@jhcastelano
Para el Padre Filiberto Cruz Reyes,
cultivador de la fe y la razón.
Amigo entrañable.
Confiesa el Padre Filiberto
Cruz Reyes escribir y publicar sus dos libros, tanto “Parcelas en el tiempo” (Miguel Ferro Editio, México, 2014),
como “Estoy en medio de ustedes” (Miguel Ferro Editio, México, 2017), para alcanzar una síntesis entre la fe y la
razón. Así pretende arrancarle a cronos una buena dosis de su esencia para
dejarnos unas reflexiones de sus lecturas, las ideas y los conceptos que se
pueden encontrar en el cultivo de la fe por la vía de la razón o del dominio de
la razón por medio de la fe, siempre dispuesto a encarnar a su manera el
anuncio del Evangelio en su ministerio sacerdotal tan encomiable y menesteroso
de oraciones, igual que tantos otros amigos sacerdotes que lidian a
diario con el mundo y llevan la Buena Nueva de Jesús. El mismo Padre Fili nos
convocó alguna vez, a algunos amigos para tratar de producir algo que exaltara
la belleza de la Iglesia con este mismo cometido, de unir la fe y la razón,
pues es una manera de dar cumplimiento el mandato más importante: amar a Dios
con todo el corazón, con toda la mente, con todo el ser, entregándolo todo. Es
justo reconocer que estas reflexiones en gran medida proceden de la motivación
emanada de esa intención por cultivarnos y hablarle a otros de esto mismo, pues
es nuestra aportación al anuncio de la Buena Nueva.
“Sólo sé que no sé nada”,
dicen que decía Sócrates. Cuando el oráculo señaló al filósofo como el hombre
más sabio de Atenas, se sintió libre de corroborarlo por toda la ciudad,
suponiendo que él no podría saber más que los demás. Así, se encontraba con
militares, políticos y hasta con los sofistas y retóricos, además de los
médicos y otros, en apariencia conocedores de sus respectivas áreas o
profesiones. A todos les aplicaba su ya reconocido método mayéutico, inspirado
en la analogía de lo que su madre practicaba, sólo que su madre, quien era
partera, lo hacía para ver nacer a los niños. Sócrates hacía lo mismo; pero con
las ideas. Gozaba al interrogar a sus interlocutores porque de las preguntas
que les lanzaba obtenía nuevas ideas, de tal modo que la mayéutica era para él
“parir ideas". A Sócrates se le debe un gran aporte en el mundo de la
filosofía y con ello, del pensamiento en general, al igual que sus
contemporáneos los griegos de la etapa clásica.
Es conocida la idea
aristotélica también del deseo de saber, inscrita en su Metafísica al inicio.
El ser humano tiene la necesidad natural de saber algo, no de quedarse en la
ignorancia. De hecho, esa condición ha sido identificada tradicionalmente como
la característica o diferencia principal entre el ser humano y los otros seres
vivos con los que compartimos la vida en este mundo, por la capacidad de
utilizar la razón, el pensamiento y el cultivo del saber para adaptarse y para
dominar el mundo.
Para muchos el camino del pensamiento
es una separación de todo lo que tenga que ver con la fe. Se plantea una
dicotomía, un abismo insalvable entre la fe y la razón.
Desde el inicio de este
periodo llamado Modernidad hubo ya voces y posturas que alertaban acerca de la
condición anómala de pretender centrar el conocimiento exclusivamente por medio
de criterios racionales, dándole la espalda a cualquier certeza que proviniese
incluso de lo misterioso e inexplicable que sólo por la revelación acude vía la
fe. Tal es el caso de Blaise Pascal, contemporáneo de Descartes, francés
también, quien tuvo una experiencia mística la noche del lunes 23 de noviembre
de 1654, misma que le inspiró y le movió a cambiar radicalmente su vida,
dejando sus grandiosas y geniales aportaciones al mundo de la matemática, de la
física, de la mecánica y de la ingeniería, en suma, decidió abandonar toda
empresa de la ciencia exacta para dedicar enteramente sus energías y su genio a
escribir una apología del cristianismo, misma que no terminó, pues falleció relativamente
joven y enfermo. A esa apología inconclusa se le conoce como los
“Pensamientos”. En ellos nos hace ver la necesidad de fundamentar nuestras
certezas más radicales en algo superior a la razón, algo de lo que proceden
nuestras ideas de lo perfecto, de lo infinito, de lo inefable: es la fe y la
revelación. En estas ideas pascalianas encontramos, para nuestro propósito, un
primer acercamiento a la necesidad de la integración entre la fe y la razón,
entre la religión y la cultura en el periodo de la Modernidad.
