martes, 31 de marzo de 2020

En alto

@jhcastelano


La crucifixión era un símbolo de humillación en la época de Jesús. La condena a muerte podía tener distintas modalidades; pero ser crucificado era la peor, la más vil. Cuando Jesús fue crucificado y con ello glorificado, pasó a ser un símbolo de grandeza. Fue el instrumento para vencer el mal. Desde entonces la cruz es señal de grandeza, de poder, de triunfo.

Así lo constató el ejemplo de Constantino, en el 312, cuando triunfó en la batalla de Majencio, llevando la cruz como estandarte, pues así se le había revelado. Desde entonces fue permitida o al menos no perseguida la religión cristiana en el Imperio Romano, aunque siguió habiendo una serie de persecuciones, alguna de ellas, como la de Diocleciano en el 303, muy sangrienta y cruel.

Aunque hay religiones que prohíben tener imágenes de Dios, en el fondo no hay ninguna religión que no la tenga, que no se haga imágenes de Dios. «Dios es, en sí, el mismo para todos —nos dice Rémi Brague, en “Sobre el Dios de los cristianos y sobre uno o dos más”, de la BAC, 2014— y Él está más allá de todas las representaciones que se han hecho de Él. Las imágenes y los conceptos que se han hecho sobre Dios varían entre los hombres y los grupos que los congregan, según se trate de escuelas filosóficas o religiones. Si nosotros no podemos captar lo que es, o mejor dicho, quién es Dios en sí y por sí mismo, esta incapacidad nos conduce precisamente a la diversidad de representaciones que existen de Él y nos impone la tarea de poner en claro los matices o los abismos que las separan». Así pues, incluso para hablar de Dios hay que tener una imagen de Él, inclusive también si se ha de negar su existencia o la imposibilidad de conocerlo, como en el agnosticismo tan común en nuestros días.

«Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino como el Padre me ha enseñado», nos dice Jesús en el Evangelio de San Juan (8, 28), con lo que podemos interpretar lo alto de la cruz en el monte calvario; pero también su ascensión al cielo.

Poder contemplar la cruz en lo alto, como recién lo hizo el Papa en la oración especial en la plaza de San Pedro y muy cerca ya de la Semana Santa, nos debe recordar ese acto de reconocimiento de su grandeza, su majestad y su triunfo. No hay una necesidad de ser sanados cuando opere con su fuerza y le reconozcamos como el que Es. Por eso también se nos exige un acto profundo de transformación interior, de ese “vaciamiento de sí”, ya reconocido por el místico alemán el maestro Eckhart. Es importante negarse a nosotros mismos para dejar que prevalezca el que Es. También por ello Miguel García-Baró nos dice en su obra “De estética y mística” (Ed. Sígueme, Salamanca, 2007) que: «El vaciamiento de Dios, que comenzó en la Creación, pero que culminó con la Encarnación hasta la Cruz, permite la esperanza extraordinaria de una recapitulación en Dios, al final, de todas las realidades. Los cuales han merecido no sólo el amor de Dios, sino, en cierta manera, la identificación de Él con ellas. Únicamente la voluntad del hombre torcida al mal, únicamente la perversa autodivinización del hombre se halla por entero fuera del alcance del vaciamiento de Dios. Su Palabra no sólo ha sido el modelo eterno de las cosas y la memoria eterna de todas ellas, sino que se ha hecho carne, o sea, debilidad y visibilidad. Dios se ocultó en la carne del hombre, en la carne del mundo; pero esto permite ahora al hombre que se ocupa con el mundo, aspirar a reflejar, sobrenaturalizando la naturaleza, los efectos de la gracia sobre las cosas creadas».

La serpiente abrasadora de bronce (Núm, 21, 4 – 9), elaborada por Moisés para salvar al pueblo de las mordeduras de serpientes abrasadoras nos enseña no sólo la acción sanadora, el “phármakos”, la catarsis, la cura para el pueblo, sino que, además, sigue la línea de interpretación del ciclo de la violencia mimética, pues la afirmación ya antes citada de que “Satán expulsa a Satán” se pone de manifiesto en el efecto sanador para quienes miran o contemplan la imagen de esa serpiente puesta ahí por Moisés, pues aquel que mire esa serpiente no padecerá la muerte si es mordido por una serpiente real. A partir del triunfo de la Cruz, ya no es Satán quien expulsa a Satán, es Jesús quien lo vence y nos abre la puerta de la eternidad con Dios.

El alma sedienta de Dios deberá vaciarse de sí y disponerse como la tierra que espera la semilla y los elementos para ser fecundada y producir vida; una vida que tiende a lo alto, al cielo; a lo alto, a donde podemos contemplar a Jesús.

Lo sabría, acaso, Simone Weil, cuando expresa estos versos:

Ábrenos ya la puerta y veremos los vergeles,
Beberemos de sus aguas frías que aún conservan la huella de la luna.
El largo camino arde hostil a los extraños.
A ciegas erramos sin encontrar el lugar.

Agobiados por la sed, queremos ver las flores.
Esperando y sufriendo, henos por fin aquí delante de la puerta.
A golpes la abatiremos, si es preciso.
Golpeamos y empujamos, pero es demasiado firme.

No cesemos en nuestro esfuerzo con la oración, el ayuno, el sacrificio. El tiempo que sea necesario para poder contemplar en lo alto a Jesús.

JHC

lunes, 30 de marzo de 2020

Acusador

@jhcastelano




Todo señalamiento acusador desencadena un ciclo irrefrenable de violencia. Aun en aquellos casos en los cuales las acusaciones pudieran representar un acto de plena justicia, pues al señalar la necesidad del resarcimiento del daño, también se inicia el juicio y el ciclo para ver vencido al adversario. Muchas ocasiones más bien hay víctimas receptoras de la acusación. Toda víctima, por el hecho de serlo, es inocente. Y no de sus propios actos, sino del linchamiento derivado de la acusación.

El ciclo de la violencia mimética —ya lo hemos abordado someramente antes— es un proceso por el cual Satán expulsa a Satán, como nos lo explica en sus obras René Girard. Es un círculo vicioso, como le conocemos en nuestra circunstancia. Una espiral repetida sin cesar. Un acusador se presenta, señala una víctima, la ofrece como expiación, otros acusadores le siguen, sacrifican a la víctima y el remedio se presenta ante todos por medio de una catarsis, una limpia, un ungimiento, un motivo de salud, una aparente calma hasta la vuelta de otro ciclo igualmente violento para repetir el esquema.

La literatura epopéyica, mitológica, trágica, dramática y hasta cómica está llena de relatos así, de estos procesos sacrificiales. Incluso la Biblia; con la diferencia radical de ser en la Biblia donde esos procesos se rompen en virtud de la acción divina. El pasaje de Susana, esposa de Joaquín, en el libro de Daniel, nos da cuenta de ello; así como el célebre episodio de la mujer sorprendida en adulterio, a quien Jesús libró de la lapidación y masacre.

Por allá a lo lejos vemos a un Edipo, culpado de la peste por su crimen de incesto y de parricidio. Despreciado y humillado, con su esposa y madre muerta y sus hijos-hermanos a punto de otra tragedia. Su linchamiento curó la peste. A su vez, su hija Antígona habría de padecer la muerte por tortura al desobedecer el decreto de Creonte para quien le diese sepultura a Polinices, el traidor de Tebas. Nunca hubo una salvación. Ni siquiera para Penteo, masacrado por las Bacantes, entre quienes estaban su propia madre y sus hermanas, embrutecidas, extasiadas y poseídas por esa extraña influencia de Dionisios, pues las mujeres le ofrecían todo tipo de excesos, embrutecidas, fuera de sí, enajenadas. Nunca hubo una ruptura del ciclo de la violencia mimética como sí lo hubo repetidamente en la Biblia.

