"Per agnitionem infirmitatis nostrae perficimur. Verbum incarnatum tenebras nostras pellit"
(San Buenaventura. Itinerario de la mente a Dios)
1. Ante el Creador.
Pululan en nuestros días las doctrinas de lo indoloro. Del "haga o consiga esto sin dolor" o del "aléjese de tal o cual relación tóxica". Incluso aquella del "nuevo comienzo", hablando de una nueva relación marital o conyugal o "de pareja"; o la de los "amores que no merecen ser vividos" (slogan de una charla de un reconocido psicoterapeuta). Todas ellas buscan o se venden como las opciones de liberación necesarias para una vida buena. Son mercachifles. Son embusteros. Son timadores que trocan la ilusión del bienestar frente a determinados sufrimientos que se padecen.
Lo más confortable, empero, es no meterse en líos e ignorar el mal en derredor nuestro. Lo más fácil es no meterse o no saber del mal propio o ajeno. Así nos hacemos omisos ante el sufrimiento de los demás.
Lo mismo pasa con nuestros deseos o con los vicios que nos dominan: preferimos pretender que no existen, que nada nos somete ni debemos nada a nadie. Mucho menos a Dios.
Por lo común navegamos por la vida sin un orden, sin un plan, sin disciplina. No aspiramos a grandes cosas. Hemos perdido de vista que nuestra vocación, nuestro fin, nuestra tarea, nuestro desafío, nuestro destino está en lo alto, en el Bien mayor y trascendente. En la eternidad con Dios. Nuestras metas se han acortado, achatado y malbaratado. Y como no identificamos el fin trascendente, tampoco nos hacemos a la idea de trabajar por ello. Nos olvidamos de las virtudes que podrían ayudarnos a perfeccionar nuestra vida.
En nuestras escuelas, por ejemplo, hemos abandonado las pedagogías del mérito y de la virtud. No caben en nuestros planes de estudio las acciones y la enseñanza de las virtudes. Ahí nos hemos conformado con la ambigüedad de los "valores", dejando el camino libre a la nada o a la mediocridad. Hemos dejado a expensas del mundo a nuestros alumnos, sin orientarlos hacia ese Bien trascendente que es Dios. Ocupados nos quedamos tratando de ponernos al día con los nuevos enfoques pedagógicos para poder certificarnos y presumir que somos de vanguardia, sumidos y pertrechados ante lo que es políticamente correcto, como la idea de la defensa de la diversidad, que no es otra cosa que la renuncia de la razón frente a un sentimentalismo puritano o una claudicación frente a los dominios del pecado. No somos capaces de asumir al otro sin saber marcar o señalar aquello que nos hace diferentes y que al amparo de la razón podríamos considerar anomalías, sesgos o propensión al error.
El Profeta nos anuncia un Rey de justicia; pero ya ni un resquicio en nuestras concepciones jurídicas quedan para reconocer al Rey de reyes y al Señor de señores, porque hemos despojado de todo elemento divino cualquier marco jurídico que nos rige y lo hemos entregado a esa baratija del positivismo. El Estado Moderno tiene la primicia de haber roto con la tradición eclesial, sí, por la secularización; pero también la vergüenza de haberse entregado a la banalidad de la lógica puramente cientificista. Así es harto más difícil enlazar y avizorar al Rey que viene con justicia, pues reducimos esta noción al interés de la polis, sin ver que antes es una virtud cardinal.
La misión del cristiano comienza por la aceptación de los misterios propios de la fe. Nos es menester la humildad, la docilidad y la obediencia a nuestro Buen Pastor, al único que nos invita a ir por Él al Padre, fungiendo así como el mediador. Vivimos el tiempo de la plenitud porque la Palabra, como dice San Juan de la Cruz, ya fue pronunciada. El Verbo fue dado por Dios Padre y esa su Palabra resuena para la eternidad; pero no nos hacemos dignos de ostentar la distinción que se nos ha hecho al ser bautizados y contarnos entre los seguidores, entre los amigos de Jesús. Nuestro tiempo debería ser de esplendor y de gloria si trabajáramos por el Evangelio y por Jesús.
2. Ante el Verbo que nos ilumina por la razón.
Dice el Profeta que vendrá un Rey con gloria y esplendor. La tradición distingue en esta espera a Jesús. Un renuevo del tronco de Jesé representa, ostenta y trae los regalos atribuidos después al Consolador: los dones del Espíritu Santo. La justicia que trae es también la de la palabra que revierte la violencia. El impío muere cuando reconoce o siente la fuerza de la Palabra. Muere a la impiedad. Seguramente renacerá, se purificará, será un hombre nuevo. El Rey que viene trae también la fidelidad.
Como complemento a los dones del Espíritu Santo, ya que nombra tres pares, es la Ciencia, que es la conciliación de los contrarios, de aquello que no se puede por naturaleza acoyundar. La ciencia del Señor es la paz posible ahí donde pareciera un imposible, donde se rompe el ciclo de la violencia mimética, según las categorías de René Girard.
Por ello también el Salmo 71 evoca al Rey prometido y esperado, al que regirá con justicia y ayudará al desamparado y al desdichado. Hasta aquí ya podemos distinguir, tanto los dones, como algunas virtudes y hasta obras de la misericordia. Todo encarnado en el mesías esperado.
Cuando vuelven los setenta y dos discípulos tan contentos porque hasta los demonios se sometían en el nombre de Jesús, Él se alegra y dirige la oración de acción de gracias porque esas cosas fueron reveladas no a los sabios ni a los letrados, sino a los sencillos. Jesús echa flores a sus discípulos remarcando la grandeza, el privilegio de ser ellos quienes le conozcan directamente y en su tiempo.