¿Por qué esta pretensión de
reintegrar fe y razón? Porque ambas se habían separado, porque la razón, y por
ende también la cultura, que representan todo conocimiento humano, todo logro
de la tradición, se separaban de la fe al considerar que el conocimiento sólo
podría provenir de las fuentes precisamente racionales. Desde ahora ni la
lógica ni la metafísica tenían como último fin a Dios. O más bien, al no
encontrar los pensadores del final de la Edad Media y el principio de la
Moderna, acomodo o razón de ser de la lógica y la metafísica, juzgaron que eran
inútiles, vacías y ambiguas. El nominalismo de Ockham y la corrupción de
ciertos clérigos regulares habían provocado esta desviación teórica y, en
cierto sentido, habría esto último motivado también la rebeldía de Lutero en
Alemania. Por otra parte, los pensadores de aquella época optaron por las
concepciones luteranas de la fe, según las cuales no se necesitaría más que
creer, ya no merecer el Cielo, pues ya estaría ganado. En fin, que entre los clérigos
que habían caído en estado de corrupción, los protestantes fideístas y los
científicos antropocentristas, le dieron un nuevo rumbo a la cultura, al saber
científico, separado de la fe, apegado a la razón, secular, sin Dios.
Estamos acercándonos o
refiriéndonos en nuestra revisión al punto crítico de la modernidad en el que
salta el desafío de proyectar la vida hacia el futuro tratando de ofrecer
alternativas ante la decadencia. No cabe, acaso, seguir sin cultura y sin
espíritu, sólo bajo los parámetros del saber empírico. No parece que haya
muchas respuestas a las preguntas fundamentales mediante la ciencia galileana
encumbrada y ensoberbecida. Con Husserl podríamos encontrar una primera
posibilidad: «Una tarea une a los hombres de modo inextricable: sólo cuando el
espíritu retorne a sí mismo desde su orientación ingenua hacia lo exterior y
permanezca en sí mismo y puramente en sí mismo, podrá dar razón de sí
mismo.» O incluso con Habermas: «En la
conciencia pública de una sociedad postsecular se refleja una comprensión
normativa que tiene consecuencias para el trato político entre ciudadanos no
creyentes con ciudadanos creyentes. Si ambas posturas, la religiosa y la laica,
conciben la secularización de la sociedad como un proceso de aprendizaje complementario,
pueden entonces tomar en serio mutuamente sus aportaciones en temas públicos
controvertidos también desde un punto de vista cognitivo.» Y al propio Joseph Ratzinger, quien propone
que:
También a la razón se le debe
exigir a su vez que reconozca sus límites y que aprenda a escuchar a las
grandes tradiciones religiosas de la humanidad. Si se emancipa totalmente y
renuncia a dicha disposición a aprender, si renuncia a la correlación, se
vuelve destructiva. Yo hablaría de una correlación necesaria de razón y fe, de
razón y religión, que están llamadas a depurarse y regenerarse recíprocamente,
que se necesitan mutuamente y deben reconocerlo.
No han sido pocas las
ocasiones en las que Ratzinger, el Papa Benedicto XVI, se ha referido a esta
necesidad de integrar fe y razón. Y ya
su antecesor, Juan Pablo II había publicado una encíclica al respecto, como
bien lo mencionábamos antes. Y estos pronunciamientos han tenido su resonancia
en el ámbito intelectual, tanto para denostarlos, como para promoverlos y, en
la mayoría de los casos, discutirlos.
Esta idea de la integración
entre fe y razón ya estaba contenida en la filosofía pascaliana. Por su parte,
Juan Carlos Moreno Romo dedica un amplio capítulo de su Vindicación del
cartesianismo radical para tratar
sustanciosamente este asunto: «Para que la razón y la fe se entiendan y puedan
llegar a ser la una el complemento de la otra tienen que entrar en contacto
estos dos hechos profundos en cuanto tales, y para ello se precisa que convivan
ambos en la intimidad de una sola conciencia—en rigor, en un hombre que, a la
vez que filósofo verdadero, sea también un verdadero creyente. Semejante
conjunción, aunque difícil, no ha dejado de ocurrir desde los comienzos mismos
de la era cristiana.» Por nuestra cuenta,
hemos tenido la oportunidad de reseñar ese trabajo de Moreno Romo y nos hemos
referido de esta manera al mismo asunto: «Henos de pronto sumergidos en la
reflexión sobre la complementariedad entre la razón y la fe. Una de las tesis
centrales del libro, además de esta que establece la religión como el máximo de
los problemas de la filosofía, y la
necesidad de asirse tanto a la fe como a la razón, es precisamente la
recuperación del Descartes cristiano, y católico, para situarlo en
contraposición a esas corrientes filosófico-ideológicas que pretenden hallar
sus raíces en las teologías protestantes, o en el libertinismo ateo.»