Para que Satán no expulse a Satán y el ciclo se vuelva perpetuo, es necesario dar paso a la acción divina. Para nuestro caso, es el Paso, es decir, la Pascua. Con la resurrección y el triunfo de la Cruz, Jesús habrá de vencer de una vez por todas a Satán, al deseo, al acusador. Así lo consigna uno de lo cánticos del Apocalipsis: «ha sido precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba día y noche, ellos le vencieron en virtud de la sangre del cordero y por el testimonio que dieron y no amaron tanto su vida que temieran la muerte. Por eso, estad alegres, cielos, y los que moráis en sus tiendas».

En el caso de la mujer adúltera Jesús hace que los acusadores se vuelvan contra sí mismos, reconociendo sus propios pecados y sintiéndose indignos de perpetrar el homicidio público. Jesús, por su parte, ejerce la misericordia por antonomasia, no acusar; pero sí pedir que ya no se repita el pecado. Es Jesús.

JHC

domingo, 29 de marzo de 2020

Para la gloria de Dios

@jhcastelano



Es siempre sorprendente cómo la Palabra de Dios resulta oportuna y eficaz. En la liturgia del día de hoy para la misa encontramos una línea de reflexión muy clara sobre la manifestación de la gloria de Dios a través del milagro de la resurrección de Lázaro, el amigo de Jesús. El Evangelio de San Juan nos relata el dramatismo, las emociones de los amigos de Jesús, de Martha y de María, así como la de los testigos, quienes se preguntaban cómo podría ser posible que éste hubiese podido hacer ver a los ciegos y no detener la enfermedad de su propio amigo. Jesús se conmueve y manifiesta su gloria y su poder devolviéndole la vida a su amigo, pese al estado de descomposición que ya tenía.

El Evangelio guarda un paralelismo con la advertencia enunciada por el profeta Ezequiel sobre el hecho de sacar de los sepulcros y de dar vida nueva.

También por eso el salmista clama desde el fondo de la tumba y espera la misericordia de Dios, pues el alma espera en él.

Y la clave para entender todo la ofrece San Pablo en su carta a los romanos, pues hace notar la diferencia entre vivir de la carne o por la carne, y por contraparte, vivir del espíritu. Cuando Jesús resucita a Lázaro le dirige estas palabras: «esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios».

Lo mismo podríamos aplicar para esta pandemia y decir que esta enfermedad no acabará en la muerte, sino para que se manifieste la gloria de Dios. Por eso es necesario intensificar la oración, el sacrificio, el ayuno y la meditación, en suma, la preparación y el cultivo de la interioridad. Es muy importante, según los consejos de San Pablo, vivir y cultivar el espíritu. Es seguro que Dios no abandonará a su pueblo y la Pascua de Resurrección nos traerá la vida en todo su esplendor. Es duro el camino de la conversión y la penitencia; pero es necesario e imprescindible tomar no sólo las precauciones sanitarias, sino las espirituales también.

Los hombres egregios han sido considerados como almas grandes o espíritus fuertes, no tanto por la fiereza, temeridad y fortaleza física, ni por la notoriedad en los asuntos del orden público, las guerras, la estrategia, el combate, sino también en ámbitos como el avance en todos los órdenes de la vida: la medicina, la religión, la tecnología, los inventos, etc. Esos espíritus fuertes se han caracterizado no sólo por la nobleza, sino las más de las veces porque han aspirado a alturas extraordinarias, entre ellas la más, la santidad, pues incluso ni el genio llega a tanto. La virtud es parte esencial en la ascesis proyectada por dichos espíritus.

Nos resulta impostergable meditar sobre ello y organizar nuestra vida por medio del ayuno, la oración, la limosna para lograr la conversión mediante la penitencia y permitir actuar a Jesús para que manifieste su gloria con nosotros y quede vencida al fin esta enfermedad, tanto la que está amenazada en el cuerpo, como la del espíritu.

JHC

sábado, 28 de marzo de 2020

El verdadero maestro


Ahora que la pandemia nos ha obligado a confinarnos, la cuestión educativa ha tomado diversas caras. Ha sido necesario implementar las clases a distancia o dejar actividades por uno o por otro medio. Hay instituciones que tienen sus plataformas propias y por ello no padecen la carestía o la imposibilidad de controlar el suministro de los contenidos. Hay otras que pueden implementar las herramientas que están en el mercado de los medios de comunicación gracias al Internet, lo cual implica y tiene su buena dosis de colaboración por los padres de familia al tener éstos la capacidad para proporcionar a sus hijos los medios acordes a las herramientas propuestas. Habrá, en cambio, escuelas del orden público y de educación básica que no cuentan con dichas posibilidades y tal vez ni siquiera con los contenidos en televisión abierta que el gobierno ofrece, se pueda llegar a los alumnos de bajos recursos. Para quienes pueden echar mano de las herramientas tecnológicas de la información está resultando en muchos casos un terreno nuevo de exploración. Ya habrán notado la dificultad y la necesidad de dominar más de una modalidad de enseñanza a la distancia. Ya estarán sintiendo también la necesidad de replantear contenidos y meditar bien sobre lo que se tiene que decir. La reflexión sobre los contenidos ha dado un vuelco para quienes pretender hacer bien el trabajo con lo que se tiene o se puede.

También vemos, con el patrocinio de las redes de comunicación, cómo surgen un sinnúmero de mensajes de toda índole sobre lo que estamos viviendo. No faltan los expertos improvisados, las fuentes sin verificar, las notas sensacionalistas, las suspicacias y hasta los motivos para comunicarse con las masas lo más creativamente posible. Todo eso nos puede hacer correr el riesgo de que el tiempo se estreche y no veamos las ventajas que nos trae el encierro a fortiori.

Biografía de Jeremías (profeta) » Quien fue » Quien.NETDe quienes están tratando de verificar y meditar sobre las causas y las consecuencias de esta situación, podemos identificar muy buenos análisis y posturas, empero, llenas de las más variadas elucubraciones. De pronto pareciera que todos tratan de enseñar algo: desde el pretendido apocalipsis hasta las teorías del complot; desde las más variadas técnicas de cómo hacer llevadera una cuarentena cocinando recetas ad hoc, hasta las más mordaces críticas al sistema, a los gobiernos y hasta a la Iglesia. Todos tratan de enseñar algo, decimos, de marcar el camino de la opinión pública; pero pocos estamos dispuestos a escuchar lo esencial: a Dios, a su palabra, a lo que está tratando de decirnos en nuestro interior; por eso el profeta Jeremías dice: «el Señor me instruyó y comprendí» (Jr 11, 18) pues además a Él podemos confiarle nuestra causa. Esta causa. Esta enfermedad que ha cobrado ya muchas vidas en ciertos países de distintas latitudes.

Los fariseos que pretendían echar mano de Jesús quedaban fascinados, como nos lo indica el Evangelio de Juan: «Jamás ha hablado nadie como ese hombre» (Jn 7, 46), decían. Habrían quedado maravillados por la elocuencia de Jesús; pero quizás más por la profundidad y porque su palabra llegaba al corazón como nunca nadie antes. Jesús es el verdadero maestro. No hay nadie, ni el más creativo profesor con plataformas, emisiones, actividades lúdicas, entretenidas y novedosas; no hay profesor universitario con todas las herramientas a su disposición; no hay filósofo de ocasión que enseñe e interprete con maestría lo que estamos viviendo; no hay analista económico, político, sanitario, sociólogo que pueda estar a la altura de Jesús. Por eso el hecho de que los sacerdotes estén llevando sus predicaciones a través de los medios de comunicación, nos ofrece la oportunidad de escuchar al verdadero maestro, quien bajo estas circunstancias nos está llamando ahora en nuestro corazón.

No hay pandemia o tribulación que esté por encima de nosotros, si nuestra oración es sincera, si reconocemos al verdadero maestro, pues como el Salmo7 canta hoy: «mi escudo es Dios, que salva a los rectos de corazón». Si nuestro corazón carece de esa rectitud, más nos vale comenzar a enderezarlo y enderezar nuestra senda, pues sólo así podremos atender y aprender del verdadero maestro y gozar de su salvación, aún en tiempos de ignominia como éste.

