martes, 17 de diciembre de 2019

El homenaje sempiterno de las generaciones


@jhcastelano 

La polémica suscitada en nuestros días, ya no tanto por el suicidio de una estudiante de prestigiado instituto de la Ciudad de México, sino por el paro, el pliego petitorio y la postura de sus condiscípulos, ha sido tan intensa y desproporcionada; sin embargo, es buena ocasión para aventurar algunas cavilaciones pertinentes, necesarias y muy ilustrativas desde el punto de vista de la Buena Nueva de Jesús en estos tiempos de preparación; pero antes debemos apuntar algunas ideas sobre el asunto de las generaciones.

Ha sido tan bochornoso e innecesario presenciar una serie de posturas contrapuestas entre los jóvenes y los no tan jóvenes. Los mayores se han mofado del reclamo de los estudiantes y, por ende, de la generación entera a la que estos últimos pertenecen y le han dado el mote de “generación de cristal”, por considerarlos blandos, delicados, débiles, poco resistentes a las adversidades, indefinidos hasta de su propia sexualidad, andróginos, comodinos, etcétera. Por su parte, estos últimos se han enfrascado en acusaciones a los mayores, acusándolos de indolentes, despilfarradores de “lo que les tocaba”, un poco al estilo de las acusaciones de Greta Thunberg, y los han tachado de ignorantes funcionales, incapaces de lidiar con las nuevas tecnologías, asustados por esa suerte de androginismo y las nuevas prácticas de una sexualidad abierta, de no comprender la valía de esta nueva generación, etcétera. En fin, que el suicidio de la joven, sus implicaciones, una reflexión sobre tremendo problema, ya quedó muy atrás respecto de esta nueva batalla en los medios sobre dos o más generaciones contrapuestas.

Esa misma contraposición intergeneracional no es nueva. Ha pervivido siempre, algunas veces con menor y otras con mayor intensidad. En el mejor de los casos ha servido para intentar emprender acciones revolucionarias, en el peor de los casos, como el de ahora, han servido para perder el tiempo y romper abruptamente y sin sentido el verdadero objeto de la tradición.

No han faltado pensadores, sociólogos, psicólogos, historiadores y filósofos que se han ocupado del tema, tanto de manera frontal y explícita, como de forma velada o hasta involuntaria, movidos más bien por otros fines. Hay una teoría de las generaciones en los tiempos recientes, lo cual no quiere decir que en la antigüedad o a través de los siglos no se hayan ocupado de ellas los pensadores; pero lo novedoso es que la teoría reciente tiene su secuela con un método y ya hasta una aplicación práctica de seguimiento historiográfico para interpretar nuestra circunstancia.

El padre de esta teoría en su forma más o menos actual es nuestro muy apreciado José Ortega y Gasset. Tanto en su libro En torno a Galileo, como en El tema de nuestro tiempo, apunta las ideas acerca de cómo concebir los impulsos vitales, las aficiones y las respuestas ante el mundo por las personas que componen un cierto bloque de edades. Para explicar y justificar la importancia de la tradición en la filosofía, echa mano en El tema de nuestro tiempo de la explicación que nos atañe: “si el filósofo se encontrase solo ante los objetos, la filosofía sería siempre una filosofía primitiva. Más junto a las cosas halla el investigador los pensamientos de los demás, todo el pasado de meditaciones humanas, senderos innumerables de exploraciones previas, huellas de rutas ensayadas al través de la selva problemática que conserva su virginidad. Todo ensayo filosófico atiende, pues, dos instancias: lo que las cosas son y lo que se ha pensado sobre ellas”. Idea que se puede aplicar a cualquier instancia de la vida donde se observe la necesidad de la continuidad para la buena construcción de un avance o progreso. Es siempre una urgencia que los nuevos agentes de investigación o de ejercicio de las profesiones sepan "el estado de la cuestión" en aquello a donde van a ejercer su acción, sin omitir ni ignorar los avances de todo tipo, sin dejar fuera el cúmulo de grandeza que todo pasado pudo ya aportar.

La admiración por las genealogías o por el paso de las generaciones ha entusiasmado en más de algún caso al género humano. De sobra podemos identificar cómo en el Antiguo Testamento para los judíos era importante señalar la raza, la procedencia y hasta el grupo de origen y de pertenencia. La filiación a cualquiera de las doce tribus de Israel era una condición para dejar en claro el talante del judío antiguo. En el primer canto de la Ilíada, cuando están en plenas discusiones por la cólera o el enojo de Aquiles, toma la palabra el viejo Néstor, para tratar de defender un punto en cuestión a las nuevas generaciones: "Néstor de meliflua voz, se levantó, el sonoro orador de los pilios, de cuya lengua, más dulce que la miel, fluía la palabra; durante su vida se habían consumido ya dos generaciones de míseros mortales que con él se habían criado y nacido, y ya de los terceros era el soberano. Lleno de buenos sentimientos tomó la palabra y dijo: Ya en otro tiempo con varones aún más bravos que vosotros tuve trato, y ellos nunca me menospreciaron. Aquellos fueron los terrestres más fuertes que se criaron y con los más fuertes combatieron, con las montaraces bestias (los centauros), que de modo asombroso aniquilaron", y esas palabras fueron dichas para tratar de conciliar, primero la división creada en el bando aqueo y, luego, para motivar el vínculo de valentía y lealtad procedente de las anteriores generaciones de héroes, es decir, sus antepasados.