Los diagnósticos de decadencia
sugieren que el ejercicio filosófico no puede llegar a su plenitud en medio de
una crisis cultural como la que estamos atravesando siendo una pretendida
civilización ultramoderna. Nuestra crisis es cultural, por decirlo de alguna
manera, porque desde el ámbito del pensamiento se le ha dado la espalda a la
cultura, es decir, al cultivo del espíritu. Ya ni siquiera se cree ni se asume
que haya espíritu. Ni siquiera alma. Si de verdad hay una crisis, ésta comenzó
cuando fue desterrada toda señal de religiosidad. La embestida contra la
religión y contra el Dios moral de la cristiandad llega a su clímax en tiempos
de experiencia de vacío y de sinsentido. Y ahí está en medio la filosofía y más
concretamente la educación: huérfana y esclava de las ideologías de moda;
secuestrada por los designios de los programas educativos encaminados al logro
de las necesidades sociales, según el credo político reinante, perecedero,
trivial, ramplón e impersonal; anónimo como el Estado Moderno. Y si la cultura
decae, lo que sobreviene es la barbarie, como nos hace notar Michel Henry: «La
barbarie es siempre segunda con respecto a un estado de cultura que le precede
necesariamente, y sólo en relación con él puede aparecer como un
empobrecimiento y una degeneración.» Es
este mismo pensador quien denuncia la dislocación entre el saber científico y
el saber cultural:
«Es forzoso rechazar el
conjunto de los prejuicios de nuestro tiempo, a saber, la creencia de que no
solamente el saber científico es el más importante sino que en realidad es el
único saber verdadero; que saber quiere decir ciencia, es decir, este tipo de
saber matemático, introducido en la época de Galileo; que todo lo que ha
precedido a esta llegada de la ciencia rigurosa en Occidente no ha sido más que
un montón de conocimientos inorgánicos, presentimientos confusos, por no decir
prejuicios e ilusiones. ¿Cómo la humanidad precientífica, desprovista en efecto
de todos los medios que iba a poner a su disposición la técnica moderna, habría
podido no sólo sobrevivir y desarrollarse, sino incluso producir en numerosos
dominios, por ejemplo, los del arte y la religión, resultados extraordinarios,
a los que los hombres de nuestro tiempo serían incapaces de acceder si aquella
humanidad no hubiera dispuesto del saber fundamental que es el de la vida?».
La fe necesita madurar con la
razón. La ignorancia manifiesta en la fe es una especie de fanatismo o un
sinsentido, como lo ha dejado ver nuestro mandatario nacional cuando muestra
amuletos contra el mal. Es una pésima manera de insinuar que los católicos
somos así. No hay pensamiento mágico en la fe madura, por eso habrá que estar
en guardia contra los sensacionalismos, las cadenas de oración, las supuestas
advertencias de profecías o el advenimiento del apocalipsis. Ninguna pandemia o
contingencia debería mermar nuestro compromiso con la oración y con el cultivo
de la fe mediante el conocimiento de las cosas, tal como se aprecia cuando
Jesús en el Evangelio (Mc. 12, 28 – 34) le aplaude al escriba que le responde
correctamente acerca del más importante de los mandamientos, pues al fin y al
cabo, amar a Dios con todo nuestro corazón implica nuestra memoria como
potencia del alma, con toda nuestra mente, implica nuestro entendimiento y con
todo nuestro ser, implica nuestra voluntad, a imagen todo de la Santísima
Trinidad, que es a lo que aspiramos y no le es ajeno todo esfuerzo por saber.
JHC
En audio. Opción 1:
Opción 2:

Es interesante el planteamiento que se hace para reconocer la importancia de saber realmente acerca de las cosas, me parece una gran reflexión que nos ayuda y nos deja como lección lo siguiente: antes de decir u omitir un juicio acerca de algo, sería conveniente informarnos antes de y estar conscientes de las cosas a ciencia cierta.
ResponderEliminar-Arantza Jimena García Romero
Me pareció muy interesante esta información profe, ya que plantea demasiado puntos esenciales. Me he topado con personas que cuando emiten un comentario y al no estar tan informados las consecuencias que se generan son considerables. Por tal motivo, sería pertinente el enterarnos o informarnos adecuadamente de los hechos.
ResponderEliminar--Melanie Tuxpan
Antes de emitir un juicio debemos de estar empapados en conocimiento sobre esto y así no emitir juicio alguno que sea incorrecto.
ResponderEliminarEs de suma importancia que nosotros sepamos de algo antes de opinar o emitir un juicio para que éste sea valido, no es bueno hablar para decir cualquier cosa de la que no tenemos absoluta certeza.
ResponderEliminar-Odette Solís Martínez
Nunca está de más estar informados sobre algo en lo que pensamos dar nuestra opinión posteriormente, no hay nada mejor que dar a conocer un punto de vista bien argumentado y empapado de información.
ResponderEliminarby ENYA MENDOZA ALEJO
Es importante saber antes de opinar porque podemos emitir un juicio incorrecto y generar consecuencias graves.
ResponderEliminarFabiola Betsabé Anaya Andrade.
Es importante tener conocimiento suficiente para poder emitir un juicio, a modo de no hacerlo no servirá tener argumentos sin información correcta.
ResponderEliminar-Belinda Salamanca Carrasco
Es importante el tener el conocimiento basto para poder emitir una opinión de otro si no lo haces tu opinion no sera valida, porque no tiene los argumentos correctos.
ResponderEliminar-Aldo Ixtlapale
Siempre hay que saber con exactitud, ya que de este modo podemos opinar sobre algo, es importante tener la razón para no generar consecuencias. Hay que vivir sin ignorancia y nunca dejar de aprender, pues el conocimiento es infinito.
ResponderEliminar-Alexa Cano Ayón-
Me parece que su postura es muy acertada ya que el conocimiento es muy importante y no podemos o al menos no deberíamos emitir juicio sin tener conocimiento de la situación.
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