JHC

viernes, 27 de marzo de 2020

Los misterios de Dios

@jhcastelano



“¿Por qué tenía que pasar todo esto?” No falta quien se lo pregunte. La duda manifiesta procede de la incertidumbre y de la lluvia de información sobre el asunto del virus y la pandemia que aqueja —al menos así nos lo hacen ver— a buena parte del mundo. Cualquier ángulo asumido para ver desde ahí toda esta suerte de desorden se ve influenciado por el cúmulo de posturas de expertos y analistas, por parientes y vecinos, por conocidos y extraños que desde sus trincheras opinan mucho y asumiendo todo tipo de posicionamientos. La realidad es que, si nos da por creer a pie juntillas lo que nos dicen, vivimos confinados y asomándonos furtivamente para proveernos de lo que podemos para paliar este aislamiento. Y vemos las calles con gente que vive al día y que busca seguir con su vida relativamente normal. Y habrá poco a poco destapándose otra realidad: la de la nueva configuración y el acomodo de esas estructuras de poder en el mundo.

Este día será histórico. Allende la posteridad se hablará de él como el día en el que el Papa Francisco realizó una muy solemne celebración… en la soledad, en una plaza de San Pedro casi totalmente vacía, apenas con un puñado de personas que más bien formaban parte de la logística de la celebración, desde los liturgos hasta los encargados de las cámaras y los aparatos para hacer posible una transmisión vista desde lo lejos por la TV o el Internet. Ahí se pudo observar a media luz el vestido resplandeciente y blanco del Papa, caminando él con un paso acompasado y a la vez desigual. Por algo cojea y se nota mucho; pero lo que más estuvo en boga fue la expectativa por al menos cuatro aspectos de esta celebración.

El primero era la espera de la bendición solemne llamada “urbi et orbi”, del lugar para el mundo entero, al ser fechada y pactada de manera extraordinaria ante la realidad y la amenaza del coronavirus. Por lo regular esta bendición la concede exclusivamente en Navidad y en Pascua; pero decidió hacerlo ahora ante esta indecible situación. Y se dio como se esperaba: solemne, única, profunda y conmovedora.

El segundo rasgo era el del mensaje. En simbiosis y perfecta amalgama con el momento de la bendición, el Papa dirigió un sentido mensaje clamando a Dios que despierte, como lo hicieron los discípulos, según el Evangelio de San Marcos, cuando en la barca los azotó la tempestad y tuvieron que despertar a Jesús para que calmara la tormenta con su poder, con su palabra, porque a Él le obedecen los elementos. También resaltó la crítica del sinsentido en nuestras prioridades cotidianas, alejados de Dios y ensimismados en metas a veces plagadas de mezquindad y de individualismo. El Papa pone el ejemplo para que podamos enfocarnos en lo estrictamente necesario, en la fe que debemos tener y en la elección de nuestras prioridades.

El tercer aspecto del que se guardaba expectativa fue el del gesto papal de orar a los pies del Cristo de San Marcelo, imagen de Jesús crucificado a la que se le atribuye el milagro de haber detenido la peste que azotó Roma en 1522; así como el rezo ante la imagen de la Virgen de la Salud del pueblo romano. Desde antaño y ahora se nos pide como cristianos que nuestras oraciones sean para pedir la intercesión y el milagro y que sólo el poder de Dios podrá detener la amenaza que se cierne sobre el mundo. Y no es por el número de muertes, sino por la indefensión y el sentimiento de impotencia que se tiene ante un ataque de estas dimensiones.

Ya hemos visto el cierre de los templos y de los servicios religiosos presenciales; pero también hemos visto el renacer de una esperanza fundada en los medios de los cuales podemos echar mano para cultivar nuestra espiritualidad. Ese era el otro aspecto esperado: la presencia a lo lejos, esta vez sí efectiva y no banal, pues se impartió la bendición para alcanzar una indulgencia plenaria, lo cual significa que, si por mala fortuna o por voluntad de Dios alguien llega a perecer por causa de la pandemia, ya recibió la absolución con la bendición del Papa. En este caso para eso sirve la indulgencia plenaria; pero no sólo es para eso, pues también con ella se alcanza la Gracia de Dios en esta cuarentena que coincide con la Cuaresma.

Nos hemos hecho muchos ídolos, como veíamos en las lecturas pasadas; pero también nos dejamos llevar por la violencia mimética y, sin advertirlo, hemos caído en una actitud de contubernio contra todo lo bueno de la vida. Así, solemos despreciar las acciones y el proceder de los que son justos. Aborrecemos esa actitud recta y planeamos en secreto, con nuestras inmundicias, nuestras omisiones o hasta nuestras mezquindades, el fin de lo que es bueno. Las estructuras se manchan con nuestra incapacidad por procurar el bien cuando nos desviamos con la idolatría de tantas cosas. Y hoy venimos a darnos cuenta, como lo dice el Papa, que siempre hay cosas que no son necesarias y otras que nos acercan a Dios y no las valoramos. Por eso este tiempo de verdadera Cuaresma en cuarentena es la oportunidad para rescatar todo eso. Ojalá no perdamos esa oportunidad para cultivar nuestro espíritu con unas adecuadas reflexiones, con la oración y nuestra intención de darnos para los demás.

Sólo así podremos aspirar a entender, captar o participar de algo que nos rebasa, pero que con la fe sabemos que estaremos ahí y son los misterios de Dios. Sólo así, aunque no tengamos la respuesta del por qué está pasando todo esto, sí podremos ver la oportunidad de reconocer a Dios, en lo que hemos podido identificar de nuestras vidas, en nuestro encierro, en la cuarentena, incluso en el miedo; en la compañía de los más cercanos a nosotros, en la reconfiguración de nuestras prioridades y, sobre todo, en la gloria de Dios que se manifestará al final y por encima de todo esto.

JHC
27 de marzo, día de la encomienda, año de la Gracia de Nuestro Señor, 2020
Santa Ana Chiautempan, Tlaxcala

jueves, 26 de marzo de 2020

Hablar de Dios

@jhcastelano




Pude ver hace unos días un filme verdaderamente «conmocionante», si puedo proponer esta derivación como neologismo, más que conmovedor. Se llama “Una aventura extraordinaria” (Life of Pi), del director Ang Lee, año 2012. Se trata de un naufragio padecido por un joven hindú; mas no se trata sólo del naufragio, sino acerca del hablar de Dios. El sobreviviente cuenta dos historias paralelas de su hazaña: en una sobrevive milagrosamente con un tigre de bengala; en otra da cuenta del drama de supervivencia vía la desesperación inspiradora de la muerte entre los últimos sobrevivientes, quedando sólo él. El mismo protagonista propone que sus dos historias tienen que ver con Dios porque al final, cuando da a elegir uno de los relatos, él presupone que Dios elegiría la predispuesta por la inercia de la película sobre el espectador. De cualquier manera, haber sobrevivido en tales condiciones no deja mucho espacio para prescindir de lo sagrado.
Es este tema de lo sagrado, el verdadero y mayor de los problemas de la filosofía, según propone un maestro que ha escrito no pocas páginas para estudiar y escudriñar los temas que permean la discusión filosófica de nuestros días. El de la religión es «el» problema por antonomasia en el plano filosófico, y con ello el de lo sagrado, el de Dios. No ha habido un sistema filosófico, una idea, una propuesta, una meditación, un pensamiento por muy alto o profundo que sea, que no se haya topado con el fondo mismo de todo asunto trascendente, es decir, que no haya rozado con el problema de lo sagrado. Hablar de Dios, pues, por muy tema tabú en el ámbito «laico», por mucho que los paladines de la secularización se empeñen en acallarlo, terminan restándole la importancia y los trabajos a un sinnúmero de veros pensadores.
Se sabe, por otra parte, que ciertos pueblos han considerado el tema de lo sagrado  de una manera tan importante que hasta era necesario callarse el nombre de Dios, precisamente por tan sagrado, tan sublime. Por contraparte, en nuestros ámbitos secularizados se banaliza el uso del término que designa a Dios porque se le ha desprovisto de todo contenido inherente a su naturaleza, es decir, se le ha «desacralizado».
Ya ni siquiera se puede hablar de Dios tan abiertamente sin que se levanten sospechas de fanatismo por parte de los no pocos espíritus «ilustrados» o jacobinos de nuestros días.
Urge hablar de Dios. A ver si con ello se despierta un poco más el interés de quienes no sólo le han negado los oídos a su Palabra, sino a los que han cerrado toda posibilidad de su experiencia viva. Urge porque el creyente muchas veces dice serlo; pero se niega a asumirse como “practicante”. Urge porque hasta para opinar sobre religiones resulta ahora que los “expertos” son esos académicos agnósticos vacíos de toda creencia en lo sagrado y propensos a pontificar sobre esos asuntos como si les fuesen propios. Urge porque desde el ámbito secular de un Estado equívocamente llamado «laico» cuando más bien se asume como ateo, desde ahí se pretende invadir el espacio de la religión y juzgar sobre lo más íntimo y sagrado mediante la irritante espada de lo “políticamente correcto”. Urge hablar de Dios porque así se muestra la esperanza de que Dios hable por medio de las palabras de quien desee hablar de Él con toda sinceridad y compromiso. Le entro.

