@jhcastelano
Solemos tener rupturas en la vida. Las más dolorosas son aquellas con los otrora cercanos. Hay quienes las pueden tener hasta con su propia familia. Hay rupturas con uno mismo, con ciertas vivencias, con recuerdos o con tendencias a ciertos hábitos aborrecibles. Hay rupturas con el propio compromiso, la ilusión, la aspiración, la espera. Las rupturas pueden ir acompañadas del desánimo, de la idea del fracaso, de la inutilidad de insistir en tal o cual cometido antaño lleno de entusiasmo.
Nuestro país vive ahora mismo sumido en eso que llaman "polarización", fea palabra, pues además es usada como un atajo fácil para despachar lo que en el fondo constituye algo más grave: lo que se vive es una ruptura. En lo político parece darse por parte del oficialismo la ruptura del pasado inmediato, como si todo lo ocurrido inmediatamente antes fuera totalmente anómalo; la ruptura consiste en despreciar, destruir o cortar todo lo que huela al pasado inmediato; y hacerlo tan grotescamente, so peligro de llegar a la irracionalidad o el sinsentido, pasando por la exhibición propia y voluntaria de la ineptitud. Por otro lado está la frustración del ver cómo todo lo medianamente logrado en el pasado anterior se va perdiendo y cada vez más con menos posibilidades de salvar algunas de las instituciones dotadas de autonomía, al mismo tiempo que se nubla el panorama para el control de lo comercial y lo económico: se avecina un caos mayor. De cualquier manera que se le pueda ver, estamos en tiempos de ruptura. Cualquier llamado a la reconciliación en lo político no será efectivo ni posible mientras la propia autoridad siga con la misma soberbia de despreciar lo que considera contrario (adversario, dice el presidente) al grado de hacer más abismal la diferencia, la ruptura.
Tenemos otras rupturas en el ámbito público. No vemos cercanas a las fuerzas del orden, por efecto de las mismas medidas en lo político. Ni el ejército ni cualquier cuerpo policíaco pueden dar la sensación de la armonía necesaria para lograr la, al parecer, inalcanzable paz.
Nos duele profundamente la sangre que se ha derramado, decían los obispos de México ya en el 2010 con la carta "Que en Cristo, nuestra paz, México tenga vida digna, en el número 4": la de los niños abortados, la de las mujeres asesinadas; la angustia de las víctimas de secuestros, asaltos y extorsiones; las pérdidas de quienes han caído en la confrontación entre las bandas, que han muerto enfrentando el poder criminal de la delincuencia organizada o han sido ejecutados con crueldad y frialdad inhumana. Nos interpela el dolor y la angustia, la incertidumbre y el miedo de tantas personas y lamentamos los excesos, en algunos casos, en la persecución de los delincuentes. Nos preocupa además, que de la indignación y el coraje natural, brote en el corazón de muchos mexicanos la rabia, el odio, el rencor, el deseo de venganza y de justicia por propia mano.
Y es que la situación está todavía peor en nuestros días, mientras la población no atina a encontrar la puerta de la posibilidad de la reconciliación y el gobierno sigue anclado en las acusaciones de un pasado, eludiendo su responsabilidad. Y es que, además, la Iglesia clerical misma no ha tenido la suficiente vehemencia para orientar, emprender y atajar las contrariedades con las que se imposibilita dicha reconciliación, salvo la emergencia y la premura con la que esta carta fue difundida en su momento. Han sido precisamente y más especialmente dolorosos estos últimos días en los que se han hecho públicos los resultados de los escándalos de las aberraciones de la Legión de Cristo y su fundador el Padre Maciel. Duele y desespera. Frustra y aterra. Compromete, pues siendo cristianos, miembros de la Iglesia, tendríamos que estar trabajando para que esas anomalías no vuelvan a suceder, tenemos que encontrar el punto exacto para plantear una reconciliación incluso allí donde más duele porque es donde está la herida más grande. Tendríamos que estar poniendo nuestro granito de arena para exaltar la belleza de la Iglesia, que es mucho más grande que esas grandes heridas.
