lunes, 30 de diciembre de 2019

La plenitud de los tiempos

@jhcastelano


Se dice que la llegada de Cristo cumple una encomienda, una misión, un hito, pues Cristo es la Palabra pronunciada por el Padre, tal como lo escribe San Juan en su célebre introducción al Evangelio: “en arjé, jen jo logos...”. En el principio era la Palabra...

También en la carta apostólica que lleva su firma, nos recuerda que ya ha habido muchos anticristos y por eso reconocemos que con la llegada de Jesús entramos a la plenitud de los tiempos.

Históricamente hablando se concibe dicha plenitud porque resultó de un modo extraordinario que Jesús haya nacido en su tiempo con el cruce de las civilizaciones Romana, griega y judía y que el cristianismo se haya expandido en Europa gracias a la acción apostólica de San Pablo, principalmente.

La irrupción de la Iglesia en el mundo grecorromano fue providencial, pues el mismo imperio en su proceso de incorporación de los pueblos conquistados hizo posible la inculturación de la doctrina de Cristo allende las fronteras del mundo conocido hasta entonces. Las necesidades del Imperio terminaron por favorecer la expansión de la cristiandad y del mensaje evangélico.

Por su parte el pueblo judío, que vivía en la espera de la liberación y del establecimiento de su alianza contraída desde antaño por las promesas de Dios, habiendo sido saqueado, dividido, invadido y hasta deportado un par de ocasiones, vivía con ansias esa espera del libertador, del mesías prometido por los profetas.

Asimismo, el influjo de la cultura griega de la antigüedad, con todas sus ideas filosóficas y la no menos imponente fama y grandeza, pervivía a través de las escuelas de pensamiento y todo lo que los romanos pudieron haberle aprendido. 

Todos esos elementos nos sirven para comprender por qué llegó Jesús en la plenitud de los tiempos. Pues como afirma San Juan de la Cruz, quizá Dios Padre ya no habla porque ya pronunció su Palabra con Jesús, su Hijo único, nuestro Señor. Ya dijo su Palabra irrevocable, como dice por ahí el libro de la Sabiduría: “cuando un sosegado silencio todo lo envolvía y la noche llegaba a la mitad de su carrera, tu palabra salió desde tu trono real, rompiendo el silencio como espada y asentando tu decreto irrevocable”.

Así podemos llegar al final de un año civil, pensando, como dice la lectura, que es el fin y que sólo a Jesús debemos reconocer y alabar, y no a los múltiples anticristos de nuestra vida. Podemos, como cristianos, ver cuánto hemos crecido en nuestras obras, con nuestro camino de fe y de espiritualidad. Meditemos todo ello a la luz de la plenitud de los tiempos en el aquí y en el ahora.

JHC

Hacer la voluntad de Dios

@jhcastelano

Hacer la voluntad de Dios exige emprender un camino por la vía de las potencias del alma. Sí, puede sonar arcaico, anacrónico, ambiguo y hasta obsoleto; pero ruego un poco de paciencia para explicarlo. 

Caminar y buscar ejercer las potencias del alma. Eso sólo puede lograrse con la oración; pero, además, con un sano y necesario ejercicio de razón para que podamos distinguir aquello que a simple vista no parece indicárnoslo. Todo está ahí, al menos en las lecturas que nos presenta la liturgia de este día sexto de la octava de Navidad.

El fragmento de la carta de San Juan (1 Jn. 2, 12-17) está cargado de simbolismos y de alusiones a varios elementos que podemos distinguir en torno de las potencias y los enemigos del alma. Se refiere, para empezar a tres generaciones distintas cuando escribe. De manera diferenciada habla a los padres, a los hermanos y a los hijitos. Y les habla aludiendo a tres estamentos distintos. Tal vez en la práctica no distinga a sus destinatarios, pero llama la atención lo que les dice.

A los hijitos les dice que han sido perdonaría sus pecados en el nombre de Jesús; a los padres, porque conocen "al que existe desde el principio"; a los jóvenes, porque "han vencido al demonio"; pero luego repite la enumeración cambiando algunos términos y repitiendo en apariencia otros: a los hijitos, porque conocen al Padre; a los padres, porque, otra vez, conocen "al que existe desde el principio"; y a los jóvenes, porque son fuertes y la palabra de Dios permanece en ellos y "han vencido al demonio".

Hay también evidentemente una presencia trinitaria. De no pocas maneras se puede explicar e identificar. Conocer desde el principio al Padre, evoca la memoria; permanecer fuertes y vencer al demonio y no caer en los vericuetos del mundo, si escuchamos la Palabra, que es el Verbo, es estar en consonancia con el Hijo, es decir, ejercer el entendimiento que guía. Conocer al Padre y recibir el perdón de los pecados en el nombre de Jesús sólo es posible por la acción del Espíritu Santo, es decir, bajo el cumplimiento de la voluntad. Así se tienen las tres potencias del alma, a saber, la memoria, que evoca o tiene o reconoce al Padre, el entendimiento, que se corresponde a la razón, al Verbo, que es el Hijo, y la voluntad, como símbolo de la acción del Espíritu Santo.

Por si no fuese poco, el Evangelio nos trae el pasaje de la profetisa Ana, de la tribu de Aser, quien servía en el templo con toda la entrega posible, por lo que, seguramente, gozaba de la Gracia del Espíritu Santo. Ella, además, habiendo reconocido al Hijo de Dios encarnado, no dejaba de hablar de él y de la liberación que traería a los presentes o asistentes del templo. Reconocer por la memoria, reconocer por el entendimiento y cumplir la voluntad, tres acciones posibles por la acción de la Trinidad. Y hay todavía más en el Evangelio, pues remata señalándonos cómo crecía el niño: en edad, en sabiduría y en Gracia, es decir, en el tiempo, que evoca la Memoria, en inteligencia, que evoca el entendimiento y en la espiritualidad, que hace cumplir la voluntad de Dios.

Vencer, pues, al demonio, a la carne y las pasiones, así como al mundo, que son los enemigos del alma, es preciso pedir a Dios la Gracia y ejercer las potencias del alma, la memoria, el entendimiento y la voluntad, a la luz de la la Trinidad Santa.

JHC

domingo, 29 de diciembre de 2019

Protección


@jhcastelano

La figura paterna se ha devaluado en nuestros días. Si ya de por sí a las nuevas generaciones les cuesta trabajo pensar o desear formar una familia, tampoco a los varones se les da poder imaginarse como padres de familia. No parece que las condiciones del mundo actual se presten mucho para promover esa función, esa vocación. Razones, puede haber muchas, lo cierto es que en mucho la decadencia de la institución familiar tiene que ver con el debilitamiento de la figura paterna. Muchas familias se destruyen por el abandono paternal. También debemos decir que las condiciones para la paternidad, como hemos dicho, son por demás adversas.

Grave situación. Ya no sólo la de la decadencia de la figura paterna, sino la decadencia de la institución familiar, que está bajo ataque frontal. Un embate desigual y agresivo por parte del Estado y esa suerte de esbirros disfrazados que son las ONG’s. La sed de control de ciertas ideologías minan la integridad de la familia.

Nos conviene proteger a nuestras familias. Sólo así se garantiza una buena dote de integridad de la sociedad, ajena e inmune al sometimiento de un Estado entrometido y de las no menos nocivas ideologías, como la de género. Lo más triste es que dentro de la misma cristiandad, donde se supone deberían estar las voces más críticas, suele haber comparsas o ciegos voluntarios en aras de justificar por la vía de la falsa misericordia la aceptación de determinadas formas bizarras de vida que se alinean con las agresiones frente a la institución familiar.

