@jhcastelano
Hay una manera de hablar aceptada y autorizada para el mundo actual. La llamada opinión pública deviene en percepción y aceptación pública. Si el discurso de quien publica algo o dice algo de manera pública, así sea a través de las redes sociales, coincide con el de la mayoría, es aplaudido y aceptado. Si no representa una señal de sumisión a los vaivenes del discurso oficial o de moda, sobreviene entonces un linchamiento mediático.
Es menester, para no ser linchado, decir aquello que resulte aceptable por una mayoría y, si ha de suscitar un tema polémico, más le vale a quien lo diga suscribir la idea reinante de lo políticamente correcto. Para el caso de los posicionamientos de la Iglesia Católica por cualquiera de sus miembros los bautizados y comprometidos, siempre es descalificado el discurso porque se considera una institución arcaica, anacrónica y "retrógrada" (sic). Por cualquier posicionamiento sobre temas polémicos, se descalifica de antemano lo que la Iglesia pueda decir.
Estos son tiempos difíciles para la predicación, para el anuncio de la Buena Nueva y para todo tipo de profetismo. Son tiempos de apostasía y de idolatría. Tiempos de fobia a las religiones y de indiferencia de la práctica de las mismas. Para el caso de la cristiandad, es tiempo muy adverso de la práctica de los sacramentos y de la vida de fe. Casi en todos los frentes de la vida pública o social y en todas las posibilidades de la práctica de la religiosidad para el cristianismo hay toda suerte de obstáculos y de adversidades. Entre la laxitud confortable de no comprometerse con nadie ni con nada, el individualismo conveniente al consumismo, la esclavitud de la sumisión a los placeres por la vía del manejo de los deseos con el marketing y la falsa idea de libertad, ya no digamos por la suspicacia de padecer un control mundial que somete y maneja los deseos de la gente.
¿Cómo ejercer hoy el don del profetismo? ¿Cómo asumir con valentía el reto de anunciar la Buena Nueva y denunciar las atrocidades, las dificultades opuestas por el pecado al plan salvífico de Dios? Una respuesta nos la ofrece la liturgia de hoy. La lectura del Eclesiástico es una apología o una especie de oda al profeta Elías. Con admiración el autor Ben Sirá se expresa de este profeta y del poder que encarnaba en el nombre de Dios. Por su parte el Salmo 79 nos dice:
¿Cómo ejercer hoy el don del profetismo? ¿Cómo asumir con valentía el reto de anunciar la Buena Nueva y denunciar las atrocidades, las dificultades opuestas por el pecado al plan salvífico de Dios? Una respuesta nos la ofrece la liturgia de hoy. La lectura del Eclesiástico es una apología o una especie de oda al profeta Elías. Con admiración el autor Ben Sirá se expresa de este profeta y del poder que encarnaba en el nombre de Dios. Por su parte el Salmo 79 nos dice:
«Que tu mano proteja a tu escogido,
al hombre que tú fortaleciste.
No nos alejaremos de ti:
danos vida, para que invoquemos tu nombre»
De donde se sigue con claridad la protección que Dios ofrece al que se entrega en el afán profético, siendo éste un elegido a quien protege. Por su parte, Jesús mismo en el Evangelio de San Mateo ofrece una explicación del don profético de Elías, encarnado en Juan el Bautista, comparando a ambos y aludiendo a la existencia posible de diversos profetas como Elías y el cómo reconocerlos:
«Elías ya ha venido y no lo reconocieron, sino que han hecho con él lo que han querido. Así también el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos»
Y ya que este día se celebra la memoria del gran santo Juan de la Cruz, acude con sus palabras para indicarnos las notas características de quien ahonda en la experiencia de Dios con todas sus riquezas espirituales y de lo cual se sigue el poder compartirlo mediante el testimonio y el compromiso activo:
«Por más misterios y maravillas que han descubierto los santos doctores y entendido las santas almas en este estado de vida, les quedó todo lo más por decir y aun por entender, y así hay mucho que ahondar en Cristo, porque es como una abundante mina con muchos senos de tesoros, que, por más que ahonden, nunca les hallan fin ni término, antes van hallando en cada seno nuevas venas de nuevas riquezas acá y allá. Que, por eso, dijo san Pablo del mismo Cristo, diciendo: En Cristo moran todos los tesoros y sabiduría escondidos. En los cuales el alma no puede entrar ni llegar a ellos, si, como habemos dicho, no pasa primero por la estrechura del padecer interior y exterior a la divina Sabiduría.»