miércoles, 25 de marzo de 2020

El gobierno de los elementos del Universo

@jhcastelano



Tanto en la literatura judía, como en la musulmana y, desde luego, en la cristiana del ambiente medieval suelen encontrarse referencias a los ángeles. Hoy ya no se habla tanto de ellos. Nuestra hipermodernidad no tiene tiempo, y la ciencia no los reconoce, como para seguir alimentando la idea de su existencia. Parece cosa de superstición para los ojos escrutadores y ensoberbecidos de la ciencia moderna, de la manera de ver todo enteramente desde las posibilidades exclusivas que los sentidos nos permiten y, desde luego, lo que el mundo sensible nos ofrece. No hay más.

Y, sin embargo, no sólo el ejemplo de María cunde hoy entre nosotros cuando conmemoramos la anunciación del Señor, pues concentrados en el detalle de lo que Nuestra Madre, la Virgen María, habría de asumir en los nueve meses que corresponden al período de la gestación del niño, Nuestro Señor Jesucristo, habría de aceptar María los designios de Dios; así la habrá de acompañar San José y lo recordaremos otra vez ya muy cerca de la Natividad, en el Adviento. Tratar el caso de María es por demás interesante, extenso y de valorarse. No sólo tenemos su ejemplo, decíamos, sino que encontramos en el pasaje de la anunciación al ente encargado de llevar el mensaje. Es muy importante su participación.  Es el Ángel Gabriel.

Estamos ante un Ángel de acción y que tiene interacción con el mundo físico, tal como pasó con el Arcángel Rafael en el libro de Tobías. Y lo mismo se piensa de los ángeles custodios o los ángeles de la guarda. De donde se sigue que no todos los ángeles como seres espirituales tienen la misma función. Para el caso de los custodios o los de la guarda, se supone que están siempre cerca de nosotros y que, si es el caso, intervienen para cuidarnos ante la inminencia del mal. El problema es que no siempre les invocamos ni les tomamos en cuenta. Por ahí en un texto de Emma Godoy escribía ella que pueden encontrarse a un brazo extendido a la derecha de nuestro cuerpo.

Más allá de las elucubraciones esotéricas que nos presenta la llamada “angelología”, y que ha reducido su función a los caprichos de nuestros deseos, convirtiendo —esos sí— en elementos de la superstición. Más allá de ello encontramos referencias a los ángeles por pensadores y, más aún, pastores y entregados al servicio del ministerio pastoral, como es el caso de Juan XXIII, de quien se dice que cuando tenía una diligencia diplomática complicada que atender, rezaba a su ángel guardián que se anticipara, que se adelantara para poder pactar con el ángel guardián de su interlocutor, así cuando él llegara, ya no fuese difícil la conversación o la controversia a dirimir; por ello se tenía al santo, al Papa bueno, como un exitoso negociador, un “ablandador” de temperamentos.

Han sido varios los santos que explican la jerarquía de los ángeles. San Gregorio, Santo Tomás de Aquino y San Buenaventura se cuentan entre ellos. Hasta escritores seculares nos recuerdan esa misma jerarquía. Es el caso de Régis Debray, el otrora médico que acompañó en los 60’s al Che Guevara por Bolivia y ahora un catedrático emérito consumado en París, en una obra suya denominada “El arcaísmo posmoderno”, donde acusa la incoherencia o por lo menos la hipocresía del mundo actual, quien por un lado niega la existencia de Dios y los seres sobrenaturales o todo lo concerniente a lo divino; pero por otra exalta lo esotérico y no se deslinda del lenguaje y de los conceptos propios de la jerarquía de los ángeles. Ahí explica a su modo la jerarquía, la misma que proponen los santos antes aludidos.

Según la tradición cristiana, entonces, tenemos tres categorías de ángeles, aunque no necesariamente en orden a su importancia, sino a su función específica, de la que tampoco abundan demasiado. Así, tenemos a los más inaccesibles para la mente humana, que son los querubines, quienes viven exclusivamente en la contemplación y la alabanza divina. Luego están los serafines, quienes son los guardianes de las cosas de Dios. Luego siguen los tronos, en la misma categoría, la más alta. La siguiente categoría, la media, es la de las dominaciones, las virtudes y las potestades. Cada una tiene una función específica, según los santos, tales como, realizar los milagros, repartir bienes espirituales, luchar contra las fuerzas adversas y estar atentos a las razones del obrar divino.

En la tercera categoría están los que tienen mayor interacción con el mundo sensible, como participar en el gobierno de las sociedades, cumplir misiones especiales y ser los guardianes de los fieles en la tierra.

Podríamos decir que en la primera categoría están los ángeles de la más alta contemplación del Creador, en la segunda están las categorías de ángeles que dan cuenta de la majestad del Rey de Reyes, Nuestro Señor Jesucristo, por quien todo fue creado y ante quien se dobla toda rodilla; y en la tercera categoría son los ángeles de acción, de operación directa en los elementos del universo, lo cual corresponde a la acción práctica del Espíritu Santo. De donde se sigue una interpretación trinitaria, según lo descubre San Buenaventura. Y es este mismo santo quien nos explica de qué manera actúan los ángeles en la operación y en el gobierno de los elementos del universo. Deleitémonos:

«Se ha de observar, pues, que este mundo, que se dice macrocosmos, entra en nuestra alma, que se dice mundo menor, por las puertas de los cinco sentidos, a modo de aprehensión, delectación y juicio de las cosas sensibles. La razón es manifiesta: hay, efectivamente, en el mundo seres generadores, seres generados y seres que gobiernan a entrambos. Generadores son los cuerpos simples, a saber: los cuerpos celestes y los cuatro elementos. Porque, en virtud de la luz que concilia la oposición de los elementos en los mixtos, de los elementos tienen que ser engendrados y producidos cuantos seres se engendran y producen por la operación de la virtud natural. Generados son los cuerpos compuestos de elementos, tales como los minerales, los vegetales, los animales y los cuerpos humanos. Los seres que tanto a estos como a aquellos gobiernan, son las substancias espirituales, ora las totalmente unidas a la materia, como las almas de los brutos, ora las que están unidas a ella, como son los espíritus celestiales, a quienes los filósofos llamaron inteligencias y nosotros llamamos ángeles. A ellos es a quienes compete, según los filósofos, mover los cuerpos celestes y se les atribuye, por lo mismo, la administración del universo, dado que reciben de la primera causa, que es Dios, la virtud influyente que transmiten, en conformidad con la obra del gobierno que se relaciona con la consistencia natural de las cosas. Mas a ellos se atribuye, según los teólogos, el gobierno del Universo, a las órdenes del Dios sumo, en cuanto a las obras de la reparación, por cuya razón se llaman espíritus servidores, enviados en favor de aquellos que deben ser los herederos de la salud». (Itinerario de la mente a Dios, capítulo II, número 2)

Por ello conviene pedir el favor, la acción y la intercesión de los ángeles, pues hoy uno de ellos fue el precursor de la Buena Nueva, pues anunció a la Virgen el advenimiento del Hijo de Dios. Con las facultades que tienen para gobernar en el universo a través de los elementos, pueden, con la orden de Dios, ejecutar lo debido, si merecemos la salud. Merezcámosla.