La fiesta de hoy es por demás importante para la vida del cristiano. Tanto las lecturas, como el salmo y el evangelio nos presentan una serie de recomendaciones. La primera lectura, tomada de las enseñanzas de Ben Sirá, contiene una serie de consejos sobre el trato a los padres, traducción o paráfrasis del cuarto mandamiento. Honrar a los padres garantiza la Gracia que viene de Dios y un porvenir en la bonanza.

En ese mismo tenor está el Salmo que también es aprovechado en el esquema de la liturgia de la celebración del sacramento del matrimonio.

San Pablo a los Colosenses repite una serie de consejos también. Es una lectura extremadamente rica. Dios elige, consagra y da su amor. La respuesta del hombre debe ser la compasión, el sufrir con los que sufren y reír con los que ríen. La magnanimidad es la grandeza de ánimo, es el poder acometer con gallardía, entusiasmo y valentía las empresas que son necesarias para bien propio y ajeno. La humildad, la afabilidad y la paciencia complementan la exigencia, amalgamado todo por el amor. Asimismo la paz, la unidad y la gratitud. La escucha de la Palabra de Dios, la enseñanza, el consejo y la alabanza en el nombre de Cristo. Todo hace falta al cristiano. Por último, la armonía en la vida familiar.

Nada más podríamos agregar.

JHC

sábado, 28 de diciembre de 2019

Perseguidos




Vivimos lo que el Papa Juan Pablo II y otros ministros, sacerdotes, obispos y papas, como Benedicto XVI y ahora Francisco, han denominado “la cultura del descarte”. Es esa tendencia a menospreciar o de plano perseguir a quienes no son funcionales para la lógica de la vida ultramoderna. Todo llevado hasta el extremo de la eliminación directa o velada de esos seres. Con ello se constata el desprecio del valor de la vida que en mucho ostenta el mundo actual. O la hipocresía, por lo menos, pues de otras maneras parece querer proteger a ciertos grupos a los que considera desprotegidos.

Tan sólo hace unas décadas el nazismo mostraba esta cara: eran capaces de eliminar a los que ya no podían ejercer tareas funcionales para la intención de la producción o incluso para la guerra. Dejaban morir en hospitales a quienes ya no tenían remedio aparente con la idea de no cargar con la responsabilidad de mantenerlos y poder sanear una economía pujante y una no menos irracional ideología.

No parece más halagüeño el panorama en nuestros días. Cada vez son más los hombres y las mujeres que justifican, desean y promueven la cultura de la muerte a través de esos pensamientos que aspiran al desecho de los seres humanos, desde la eutanasia, la eugenesia y hasta el aborto. Especialmente las mujeres jóvenes, muchas de las cuales han participado sin pudor en las marchas llamadas feministas para exigir el acceso sin culpa al asesinato de los nonatos en el vientre materno, so pretexto de luchar con los que denominan la dictadura del patriarcado (sic). Duele que la mentalidad sea tan simple y llanamente la de decantarse por esa cultura de la muerte, así, sin más, abaratando y entregando sin oposición, ni de la conciencia, ni del sentido de preservación de la especie, su afición por ese tipo de ideologías. Duele más, incluso, cuando son capaces estas mujeres jóvenes de ser eso que denominan activistas o promotoras del aborto, a más de las que apoyan desde las redes sociales o desde sus ámbitos propios de vida.

Ya ha habido buenos predicadores y gente de buena conciencia que ha explicado el origen de esta ideología llamada de género, que promueve en su agenda el asesinato del aborto. Habrá que escucharlos y seguirlos, pero aún más a nuestra propia conciencia, misma que en el evangelio del día de hoy nos recuerda esa matanza desencadenada por el usurpador Herodes hace más de dos mil años. Ante ello las señales de Dios nos habrán de advertir y con ello nuestra tarea será la de señalar, defender y trabajar para que seamos agentes de vida, no de muerte; que seamos los guardianes de los perseguidos de hoy, los más inocentes que podamos imaginar, los no nacidos que son aniquilados por esta cultura de la muerte y del descarte.

JHC

viernes, 27 de diciembre de 2019

El que ve, el que oye y el que habla



Es Juan el evangelista, el discípulo amado, el que sabe primero la noticia de la resurrección después de María Magdalena. Ellas les anuncian a Pedro y a Juan que el sepulcro estaba vacío y ellos van a ver. Juan, quien llegó primero al sepulcro, no entra, pero sí ve desde afuera los lienzos sobre el suelo. 

En la primera de las cartas apostólicas de este mismo discípulo Juan, nos dice: 

"Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos: la Palabra de la vida (pues la vida se hizo visible), nosotros la hemos visto, os damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó. Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis unidos con nosotros en esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto, para que nuestra alegría sea completa."

La tríada de cualidades atribuidas a los sentidos corporales tiene un referente análogo con la relación que se guarda en el encuentro con Dios y el compromiso de hacerlo vivo en la experiencia de la misión y de la expansión activa de la Buena Nueva. Lo que antaño fue demérito para la judíos, con el ejemplo de San Juan Evangelista y Apóstol es desde ahora señal del Dios vivo que abre el cielo para manifestarse en la acción de ver, oír y anunciar.


Hay una analogía de este apóstol con los que no oían, hablaban y veían que mucho se repitió en el adviento, pero ahora para demostrar por él mismo que se puede ver la gloria de Dios, oír su Palabra y anunciar su Buena Nueva. El ejemplo perfecto para los días posteriores a la natividad y aún en el tiempo litúrgico de la Navidad.

JHC

jueves, 26 de diciembre de 2019

Las puertas del cielo que la Natividad abrió



No han faltado en la Iglesia las interpretaciones de la categoría del encuentro con Dios como algo que nos lleva a la experiencia del misterio y de ahí a suposiciones sobre la percepción y no pocas de las características de lo extra sensorial y a veces hasta de lo sobrenatural y la manipulación de los elementos. El martirio de San Esteban, nos recuerda otra dimensión del encuentro y de las puertas abiertas de la gloria a través de la entrega incondicional y grotesca...

Si el cielo se abrió, si se vio una gran luz reconocida y admirada por todo el pueblo en la Palabra que se encarnó, Cristo, Jesús, si con ello hemos podido admirar la hermosura de su nacimiento, si también nos parece maravilloso ver entre los montes correr al mensajero llevar con garbo lo que se le encomendó, también debemos reconocer que de la misma manera las puertas del cielo se abrieron ya no sólo para ver la gloria de Dios a través de la Encarnación, sino para ser elevados por un camino de encuentro a través del más profundo testimonio: la entrega por la vía del martirio de Esteban.

"Frente a la cotidianidad del mundo de la experiencia, con sus características de lo habitual y lo siempre en definitiva relativo, la esfera de lo sagrado se caracteriza por ser la esfera de lo incondicional, lo definitivo, lo radicalmente último. Frente a la monotonía del tiempo ordinario que rige en los días profanos, el día de la fiesta, el tiempo sagrado, es el día fasto o nefasto. Es el momento de la verdad definitiva. Frente a la necesidad relativa de las cosas del mundo, el reino de Dios es el reino del unum necessarium, que fuerza a vender todas las cosas para adquirirlo por ser lo único incondicional, que reduce las demás realidades a la categoría de añadiduras." Nos dice Juan Martín Velasco en "El encuentro con Dios".

Esta fiesta de la Navidad es nuestra oportunidad para seguir encontrándonos con Dios.

