguaje comodino y puritano alude a la toxicidad, por ejemplo. 

El precepto cristiano no es el del alejamiento ni el del aislamiento. Ni siquiera en los casos de supuesta toxicidad. Al contrario, se recomienda amar incluso a los enemigos. Se recomienda igualmente perdonar.

En la carta de San Juan para el día de hoy se insiste en que el encuentro con Cristo no produce otra cosa que no sean las obras de la Gracia, no las del pecado. Insiste en la incoherencia derivada de quienes digan estar con Cristo, pero ejercer el pecado.

El verdadero encuentro con Cristo implica primero el reconocimiento, luego el seguimiento y, sobre todo, el testimonio. De ahí el "vengan y verán".

Adicionalmente se reconoce un hecho presente para todo aquel que padece el encuentro real con Jesús: de saberse en su presencia y de reconocerle, surge la gana, no sólo de proclamarlo, sino de hacer que otros lo sigan, tal como pasó con Andrés, quien, habiendo reconocido a Jesús, por medio del señalamiento de Juan el Bautista, acudió para avisar a su hermano Simón. Se puede imaginar el júbilo, el alborozo, el brillo en sus ojos para decir que había encontrado al mesías.

Tal debe ser la actitud del cristiano: dejarse llenar de regocijo y plenitud y luego correr a dar testimonio y traer a otros, a los hermanos, para que vivan y sientan lo mismo, para que reconozcan a Jesús y vivan conforme su Evangelio. Por ello también es muy importante propiciar y favorecer las nuevas vocaciones al sacerdocio o a la vida religiosa, así como a la actividad misionera y el apostolado de los laicos con todo el fervor posible, la oración y la siembra de la fe a través de la vida sacramental y las obras de misericordia.

Y la pregunta queda en saber qué tanto estamos cumpliendo con nuestra parte, desde donde nos desenvolvemos.

Pongamos en ello nuestro empeño. En las manos de Dios estamos cada día.

JHC

viernes, 3 de enero de 2020

Conocer a Jesús



Una de las tantas escenas curiosas y graciosas del filme americano Forrest Gump, es aquella en la que se encuentra con su antiguo comandante el teniente Dan, con quien pasa un Año Nuevo; ese teniente en un momento de calma le pregunta a Forrest si ya encontró o si ya se encontró con Jesús y entonces Forrest le contesta que no sabía que tenía que buscarlo. El teniente le refiere que en los hospitales los predicadores le hablaban de Jesús y él, enojado se expresaba reclamando que le decían que algún día caminaría en el cielo con Jesús y se alteraba refiriéndose a la burla porque no tenía piernas.

Desde luego, encontrar a Jesús, en sentido literal o figurativo implica una experiencia de profundo cambio, un parteaguas en la vida de las personas.

En los tiempos de la primera comunidad de los creyentes, en apóstol San Juan y todos los seguidores de Jesús comenzaron a notar que los receptores del Evangelio, o bien transformaba su vida, o bien se estancaban espiritualmente hablando y se llenan de esa suerte de soberbia similar a la que podemos tener quienes nos decimos cristianos. Necesitamos renovarnos interiormente, cultivar nuestro espíritu.

Cada día surgen nuevas propuestas, incluso alternas a la religión tradicional que pugnan por mirar el interior, a la emoción, el sentimiento o la vena espiritual con tal de llevar a las conciencias de las personas a experiencias fundamentales. Es una necesidad humana que reclama guías seguras. Por ello es importante que la Iglesia asuma su papel de evangelizadora con aires nuevos. Así lo concibieron los padres conciliares hace poco más de cincuenta años y así lo ratifican las conferencias episcopales y los papas, así como los obispos y sacerdotes comprometidos con el anuncio evangélico.

Por eso también es importante que cada sacerdote, catequista, religioso, religiosa, misionero o agente de pastoral mantenga viva la intención y la práctica fervorosa de la Palabra y la esencia del buen cristiano.