JHC

martes, 24 de marzo de 2020

El torrente

@jhcastelano



Hace algunos años se hablaba mucho en nuestro país acerca de Monseñor Rafael Guízar y Valencia, hoy ya declarado santo. Canonizado y prototipo, o al menos patrón de los obispos de México. Obispo él de Veracruz, vivió los años más duros de la persecución cristera. Y fue precisamente esa circunstancia lo que le obligaba a pasar de incógnito en su trayecto de Veracruz a la Ciudad de México, cuando eso se ofrecía. En algunos de sus viajes tuvo que pasar de camino a estas tierras de Tlaxcala. Aquí en Santa Ana Chiautempan podía alojarse en la casa del Presbítero Lorenzo Hernández Leana, tío abuelo de mi esposa, pues como sacerdote estaba incardinado a la diócesis de Jalapa y formaba parte del presbiterio de Monseñor Guízar y Valencia. Eso se cuenta entre la familia. La anécdota crece cuando se le reconoce a Monseñor una personalidad totalmente llena de la Gracia que procede de Dios, de ahí su talante de santo. Los que lo vieron y saben de ese paso por estos rumbos, dieron testimonio de ello. De su vida podemos decir mucho, tal vez lo más impactante fue su entrega en la clandestinidad para apoyar a los heridos del movimiento revolucionario y su trabajo pastoral hasta en Cuba, luego su exilio y el acoso del gobierno y, por último, el extraordinario hallazgo de su cuerpo incorrupto tras su exhumación en 1950.

Cuando uno piensa en personas como el Obispo Guízar y Valencia no puede más que preguntarse y admirarse por su capacidad de vivir y encarnar la fe con una espiritualidad portentosa. Lo mismo podríamos decir de tantos otros personajes de su estatura espiritual. Un Fray Junípero Serra, por ejemplo, evangelizador de la Sierra Gorda de Querétaro y de las Californias. Nada más de mirar y reconocer las distancias que caminaba y recorría para evangelizar esos pueblos, uno puede ver la grandeza del ánimo, la magnanimidad y el espíritu fuerte, amén de la pasión en la vocación y el ministerio que eligieron para propagar la Buena Nueva.

Ejemplos sobran. Lo importante es reconocer esa grandeza de espíritu que los movía a llevar la predicación y el testimonio hasta un grado heroico. Cabe preguntarnos cómo se inspiran, cómo se fortalecen en su interior y cómo lo desarrollan hasta llegar a tales extremos de entrega y de testimonio. Y la respuesta no es otra más que ésta: fueron los que, alejados de todo miedo, se acercaron, como dice Miguel de Unamuno, hasta beber, no el chorro, sino el torrente inmenso del agua viva, de toda la fuerza y portento de la vida que viene de Cristo y que vivifica y fortalece hasta el grado de mover para la causa todas las acciones en beneficio de los otros, la que embriaga del amor al prójimo y vuelca el corazón hasta ocupar todo, desde las entrañas hasta los gestos, las palabras, las acciones, etc. Es, quizá, lo mismo que mueve a tantas personas a entregarse generosa y silenciosamente a una vocación consagrada y que no esperan otra cosa que sentirse uno con los demás porque el amor a los otros les ha impulsado a tomar la fuerza, la inspiración y la asistencia de Dios mismo. Los que han dado el sí al servicio de los demás, los que han tenido la valentía de dejarlo todo para ir al encuentro del Señor a través de la entrega, la oración y todo lo que su ministerio, sus carismas y su mística les interpelan para ejercer la vida así. Sacerdotes, religiosas, religiosos y hasta laicos consagrados; obispos, arzobispos, cardenales y hasta el Papa, todo un ejército de Dios que necesita nuestra oración y nuestra comprensión, nuestra mano solidaria y las fuerzas que tenemos también los laicos.

Todos necesitamos sentir ese torrente de vida que de Dios procede y de lo que nos habla el profeta Ezequiel (47, 1 – 9. 12) porque somos como el enfermo de la piscina de Betesda, quienes estamos sedientos y necesitados de la acción divina, no sólo para limpiar nuestra podredumbre que tiene raquíticas y enfermas nuestras almas, sino para sentir el torrente que es la palabra sanadora de Jesús, quien nos pide no pecar más para no caer otra vez en la enfermedad espiritual. Es hora de soltar nuestras cadenas y liberarnos realmente de lo que nos oprime en nuestro interior. Es hora de acercarnos o de dejar que entre el barullo se nos acerque Jesús y nos pregunte y nosotros contestemos con sinceridad que sí queremos sanarnos, porque muchas ocasiones vivimos contentos y felices con nuestras cadenas, no queremos liberarnos, sino seguir subyugados y oprimidos por nuestros miedos, nuestras hipocresías, nuestras mediocridades, nuestro confort, nuestro victimismo, nuestros vicios o nuestras mentiras. Sólo la verdad nos hará libres; pero sólo la palabra de Jesús limpiará nuestras inmundicias porque es como un torrente de agua viva que nos aguarda. Ya es tiempo.

JHC

lunes, 23 de marzo de 2020

Cuando todo esto termine

@jhcastelano


No han faltado los sesudos análisis para descubrir lo que está pasando en realidad detrás de esta terrible pandemia que nos tiene pertrechados en nuestros hogares. Unos dicen que es porque el capitalismo está agonizando y las empresas globales con sus esbirros los gobiernos de avanzada necesitan una excusa para destapar el acabose. Otros dicen que es una nueva manera de reconfigurar el dominio del mismo capitalismo, que necesita recuperarse y volverse a proyectar. También hay quienes afirman que, sin ser necesariamente una estrategia económica, bien puede ser un problema sembrado por quienes experimentan con virus para crear nuevas medicinas dentro de la industria farmacéutica. Y, pues, tampoco faltan quienes interpretan una suerte de premonición apocalíptica y pueden, lo mismo citar a Nostradamus que al monje que gritaba en medio de la plaza de San Pedro en esos días de la renuncia de Benedicto XVI sobre la inminente Parusía. Para colmo tenemos un gobierno que relativiza los datos de la pandemia y pretende jugarle al cauto.

No sabemos exactamente lo que está pasando, ni la causa final, ni la formal, para usar las categorías aristotélicas; tal vez sólo sepamos la causa eficiente, que son los agentes de contagio, además de la causa material, que es el propio virus y sus características ya bien definidas. La respuesta más sensata ante este peligro ha sido la cuarentena relativa, pues no faltan las necesidades, aunque sea para asomarse a la calle. Y no faltan tampoco quienes ya están imaginando lo que sucederá cuando esto termine, suponiendo y elucubrando las más variadas hipótesis.

Desde el punto de vista espiritual deberíamos preguntárnoslo: ¿qué va a pasar cuando esto termine? La respuesta tiene que llegar desde el enfoque de la cuaresma: cuando esto termine lo que queda o lo que debería suceder es lo obvio, a saber, la Pascua de Resurrección. Eso lo podemos verificar año con año; pero esta situación es inédita, especial, sui generis y eso nos interpela para determinar hasta qué punto la llamada de Dios nos está reclamando una acción concreta desde nuestro ser cristiano.

