sábado, 11 de enero de 2020

La nueva vida

@jhcastelano


El Bautismo de Jesús marca el comienzo de su vida pública, de su ministerio. A partir de ese momento se habrá de dedicar a recorrer la comarca de su tierra, anunciando esa Buena Nueva, aglutinando consigo a sus amigos los apóstoles, realizando milagros prodigiosos y pronunciando los discursos que los evangelistas nos han legado.

Mucho se ha analizado sobre su contexto histórico. El momento propicio para la aparición en público de nuestro Señor Jesucristo tiene que ver con su pueblo en particular, sometido desde tiempo atrás por el Imperio romano, pero con las prerrogativas de quienes podían tener una organización propia en lo político para la mejor administración de las cosas del interés común. Era una táctica desde Julio César, emulando, a su vez, al ilustre Alejandro Magno, quien en sus conquistas respetaba la organización propia de los pueblos conquistados cuando éstos se le sometían. Lo mismo procuró Julio César, su sobrino Augusto y los llamados "césares", así fue como el imperio creció, dada la incorporación de los pueblos sometidos, muchas de las ocasiones de manera voluntaria, sin lujo de saqueos o de violencia. El caso de los judíos es conocido por la Biblia y otras fuentes de la época: un pueblo sometido, dividido y con mucha actividad en lo político por los grupos con diversos intereses y talantes en la época en la que Jesús aparece: desde los más radicales y cuasi guerrilleros como los Zelotas, pasando por los saduceos, aristócratas e intelectuales, o los fariseos, fanáticos de las prescripciones legales de la Tora, y por último los esenios, grupo lleno de misticismo y alejados de la civilización, al parecer para tratar de vivir una espiritualidad muy peculiar.

No era raro, según estos antecedentes, que la espera del mesías se relacionara con un libertador político, que quitase el yugo de los romanos e hiciera resplandecer las glorias pasadas de la estirpe de David. Y llegó Jesús con un mensaje no necesariamente político, sino mucho más profundo, de compromiso con los sometidos, sí; pero no del orden material solamente, sino del orden espiritual y con un reflejo práctico que se ha tratado de identificar con la misericordia y sus obras.

Por otro lado, el bautismo de Jesús nos presenta signos enigmáticos: el agua misma, la figura de Juan, la confesión de los pecados que, se sabe, era condición sine qua non se ofrecía este bautismo, la presencia de Jesús, el cielo que se abre, la voz que se escucha con el mensaje de ser Jesús el Hijo, el Amado, en quien Dios Padre se complace, en algún evangelio, el símbolo de la paloma que representa al Espíritu Santo, en suma, un relato sin parangón, del todo portentoso, glorioso y rico. Y es de estos símbolos de donde podemos apuntar algo más:

Que ya desde esos tiempos, y seguramente con antelación, el agua es señal de purificación, de plenitud, de limpieza, de renovación y de vida. Y que, en ese sentido, el sumergirse en ella entraña la idea de la profundidad de la vida espiritual, condición básica para un nuevo nacimiento en el agua y en el espíritu.

Que Juan, el que bautiza, el que precede, el que ofrece la vida nueva, el que anuncia a Jesús, es señal de la santidad por medio de la cual podemos encontrar esa mediación entre Dios y los hombres. Que es un ministerio que se ejerce, que se cultiva y se prepara y que requiere una verdadera consagración y fidelidad. Ahí nos corresponde rezar por nuestros sacerdotes, que hacen las veces de los bautistas en nuestros días.

Que la purificación para tener acceso a una vida del espíritu renovada requiere la confesión. Ya desde los tiempos del bautista era menester dejar atrás una conciencia de pecado y revestirse con la pureza de la Gracia para disfrutar y ejercer esa vida nueva. San Buenaventura pide en su Itinerario del alma a Dios, como condición necesaria la pureza del alma mediante la confesión. Lo mismo procura en sus ejercicios espirituales San Ignacio de Loyola. No es nuevo y no es ajeno. Hoy hace falta lo mismo: procurar que la celebración de los misterios de Cristo y la práctica de los sacramentos incluya la confesión.

Que el cielo abierto es señal de la presencia trinitaria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y que el bautismo en sí mismo permite esa apertura por la cual recibimos el mensaje, la voz y la presencia de la plenitud de Dios en su forma trinitaria. No hay manifestación más gloriosa y completa que ese cuadro imaginario y que fue vivido en el relato que el evangelio nos presenta. Así remata y concluye todo el ciclo de la Navidad, para prepararnos y abrirnos nosotros a la vida pública de anuncio del Evangelio por medio de nuestras obras, nuestro testimonio y nuestras palabras. Habría qué preguntarnos qué tanto nuestro rol en la vida colectiva está dando los frutos necesarios para el equilibrio y la armonía, para la continuidad y la capacidad de formar la comunidad.

JHC

4 comentarios:

  1. Podemos rescatar que para lograr la purificación intervienen diversos factores como la confesión, dar testimonio de nuestras palabras, el bautismo y la importancia del agua, que todo indica a que es lo esencial para ejercer una vida nueva.
    by ENYA MENDOZA

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  2. Bueno al inicio nos dice sobre el bautizo de jesus y que eso marcaba el inicio de su vida publica,esos signos de enimaticos el agua, las confesiones de sus pecados era lo que el nos ofrecía para el bautismo y que esa es la presencia que tenemos con Dios y su plenitud.

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  3. Me parece que es muy interesante el significado del bautismo y su importancia,el cómo este marcaba el inicio de la vida pública de Jesús.

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