Dice San Buenaventura que "por el reconocimiento de nuestra debilidad somos llevados a la perfección. El Verbo encarnado expulsa nuestras tinieblas". Sólo por la mediación de Jesús seremos salvos y sanos, sólo con él veremos sucumbir nuestras debilidades.
2. Ante el Verbo que nos ilumina por la razón.
Dice el Profeta que vendrá un Rey con gloria y esplendor. La tradición distingue en esta espera a Jesús. Un renuevo del tronco de Jesé representa, ostenta y trae los regalos atribuidos después al Consolador: los dones del Espíritu Santo. La justicia que trae es también la de la palabra que revierte la violencia. El impío muere cuando reconoce o siente la fuerza de la Palabra. Muere a la impiedad. Seguramente renacerá, se purificará, será un hombre nuevo. El Rey que viene trae también la fidelidad.
Como complemento a los dones del Espíritu Santo, ya que nombra tres pares, es la Ciencia, que es la conciliación de los contrarios, de aquello que no se puede por naturaleza acoyundar. La ciencia del Señor es la paz posible ahí donde pareciera un imposible, donde se rompe el ciclo de la violencia mimética, según las categorías de René Girard.
Por ello también el Salmo 71 evoca al Rey prometido y esperado, al que regirá con justicia y ayudará al desamparado y al desdichado. Hasta aquí ya podemos distinguir, tanto los dones, como algunas virtudes y hasta obras de la misericordia. Todo encarnado en el mesías esperado.
Cuando vuelven los setenta y dos discípulos tan contentos porque hasta los demonios se sometían en el nombre de Jesús, Él se alegra y dirige la oración de acción de gracias porque esas cosas fueron reveladas no a los sabios ni a los letrados, sino a los sencillos. Jesús echa flores a sus discípulos remarcando la grandeza, el privilegio de ser ellos quienes le conozcan directamente y en su tiempo.
Dice San Buenaventura que "por el reconocimiento de nuestra debilidad somos llevados a la perfección. El Verbo encarnado expulsa nuestras tinieblas". Sólo por la mediación de Jesús seremos salvos y sanos, sólo con él veremos sucumbir nuestras debilidades.
3. Ante la caridad que nos inspira y demanda el Espíritu Santo.
Hay que reconocer nuestra desdicha, nuestra pequeñez, nuestras debilidades, nuestra precariedad y no temer al sufrimiento ante lo que cuesta y vale para nosotros.
El pensador francés René Girard nos explica en su importante obra un mecanismo al que llama "ciclo de violencia mimética". Identifica en el sacrificio en esquema clásico de la violencia que se repite en muchos órdenes de la vida. Hay una víctima, un chivo expiatorio que paga por todos una culpa. Suele haber un acusador. Nos dice que la Biblia está llena de ejemplos a través de los cuales se verifica este proceso, pero también con ello su disolución por la acción divina. Esa es la novedad de la Biblia, incluso con el evangelio y el mismo sacrificio de Jesús por nosotros en la cruz, como Cordero inocente que borra y lava con su sangre los pecados del mundo. Es nuestra tarea identificar las situaciones en las que se suscita una violencia mimética y hacer que ese ciclo se rompa en el nombre de Jesús. Hay que formar en la paz, en la concordia, en la caridad para transformar positivamente nuestro entorno.
Seamos fieles a Jesús y a su Iglesia, y por ende, a su doctrina. No nos entreguemos a posturas o doctrinas falsas, a soluciones banales, rápidas e indoloras, vacías de todo sentido de trascendencia. El testimonio puede fallar, pues humanos somos, pero no nuestra perseverancia en la fe, nuestra pertenencia a la Iglesia, ni nuestra convicción de la que nos dota la fidelidad a la doctrina, no al mundo.
Es urgente que pongamos orden en nuestra vida. Busquemos tener un plan, una ruta de hacia dónde vamos con nuestros actos. Procuremos una disciplina, una ascésis o entrenamiento para nuestra alma, con oración profunda, renovada y sincera, aspirando a la vida de las virtudes humanas y cristianas; pero no sólo habernos de procurarlo para nosotros, sino incluso para los demás, para quienes están a nuestro lado o a quienes de alguna manera tenemos a nuestro cargo.
Inculquemos virtudes. Hablemos de ellas. Examinémoslas. Propiciémoslas para aspirar verdaderamente a lo alto, no a lo banal o mediocre. Sustituyamos esas categorías del desorden de lo políticamente correcto con aquellas dotadas de sentido por el anhelo de la vida virtuosa.
Aprendamos a convivir y trabajar incluso con los que piensan distinto, pero que confluyen en la misión de trabajar por los demás, sin miedo a reconocer la diferencia; pero también con la suficiente valentía y gallardía para manifestar con argumentos cuando la razón nos asiste en pro de lo que es mejor en cada circunstancia, según la necesidad y en orden a la búsqueda de la armonía y la perfección que manda Dios.
Tengamos la suficiente humildad y capacidad de recibir, aceptar y reconocer al Justo Juez que nos trae la paz. Es una de las tareas de la espera en el adviento. Seamos los mensajeros alegres de la misericordia de Dios y del evangelio de Jesús.
Oración.
Padre bueno, Justo Juez,
que tu mano poderosa
ha dejado en cada cosa
constancia de tu altivez,
permítenos, otra vez,
contemplarte y recibirte,
entenderte, concebirte,
en tus huellas y en tu luz,
en tu Hijo, que es Jesús,
para amarte y bendecirte.
Amén.
JHC
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