@jhcastelano
El Cantar de los Cantares recibe así su nombre porque se supone fue escrito por el mismísimo Rey Salomón. El nombre completo es entonces Cantar de los Cantares de Salomón. Se le atribuye la autoría, aunque ya se ha generalizado el consenso acerca de la posibilidad de que haya sido alguien distinto, cuya inspiración divina le ha hecho aportar a los libros canónicos de la Sagrada Escritura veterotestamentaria de la tradición judeocristiana. Es un libro controversial y polémico. Ha provocado toda serie de interpretaciones, dada la carga de expresiones eróticas contenidas en el texto.
La lectura presentada para este día, nos trae de ese libro esas hermosas palabras de quién anuncia y describe al Amado que ya viene. Es el alma que está sedienta de Dios y que ya viene y que se comporta como el cervatillo y susurra divertido y vigila...
Vamos a presentar, examinar y meditar cinco distintos tipos de interpretación sobre este libro, aunque muy probablemente algunos o todos esos tipos de interpretación tengan una relación o afinidad. La última interpretación será la de Santa Teresa y por ello la dejaremos para el siguiente apartado del presente trabajo. La primera será la más literal, apoyada por algunos matices del Magisterio de la Iglesia, interpretación que alude a la relación matrimonial como tal, a los esposos de esta institución doméstica. La segunda interpretación tiene que ver con la relación de Cristo con su esposa que es la Iglesia. Una variación de esta interpretación es la relación de Dios con su pueblo santo, es decir, ya desde la relación de Yahvéh, aunque nunca es nombrado, con el pueblo israelita y posteriormente Cristo con la Iglesia. La tercera interpretación a la que aludiremos es la que hace el Papa Benedicto XVI en la encíclica Deus Caritas Est, donde nos presenta el libro como el primer antecedente de un esquema de elevación desde el amor puramente humano hasta el amor divino, suponiendo con ello una especie de purificación, una ascesis y una justificación del amor erótico o incluso carnal, como parte del amor divino o agapé. Una cuarta interpretación es la que nos ofrece una mejor visión acerca de la experiencia mística, puesto que se trata de la relación del alma con Dios y el deseo que ésta tiene de sentirse llena y complementada por la experiencia de lo sagrado.
a) La visión eclesial de la relación nupcial en el Cantar de los Cantares.
En su sentido meramente literal encontramos en este libro una serie de cánticos que nos muestran las palabras que se dirigen dos enamorados, es decir, el esposo con su esposa. Nos hacen patentes los deseos que sienten mutuamente y cómo comparan las virtudes y las bellezas de cada uno con diversas figuras de la naturaleza o que evocan cierta belleza a sus sentidos. Los discursos de los esposos se intercalan a su vez con un coro que lanza loas y glosa bellamente los deseos de la pareja. También interviene un poeta ajeno, externo y a su vez empapado del mismo tipo de expresiones.