Cuando esto termine deberíamos haber reforzado nuestros lazos de comunidad, pues el asilamiento debe hacernos valorar esa dimensión que en lo cotidiano nos tiene sumidos en el individualismo por la mezquindad y la falta de empatía para formar verdaderas comunidades humanas.

Cuando esto termine nuestros lazos familiares deberán reflejar lo que a cuaresma nos pide: la reconciliación, la conversión, el ayuno, la limosna y, por supuesto, la oración. Deberemos haber meditado los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo de una manera profunda y con toda la intención de comprometernos para trabajar por el bien común y por hacer patente el Reino de Dios.

Cuando esto termine habremos de sentir que el camino de la cuaresma fue único por la situación que se nos impone. No habremos revestido del hombre nuevo, habremos buscado y meditado de qué manera podremos caminar con dignidad porque hemos buscado las obras de la luz y nos hemos alejado de las obras de las tinieblas.

Cuando esto termine deberíamos tener más sentido de compasión y de solidaridad, mayor capacidad de sentir las necesidades de los hermanos para poder ayudarles. Tendríamos que estar vigilantes de las formas, ya que, sin caer en el descuido del contacto físico, nada obsta para que nuestras almas vayan juntas por un mismo sentir. Tendremos que ser más receptivos y más pulcros hasta en la manera como tratamos a los otros, con el respeto y la solemnidad que cada uno merece, a sabiendas de que son tierra sagrada y que no tenemos ningún derecho de profanar aquello que Dios sembró en el interior de cada persona y que es su dimensión de singularidad y de unicidad al amparo de los dones recibidos del altísimo.

Cuando esto termine podremos sentir con júbilo y con gozo la sanación y la salvación y podremos cantar como el salmo 29:

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.

Tañed para el Señor, fieles suyos,
celebrad el recuerdo de su nombre santo;
su cólera dura un instante;
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el llanto;
por la mañana, el júbilo.

Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
Señor, socórreme.
Cambiaste mi luto en danzas.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.

Y veremos el cielo nuevo y la tierra nueva que Dios prepara para los que le son fieles, como lo insinúa el profeta Isaías (65, 17 – 21) y cómo lo sintió el funcionario (Jn. 4, 43 – 54), quien pidió de Jesús atención no para él, sino para su hijo, en un claro ejemplo de cómo debe hacerse una intercesión con fe. Así nosotros debemos pedir por los demás, no sólo para librarnos de la posibilidad del contagio y la enfermedad, sino por los que están a expensas de ello en los hospitales y los servicios médicos, así como los que ya han caído enfermos.

Esto se puede ver, entonces, como una oportunidad para acercarnos a nosotros mismos, a Dios mediante la compañía y la oración con los demás y a una nueva conciencia para hacer efectiva esta cuaresma como tiempo de preparación, conversión y reconciliación. Cuando todo esto termine.


JHC

domingo, 22 de marzo de 2020

Mirar al corazón

@jhcastelano




«No te dejes llevar por su gran altura, ni por su mucha fuerza, porque los ojos de los hombres miran las apariencias; pero los ojos de Dios miran al corazón», dice la escritura en el primer libro de Samuel (16, 7). El profeta Samuel iba a ungir al nuevo rey de Israel, llevó su cuerno con aceite y se aprestaba para hacer un sacrificio ritual con Jesé y sus hijos, así que era cuestión de ver a los hijos de éste; pero ninguno de los presentados era el elegido, ni el más grande, fuerte y bien parecido; tal vez ni siquiera el que parecía más inteligente, sino el más pequeño, el que no había sido tomado en cuenta por pequeño y porque era el pastor y no estaba presente y, sin embargo, Samuel supo ver más allá de las apariencias.

“Las apariencias engañan”, dice un dicho muy común. A veces pensamos de un acontecimiento algo y resulta otra cosa. A veces de alguien creemos algo y no resulta veraz y aplicamos así el dicho. No siempre resulta lo que uno cree con lo que se ve. Un filme de 2014, Draft Day, traducida en español como “Decisión final”, ahí un manager, representado por Kevin Costner, tiene ante sí la encomienda de elegir al jugador emanado del futbol americano colegial que mejor convenga al equipo de los Browns, como todos los demás equipos; lo haría en séptimo turno; pero le proponen un trato para elegir en primer lugar, es decir, le abren la posibilidad de elegir al mejor de todo el futbol colegial a cambio de sus primeros turnos de los tres próximos años. Toma la negociación porque, presionado por el dueño del equipo, su staff, su propia madre y la historia necesitada de triunfos de su ciudad, así que se esperaba que eligiera al quarterback estrella del futbol colegial. Manda a investigar al joven y encuentra algo raro: cierto que era una estrella, un jugadorazo; pero había algo que, de su interior, de su persona, no le convencía al manager. En cambio, había un par de jugadores con formas de ser un poco más idóneas, uno de ellos, esperando que, por haber sido su padre jugador de aquel equipo, esperaba su oportunidad con ellos y otro, defensivo, dedicado joven que mantenía a sus sobrinos porque su hermana había fallecido de cáncer, era a quien en realidad el manager admiraba. Por fin llegó el momento de decidir y escogió a este último para sorpresa de todos y cuando lo hizo provocó toda clase de suspicacias respecto del primero, luego el mismo manager supo negociar para sacar partido de la situación y de la confusión. Cuando defendió su decisión, dejó en claro que, no sólo se trataba de mirar los datos externos, sino incluso aquellos no tan visibles: los del corazón.

En el ámbito educativo hemos llegado a encontrar en repetidas ocasiones algunos casos de alumnos o alumnas que muestran ciertas actitudes de cierta normalidad; pero suelen esconder a veces tremendas heridas que no se ven; también hay quienes, detrás de actitudes anómalas, suelen tener extraordinarias dotes de sencillez, de nobleza y de bondad. Es preciso saber mirar más allá de lo que a simple vista nos aparece. En el ámbito de la educación, para poder trabajar con los alumnos es necesario saber mirar su corazón.

También en otros ámbitos de la vida humana suele pasar así: nos dejamos llevar por las apariencias. Somos tan poco observadores y muy propensos a los prejuicios. Nos adelantamos a creer algo erróneo de las personas cuando debemos pedir a Dios su inspiración para saber discernir.

Con los acontecimientos nos pasa lo mismo: nuestras cargas preconcebidas de lo que siempre hemos creído o lo que a primera vista nos presenta nuestra mente, nos obnubila y no obstaculiza la capacidad para hurgar un poco más con nuestras facultades intelectivas. No basta documentarse para saber algo a profundidad, sino saber discernir esa información. A veces el exceso de información nos abruma y no nos deja ver el panorama. Los árboles no dejan ver el bosque, como cunde la expresión en los ámbitos intelectuales desde hace varios siglos.

La única manera como podremos darnos cuenta de las obras de las tinieblas es porque necesitamos la luz; pero también necesitamos curar nuestras cegueras para darnos cuenta de lo evidente, para poder mirar las entrañas, el corazón, la médula de las personas y de los acontecimientos. Esa luz y esa curación de nuestra ceguera la da Jesús, como lo demuestra en el Evangelio de San Juan, cuando cura al ciego de nacimiento. Sus detractores, los maestros de la ley, que se quedan en la interpretación de la misma en lo concerniente a lo externo, al simple y llano cumplimiento de lo externo, sin mirar la entraña de la necesidad concreta de las personas, actitud indolente e insensible, distante de la verdadera misericordia que de Dios procede y Jesús nos enseña con todos sus gestos y palabras.