JHC

miércoles, 25 de diciembre de 2019

Luz de luz, presencia ardiente

@jhcastelano

La presencia de Jesús es una presencia que nos trae ardor en el corazón, nos trae calor. Una de las analogías más comunes sobre estos tiempos en los que se sitúa la fiesta de la navidad es precisamente la del solsticio de invierno. No se discute por qué la cristiandad no situó el nacimiento en el año nuevo, fiesta o solemnidad de la Virgen María, sino que se dejó en el solsticio. No han faltado quienes acusan de copia, plagio o emulación con otras religiones o culturas que han aportado la fecha o emparejado el nacimiento de sus dioses con el solsticio. No es el caso para la cristiandad. Es un simbolismo que nos refiere cómo en la noche más larga y fría, viene la luz y el calor. Por eso quienes pueden sentir a Cristo no tendrán más frío ni vivirán más en las tinieblas.
Resultado de imagen para nacimiento de jesusUno de los pocos tratados recientes sobre el nacimiento de Jesús lo constituye el extraordinario libro y análisis que hace Benedicto XVI en "La infancia de Jesús", donde hace el recuento de los pasajes evangélicos que tratan sobre esta etapa en la vida del Salvador. Benedicto lo escribió o lo publicó ya siendo pontífice, aunque el plan de la obra se remonta a su etapa previa, mientras fue Cardenal y Prefecto para la Doctrina de la Fe. Es, quizás, porque resulta un tanto cargado de erudición, que es difícil digerir el libro para su comprensión, pues a cada paso se va fundamentando en otros sesudos análisis de los personajes, las épocas, las tradiciones literarias, los cruces de alusiones proféticas, etc. No necesariamente más ocioso nos resultaría acercarnos al texto para reseñarlo y presentarlo en este espacio; sin embargo, habrá que hacerlo poco a poco. Por ahora nos baste con señalar la erudición y la profundidad del mismo; pero también poder resaltar que, para Benedicto XVI, la presencia del Dios que se encarna es muy importante, es totalmente relevante, pues tanto él como los dos Papas, el anterior y el posterior, han puesto énfasis  en que a Dios se le conoce por encuentro, más que por la lógica o la teoría.


El concepto de frialdad evoca lo yerto. El concepto de calor evoca lo vivo. La sangre tiene cierta temperatura y los cuerpos vivos son cuerpos calientes. Los cuerpos muertos se enfrían. Los médicos forenses toman como una de sus referencias la temperatura para determinar el tiempo de enfriamiento de los cadáveres desde que el último aliento vital fue emitido.

En cuanto a las emociones, el carácter y la actuación práctica de las personas, se dice que son personas frías las que no parecen manifestar interés por algo, ya sea una situación o incluso por las personas que están alrededor. En cambio una persona que sabe ser cercana, interesada, cuyo gesto es amable, agradable y cercano, se dice que es una persona cálida. También quienes saben estar con los demás, amén de esa calidad, se nota su presencia, son de presencia fuerte. La presencia de Dios, para quien lo siente, habrá de ser siempre la mejor garantía de haber tenido la oportunidad de que nos ha visitado y de que está aquí y ahora, y entonces nada más importa. Ni el frío.

Por otro lado, la idea de la luz es también un símbolo de la presencia de Dios. El nacimiento nos trae una gran luz, como dice la lectura de la misa de anoche, una que los pueblos alcanzan a apreciar. Si el nacimiento de Jesús trajo la era en la que estamos viviendo, no cabría hablar de periodos de la historia que prejuiciosamente han sido tachados de oscurantistas, como es el caso de quienes así clasifican a la llamada Edad Media. Sin embargo, hay periodos en los que las señales de las tinieblas no dejan de manifestarse, tal como lo es este tiempo, tal vez, éste sí, oscurantista, pues como nunca se ha llegado a la idea de que la mismísima vida del ser humana es por demás contingente o innecesaria, que de alguna manera se puede disponer desde el útero, por ejemplo, si esos seres humanos por nacer obstruyen, ya sea el proyecto de vida de las mujeres, o bien, si constituyen un desafío para las autoridades; o también, si son carne de cañón y motivo de negocio para los abortarios. Y es que no sólo en esa etapa de la vida se amenaza con la tiniebla del exterminio, sino que también en otros ámbitos de la vida se relativiza de tal modo que incluso se promueve la eutanasia y tácitamente hasta se favorecen los suicidios de tajo o los lentos y muy lucrativos procesos de muerte por medio de las drogas, el alcohol o conductas que deterioran la calidad de vida de las personas.

La luz que nos trae Jesús habrá de ser en nuestro interior; pero para dar luz en el exterior. San Agustín apuntaba estas ideas sobre el día de días, el que no conoce ni alba, ni ocaso, sobre el nacimiento de Jesús:

1. El Día que hizo todo día nos ha santificado este día. A él se refiere el canto del salmo: Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor toda la tierra; cantad al Señor y bendecid su nombre; anunciad al Día del Día, su salvación. ¿Quién es este Día del Día sino el Hijo nacido del Padre, Luz de Luz? Pero es Día también el que engendró al Día que iba a nacer de una virgen este día; ese Día, pues, no tiene ni aurora ni ocaso. Llamo Día a Dios Padre, pues Jesús no sería Día del Día si no fuese Día también el Padre. ¿Qué es el Día sino la Luz? No la luz que perciben los ojos de la carne, no la luz común a los hombres y a las bestias, sino la Luz que ilumina a los ángeles, Luz cuya visión purifica los corazones. Pues pasa esta noche en que vivimos ahora y en la que se nos encienden las lámparas de las Escrituras, y llegará aquello que se canta en otro salmo: Mañana estaré en tu presencia y te contemplaré.

2. Aquel Día, es decir, la Palabra de Dios, Día que alumbra a los ángeles, Día que resplandece en aquella patria adonde peregrinamos, se revistió de carne y nació de la virgen María. Su nacimiento produce asombro. ¿Hay algo más asombroso que el parto de una virgen? Concibe, y es virgen; da a luz, y sigue siendo virgen. Fue hecho de aquella a la que él hizo; él le aportó la fecundidad sin dañar su integridad. ¿De dónde procede María? De Adán. Y Adán, ¿de dónde procede? De la tierra. Si Adán procede de la tierra y María de Adán, también María es tierra. Si María es tierra, reconozcamos lo que cantamos: La Verdad ha brotado de la tierra.¿Qué beneficio nos ha aportado? La Verdad ha brotado de la tierra y la Justicia ha mirado desde el cielo. Pues los judíos, según dice el Apóstol, ignorando la justicia de Dios y queriendo establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios. ¿De dónde le viene al hombre el poder ser justo? ¿De sí mismo? ¿Qué pobre se da a sí mismo el pan? ¿Qué desnudo se viste, si no recibe un vestido? No poseíamos justicia alguna; aquí no había más que pecados. ¿De dónde procede la justicia? ¿Qué justicia hay sin fe? Pues el justo vive de la fe. Quien dice que es justo sin tener fe, miente. ¿Cómo no es mentiroso aquel en quien no hay fe? Si quiere decir verdad, conviértase a la verdad. Pero estaba lejos. La Verdad ha brotado de la tierra.Estabas dormido y vino hasta ti; roncabas, y te despertó; te hizo un camino a través de sí para no perderte. Así, pues, como la Verdad ha brotado de la tierra, nuestro Señor Jesucristo nació de una virgen; la Justicia ha mirado desde el cielo para que los hombres tuvieran justicia, no propia, sino de Dios.