A primera vista se trata entonces de un tipo de discursos meramente propios de las parejas que se aventuran a hacer explícito lo que sienten sobre el amado o la amada, respectivamente. Habrá de ser por ello y porque se tiene la convicción de que proceden de antiguos cánticos e himnos judíos recitados en las celebraciones nupciales, que la Iglesia ha considerado una enseñanza sobre la vida matrimonial, tomando como ejemplo estas expresiones contenidas en el Cantar. Mediante el amor profesado por los dos protagonistas de los cánticos, encuentra la Iglesia un punto de partida de ejemplo para enseñar cuál es la actitud de los esposos y cómo podría ser la de los esposos en medio del Sacramento del matrimonio. Toma como ejemplo, pues el magisterio eclesial, lo que se lee del amor profesado entre estos dos personajes imaginarios en tan célebre libro. Así, por ejemplo, en las audiencias generales del Papa Juan Pablo II entre el 23 de mayo y el 6 de junio de 1984 encontramos una primera explicación cuando introduce el tema aludiendo a la carta de San Pablo a los Efesios, sobre el respeto debido de una esposa para su esposo, incluso sobre el servicio deseablemente ofrecido y la reciprocidad del marido. El Papa explica la correlación de este pasaje con toda la enseñanza del Cantar. Es una enseñanza evidente, nos dice, tan evidente como la imagen ya contenida en el Génesis sobre el principio indisoluble de la creación como hombre y como mujer, misma que Jesús les refiere a los fariseos en el Evangelio de San Mateo, capítulo 19, versículo 4, cuando éstos le preguntaron sobre el divorcio. «Ya los primeros versículos del "Cantar" nos introducen inmediatamente en la atmósfera de todo el "poema", —dice Juan Pablo II— donde el esposo y la esposa parecen moverse en el círculo trazado por la irradiación del amor. Las palabras de los esposos, sus movimientos, sus gestos, corresponden a la moción interior de los corazones. Sólo bajo el prisma de esta moción se puede comprender el "lenguaje del cuerpo", con el que se realiza el descubrimiento al que dio expresión el primer hombre ante la que había sido creada como "ayuda semejante a él"» A juicio del Papa, la expresión de sorpresa emitida por el primer hombre al ver a la mujer que ha sido hecha de la carne de su carne, se continúa en el Cantar con estas hermosas expresiones de alabanza, de admiración y de aprecio por la mujer o la esposa.
b) Interpretación acerca de la relación de Dios con su pueblo o Cristo con su Iglesia.
En el texto de la audiencia general aludida sobre la enseñanza del Cantar por parte del Papa Juan Pablo II aparece una nota al pie donde se hace explícita la noción que los exegetas judíos hacían ya desde los primeros siglos después de Cristo en el sentido de la pertenencia del pueblo de Israel por parte de Yahvéh. «Para explicar la inclusión de un canto de amor en el canon bíblico, los exegetas judaicos, ya desde los primeros siglos d. C. han visto en el Cantar de los Cantares una alegoría del amor de Yahvé hacia Israel, o una alegoría de la historia del Pueblo elegido, donde se manifiesta este amor, y en el Medioevo la alegoría de la Sabiduría Divina y del hombre que la busca.» Y en la misma nota encontramos la justificación de la idea acerca del amor de Cristo por su Iglesia y viceversa: «La exégesis cristiana, desde los primeros Padres hacía extensiva esta idea a Cristo y a la Iglesia (cf. Hipólito y Orígenes), o al alma individual del cristiano (cf. San Gregorio de Nisa) o a María (cf. San Ambrosio) y también a su Inmaculada Concepción (cf. Ricardo de San Víctor). San Bernardo ha visto en el Cantar de los Cantares un diálogo de la Palabra de Dios con el alma, y esto llevó al concepto de San Juan de la Cruz sobre los desposorios místicos.» En la segunda de las audiencias dedicadas al tema, el mismo pontífice nos pone de manifiesto la intencionalidad del Cantar para comprender lo que denomina la Teología del Cuerpo, que es toda una serie de manifestaciones verbales con las que mutuamente admiran ciertas partes de su cuerpo los dos amantes. Esta forma de expresarse entraña una analogía teológica del deseo de Dios.
Respecto de la aparente dificultad a propósito de la alusión del esposo a su amada como su hermana y no como su mujer, el Papa explica que no alude a la condición fraterna, sino al origen o a la historia de la feminidad de la mujer; asimismo, se le reconoce como hermana y como pareja desde un amor puro, desinteresado, lleno de paz y de armonía, más que de deseo carnal. La idea principal manejada por el Papa es el de la entrega recíproca y el sentido de pertenencia de los amantes o esposos, así como la supremacía del elemento donante en esa misma entrega amorosa. De donde se sigue la utilización de todo un lenguaje erótico para dar cuenta del grado de unidad que se logra en la institución del matrimonio anclado en el aprecio del otro como propio, como uno mismo, simultáneamente a la capacidad para expresarse de la mejor manera en torno de las cualidades estéticas ostentadas por quien se ama.