Hoy más que nunca, lejos de buscar culpables por la pandemia, de acusar el exacerbado capitalismo, de buscar conspiraciones para adueñarse del mundo, de señalar anomalías en el manejo de la crisis de salud o en la falta de medidas eficaces, nos falta unirnos en la oración, vivir una cuaresma con la mayor dosis de meditación, de sacrificio y de concentrarnos en lo esencial. Pidamos a Jesús que nos abra los ojos, que elimine nuestra ceguera y que mire a nuestro corazón para que nosotros podamos ver el corazón del hermano.

JHC

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Opción 2:


sábado, 21 de marzo de 2020

Volvamos al Señor

@jhcastelano




Pese a que cunden las llamadas “Fake News”, por ser notas sensacionalistas, alteradas o inventadas, no deja de ser revelador que haya confluido esta pandemia del coronavirus con la circunstancia económica mundial de actualidad: no tenía mucho que los Estados Unidos, a través de su reserva federal, había bajado las tasas de interés, como si supieran que se avecinaba una tormenta económica, una crisis o recesión; luego vino la baja de los precios del petróleo por parte de Arabia Saudita en la guerra comercial que tienen contra Rusia. No estamos lejos de saber hasta qué punto los estragos se dejarán sentir por la baja en la producción y las ventas comerciales del gigante oriental, China.

Encima venimos a darnos cuenta de la gravedad de una pandemia sin parangón en los últimos cien años, pues la gripe aviar de España afectó al mundo el siglo pasado y aunque ha habido otros riesgos, como el de 2009 con la llamada “influenza porcina”, luego corregida al AH1N1, no se había presentado algo como lo de ahora.

Henos aquí en un encierro, pues es lo que se recomienda, aunque no toda la población lo acata y el gobierno mantiene sus reservas con el aspecto económico y comercial, aunque bien han presionado para que cesen los eventos multitudinarios, especialmente los religiosos.

Cuentan que San Gregorio Magno fue capaz de congregar al pueblo para que, haciendo oración, sacrificios y ayuno, como en el caso de los ninivitas, se disipara un duro ataque de epidemia en su tiempo, que en la procesión que organizó se oyó al coro de los ángeles cantar el Regina Coeli y que se vio a San Miguel Arcángel re enfundar su espada como señal de que había dado fin a la pandemia que los azotaba y terminaba así la prueba que Dios ponía al pueblo.

La oportunidad está dada para vivir entonces una cuaresma de verdadero recogimiento, de meditación, de penitencia y de sacrificios. Si bien la lectura del profeta Oseas remata hoy diciendo en boca de mismo Dios que quiere misericordia y no sacrificios, también es cierto que el salmo refiere que el único sacrificio válido es un espíritu quebrantado y humillado que Dios no despreciará y favorecerá a Sión y reconstruirá las murallas de Jerusalén. Luego en el Evangelio Jesús nos pone como imagen la soberbia del fariseo y la humildad del publicano, como si nos explicara que el verdadero sacrificio es el de dentro, el del corazón, no el externo, el notorio, el que nos envanece y nos envilece porque se queda en las apariencias y en la hipocresía.

Ojalá que nuestro sacrificio sea verdadero y que podamos volver al Señor en esta cuaresma, entonces pasará la amenaza de la pandemia, se abrirán los templos y el Señor mismo recibirá una vez más de nuestra parte el sacrifico externo por antonomasia que es la santa Eucaristía.

JHC

En audio. Opción 1:

Opción 2:


viernes, 20 de marzo de 2020

La importancia de saber

@jhcastelano

Para el Padre Filiberto Cruz Reyes,
cultivador de la fe y la razón.
Amigo entrañable.


Confiesa el Padre Filiberto Cruz Reyes escribir y publicar sus dos libros, tanto “Parcelas en el tiempo” (Miguel Ferro Editio, México, 2014), como “Estoy en medio de ustedes” (Miguel Ferro Editio, México, 2017), para alcanzar una síntesis entre la fe y la razón. Así pretende arrancarle a cronos una buena dosis de su esencia para dejarnos unas reflexiones de sus lecturas, las ideas y los conceptos que se pueden encontrar en el cultivo de la fe por la vía de la razón o del dominio de la razón por medio de la fe, siempre dispuesto a encarnar a su manera el anuncio del Evangelio en su ministerio sacerdotal tan encomiable y menesteroso de oraciones, igual que tantos otros amigos sacerdotes que lidian a diario con el mundo y llevan la Buena Nueva de Jesús. El mismo Padre Fili nos convocó alguna vez, a algunos amigos para tratar de producir algo que exaltara la belleza de la Iglesia con este mismo cometido, de unir la fe y la razón, pues es una manera de dar cumplimiento el mandato más importante: amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente, con todo el ser, entregándolo todo. Es justo reconocer que estas reflexiones en gran medida proceden de la motivación emanada de esa intención por cultivarnos y hablarle a otros de esto mismo, pues es nuestra aportación al anuncio de la Buena Nueva.

“Sólo sé que no sé nada”, dicen que decía Sócrates. Cuando el oráculo señaló al filósofo como el hombre más sabio de Atenas, se sintió libre de corroborarlo por toda la ciudad, suponiendo que él no podría saber más que los demás. Así, se encontraba con militares, políticos y hasta con los sofistas y retóricos, además de los médicos y otros, en apariencia conocedores de sus respectivas áreas o profesiones. A todos les aplicaba su ya reconocido método mayéutico, inspirado en la analogía de lo que su madre practicaba, sólo que su madre, quien era partera, lo hacía para ver nacer a los niños. Sócrates hacía lo mismo; pero con las ideas. Gozaba al interrogar a sus interlocutores porque de las preguntas que les lanzaba obtenía nuevas ideas, de tal modo que la mayéutica era para él “parir ideas". A Sócrates se le debe un gran aporte en el mundo de la filosofía y con ello, del pensamiento en general, al igual que sus contemporáneos los griegos de la etapa clásica.

Es conocida la idea aristotélica también del deseo de saber, inscrita en su Metafísica al inicio. El ser humano tiene la necesidad natural de saber algo, no de quedarse en la ignorancia. De hecho, esa condición ha sido identificada tradicionalmente como la característica o diferencia principal entre el ser humano y los otros seres vivos con los que compartimos la vida en este mundo, por la capacidad de utilizar la razón, el pensamiento y el cultivo del saber para adaptarse y para dominar el mundo.

Para muchos el camino del pensamiento es una separación de todo lo que tenga que ver con la fe. Se plantea una dicotomía, un abismo insalvable entre la fe y la razón.

Desde el inicio de este periodo llamado Modernidad hubo ya voces y posturas que alertaban acerca de la condición anómala de pretender centrar el conocimiento exclusivamente por medio de criterios racionales, dándole la espalda a cualquier certeza que proviniese incluso de lo misterioso e inexplicable que sólo por la revelación acude vía la fe. Tal es el caso de Blaise Pascal, contemporáneo de Descartes, francés también, quien tuvo una experiencia mística la noche del lunes 23 de noviembre de 1654, misma que le inspiró y le movió a cambiar radicalmente su vida, dejando sus grandiosas y geniales aportaciones al mundo de la matemática, de la física, de la mecánica y de la ingeniería, en suma, decidió abandonar toda empresa de la ciencia exacta para dedicar enteramente sus energías y su genio a escribir una apología del cristianismo, misma que no terminó, pues falleció relativamente joven y enfermo. A esa apología inconclusa se le conoce como los “Pensamientos”. En ellos nos hace ver la necesidad de fundamentar nuestras certezas más radicales en algo superior a la razón, algo de lo que proceden nuestras ideas de lo perfecto, de lo infinito, de lo inefable: es la fe y la revelación. En estas ideas pascalianas encontramos, para nuestro propósito, un primer acercamiento a la necesidad de la integración entre la fe y la razón, entre la religión y la cultura en el periodo de la Modernidad.