No podemos decirnos cristianos si vivimos en pecado. San Juan Bautista les dice a quienes lo escuchan que ha reconocido a Jesús. Cuando Jesús llega a nuestras vidas ya nada puede ser igual. Ya sólo podemos aspirar a la vida de la Gracia.

jueves, 2 de enero de 2020

Reconocimiento


A raíz de la identificación que se suele hacer entre los círculos académicos o intelectuales sobre las etapas de la historia de occidente, no han faltado algunos clichés que sirven como constructos del lenguaje para simplificar conceptualmente lo que debemos pensar. Así, se repite sin cesar, sin contrapeso y sin matiz, que etapas como la Edad Media fueron nefastas en todos los sentidos.

En uno de ellos —en el de la religión— se dice que fue más bien una suerte de fanatismo y superstición, un eficaz método de control de la población, además de que retrasó el avance de la ciencia, entre otras consideraciones.

Sin el afán de entrar en polémicas y estériles discusiones —pues por lo regular quien tiene esos clichés ya no está dispuesto a rectificar nada— podremos decir ahora que nunca, ni aunque las etapas de la historia parezcan ofrecer la redención humana por fuera de la vía espiritual de la religión, se ha podido ni se debe prescindir del hecho religioso como tal. Quienes emiten ese tipo de juicios deberían distinguir por lo menos el fenómeno político de la religión, de la experiencia religiosa. Cosas muy distintas.

Con ocasión de la memoria de San Basilio y de San Gregorio Nacianceno, así como la lectura de la primera carta de San Juan, por la que se insiste en la idea del anticristo, podemos establecer una conclusión: dice San Juan que el anticristo es todo aquel que no reconoce a Dios. Aquel que, habiendo tenido la oportunidad de reconocerlo, no atina a dar testimonio, sino a descalificar o denostar el hecho religioso, tal como sucede con los muy seculares intelectuales como los que hemos descrito.

En cambio, estos santos que se celebran hoy, reconocieron a Dios, actuaron en consecuencia y apuntan con su acción a dar testimonio de ello, siempre atentos al mandato divino. Es la lección que nos dejan a través de las palabras de San Gregorio:

Una sola tarea y afán había para ambos, y era la virtud, así como vivir para las esperanzas futuras de tal modo que, aun antes de haber partido de esta vida, pudiese decirse que habíamos emigrado ya de ella. Ése fue el ideal que nos propusimos, y así tratábamos de dirigir nuestra vida y todas nuestras acciones, dóciles a la dirección del mandato divino, acuciándonos mutuamente en el empeño por la virtud; y, a no ser que decir esto vaya a parecer arrogante en exceso, éramos el uno para el otro la norma y regla con la que se discierne lo recto de lo torcido. (Sermón 43. Tomado del Oficio de Lectura de este día en la edición de la Liturgia de las Horas)


miércoles, 1 de enero de 2020

Ella

El primer día del año civil está consagrado solemnemente a la excelsa y bendita Madre de Dios. En parte es la feliz coincidencia del cumplimento de la octava de la Natividad. En parte también es la oportunidad única de ofrecer para ella y por ella una ofrenda que es todo el esfuerzo que podemos dar para este año nuevo.

El comienzo bajo la protección y la intercesión de la Madre de Dios es una bendición para todo fiel cristiano.

Más allá de las supersticiones con las que se lucra para emprender extraños ritos de año nuevo, un cristiano que se precie de serlo, no puede menos que sentir agradecimiento por el favor que Dios ha derramado al pueblo entero que lo sigue y que lo ha reconocido.

Es un día para disfrutar la bendición y la promesa de Dios, a través de la intercesión de la Madre de Dios. Es tiempito de rememorar su ejemplo, su silencio, su meditación y su paz.

Ninguna tarea futura planteada para este año que inicia, debe prescindir de la presencia siempre dulce y reconfortante, amén de la oración y la ternura de la Virgen María.