La palabra contagio se asocia, por lo regular, a la enfermedad. Por eso se suele tener precaución hasta para utilizarla. La verdad es que desde su raíz etimológica alude al contacto y, más generalmente, al acto de tocar. No hay contagio si no hay contacto. No hay contacto si no hay cercanía. No hay cercanía si hay un alejamiento, un aislamiento.
Ahí reside, tal vez, uno de los más duros problemas del mundo actual: nos educan, nos condicionan y nos bombardean con la idea, velada o abierta, del necesario aislamiento, ya sea para evitar contagios o simplemente para procurar el disfrute de ciertos placeres de los que nos podemos volver esclavos en soledad.
Así surgen ciertas categorías para establecer el tipo de relación entre las personas. Cuando alguna relación cae en una espiral de violencia, el lenguaje comodino y puritano alude a la toxicidad, por ejemplo.
El precepto cristiano no es el del alejamiento ni el del aislamiento. Ni siquiera en los casos de supuesta toxicidad. Al contrario, se recomienda amar incluso a los enemigos. Se recomienda igualmente perdonar.
En la carta de San Juan para el día de hoy se insiste en que el encuentro con Cristo no produce otra cosa que no sean las obras de la Gracia, no las del pecado. Insiste en la incoherencia derivada de quienes digan estar con Cristo, pero ejercer el pecado.
El verdadero encuentro con Cristo implica primero el reconocimiento, luego el seguimiento y, sobre todo, el testimonio. De ahí el "vengan y verán".
Adicionalmente se reconoce un hecho presente para todo aquel que padece el encuentro real con Jesús: de saberse en su presencia y de reconocerle, surge la gana, no sólo de proclamarlo, sino de hacer que otros lo sigan, tal como pasó con Andrés, quien, habiendo reconocido a Jesús, por medio del señalamiento de Juan el Bautista, acudió para avisar a su hermano Simón. Se puede imaginar el júbilo, el alborozo, el brillo en sus ojos para decir que había encontrado al mesías.
Tal debe ser la actitud del cristiano: dejarse llenar de regocijo y plenitud y luego correr a dar testimonio y traer a otros, a los hermanos, para que vivan y sientan lo mismo, para que reconozcan a Jesús y vivan conforme su Evangelio. Por ello también es muy importante propiciar y favorecer las nuevas vocaciones al sacerdocio o a la vida religiosa, así como a la actividad misionera y el apostolado de los laicos con todo el fervor posible, la oración y la siembra de la fe a través de la vida sacramental y las obras de misericordia.
Y la pregunta queda en saber qué tanto estamos cumpliendo con nuestra parte, desde donde nos desenvolvemos.
Pongamos en ello nuestro empeño. En las manos de Dios estamos cada día.
JHC
La lectura nos dice algo muy cierto, la palabra contagio siempre esta relacionada con difundir algo nocivo, como alguna gripe que no traiga más que solo mal, ¿no podría ser que podemos contagiar algo más que no sean enfermedades?
ResponderEliminarby ENYA MA
Es cierto, desde pequeños nos han educado con una idea sobre el contagio cuando muchas veces no lo hemos reflexionado a profundidad.
ResponderEliminar-Ana Paola Meneses-
Al inicio de la lectura nos dice que es lo que nosotros le decimos o usamos la palabra contagio lo usamos cuando alguien esta enfermo y no quieres que te pase la gripa o usamos la palabra no me contagies por ejemplo.
ResponderEliminarTambién nos dice que hay categorías o clasificación de personas, que todas las personas no son iguales por lo que yo entiendo dice que cae en violencia,no tener un buen lenguaje etc.
SHARI GALILEA
Ciertamente asociamos el contagio con una enfermedad o algo malo,pero no pensamos en que puede ser de algo bueno de igual manera.
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