¿Por qué esta pretensión de reintegrar fe y razón? Porque ambas se habían separado, porque la razón, y por ende también la cultura, que representan todo conocimiento humano, todo logro de la tradición, se separaban de la fe al considerar que el conocimiento sólo podría provenir de las fuentes precisamente racionales. Desde ahora ni la lógica ni la metafísica tenían como último fin a Dios. O más bien, al no encontrar los pensadores del final de la Edad Media y el principio de la Moderna, acomodo o razón de ser de la lógica y la metafísica, juzgaron que eran inútiles, vacías y ambiguas. El nominalismo de Ockham y la corrupción de ciertos clérigos regulares habían provocado esta desviación teórica y, en cierto sentido, habría esto último motivado también la rebeldía de Lutero en Alemania. Por otra parte, los pensadores de aquella época optaron por las concepciones luteranas de la fe, según las cuales no se necesitaría más que creer, ya no merecer el Cielo, pues ya estaría ganado. En fin, que entre los clérigos que habían caído en estado de corrupción, los protestantes fideístas y los científicos antropocentristas, le dieron un nuevo rumbo a la cultura, al saber científico, separado de la fe, apegado a la razón, secular, sin Dios.

Estamos acercándonos o refiriéndonos en nuestra revisión al punto crítico de la modernidad en el que salta el desafío de proyectar la vida hacia el futuro tratando de ofrecer alternativas ante la decadencia. No cabe, acaso, seguir sin cultura y sin espíritu, sólo bajo los parámetros del saber empírico. No parece que haya muchas respuestas a las preguntas fundamentales mediante la ciencia galileana encumbrada y ensoberbecida. Con Husserl podríamos encontrar una primera posibilidad: «Una tarea une a los hombres de modo inextricable: sólo cuando el espíritu retorne a sí mismo desde su orientación ingenua hacia lo exterior y permanezca en sí mismo y puramente en sí mismo, podrá dar razón de sí mismo.»  O incluso con Habermas: «En la conciencia pública de una sociedad postsecular se refleja una comprensión normativa que tiene consecuencias para el trato político entre ciudadanos no creyentes con ciudadanos creyentes. Si ambas posturas, la religiosa y la laica, conciben la secularización de la sociedad como un proceso de aprendizaje complementario, pueden entonces tomar en serio mutuamente sus aportaciones en temas públicos controvertidos también desde un punto de vista cognitivo.»  Y al propio Joseph Ratzinger, quien propone que:

También a la razón se le debe exigir a su vez que reconozca sus límites y que aprenda a escuchar a las grandes tradiciones religiosas de la humanidad. Si se emancipa totalmente y renuncia a dicha disposición a aprender, si renuncia a la correlación, se vuelve destructiva. Yo hablaría de una correlación necesaria de razón y fe, de razón y religión, que están llamadas a depurarse y regenerarse recíprocamente, que se necesitan mutuamente y deben reconocerlo.

No han sido pocas las ocasiones en las que Ratzinger, el Papa Benedicto XVI, se ha referido a esta necesidad de integrar fe y razón.  Y ya su antecesor, Juan Pablo II había publicado una encíclica al respecto, como bien lo mencionábamos antes. Y estos pronunciamientos han tenido su resonancia en el ámbito intelectual, tanto para denostarlos, como para promoverlos y, en la mayoría de los casos, discutirlos.

Esta idea de la integración entre fe y razón ya estaba contenida en la filosofía pascaliana. Por su parte, Juan Carlos Moreno Romo dedica un amplio capítulo de su Vindicación del cartesianismo radical  para tratar sustanciosamente este asunto: «Para que la razón y la fe se entiendan y puedan llegar a ser la una el complemento de la otra tienen que entrar en contacto estos dos hechos profundos en cuanto tales, y para ello se precisa que convivan ambos en la intimidad de una sola conciencia—en rigor, en un hombre que, a la vez que filósofo verdadero, sea también un verdadero creyente. Semejante conjunción, aunque difícil, no ha dejado de ocurrir desde los comienzos mismos de la era cristiana.»  Por nuestra cuenta, hemos tenido la oportunidad de reseñar ese trabajo de Moreno Romo y nos hemos referido de esta manera al mismo asunto: «Henos de pronto sumergidos en la reflexión sobre la complementariedad entre la razón y la fe. Una de las tesis centrales del libro, además de esta que establece la religión como el máximo de los problemas de la filosofía, y la  necesidad de asirse tanto a la fe como a la razón, es precisamente la recuperación del Descartes cristiano, y católico, para situarlo en contraposición a esas corrientes filosófico-ideológicas que pretenden hallar sus raíces en las teologías protestantes, o en el libertinismo ateo.»

Los diagnósticos de decadencia sugieren que el ejercicio filosófico no puede llegar a su plenitud en medio de una crisis cultural como la que estamos atravesando siendo una pretendida civilización ultramoderna. Nuestra crisis es cultural, por decirlo de alguna manera, porque desde el ámbito del pensamiento se le ha dado la espalda a la cultura, es decir, al cultivo del espíritu. Ya ni siquiera se cree ni se asume que haya espíritu. Ni siquiera alma. Si de verdad hay una crisis, ésta comenzó cuando fue desterrada toda señal de religiosidad. La embestida contra la religión y contra el Dios moral de la cristiandad llega a su clímax en tiempos de experiencia de vacío y de sinsentido. Y ahí está en medio la filosofía y más concretamente la educación: huérfana y esclava de las ideologías de moda; secuestrada por los designios de los programas educativos encaminados al logro de las necesidades sociales, según el credo político reinante, perecedero, trivial, ramplón e impersonal; anónimo como el Estado Moderno. Y si la cultura decae, lo que sobreviene es la barbarie, como nos hace notar Michel Henry: «La barbarie es siempre segunda con respecto a un estado de cultura que le precede necesariamente, y sólo en relación con él puede aparecer como un empobrecimiento y una degeneración.»  Es este mismo pensador quien denuncia la dislocación entre el saber científico y el saber cultural:

«Es forzoso rechazar el conjunto de los prejuicios de nuestro tiempo, a saber, la creencia de que no solamente el saber científico es el más importante sino que en realidad es el único saber verdadero; que saber quiere decir ciencia, es decir, este tipo de saber matemático, introducido en la época de Galileo; que todo lo que ha precedido a esta llegada de la ciencia rigurosa en Occidente no ha sido más que un montón de conocimientos inorgánicos, presentimientos confusos, por no decir prejuicios e ilusiones. ¿Cómo la humanidad precientífica, desprovista en efecto de todos los medios que iba a poner a su disposición la técnica moderna, habría podido no sólo sobrevivir y desarrollarse, sino incluso producir en numerosos dominios, por ejemplo, los del arte y la religión, resultados extraordinarios, a los que los hombres de nuestro tiempo serían incapaces de acceder si aquella humanidad no hubiera dispuesto del saber fundamental que es el de la vida?».

La fe necesita madurar con la razón. La ignorancia manifiesta en la fe es una especie de fanatismo o un sinsentido, como lo ha dejado ver nuestro mandatario nacional cuando muestra amuletos contra el mal. Es una pésima manera de insinuar que los católicos somos así. No hay pensamiento mágico en la fe madura, por eso habrá que estar en guardia contra los sensacionalismos, las cadenas de oración, las supuestas advertencias de profecías o el advenimiento del apocalipsis. Ninguna pandemia o contingencia debería mermar nuestro compromiso con la oración y con el cultivo de la fe mediante el conocimiento de las cosas, tal como se aprecia cuando Jesús en el Evangelio (Mc. 12, 28 – 34) le aplaude al escriba que le responde correctamente acerca del más importante de los mandamientos, pues al fin y al cabo, amar a Dios con todo nuestro corazón implica nuestra memoria como potencia del alma, con toda nuestra mente, implica nuestro entendimiento y con todo nuestro ser, implica nuestra voluntad, a imagen todo de la Santísima Trinidad, que es a lo que aspiramos y no le es ajeno todo esfuerzo por saber.

JHC
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