En el ámbito de lo personal es posible que el panorama tampoco sea tan halagüeño. Por lo regular las conductas hostiles al hecho religioso y en particular versus la Iglesia, proceden de tremendas fracturas que se traducen en resentimientos, frustraciones y ataques.
La Palabra que se nos ha sido entregada para este día nos traen al profeta Malaquías, quien consigna lo que Dios dice: "Mirad, os envío al profeta Elías, antes de que venga el Día del Señor, día grande y terrible. Él convertirá el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, para que no tenga que venir a castigar y destruir la tierra".
Tenemos ahí la idea de la reconciliación: con el Rey que viene, con el Dios que se encarna viene la posibilidad de transformar el corazón al interior de la relación de los hijos con los padres y de los padres con los hijos; pero la correspondiente idea podemos avizorarla y aplicarla para el resto de los ámbitos de la vida.
Nuestra oración y nuestra acción tendrían que ser la exigencia de trabajar para restablecer una buena relación en todos los órdenes de la vida. En lo político no debemos dejar de exigir la responsabilidad de un gobierno que mucho prometió, pero que no ha terminado de marcar una real diferencia en cuanto al abatimiento del clientelismo, la corrupción y la entrega de resultados, principalmente en lo económico y en la seguridad y armonía; y, por otro lado, tampoco debemos caer en la trampa del insulto y el rechazo sin mayores matices.
A la institución clerical de la Iglesia; pero mayormente a los que formamos parte de esta familia eclesial, nos toca emprender acciones muy concretas, algunas de ellas ya enunciadas por nuestros obispos y que se van quedando como tareas pendientes, en especial, la promoción, la vigilancia y el fortalecimiento de la familia para que sea garante de formación de individuos que después como ciudadanos sepan ser ejemplo ante un mundo caótico, pues como ellos mismos, los obispos de México asentaron en el documento antes citado (núm. 154):
"En Cristo somos perdonados y reconciliados. En Él, Dios quiso reconciliar todo cuanto existe, restableciendo la paz por la sangre de la cruz (Cf. Col 1,20). El perdón que Dios nos ofrece no exige nada a cambio, es completo y gratuito. Si tuviéramos que ofrecer algo a cambio del perdón, lo convertiría en una pena y pasaría de ser don de Dios a ser mérito del penitente. Sólo quien está dispuesto a dejarse perdonar así, quien acepta que Cristo haya entregado su vida, su propia sangre y su Espíritu para el perdón de sus pecados (Cf. Jn 20,22-23), entiende en qué consiste la reconciliación cristiana. Acoger el perdón como un don de la misericordia divina implica la virtud de la humildad. En cambio, quien pretende merecer el perdón de Dios por sus obras de penitencia es fácilmente engañado nuevamente por el mal y los frutos de este engaño se manifiestan en la dureza de corazón, en el juicio despectivo de las personas y en la actitud soberbia de sentirse merecedores de todo y moralmente superiores a los demás."
ORACIÓN POR LA PAZ:
Señor Jesús, Tú eres nuestra paz,
mira nuestra Patria dañada por la violencia
y dispersa por el miedo y la inseguridad.
Consuela el dolor de quienes sufren.
Da acierto a las decisiones de quienes nos gobiernan.
Toca el corazón de quienes olvidan que somos hermanos
y provocan sufrimiento y muerte.
Dales el don de la conversión.
Protege a las familias,
a nuestros niños, adolescentes y jóvenes.
A nuestros pueblos y comunidades.
Que como discípulos misioneros tuyos,
ciudadanos responsables,
sepamos ser promotores de justicia y de paz,
para que en Ti, nuestro pueblo tenga vida digna. AMEN.
María, Reina de la paz. Ruega por nosotros.
JHC

Es un doble compromiso para quienes nos desempeñamos en la función pública. Gracias por compartir Julián
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