3. ¡Qué condescendencia la suya! ¡Cuán airado estaba antes! ¿Por qué? Éramos mortales, nos oprimían nuestros pecados, cargábamos con nuestros castigos. Todo hombre comienza su vida en la miseria; ya desde su nacimiento. No creas que hago profecías; pregunta a quien acaba de nacer y observa cómo llora. Siendo tan grande la ira de Dios sobre la tierra, ¡cuál y cuán rápida fue su condescendencia! La Verdad ha surgido de la tierra. Creó todas las cosas, y entre ellas fue creado él; hizo el día, y vino al día; existía antes del tiempo y marcó los tiempos. Cristo el Señor existe sin comienzo y por siempre junto al Padre. Pregunta, no obstante: -¿Qué es el día de hoy? -Es el día del nacimiento. -¿De quién? -¿Del Señor. -¿Tiene él día de nacimiento? -Lo tiene. -La Palabra que existía en el principio, Dios junto a Dios, ¿tiene día de nacimiento? -Sí, lo tiene. -Si él no hubiera tenido generación humana, no llegaríamos nosotros a la regeneración divina: nació para que renaciéramos. Nadie dude de este renacer: Cristo ha nacido; fue engendrado, pero no ha de ser regenerado. ¿Quién necesitaba la regeneración sino aquel cuya generación estaba condenada? Hágase presente en nuestros corazones su misericordia. Su madre lo llevó en el seno; llevémoslo nosotros en el corazón; la virgen quedó grávida por la encarnación de Cristo, estén grávidos nuestros corazones de la fe en Cristo; ella alumbró al salvador; alumbremos nosotros la alabanza. No seamos estériles; dejemos que nuestras almas las fecunde Dios.

4. El nacimiento de Cristo del Padre fue sin madre; su nacimiento de madre fue sin padre; ambos asombrosos. El primero fue eterno, el segundo en el tiempo. ¿Cuándo nació del Padre? ¿Qué significa «cuándo»? ¿Buscas el cuándo allí, allí donde no hallarás tiempo? No busques allí un cuándo. Búscalo aquí. Con razón preguntas por el cuándo referido a su nacimiento de la madre; sin motivo referido a su nacimiento del Padre: nació, y no tiene tiempo; nació el eterno del eterno, siendo coeterno. ¿Por qué te asombras? Es Dios. Considera que se trata de la divinidad, y desaparece el motivo del asombro. También te admiras cuando decimos que nació de una virgen. ¡Cosa portentosa! Es Dios, no te cause admiración; pase la admiración, llegue la alabanza. Hágase presente la fe; cree que tuvo lugar. Si no lo crees, el hecho tuvo lugar igualmente, pero tú permaneces en tu incredulidad. Se dignó hacerse hombre, ¿qué más quieres? ¿O se humilló Dios poco por ti? El que era Dios se hizo hombre. Estrecho era el establo; envuelto en pañales, fue colocado en un pesebre. Lo escuchasteis cuando se leyó el evangelio. ¿Quién hay que no se admire? El que llenaba el mundo no encontraba lugar en el establo; puesto en el pesebre, se convirtió en vianda para nosotros. Acérquense al pesebre dos animales, es decir, dos pueblos, pues el buey reconoció a su dueño, y el asno el pesebre de su señor. Fíjate en el pesebre; no te avergüences de ser jumento para el Señor. Llevarás a Cristo, no te extraviarás cuando vayas por el camino: sobre ti va sentado el camino. ¿Os acordáis de aquel asno ofrecido al Señor? Nadie sienta vergüenza: aquel asno somos nosotros. Vaya sentado sobre nosotros el Señor y llámenos para llevarle a donde él quiera. Somos su montura, vamos a Jerusalén. Cuando él va sentado, no nos aplasta, nos levanta; teniéndole a él por guía, no nos extraviamos: vamos por él, no perecemos. (Sermón 189. Sobre el nacimiento del Señor).

No encuentro una catequesis sobre el asunto como ésta. Seamos los asnos que llevamos a María. Luego podremos servir para huir de la persecución a los santos inocentes y luego para cargar a Jesús a su entrada en Jerusalén. Humildes. Que nos llegue la luz de Jesús y su presencia ardiente siempre.

Feliz Natividad del Señor.

JHC

martes, 24 de diciembre de 2019

Nos visita el sol que nace de lo alto

@jhcastelano


"Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos. Por la entrañable misericordia de Nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz". Así cierra el cántico de Zacarías (Lc. 1, 67-79). 

Hermosa y muy conocida oración situada en el oficio divino, en la liturgia de las horas y más concretamente en las Laudes de todos los días. Quienes tienen la bella costumbre, ya sea por precepto, o por gusto, de dirigirse diariamente con esta oración de las Laudes, ya de memoria la conocen.

Pareciera estar puesta ahí, para todos los días, con la idea de remarcar, poner énfasis y acondicionar la propia conciencia en la memoria cotidiana de dos ideas: asumir en el propio rol de la vida que estamos llamados a ser los portadores de la misión de ir por delante del Señor, preparando sus caminos durante cada día que corre, cual si fuésemos los Juanes Bautistas, los emisarios del mismo Dios y de Jesús, el Hijo amado del Padre. Llevamos la Buena Nueva, el Evangelio de Jesús a través de nuestras obras y de nuestras palabras. Si recordásemos eso todos los días, no habría lugar para las obras de las tinieblas, no daríamos paso a las vicisitudes que la vida en su resaca pudiera arrastrarnos y llevar a otros, sino que podríamos ser el apoyo de los demás, el auxilio y la fuente de la esperanza.

La otra idea es la del que nos visita de lo alto. Todos los días lo recordamos porque todos los días deberíamos esperarlo y asimismo todos los días al prepararnos y al anticipar su venida con nuestra oración, nuestras palabras, nuestros actos y nuestra disposición, entonces todos los días podríamos experimentar la grandeza de su encuentro, su visita en nuestras vidas; pero hoy, en especial, en la víspera de su llegada con la solemnidad de la Navidad, hoy más especialmente y de manera literal nos visita esa gran luz, ese sol que nace de lo alto y que viene para guiarnos por el camino de la paz y para guiarnos y disipar nuestras tinieblas.

Ojalá podamos reconocerlo así y no dejarnos llevar por la corriente mundana de hacer que nuestra cena, si es que la tenemos para esta noche, o nuestro encuentro familiar, no se pierdan en la banalidad o en la tentación de ser una ocasión para el consumo o el desenfreno sin ton ni son. Ojalá podamos, como en el salmo de hoy (Salmo 88) cantar las misericordias del Señor y construir, como David, nuestra morada para Dios, en nuestro interior, y acoger a los que buscan un refugio seguro en medio de sus tormentas.

Así nos ha de visitar el sol de lo alto, disipando nuestros errores, nuestras tinieblas, y dando calor ante el frío del invierno, que puede ser nuestra vida o la de aquellos a los que es preciso anunciarles por delante de Dios que ya viene...

ORACIÓN

Porque el mundo necesita
que el amor nunca se muera,
Ven, Señor, que se te espera.

Que se abajen las montañas
de soberbia y de pereza.
Que nos muestre sus hazañas,
el Señor con su grandeza,
y se acabe la tristeza
del enfermo dondequiera.
Ven, Señor, que se te espera.

Que perezcan las extrañas
ansias duras de fiereza,
que los valles y las mañas
cedan ante la pureza
de la Gracia; y la certeza
de la vida sea primera.
Ven, Señor, que se te espera.

Oh, Presencia que no dañas,
sino infundes entereza,
nos consuelas y acompañas,
eres fuente de riqueza,
vencedora de tristeza
y de la terrible fiera.
Ven, Señor, que se te espera.

Porque el mundo necesita
que el amor nunca se muera,
Ven, Señor, que se te espera.

Infúndenos, pues, el gozo,
como a la Virgen María.
Que veamos el dichoso
nacimiento de aquel día,
en que el brillo majestuoso
de la estrella, tan grandioso
disipó toda quimera.
Ven, Señor, que se te espera.

El mundo menesteroso,
del Bautista aprendería,
si en lugar del mal sollozo,
acondiciona la vía,
el camino venturoso
del corazón ansioso
porque la Gracia se adhiera.
Ven, Señor, que se te espera.