En definitiva un buen profeta u hombre de Dios, además de poder señalar las anomalías del mundo en torno en cuanto a las ocasiones y las formas en las que se aleja de Dios, es Benedicto XVI, quien en su reflexión previa al rezo del Angelus del 3 de febrero de 2013, distingue esa tarea necesaria:
Jesús no ha venido para buscar la aprobación de los hombres, sino —como dirá al final a Pilato— para «dar testimonio de la verdad» (Jn 18, 37). El verdadero profeta no obedece a nadie más que a Dios y se pone al servicio de la verdad, dispuesto a pagarlo en persona. Es verdad que Jesús es el profeta del amor, pero el amor tiene su verdad. Es más, amor y verdad son dos nombres de la misma realidad, dos nombres de Dios. En la liturgia del día resuenan también estas palabras de san Pablo: «El amor... no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad» (1 Co 13, 4-6). Creer en Dios significa renunciar a los propios prejuicios y acoger el rostro concreto en quien Él se ha revelado: el hombre Jesús de Nazaret. Y este camino conduce también a reconocerle y a servirle en los demás.
No hay más: para poder ser un agente de la acción de Dios, hay que escuchar primeramente su palabra. Anunciar, asimismo, la Verdad. Ese esfuerzo debemos dar todos los días, dejando reposar en nuestro interior el efecto de esa palabra, orando y pidiendo la inspiración. Luego vendrá la denuncia acorde al plan de Dios y en ese sentido, poder poner el dedo en la llaga. Sin miedo.
ORACIÓN. SAN JUAN DE LA CRUZ:
Entréme donde no supe:
y quedéme no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.
1. Yo no supe dónde estaba,
pero, cuando allí me vi,
sin saber dónde me estaba,
grandes cosas entendí;
no diré lo que sentí,
que me quedé no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.
2. De paz y de piedad
era la ciencia perfecta,
en profunda soledad
entendida, vía recta;
era cosa tan secreta,
que me quedé balbuciendo,
toda ciencia trascendiendo.
3. Estaba tan embebido,
tan absorto y ajenado,
que se quedó mi sentido
de todo sentir privado,
y el espíritu dotado
de un entender no entendiendo.
toda ciencia trascendiendo.
4. El que allí llega de vero
de sí mismo desfallece;
cuanto sabía primero
mucho bajo le parece,
y Su ciencia tanto crece,
que se queda no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.
5. Cuanto más alto se sube,
tanto menos se entendía,
que es la tenebrosa nube
que a la noche esclarecía:
por eso quien la sabía
queda siempre no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.
6. Este saber no sabiendo
es de tan alto poder,
que los sabios arguyendo
jamás le pueden vencer;
que no llega su saber
a no entender entendiendo,
toda ciencia trascendiendo.
7. Y es de tan alta excelencia
aqueste sumo saber,
que no hay facultad ni ciencia
que la puedan emprender;
quien se supiere vencer
con un no saber sabiendo,
irá siempre trascendiendo.
8. Y, si lo queréis oír,
consiste esta suma ciencia
en un subido sentir
de la divinal esencia;
es obra de su clemencia
hacer quedar no entendiendo,
toda ciencia trascendiendo.
Amén.
No hay más: para poder ser un agente de la acción de Dios, hay que escuchar primeramente su palabra. Anunciar, asimismo, la Verdad. Ese esfuerzo debemos dar todos los días, dejando reposar en nuestro interior el efecto de esa palabra, orando y pidiendo la inspiración. Luego vendrá la denuncia acorde al plan de Dios y en ese sentido, poder poner el dedo en la llaga. Sin miedo.
ORACIÓN. SAN JUAN DE LA CRUZ:
Entréme donde no supe:
y quedéme no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.
1. Yo no supe dónde estaba,
pero, cuando allí me vi,
sin saber dónde me estaba,
grandes cosas entendí;
no diré lo que sentí,
que me quedé no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.
2. De paz y de piedad
era la ciencia perfecta,
en profunda soledad
entendida, vía recta;
era cosa tan secreta,
que me quedé balbuciendo,
toda ciencia trascendiendo.
3. Estaba tan embebido,
tan absorto y ajenado,
que se quedó mi sentido
de todo sentir privado,
y el espíritu dotado
de un entender no entendiendo.
toda ciencia trascendiendo.
4. El que allí llega de vero
de sí mismo desfallece;
cuanto sabía primero
mucho bajo le parece,
y Su ciencia tanto crece,
que se queda no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.
5. Cuanto más alto se sube,
tanto menos se entendía,
que es la tenebrosa nube
que a la noche esclarecía:
por eso quien la sabía
queda siempre no sabiendo,
toda ciencia trascendiendo.
6. Este saber no sabiendo
es de tan alto poder,
que los sabios arguyendo
jamás le pueden vencer;
que no llega su saber
a no entender entendiendo,
toda ciencia trascendiendo.
7. Y es de tan alta excelencia
aqueste sumo saber,
que no hay facultad ni ciencia
que la puedan emprender;
quien se supiere vencer
con un no saber sabiendo,
irá siempre trascendiendo.
8. Y, si lo queréis oír,
consiste esta suma ciencia
en un subido sentir
de la divinal esencia;
es obra de su clemencia
hacer quedar no entendiendo,
toda ciencia trascendiendo.
Amén.
JHC
Este mismo post, en audio, acá.

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