El Cantar de los Cantares, a juicio del Papa Juan Pablo II, revela una verdad sobre el amor. Una verdad que se revela en lo que llama el “lenguaje del cuerpo”, es decir, el lenguaje erótico. Por medio del progresivo acercamiento consignado en el poema se percibe igualmente un acercamiento al misterio del otro, sin que con ello se implique la alteración o la violación. Por medio del afecto y del sentimiento se puede percibir al otro, apreciarlo y gustarlo. El amor que une a los esposos es al mismo tiempo de naturaleza espiritual y sensual. Sólo en la unidad que deben constituir en común se opera el signo recíproco del don de sí, de la donación, de la entrega que pone el sello al que alude el Cantar.
Las expresiones eróticas constituyen, según Juan Pablo II, un antecedente en el proceso por el que se concibe el deseo de dos personas en la relación matrimonial análogamente al deseo que el alma experimenta, al deseo, pues, de Dios. El amor del Cantar, enraizado en lo erótico, es una prefiguración de la caridad de la carta paulina a los Corintios en ese célebre himno sobre el amor precisamente como caridad. Juan Pablo II nos ofrece con estas reflexiones un primer antecedente para entender el proceso por el cual del eros se llega a experimentar o desear ese otro tipo de amor, ya propio de las almas y su encuentro con lo sagrado, que es el ágape.
c) Del eros al agapé: lo que comienza a ser explícito con el Cantar de los Cantares.
La concepción cristiana de la progresión y, o relación entre las formas del amor tiene su culmen, quizás, como explicación, en la encíclica papal Deus Caritas Est, de Benedicto XVI. El célebre teólogo Joseph Ratzinger, ya como Papa, nos ofrece en dicha encíclica un recorrido que va desde la distinción lingüística de los términos eros, philía y agapé, hasta la explicación del sentido de la caridad cristiana como la mayor expresión y experiencia del amor divino en comunión plena con el amor humano, o viceversa. La concepción del eros es el primer paso en un itinerario que lleva al hombre a encontrarse con lo sagrado. Sigue la Philía y se llega al grado más alto con la experiencia del agapé. Viendo como un todo el trayecto y admitiendo, según las ideas de Ratzinger, que es un proceso del alma, del ser de la persona en el camino hacia lo sagrado, no está entonces rechazado el eros, ni por ser el grado inferior puede considerarse primitivo o tan humano o subhumano o ajeno a lo divino, puesto que es un reflejo del amor como agapé. No se rechaza entonces la experiencia del eros, ni se le condena, ni se le niega, como nos hace ver Benedicto frente a la falsa acusación nietzscheana, a saber, que el cristianismo habría extirpado de la experiencia de lo sagrado o incluso de todo deleite de experiencia estética al eros como forma de amor de los sentidos. No hay tal, nos dice el Papa Ratzinger: el eros forma parte de una misma vía del amor humano que busca, se dirige y espera en lo divino.
El mismo Benedicto alude al Cantar de los Cantares poniendo de manifiesto cómo se puede entender desde sus distintas dimensiones contenidas allí. Nos aclara que en sus inicios este libro no tuvo ningún problema en ser aceptado como canónico porque, a pesar de ser un libro que en apariencia exalta algo tan sensual, en el fondo se sabe, o lo sabían y lo aceptaban desde la tradición judía, que podía interpretarse a la luz de la relación del pueblo con su Dios. No le parece ajeno a Benedicto que el cometido inicial era el de expresar el sentimiento en la celebración nupcial de una boda en concreto en el pueblo judío y que ese sentimiento fue asumido por la tradición oral como una analogía de la relación antes aludida. Mas por otra parte entiende que el Cantar nos va marcando esa progresión del alma que comienza con el lenguaje erótico y las formas de expresarlo son las propias de los sentidos, para luego ascender y permutar el vocablo equivalente al del eros griego por el del agapé, con la distinción hecha ya sobre el amor propiamente humano y sobre la participación divina o sagrada ya en el caso del agapé.