Finiquítese el destrozo,
la injerencia, la osadía,
el impulso belicoso
del maligno; y la armonía
prevalezca en tono hermoso.
Que el don misericordioso
triunfe de cualquier manera.
Ven, Señor, que se te espera.

Porque el mundo necesita
que el amor nunca se muera,
Ven, Señor, que se te espera.

Ven, María, a nuestra casa
como hiciste con tu prima.
Tu cariño no se aplaza,
nos conforta, nos reanima.
Anticipa a toda raza
tu calor que nos abraza
para que tu Hijo nos quiera.
Ven, Señor, que se te espera.

Porque el mundo necesita
que el amor nunca se muera,
Ven, Señor, que se te espera.


JHC

lunes, 23 de diciembre de 2019

El poder de la reconciliación

@jhcastelano


Solemos tener rupturas en la vida. Las más dolorosas son aquellas con los otrora cercanos. Hay quienes las pueden tener hasta con su propia familia. Hay rupturas con uno mismo, con ciertas vivencias, con recuerdos o con tendencias a ciertos hábitos aborrecibles. Hay rupturas con el propio compromiso, la ilusión, la aspiración, la espera. Las rupturas pueden ir acompañadas del desánimo, de la idea del fracaso, de la inutilidad de insistir en tal o cual cometido antaño lleno de entusiasmo.

Nuestro país vive ahora mismo sumido en eso que llaman "polarización", fea palabra, pues además es usada como un atajo fácil para despachar lo que en el fondo constituye algo más grave: lo que se vive es una ruptura. En lo político parece darse por parte del oficialismo la ruptura del pasado inmediato, como si todo lo ocurrido inmediatamente antes fuera totalmente anómalo; la ruptura consiste en despreciar, destruir o cortar todo lo que huela al pasado inmediato; y hacerlo tan grotescamente, so peligro de llegar a la irracionalidad o el sinsentido, pasando por la exhibición propia y voluntaria de la ineptitud. Por otro lado está la frustración del ver cómo todo lo medianamente logrado en el pasado anterior se va perdiendo y cada vez más con menos posibilidades de salvar algunas de las instituciones dotadas de autonomía, al mismo tiempo que se nubla el panorama para el control de lo comercial y lo económico: se avecina un caos mayor. De cualquier manera que se le pueda ver, estamos en tiempos de ruptura. Cualquier llamado a la reconciliación en lo político no será efectivo ni posible mientras la propia autoridad siga con la misma soberbia de despreciar lo que considera contrario (adversario, dice el presidente) al grado de hacer más abismal la diferencia, la ruptura.

Tenemos otras rupturas en el ámbito público. No vemos cercanas a las fuerzas del orden, por efecto de las mismas medidas en lo político. Ni el ejército ni cualquier cuerpo policíaco pueden dar la sensación de la armonía necesaria para lograr la, al parecer, inalcanzable paz.

Nos duele profundamente la sangre que se ha derramado, decían los obispos de México ya en el 2010 con la carta "Que en Cristo, nuestra paz, México tenga vida digna, en el número 4": la de los niños abortados, la de las mujeres asesinadas; la angustia de las víctimas de secuestros, asaltos y extorsiones; las pérdidas de quienes han caído en la confrontación entre las bandas, que han muerto enfrentando el poder criminal de la delincuencia organizada o han sido ejecutados con crueldad y frialdad inhumana. Nos interpela el dolor y la angustia, la incertidumbre y el miedo de tantas personas y lamentamos los excesos, en algunos casos, en la persecución de los delincuentes. Nos preocupa además, que de la indignación y el coraje natural, brote en el corazón de muchos mexicanos la rabia, el odio, el rencor, el deseo de venganza y de justicia por propia mano.

Y es que la situación está todavía peor en nuestros días, mientras la población no atina a encontrar la puerta de la posibilidad de la reconciliación y el gobierno sigue anclado en las acusaciones de un pasado, eludiendo su responsabilidad. Y es que, además, la Iglesia clerical misma no ha tenido la suficiente vehemencia para orientar, emprender y atajar las contrariedades con las que se imposibilita dicha reconciliación, salvo la emergencia y la premura con la que esta carta fue difundida en su momento. Han sido precisamente y más especialmente dolorosos estos últimos días en los que se han hecho públicos los resultados de los escándalos de las aberraciones de la Legión de Cristo y su fundador el Padre Maciel. Duele y desespera. Frustra y aterra. Compromete, pues siendo cristianos, miembros de la Iglesia, tendríamos que estar trabajando para que esas anomalías no vuelvan a suceder, tenemos que encontrar el punto exacto para plantear una reconciliación incluso allí donde más duele porque es donde está la herida más grande. Tendríamos que estar poniendo nuestro granito de arena para exaltar la belleza de la Iglesia, que es mucho más grande que esas grandes heridas.

En el ámbito de lo personal es posible que el panorama tampoco sea tan halagüeño. Por lo regular las conductas hostiles al hecho religioso y en particular versus la Iglesia, proceden de tremendas fracturas que se traducen en resentimientos, frustraciones y ataques.

La Palabra que se nos ha sido entregada para este día nos traen al profeta Malaquías, quien consigna lo que Dios dice: "Mirad, os envío al profeta Elías, antes de que venga el Día del Señor, día grande y terrible. Él convertirá el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, para que no tenga que venir a castigar y destruir la tierra".

Tenemos ahí la idea de la reconciliación: con el Rey que viene, con el Dios que se encarna viene la posibilidad de transformar el corazón al interior de la relación de los hijos con los padres y de los padres con los hijos; pero la correspondiente idea podemos avizorarla y aplicarla para el resto de los ámbitos de la vida.

Nuestra oración y nuestra acción tendrían que ser la exigencia de trabajar para restablecer una buena relación en todos los órdenes de la vida. En lo político no debemos dejar de exigir la responsabilidad de un gobierno que mucho prometió, pero que no ha terminado de marcar una real diferencia en cuanto al abatimiento del clientelismo, la corrupción y la entrega de resultados, principalmente en lo económico y en la seguridad y armonía; y, por otro lado, tampoco debemos caer en la trampa del insulto y el rechazo sin mayores matices.

A la institución clerical de la Iglesia; pero mayormente a los que formamos parte de esta familia eclesial, nos toca emprender acciones muy concretas, algunas de ellas ya enunciadas por nuestros obispos y que se van quedando como tareas pendientes, en especial, la promoción, la vigilancia y el fortalecimiento de la familia para que sea garante de formación de individuos que después como ciudadanos sepan ser ejemplo ante un mundo caótico, pues como ellos mismos, los obispos de México asentaron en el documento antes citado (núm. 154):

"En Cristo somos perdonados y reconciliados. En Él, Dios quiso reconciliar todo cuanto existe, restableciendo la paz por la sangre de la cruz (Cf. Col 1,20). El perdón que Dios nos ofrece no exige nada a cambio, es completo y gratuito. Si tuviéramos que ofrecer algo a cambio del perdón, lo convertiría en una pena y pasaría de ser don de Dios a ser mérito del penitente. Sólo quien está dispuesto a dejarse perdonar así, quien acepta que Cristo haya entregado su vida, su propia sangre y su Espíritu para el perdón de sus pecados (Cf. Jn 20,22-23), entiende en qué consiste la reconciliación cristiana. Acoger el perdón como un don de la misericordia divina implica la virtud de la humildad. En cambio, quien pretende merecer el perdón de Dios por sus obras de penitencia es fácilmente engañado nuevamente por el mal y los frutos de este engaño se manifiestan en la dureza de corazón, en el juicio despectivo de las personas y en la actitud soberbia de sentirse merecedores de todo y moralmente superiores a los demás."

