@jhcastelano
En 1927 José Ortega y Gasset publicó
en un volumen una serie de artículos de apreciación literaria. Al conjunto le
llamó “El espíritu de la letra”. Eran lecturas que el filósofo español hacía y
que le impactaban a tal punto de afirmar que no podía dejar de sentirse
extasiado, no sólo interpelado, sino casi iluminado por los vigorosos
pensamientos que, según él, le provocaban esas lecturas. No tiene una idea
rectora común en todos los artículos donde consigna sus lecturas; pero sí tiene
una misma actitud, y es la de dejarse empapar por las ideas de esas letras, de
tal manera que el escrutinio que les hace nos enseña cómo puede ser comprendido
todo texto, tomando en cuenta el verdadero peso de las palabras.
Y es ese mismo filósofo, en
otro texto, ahora de 1930, su más célebre obra “La rebelión de las masas”. En su
prólogo alude a dos ideas fundamentales: la ambigüedad de hablar en términos de
“humanidad” con el pronombre tan tergiversado del “nosotros” y sobre el uso (o desuso)
de la palabra, que pierde su fuerza cuando le falta al honor, cuando deja de
pesar porque se cree que lo que se dice se proyecta urbi et orbi, de uno mismo para
el conjunto de la humanidad. Y no siempre es o debe ser así. La soberbia de los
dueños de la palabra les arroja a la alegre ilusión de que su discurso es válido
para todas las personas, para los amplios contextos; pero Ortega prefiere
pensar que le habla a un público un tanto reducido, como si estuviera plantado
al centro del escenario para dar un discurso a un puñado de oyentes, por lo
demás afines entre sí y con el orador; en ese caso, con el escritor. Lo mismo
nos pasa a quienes de repente escribimos algo: nuestro auditorio suele o puede
ser muy reducido; mas los acontecimientos que permean al aspecto de la vida
pública suelen ensancharse y abarcar la totalidad de la esfera terrestre con
sus habitantes aquí contenidos.
La palabra solía tener un
valor por sí misma. Bastaba dar la palabra, empeñarla, emitirla y extenderla
para saber que su defensa y su cumplimiento entrañaba el propio honor. Era entonces
un bien muy preciado. Ahora cualquiera la demerita y la descalifica. Hace años
un alumno mío que vino de intercambio de por allá de Indonesia, muy callado él,
aunque ya había aprendido el español, me dijo que en su país sólo hablan si consideran
necesario, pues les gusta dar un justo valor a la palabra, no como acá, decía,
donde cualquiera puede decir lo que sea y donde por todo y de todo se habla,
propiciando así la devaluación de la palabra. Solemos hablar, pues, con cierta
ligereza, sin concederle ni atribuirle a veces el significado pleno a cada palabra
para que denote lo que debe.
Desde que hubo una ruptura
entre el saber religioso y filosófico respecto del advenimiento de la
modernidad secularizadora, también se sentaron las bases para que el Estado
Moderno propusiera los marcos legales alejados de la ley divina y se
concentraran las fuerzas en producir esta tendencia del derecho positivo, desprovisto
de la contundencia y validez que bien se establecía desde los tiempos de Moisés
en el Antiguo Testamento, también se le ha difuminado el espíritu, al menos el
del principio de la justicia. En ese sentido todos hemos sido testigos de que
no siempre las prerrogativas de las nuevas leyes obedecen al bien en sí, sino a
los caprichos de lo políticamente correcto o como respuesta a las demandas de
las ideologías de moda.
La selectividad del
cumplimiento de la ley se desprende de la injusticia propiciada por la misma, o
bien, por la falta de capacidad para distinguir el espíritu de la ley,
principalmente, en este caso, para aceptar y acatar la ley de Dios, inscrita en
los corazones humanos, como lo constatábamos en el tiempo del Adviento. Ya
desde el Deuteronomio se notaba la promesa del merecimiento para quienes cumplirían
esa ley (Dt. 4, 1. 5 – 9). El mismo Jesús nos dice que no vino a abolir la ley,
sino para hacer que se cumpliera (Mt. 5, 17 – 19), con lo que podemos interpretar
que se refiere no sólo al cumplimiento, sino al rescate del espíritu de la ley.