Sabido es que en la Edad Media y épocas posteriores el énfasis de la pertenencia a las familias era por cuestiones de nobleza, de ahí la tradición pictórica de los escudos en la heráldica y otras prácticas alusivas al reconocimiento transgeneracional, era de vital importancia. “La idea de nobleza era inicialmente social, nos dice Rémi Brague, en El reino del hombre. Su definición antigua invocaba la antigüedad de la familia y los logros de los antepasados, que hacen ser «bien nacido». La Edad Media añadió la posibilidad de que uno mismo accediera a la nobleza por la excelencia de los servicios prestados, de ser, así, «hijo de algo» (en español: hidalgo). En el siglo XIV, Dante y el Maestro Eckhart construyen una teoría del hombre noble. Averroes, o más bien sus traductores, habían expresado con la idea de «nobleza» el estatuto de las cosas en tanto que ideas del intelecto divino, antes de su concreción con el acto creador. Eckhart se inspira aquí para identificar al hombre noble, como imagen de Dios, con el hombre interior, al que entiende como el hombre tal cual era en Dios, antes de su creación. La idea de nobleza del hombre transpone, así, en el orden metafísico la estructura que, en la idea de dignidad, había sido presentada históricamente, con el matiz capital de que la nobleza pierde su vínculo con la herencia y resulta accesible a quien quiera pretenderla mediante una conducta apropiada". La nobleza no sólo es una cuestión individual, sino que engloba una pertenencia a la estirpe. En las antiguas dinastías chinas, por ejemplo, la nobleza es el reconocimiento de la familia, pero a la inversa, así, si alguien era reconocido por algún mérito egregio, se reconocía automáticamente a sus antepasados.

En fin, pues, que para citar de vuelta a Ortega, diremos que la idea de una generación conlleva sus impulsos vitales compartidos, insertándose en el tiempo en relación con el pasado y con el futuro: "El presente del destino humano, nos dice en En torno a Galileo, presente en el cual estamos viviendo es el que es porque en él gravitan todos los otros presentes, todas las generaciones. Cada generación humana lleva entre sí todas las anteriores y es como un escorzo de la historia universal. Y en el mismo sentido es preciso reconocer que el pasado es presente, somos un resumen, que nuestro presente está hecho con la materia de ese pasado, el cual, pasado, por tanto, es actual, es la entraña, el entresijo de lo actual. Es, pues, en principio, indiferente que una generación nueva aplauda o silbe la anterior".

Para nuestros días el historiador Enrique Krauze ha establecido una clasificación de las generaciones a partir de la revolución mexicana. Clasificación que toman en redes sociales o alusiones sobre estos bloques poblacionales tanto académicos, como profesionistas o personas en general. En un artículo explica el origen de la teoría y da una clasificación básica, en otro se aboca a describir la generación del 68, en otro la llamada generación de la discordia, en otro la generación X o mediática y en otro a los llamados "millenials". En general no agrega nada a la teoría de Ortega, sino que intenta una actualización del discurso y el método ampliado por Julián Marías para escribir y caracterizar los bloques generacionales en México y, quizás, en nuestra circunstancia latinoamericana.

Situados en el adviento y cada vez más cercanos a la fecha clave de la espera, que es la natividad de Cristo, se nos presentan reveladoras ideas sobre la genealogía o sobre las generaciones, tanto en el antiguo, como en el nuevo testamento. No es ocioso pensar en ello, como algunos predicadores lo sugieren, sino reconocer su justo valor y su papel en el anuncio y la espera del mesías.

La primera idea surge del Génesis, cuando Jacob pronuncia sus palabras: "reuníos, que os voy a contar lo que os va a suceder en el futuro; agrupaos y escuchadme, hijos de Jacob, oíd a vuestro padre Israel". La idea de agruparse, de saberse familia y comunidad para recibir el mensaje que anuncia la grandeza del linaje y la venida de "aquel a quien está reservado (el cetro), y le rindan homenaje los pueblos", es fundamental para entender el proyecto transgeneracional salvífico de Dios.

No le es inferior el Salmo 71:

Dios mío, confía tu juicio al rey,
tu justicia al hijo de reyes,
para que rija a tu pueblo con justicia,
a tus humildes con rectitud.

Que su nombre sea eterno,
y su fama dure como el sol;
él sea la bendición de todos los pueblos,
y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra.

Los pueblos, las razas, el tiempo hasta la eternidad, evocan la presencia sempiterna de la bendición, de la alabanza y de la rectoría o realeza del Dios que viene, que se impone y se proyecta. El hecho de que el Evangelio enfatice las generaciones, la genealogía de Jesús tendrá este sesgo, esta dichosa ventura de ser una evocación del tiempo, de lo transgeneracional en la aspiración del reinado de Dios, de la oración que le debemos y el reconocimiento. Por eso no cabe pensar en la brecha, en el abismo, en las diferencias entre las generaciones. Por eso es preciso resaltar el vínculo, la interacción y hasta la cooperación para moldearnos y acercarnos con un mismo fin: el reconocimiento, el homenaje sempiterno de las generaciones hacia Dios.


ORACIÓN

Señor, cuyo poder en las naciones,
trasciende las edades y los modos,
presente allende todos los periodos
del tiempo en que se dan generaciones.

No dejes que haya turbias divisiones
por causa de la edad o de acomodos,
que embrollan y arrinconan en recodos
los frutos de los miedos y emociones.

Que, unidos por los vínculos vitales
miremos el presente y el futuro
al margen de posturas de rivales.

Si vemos tu grandeza, lo aseguro,
por más que surjan vicios, pleitos, males,
jamás perdurará lo que es oscuro.


JHC

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