ORACIÓN POR LA PAZ:

Señor Jesús, Tú eres nuestra paz, 
mira nuestra Patria dañada por la violencia 
y dispersa por el miedo y la inseguridad. 

Consuela el dolor de quienes sufren. 
Da acierto a las decisiones de quienes nos gobiernan. 
Toca el corazón de quienes olvidan que somos hermanos 
y provocan sufrimiento y muerte. 
Dales el don de la conversión. 

Protege a las familias, 
a nuestros niños, adolescentes y jóvenes. 
A nuestros pueblos y comunidades. 
Que como discípulos misioneros tuyos, 
ciudadanos responsables, 
sepamos ser promotores de justicia y de paz, 
para que en Ti, nuestro pueblo tenga vida digna. AMEN.

María, Reina de la paz. Ruega por nosotros.

JHC

domingo, 22 de diciembre de 2019

El centro del cosmos

@jhcastelano

Las lecturas de este cuarto domingo del Adviento nos presentan, tanto la alusión explícita del profeta Isaías, como la presentación de San Pablo a los Romanos en el que refiere lo que significa el ser cristiano a la luz del nacimiento de Jesús y, sobre todo, la introducción del evangelio de San Mateo para referir también cómo se dieron las circunstancias para el mismo nacimiento de Cristo.

La clave o el eje para entender lo que se nos presenta, parece estar en las palabras del Salmo: "Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes", y ya que, tanto la promesa, como la reiteración del Evangelio refieren la señal del Dios-con-nosotros como la pauta total y contundente, debemos entender que el centro del cosmos es Jesús. Así lo entiende San Pablo, quien anuncia el evangelio con la finalidad de que los gentiles "respondan a la fe, para gloria de su nombre".

En efecto, no sólo se dice que estamos en la era cristiana, sino que es por Cristo que se han emprendido una infinidad de sucesos históricos en los últimos dos mil años. Todo gira en torno de él. Casi nadie puede sustraerse, en nuestro occidente moderno, de decir que padece el influjo de una cultura cristiana. Podrá haber una multitud de denominaciones y confesiones religiosas. La verdad es que un gran número de ellas es de talante cristiano, aunque no comulguen con la Iglesia de Roma. Inclusive los que han apostasiado de la fe católica, siguen siendo adversos; pero pertenecientes a una cultura cristiana. Y aun quienes se consideran ateos o agnósticos, lo son en oposición al cristianismo; pero igualmente pertenecientes al cristianismo cultural. Se respira, se dice, se vive al ritmo que marca la cristiandad.

El Adviento nos recuerda que es Jesús el culmen de la historia, el centro del Universo, ante quien toda rodilla se habrá de doblar, el Rey de la gloria que pide abrir las puertas para entrar. Las puertas habrán de ser las de nuestros sentidos, tanto corporales, como espirituales. Las almas deben prepararse debidamente en este tiempo propicio para ello.

El tiempo ha llegado.


JHC

sábado, 21 de diciembre de 2019

El deseo manifiesto del lenguaje erótico del alma mística

@jhcastelano

El Cantar de los Cantares recibe así su nombre porque se supone fue escrito por el mismísimo Rey Salomón. El nombre completo es entonces Cantar de los Cantares de Salomón. Se le atribuye la autoría, aunque ya se ha generalizado el consenso acerca de la posibilidad de que haya sido alguien distinto, cuya inspiración divina le ha hecho aportar a los libros canónicos de la Sagrada Escritura veterotestamentaria de la tradición judeocristiana. Es un libro controversial y polémico. Ha provocado toda serie de interpretaciones, dada la carga de expresiones eróticas contenidas en el texto.

La lectura presentada para este día, nos trae de ese libro esas hermosas palabras de quién anuncia y describe al Amado que ya viene. Es el alma que está sedienta de Dios y que ya viene y que se comporta como el cervatillo y susurra divertido y vigila...

Vamos a presentar, examinar y meditar cinco distintos tipos de interpretación sobre este libro, aunque muy probablemente algunos o todos esos tipos de interpretación tengan una relación o afinidad. La última interpretación será la de Santa Teresa y por ello la dejaremos para el siguiente apartado del presente trabajo. La primera será la más literal, apoyada por algunos matices del Magisterio de la Iglesia, interpretación que alude a la relación matrimonial como tal, a los esposos de esta institución doméstica. La segunda interpretación tiene que ver con la relación de Cristo con su esposa que es la Iglesia. Una variación de esta interpretación es la relación de Dios con su pueblo santo, es decir, ya desde la relación de Yahvéh, aunque nunca es nombrado, con el pueblo israelita y posteriormente Cristo con la Iglesia. La tercera interpretación a la que aludiremos es la que hace el Papa Benedicto XVI en la encíclica Deus Caritas Est, donde nos presenta el libro como el primer antecedente de un esquema de elevación desde el amor puramente humano hasta el amor divino, suponiendo con ello una especie de purificación, una ascesis y una justificación del amor erótico o incluso carnal, como parte del amor divino o agapé. Una cuarta interpretación es la que nos ofrece una mejor visión acerca de la experiencia mística, puesto que se trata de la relación del alma con Dios y el deseo que ésta tiene de sentirse llena y complementada por la experiencia de lo sagrado.

a) La visión eclesial de la relación nupcial en el Cantar de los Cantares.

En su sentido meramente literal encontramos en este libro una serie de cánticos que nos muestran las palabras que se dirigen dos enamorados, es decir, el esposo con su esposa. Nos hacen patentes los deseos que sienten mutuamente y cómo comparan las virtudes y las bellezas de cada uno con diversas figuras de la naturaleza o que evocan cierta belleza a sus sentidos. Los discursos de los esposos se intercalan a su vez con un coro que lanza loas y glosa bellamente los deseos de la pareja. También interviene un poeta ajeno, externo y a su vez empapado del mismo tipo de expresiones. 
A primera vista se trata entonces de un tipo de discursos meramente propios de  las parejas que se aventuran a hacer explícito lo que sienten sobre el amado o la amada, respectivamente. Habrá de ser por ello y porque se tiene la convicción de que proceden de antiguos cánticos e himnos judíos recitados en las celebraciones nupciales, que la Iglesia ha considerado una enseñanza sobre la vida matrimonial, tomando como ejemplo estas expresiones contenidas en el Cantar. Mediante el amor profesado por los dos protagonistas de los cánticos, encuentra la Iglesia un punto de partida de ejemplo para enseñar cuál es la actitud de los esposos y cómo podría ser la de los esposos en medio del Sacramento del matrimonio. Toma como ejemplo, pues el magisterio eclesial, lo que se lee del amor profesado entre estos dos personajes imaginarios en tan célebre libro. Así, por ejemplo, en las audiencias generales del Papa Juan Pablo II entre el 23 de mayo y el 6 de junio de 1984 encontramos una primera explicación cuando introduce el tema aludiendo a la carta de San Pablo a los Efesios, sobre el respeto debido de una esposa para su esposo, incluso sobre el servicio deseablemente ofrecido y la reciprocidad del marido. El Papa explica la correlación de este pasaje con toda la enseñanza del Cantar. Es una enseñanza evidente, nos dice, tan evidente como la imagen ya contenida en el Génesis sobre el principio indisoluble de la creación como hombre y como mujer, misma que Jesús les refiere a los fariseos en el Evangelio de San Mateo, capítulo 19, versículo 4, cuando éstos le preguntaron sobre el divorcio. «Ya los primeros versículos del "Cantar" nos introducen inmediatamente en la atmósfera de todo el "poema", —dice Juan Pablo II— donde el esposo y la esposa parecen moverse en el círculo trazado por la irradiación del amor. Las palabras de los esposos, sus movimientos, sus gestos, corresponden a la moción interior de los corazones. Sólo bajo el prisma de esta moción se puede comprender el "lenguaje del cuerpo", con el que se realiza el descubrimiento al que dio expresión el primer hombre ante la que había sido creada como "ayuda semejante a él"» A juicio del Papa, la expresión de sorpresa emitida por el primer hombre al ver a la mujer que ha sido hecha de la carne de su carne, se continúa en el Cantar con estas hermosas expresiones de alabanza, de admiración y de aprecio por la mujer o la esposa.

b) Interpretación acerca de la relación de Dios con su pueblo o Cristo con su Iglesia.

