lunes, 30 de diciembre de 2019

Hacer la voluntad de Dios

@jhcastelano

Hacer la voluntad de Dios exige emprender un camino por la vía de las potencias del alma. Sí, puede sonar arcaico, anacrónico, ambiguo y hasta obsoleto; pero ruego un poco de paciencia para explicarlo. 

Caminar y buscar ejercer las potencias del alma. Eso sólo puede lograrse con la oración; pero, además, con un sano y necesario ejercicio de razón para que podamos distinguir aquello que a simple vista no parece indicárnoslo. Todo está ahí, al menos en las lecturas que nos presenta la liturgia de este día sexto de la octava de Navidad.

El fragmento de la carta de San Juan (1 Jn. 2, 12-17) está cargado de simbolismos y de alusiones a varios elementos que podemos distinguir en torno de las potencias y los enemigos del alma. Se refiere, para empezar a tres generaciones distintas cuando escribe. De manera diferenciada habla a los padres, a los hermanos y a los hijitos. Y les habla aludiendo a tres estamentos distintos. Tal vez en la práctica no distinga a sus destinatarios, pero llama la atención lo que les dice.

A los hijitos les dice que han sido perdonaría sus pecados en el nombre de Jesús; a los padres, porque conocen "al que existe desde el principio"; a los jóvenes, porque "han vencido al demonio"; pero luego repite la enumeración cambiando algunos términos y repitiendo en apariencia otros: a los hijitos, porque conocen al Padre; a los padres, porque, otra vez, conocen "al que existe desde el principio"; y a los jóvenes, porque son fuertes y la palabra de Dios permanece en ellos y "han vencido al demonio".

Hay también evidentemente una presencia trinitaria. De no pocas maneras se puede explicar e identificar. Conocer desde el principio al Padre, evoca la memoria; permanecer fuertes y vencer al demonio y no caer en los vericuetos del mundo, si escuchamos la Palabra, que es el Verbo, es estar en consonancia con el Hijo, es decir, ejercer el entendimiento que guía. Conocer al Padre y recibir el perdón de los pecados en el nombre de Jesús sólo es posible por la acción del Espíritu Santo, es decir, bajo el cumplimiento de la voluntad. Así se tienen las tres potencias del alma, a saber, la memoria, que evoca o tiene o reconoce al Padre, el entendimiento, que se corresponde a la razón, al Verbo, que es el Hijo, y la voluntad, como símbolo de la acción del Espíritu Santo.

Por si no fuese poco, el Evangelio nos trae el pasaje de la profetisa Ana, de la tribu de Aser, quien servía en el templo con toda la entrega posible, por lo que, seguramente, gozaba de la Gracia del Espíritu Santo. Ella, además, habiendo reconocido al Hijo de Dios encarnado, no dejaba de hablar de él y de la liberación que traería a los presentes o asistentes del templo. Reconocer por la memoria, reconocer por el entendimiento y cumplir la voluntad, tres acciones posibles por la acción de la Trinidad. Y hay todavía más en el Evangelio, pues remata señalándonos cómo crecía el niño: en edad, en sabiduría y en Gracia, es decir, en el tiempo, que evoca la Memoria, en inteligencia, que evoca el entendimiento y en la espiritualidad, que hace cumplir la voluntad de Dios.

Vencer, pues, al demonio, a la carne y las pasiones, así como al mundo, que son los enemigos del alma, es preciso pedir a Dios la Gracia y ejercer las potencias del alma, la memoria, el entendimiento y la voluntad, a la luz de la la Trinidad Santa.

JHC

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