Y todavía en un sentido más profundo el Papa Benedicto encuentra la explicación del porque los místicos conocen bien este poema del Cantar: en el fondo subyace la idea del deseo del alma por Dios. También explica que la idea del amor ascendente concebido desde las ideas de la Antigua Grecia se complementa a la luz de la contemplación consignada en la célebre visión del patriarca Jacob en el Antiguo Testamento, en donde observa una escalera que va del cielo a la tierra y de la tierra al cielo y suben y bajan por sus peldaños los ángeles; haciendo eco de las enseñanzas de San Gregorio Magno, explica que los pastores deben estar anclados también en la contemplación para poder responder a las expectativas del mundo, a la manera como San Pablo explica que de la experiencia ascendente del encuentro con Dios viene la experiencia descendente de ser todo en todos, o de proveer los recursos espirituales al mundo. Ahí se describe el objeto de la experiencia mística que se puede distinguir en el proceso de la experiencia erótica en el Cantar, para llegar a la forma del agapé como el grado más alto de experiencia de Dios.
d) El deseo del alma se pronuncia con el lenguaje erótico del Cantar de los Cantares.
Propongo una lectura del Cantar de los Cantares no pensando en las palabras que una novia o amante o esposa puede dirigir a su amado, novio o esposo, sino decididamente el tipo del lenguaje con el que el alma se dirige a su creador, a quien le arrojó a la vida y por quien espera la eternidad y la plenitud, la complementariedad al deseo que siente, al vacío que pudiera experimentar. No nos resultaría ajeno recordar la dulce espera de quien vive enamorado y a la espera del encuentro físico, entrañable, o simplemente la compañía del ser al que se ama. Recordaríamos ipso facto los discursos platónicos de los personajes asistentes al Banquete, al Simposium, como el que nos congrega, que es en el fondo una analogía de esa reunión para nosotros saciarnos con el banquete de la palabra, de las ideas y reflexiones en torno a la mujer que inspira nuestras cavilaciones. En fin, que esa espera puede ser expresada con los términos o en los términos del lenguaje erótico.
Encontraríamos así un alma sedienta del encuentro con Dios. Y no sólo del simple encuentro momentáneo donde el éxtasis pudiera resultar pasajero, sino un deseo vivo y ardiente y explícito de disfrutar la compañía y la certeza de llegar a la eternidad con el amado. Un alma que le pide a Dios el beso con los labios de su boca, como para sentirse uno con Él y la unidad sea plena y pura. El alma pide deleitarse de los perfumes del creador y saberse cohabitante en su alcoba, en su casa. Un alma que le pide a su Dios no fijarse en sus posibles defectos y fealdades, sino en el maltrato del que pudo ser objeto en el vaivén de los pesares de la vida; que le pide al amado su ubicación para correr a su encuentro; un alma que identifica la voz del amado que viene y que cruza valles y montañas para el anhelado encuentro; un alma sabedora de las palabras del amado cuando éste le pide que se levante, que emerja, que se anime y se pronuncie y pueda ser escuchada su voz. Un alma consciente de su somnolencia y que de repente es despertada por la voz del amado que le pide abrir su casa para el encuentro y que no obstante no encontrarse preparada para el recibimiento podría darse cuenta que al abrir el amado ya no esté y siga anhelándole. Quedaría el recuerdo vivo del amado y la huella dejada por él: el alma sería capaz de darse cuenta que Dios mismo ha dejado su huella y eso es lo único que por lo pronto puede seguir, incluso puede ofrecer una descripción de Él y el detalle de esa enumeración de sus cualidades puede resultar sorprendentemente reveladora y fiel. Por su parte el amado también se pronuncia y con su mensaje le deja ver al alma la belleza ostentada y como si flirteara le hace ver una serie de cualidades para que no pare la intensidad de su búsqueda y de su deseo del encuentro. Por último el alma pide al Señor que el amor quede sellado, marcado y proyectado hacia la eternidad, en el dulce encuentro de la eternidad.
e) La explicación teresiana sobre el Cantar.
Henos aquí llegando por fin al punto en el que habremos de presentar unas ideas sobre una obra en concreto de nuestra santa. Se trata de sus Meditaciones sobre los cantares, obra que, según nos dicen los expertos, fue escrita en vida varias veces por la santa y finalmente ordenó se destruyeran los ejemplares. Así se dispuso; pero algunas personas de su tiempo rescataron o se quedaron con algunos ejemplares, mismos que ahora son unos códices que han servido para conformar luego la obra, tal como la conocemos en la actualidad. Así se explica y así aparece en una edición de la BAC donde se recogen sus Obras Completas.