En el texto de la audiencia general aludida sobre la enseñanza del Cantar por parte del Papa Juan Pablo II aparece una nota al pie donde se hace explícita la noción que los exegetas judíos hacían ya desde los primeros siglos después de Cristo en el sentido de la pertenencia del pueblo de Israel por parte de Yahvéh. «Para explicar la inclusión de un canto de amor en el canon bíblico, los exegetas judaicos, ya desde los primeros siglos d. C. han visto en el Cantar de los Cantares una alegoría del amor de Yahvé hacia Israel, o una alegoría de la historia del Pueblo elegido, donde se manifiesta este amor, y en el Medioevo la alegoría de la Sabiduría Divina y del hombre que la busca.» Y en la misma nota encontramos la justificación de la idea acerca del amor de Cristo por su Iglesia y viceversa: «La exégesis cristiana, desde los primeros Padres hacía extensiva esta idea a Cristo y a la Iglesia (cf. Hipólito y Orígenes), o al alma individual del cristiano (cf. San Gregorio de Nisa) o a María (cf. San Ambrosio) y también a su Inmaculada Concepción (cf. Ricardo de San Víctor). San Bernardo ha visto en el Cantar de los Cantares un diálogo de la Palabra de Dios con el alma, y esto llevó al concepto de San Juan de la Cruz sobre los desposorios místicos.» En la segunda de las audiencias dedicadas al tema, el mismo pontífice nos pone de manifiesto la intencionalidad del Cantar para comprender lo que denomina la Teología del Cuerpo, que es toda una serie de manifestaciones verbales con las que mutuamente admiran ciertas partes de su cuerpo los dos amantes. Esta forma de expresarse entraña una analogía teológica del deseo de Dios.
Respecto de la aparente dificultad a propósito de la alusión del esposo a su amada como su hermana y no como su mujer, el Papa explica que no alude a la condición fraterna, sino al origen o a la historia de la feminidad de la mujer; asimismo, se le reconoce como hermana y como pareja desde un amor puro, desinteresado, lleno de paz y de armonía, más que de deseo carnal. La idea principal manejada por el Papa es el de la entrega recíproca y el sentido de pertenencia de los amantes o esposos, así como la supremacía del elemento donante en esa misma entrega amorosa. De donde se sigue la utilización de todo un lenguaje erótico para dar cuenta del grado de unidad que se logra en la institución del matrimonio anclado en el aprecio del otro como propio, como uno mismo, simultáneamente a la capacidad para expresarse de la mejor manera en torno de las cualidades estéticas ostentadas por quien se ama.
El Cantar de los Cantares, a juicio del Papa Juan Pablo II, revela una verdad sobre el amor. Una verdad que se revela en lo que llama el “lenguaje del cuerpo”, es decir, el lenguaje erótico. Por medio del progresivo acercamiento consignado en el poema se percibe igualmente un acercamiento al misterio del otro, sin que con ello se implique la alteración o la violación. Por medio del afecto y del sentimiento se puede percibir al otro, apreciarlo y gustarlo. El amor que une a los esposos es al mismo tiempo de naturaleza espiritual y sensual. Sólo en la unidad que deben constituir en común se opera el signo recíproco del don de sí, de la donación, de la entrega que pone el sello al que alude el Cantar.
Las expresiones eróticas constituyen, según Juan Pablo II, un antecedente en el proceso por el que se concibe el deseo de dos personas en la relación matrimonial análogamente al deseo que el alma experimenta, al deseo, pues, de Dios. El amor del Cantar, enraizado en lo erótico, es una prefiguración de la caridad de la carta paulina a los Corintios en ese célebre himno sobre el amor precisamente como caridad. Juan Pablo II nos ofrece con estas reflexiones un primer antecedente para entender el proceso por el cual del eros se llega a experimentar o desear ese otro tipo de amor, ya propio de las almas y su encuentro con lo sagrado, que es el ágape.

c) Del eros al agapé: lo que comienza a ser explícito con el Cantar de los Cantares.

La concepción cristiana de la progresión y, o relación entre las formas del amor tiene su culmen, quizás, como explicación, en la encíclica papal Deus Caritas Est, de Benedicto XVI. El célebre teólogo Joseph Ratzinger, ya como Papa, nos ofrece en dicha encíclica un recorrido que va desde la distinción lingüística de los términos eros, philía y agapé, hasta la explicación del sentido de la caridad cristiana como la mayor expresión y experiencia del amor divino en comunión plena con el amor humano, o viceversa. La concepción del eros es el primer paso en un itinerario que lleva al hombre a encontrarse con lo sagrado. Sigue la Philía y se llega al grado más alto con la experiencia del agapé. Viendo como un todo el trayecto y admitiendo, según las ideas de Ratzinger, que es un proceso del alma, del ser de la persona en el camino hacia lo sagrado, no está entonces rechazado el eros, ni por ser el grado inferior puede considerarse primitivo o tan humano o subhumano o ajeno a lo divino, puesto que es un reflejo del amor como agapé. No se rechaza entonces la experiencia del eros, ni se le condena, ni se le niega, como nos hace ver Benedicto frente a la falsa acusación nietzscheana, a saber, que el cristianismo habría extirpado de la experiencia de lo sagrado o incluso de todo deleite de experiencia estética al eros como forma de amor de los sentidos. No hay tal, nos dice el Papa Ratzinger: el eros forma parte de una misma vía del amor humano que busca, se dirige y espera en lo divino.
El mismo Benedicto alude al Cantar de los Cantares poniendo de manifiesto cómo se puede entender desde sus distintas dimensiones contenidas allí. Nos aclara que en sus inicios este libro no tuvo ningún problema en ser aceptado como canónico porque, a pesar de ser un libro que en apariencia exalta algo tan sensual, en el fondo se sabe, o lo sabían y lo aceptaban desde la tradición judía, que podía interpretarse a la luz de la relación del pueblo con su Dios. No le parece ajeno a Benedicto que el cometido inicial era el de expresar el sentimiento en la celebración nupcial de una boda en concreto en el pueblo judío y que ese sentimiento fue asumido por la tradición oral como una analogía de la relación antes aludida. Mas por otra parte entiende que el Cantar nos va marcando esa progresión del alma que comienza con el lenguaje erótico y las formas de expresarlo son las propias de los sentidos, para luego ascender y permutar el vocablo equivalente al del eros griego por el del agapé, con la distinción hecha ya sobre el amor propiamente humano y sobre la participación divina o sagrada ya en el caso del agapé.
Y todavía en un sentido más profundo el Papa Benedicto encuentra la explicación del porque los místicos conocen bien este poema del Cantar: en el fondo subyace la idea del deseo del alma por Dios. También explica que la idea del amor ascendente concebido desde las ideas de la Antigua Grecia se complementa a la luz de la contemplación consignada en la célebre visión del patriarca Jacob en el Antiguo Testamento, en donde observa una escalera que va del cielo a la tierra y de la tierra al cielo y suben y bajan por sus peldaños los ángeles; haciendo eco de las enseñanzas de San Gregorio Magno, explica que los pastores deben estar anclados también en la contemplación para poder responder a las expectativas del mundo, a la manera como San Pablo explica que de la experiencia ascendente del encuentro con Dios viene la experiencia descendente de ser todo en todos, o de proveer los recursos espirituales al mundo. Ahí se describe el objeto de la experiencia mística que se puede distinguir en el proceso de la experiencia erótica en el Cantar, para llegar a la forma del agapé como el grado más alto de experiencia de Dios.

d) El deseo del alma se pronuncia con el lenguaje erótico del Cantar de los Cantares.