En el contexto actual, cuando
no comprendemos el espíritu de la ley, solemos optar por cambiar lo que no nos
hace sentido y adaptar a la realidad las leyes, haciéndolas al contentillo. Lo
mismo sucede con los preceptos de toda índole que proceden de la tradición.
Nuestras reticencias ante las
indicaciones que nos marcan nuestra forma de vida o las indicaciones que nos
llegan ante contingencias como la que estamos comenzando a padecer, no son otra
cosa que la ignorancia de su espíritu o, en otras palabras, la falta de capacidad
para captar el bien que todo ello nos puede traer. Esta puede ser entonces la
llamada de Dios para que cumplamos su voluntad. Es lo que hay que aprender de
momentos de crisis como el que vivimos, reforzar los vínculos familiares, prestar
atención a lo esencial, unirnos en la oración y tener la esperanza de que Dios
nos indicará el camino y seguiremos su verdad, cumpliendo lo que nos toca.
JHC
En audio. Opción 1:
Opción 2:

Me parece interesante cómo se planeta en el texto la necesidad de las leyes en la vida humana, es por ello que me agrada la forma en la cual nos hace saber y nos da a conocer cuánto necesitamos a Dios, y en este caso el espíritu santo en las leyes del humano,
ResponderEliminar-Arantza Jimena Gacría Romero.
En lo personal, la primera parte del artículo que habla sobre la importancia de las palabras y como en la actualidad solo hablamos por hablar, sin tener en cuenta el verdadero valor de lo que decimos me hace reflexionar de la forma de comunicación en nuestra sociedad y como va ligado a la relación que tenemos con Dios.
ResponderEliminarOdette Solís Martínez
Al inicio del texto menciona lo importante que son las palabras al querer expresar algo, claro que debemos utilizarlas con sutileza, en el libro de persona normal de Benito Taibo, el tío Paco menciona precisamente esto, que dependiendo de la intención y el grado de voz que utilizamos es el tipo de mensaje o significado que le damos a una palabra.
ResponderEliminar---Melanie Tuxpan
Al hablar debemos de tener en cuenta el verdadero valor de nuestras palabras y no solo hablar por hablar.
ResponderEliminarSiempre la intención ha estado ligada con Dios, que realmente lo que cuenta es la acción que esta siendo ejecutada de buena voluntad o de todo corazón, dejando de lado la cantidad de lo que se está dando físicamente y abriendo el paso a la intención.
ResponderEliminarby ENYA MENDOZA ALEJO
Pienso que al hablar debemos de tener en cuenta lo que estamos diciendo y analizar el valor de nuestras palabras no solo hablar por hablar sino debemos tener en cuenta como es que nos manifestamos con otros y con Dios.
ResponderEliminarFabiola Betsabé Anaya Andrade.
Cuando hablamos y expresamos nuestro pensar debemos tener muy en cuneta que es lo que decimos y si eso podría afectar a las demás personas, no solo dejarse llevar sino pensar antes de actuar.
ResponderEliminar-Belinda Salamanca Carrasco
Me parece interesante la forma en la que nos podemos expresar, le da la importancia a las palabras que considero son un arte, ellas nos pueden transmitir muchos sentimientos y por ello es importante pensar antes de hablar, tomando en cuenta la intención y el mensaje que se quiere transmitir con la sutileza y relación que tenemos con Dios en cuanto a las leyes de la vida humana.
ResponderEliminar-Alexa Cano Ayón-
Es muy interesante la forma en la que explica el valor de las palabras de el como es una forma en que transmitas tus sentimientos, por eso es el pensar bien antes de decir algo para no herir a las demás personas.
ResponderEliminar-Aldo Ixtlapale
Me parece interesante la anécdota y el tema en sí ya que tiene mucha razón con lo que dice y en la importancia de pensar antes de hablar ya que las palabras desencadenan consecuencias tanto positivas como negativas.
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