La santa escogió algunas de las frases más representativas del Cantar para desglosar de allí una serie de enseñanzas para sus hermanas religiosas, sin despojar con esa selección el contexto de la obra en su totalidad. Debemos entender que el cúmulo de enseñanzas tenía un fin particular y muy concreto por lo específico de sus destinatarias. Sin embargo podremos rastrear algunos elementos para el cometido de nuestro trabajo.
Primeramente ofrece su propia explicación del por qué se utiliza un lenguaje tan profundo y en apariencia tan poco accesible en el Cantar. La santa sostiene que es la voluntad de Dios revelar el entendimiento del contenido a las mentes que desean comprenderlo y no porque la acción intelectiva de las personas lo busquen o pretendan entenderlo.
Con los cánticos contenidos en el Cantar se puede encontrar un itinerario de encuentro y de gozo con el Señor. «Y sé de alguna—dice—que estuvo hartos años con muchos temores, y no hubo cosa que la haya asegurado sino que fue el Señor servido oyese algunas cosas de los cánticos, y en ellas entendió ir bien guiada su alma; porque conoció que es posible pasar el alma enamorada por su Esposo todos esos regalos y desmayos y muertes y aflicciones y deleites y gozos con Él después que ha dejado todos los del mundo por su amor está del todo puesta y dejada en sus manos; esto no de palabra, sino con toda verdad confirmada por obras» (p. 335)
La expresión del Cantar que dice “béseme con el beso de su boca”, es tomada por Santa Teresa como una solicitud del alma y una respuesta de Dios con lo que se sella una unión más allá de la simple amistad. Es un deleite pleno del alma que deja el gozo del amor mundano por aspirar al más alto grado del amor con su creador.
Y no es la vida del monasterio y de ascesis una garantía de este encuentro, nos dice la santa, porque luego describe en este análisis a las almas tibias que por creer que viven bajo ciertas reglas y en el encierro del claustro o en la práctica fervorosa de los sacramentos, ya podrían tener asegurado el idilio amoroso del alma con Dios. Distingue entonces dos actitudes concretas: la de quienes se instalan en la comodidad del encierro y no se dejan incidir por mortificación alguna, de tal manera que no pueden sentir la necesidad del alma que espera y que desea al esposo ausente; y por otra parte están los que dicen temer a Dios y no aprecian nada de lo que la naturaleza ofrece por cuenta del mismo creador y no aprecian tampoco las virtudes, sino que van buscando e identificando los errores del mundo para pronosticar calamidades. Son dos maneras del no dominio de la voluntad para que las almas puedan esperar el encuentro del esposo, tal como se describe en el Cantar. Hay una oración en la que expresa el sentido del amor que experimenta el alma cuando hay este encuentro con Dios: «¡Qué de caminos, por qué de maneras, por qué de modos nos mostráis el amor! Con trabajos, con muerte tan áspera, con tormentos, sufriendo cada día injurias y perdonando; y no sólo con esto, sino con unas palabras tan herideras para el alma que os ama, que la decís en estos Cánticos y la enseñáis que os diga, que no sé yo cómo se pueden sufrir, si Vos no ayudáis para que las sufra quien las siente, no como ellas merecen, sino conforme a nuestra flaqueza. Pues, Señor mío, no os pido otra cosa en esta vida sino que me “beséis con el beso de vuestra boca”, y que sea de manera, que aunque yo me quiera apartar de esta amistad y unión, esté siempre, Señor de mi vida, sujeta mi voluntad a no salir de la vuestra, que no haya cosa que me impida pueda yo decir. Dios mío y gloria mía, con verdad que son mejores tus pechos y más sabrosos que el vino» (pp. 347-348) La perseverancia de las almas que esperan a Dios será motivada y alentada por la idea de que el esposo bien anima al alma, considerándola bella, como en el Cantar.
JHC