Propongo una lectura del Cantar de los Cantares no pensando en las palabras que una novia o amante o esposa puede dirigir a su amado, novio o esposo, sino decididamente el tipo del lenguaje con el que el alma se dirige a su creador, a quien le arrojó a la vida y por quien espera la eternidad y la plenitud, la complementariedad al deseo que siente, al vacío que pudiera experimentar. No nos resultaría ajeno recordar la dulce espera de quien vive enamorado y a la espera del encuentro físico, entrañable, o simplemente la compañía del ser al que se ama. Recordaríamos ipso facto los discursos platónicos de los personajes asistentes al Banquete, al Simposium, como el que nos congrega, que es en el fondo una analogía de esa reunión para nosotros saciarnos con el banquete de la palabra, de las ideas y reflexiones en torno a la mujer que inspira nuestras cavilaciones. En fin, que esa espera puede ser expresada con los términos o en los términos del lenguaje erótico.
Encontraríamos así un alma sedienta del encuentro con Dios. Y no sólo del simple encuentro momentáneo donde el éxtasis pudiera resultar pasajero, sino un deseo vivo y ardiente y explícito de disfrutar la compañía y la certeza de llegar a la eternidad con el amado. Un alma que le pide a Dios el beso con los labios de su boca, como para sentirse uno con Él y la unidad sea plena y pura. El alma pide deleitarse de los perfumes del creador y saberse cohabitante en su alcoba, en su casa. Un alma que le pide a su Dios no fijarse en sus posibles defectos y fealdades, sino en el maltrato del que pudo ser objeto en el vaivén de los pesares de la vida; que le pide al amado su ubicación para correr a su encuentro; un alma que identifica la voz del amado que viene y que cruza valles y montañas para el anhelado encuentro; un alma sabedora de las palabras del amado cuando éste le pide que se levante, que emerja, que se anime y se pronuncie y pueda ser escuchada su voz. Un alma consciente de su somnolencia y que de repente es despertada por la voz del amado que le pide abrir su casa para el encuentro y que no obstante no encontrarse preparada para el recibimiento podría darse cuenta que al abrir el amado ya no esté y siga anhelándole. Quedaría el recuerdo vivo del amado y la huella dejada por él: el alma sería capaz de darse cuenta que Dios mismo ha dejado su huella y eso es lo único que por lo pronto puede seguir, incluso puede ofrecer una descripción de Él y el detalle de esa enumeración de sus cualidades puede resultar sorprendentemente reveladora y fiel. Por su parte el amado también se pronuncia y con su mensaje le deja ver al alma la belleza ostentada y como si flirteara le hace ver una serie de cualidades para que no pare la intensidad de su búsqueda y de su deseo del encuentro. Por último el alma pide al Señor que el amor quede sellado, marcado y proyectado hacia la eternidad, en el dulce encuentro de la eternidad.

e) La explicación teresiana sobre el Cantar.

Henos aquí llegando por fin al punto en el que habremos de presentar unas ideas sobre una obra en concreto de nuestra santa. Se trata de sus Meditaciones sobre los cantares, obra que, según nos dicen los expertos, fue escrita en vida varias veces por la santa y finalmente ordenó se destruyeran los ejemplares. Así se dispuso; pero algunas personas de su tiempo rescataron o se quedaron con algunos ejemplares, mismos que ahora son unos códices que han servido para conformar luego la obra, tal como la conocemos en la actualidad. Así se explica y así aparece en una edición de la BAC donde se recogen sus Obras Completas.
La santa escogió algunas de las frases más representativas del Cantar para desglosar de allí una serie de enseñanzas para sus hermanas religiosas, sin despojar con esa selección el contexto de la obra en su totalidad. Debemos entender que el cúmulo de enseñanzas tenía un fin particular y muy concreto por lo específico de sus destinatarias. Sin embargo podremos rastrear algunos elementos para el cometido de nuestro trabajo.
Primeramente ofrece su propia explicación del por qué se utiliza un lenguaje tan profundo y en apariencia tan poco accesible en el Cantar. La santa sostiene que es la voluntad de Dios revelar el entendimiento del contenido a las mentes que desean comprenderlo y no porque la acción intelectiva de las personas lo busquen o pretendan entenderlo.
Con los cánticos contenidos en el Cantar se puede encontrar un itinerario de encuentro y de gozo con el Señor. «Y sé de alguna—dice—que estuvo hartos años con muchos temores, y no hubo cosa que la haya asegurado sino que fue el Señor servido oyese algunas cosas de los cánticos, y en ellas entendió ir bien guiada su alma; porque conoció que es posible pasar el alma enamorada por su Esposo todos esos regalos y desmayos y muertes y aflicciones y deleites y gozos con Él después que ha dejado todos los del mundo por su amor está del todo puesta y dejada en sus manos; esto no de palabra, sino con toda verdad confirmada por obras» (p. 335)
La expresión del Cantar que dice “béseme con el beso de su boca”, es tomada por Santa Teresa como una solicitud del alma y una respuesta de Dios con lo que se sella una unión más allá de la simple amistad. Es un deleite pleno del alma que deja el gozo del amor mundano por aspirar al más alto grado del amor con su creador.
Y no es la vida del monasterio y de ascesis una garantía de este encuentro, nos dice la santa, porque luego describe en este análisis a las almas tibias que por creer que viven bajo ciertas reglas y en el encierro del claustro o en la práctica fervorosa de los sacramentos, ya podrían tener asegurado el idilio amoroso del alma con Dios. Distingue entonces dos actitudes concretas: la de quienes se instalan en la comodidad del encierro y no se dejan incidir por mortificación alguna, de tal manera que no pueden sentir la necesidad del alma que espera y que desea al esposo ausente; y por otra parte están los que dicen temer a Dios y no aprecian nada de lo que la naturaleza ofrece por cuenta del mismo creador y no aprecian tampoco las virtudes, sino que van buscando e identificando los errores del mundo para pronosticar calamidades. Son dos maneras del no dominio de la voluntad para que las almas puedan esperar el encuentro del esposo, tal como se describe en el Cantar. Hay una oración en la que expresa el sentido del amor que experimenta el alma cuando hay este encuentro con Dios: «¡Qué de caminos, por qué de maneras, por qué de modos nos mostráis el amor! Con trabajos, con muerte tan áspera, con tormentos, sufriendo cada día injurias y perdonando; y no sólo con esto, sino con unas palabras tan herideras para el alma que os ama, que la decís en estos Cánticos y la enseñáis que os diga, que no sé yo cómo se pueden sufrir, si Vos no ayudáis para que las sufra quien las siente, no como ellas merecen, sino conforme a nuestra flaqueza. Pues, Señor mío, no os pido otra cosa en esta vida sino que me “beséis con el beso  de vuestra boca”, y que sea de manera, que aunque yo me quiera apartar de esta amistad y unión, esté siempre, Señor de mi vida,  sujeta mi voluntad a no salir de la vuestra, que no haya cosa que me impida pueda yo decir. Dios mío y gloria mía, con verdad que son mejores tus pechos y más sabrosos que el vino» (pp. 347-348) La perseverancia de las almas que esperan a Dios será motivada y alentada por la idea de que el esposo bien anima al alma, considerándola bella, como en el Cantar.

JHC