jueves, 19 de diciembre de 2019

Mudos


@jhcastelano

Las redes sociales y las facilidades que el Internet ofrece para lanzar al mundo lo que sea, cualquier tipo de comunicación, sea escrita, en audio, en vídeo o en imagen, nos ofrecen la ilusión de la libertad de expresión y también parecen hacernos cumplir la fantasía de llegar a todas partes y tener presencia en los lugares más ignotos e insospechados. 

De alguna manera creemos tener el poder de ser conocidos, de que se tenga noticias nuestras por lo que sea. Y no faltan quienes se empeñen en tener una multitud de seguidores, al menos para llenar la vanidad o el orgullo de la popularidad, de la fama, del aprecio y el reconocimiento ajenos hacia nuestra persona. 

Difícilmente habrá quien se acerque a las redes o la gran red sin el afán de ser conocido, incluso cuando se utiliza un alias o seudónimo para intervenir o interactuar en ellas. Hasta cierto punto la tendencia de la búsqueda de los congéneres para construir colectividades o comunidades es un tanto natural.

Lo no tan natural ni tan sano subyace en la actitud de hacer lo que sea o decir lo que sea para lograr esa popularidad. No importa el tema, lo importante para quienes buscan el reconocimiento es conseguir a toda costa el preciado like. Incluso a costa de lo que es digno.

En el pasaje evangélico propuesto para este día tenemos una situación en la que, al dudar de la voluntad divina y del anuncio del Ángel, Zacarías, el sacerdote descendiente de Aarón y padre de Juan el Bautista, queda mudo. Su boca queda sellada hasta el día del nacimiento de su hijo, el profeta antecesor de Jesús.

Propongo con este pasaje y la introducción antes enunciada sobre el uso de las redes sociales un sencillo razonamiento:

Como sacerdote, Zacarías seguramente tenía mucho qué decir. La tradición judía es tan celosa y exigente para conocer, enunciar y propagar todos los preceptos de la ley y la escritura, incluso de memoria. Cualquier predicación de su parte habría sido vigorosa y nutrida. Haber enmudecido debió ser una catástrofe para él y los suyos. Así, pues, pese a tener mucho qué decir, a juicio propio y ajeno sobre las cosas de Dios, tuvo que callar porque aquello que debía decir, la estricta voluntad de Dios, no la tradición ni la ley, sino un suceso extraordinario e inverosímil, no formaba parte de lo que él creería posible o necesario.

Y sí él, siendo ministro de culto y de la palabra, ya no pudo pronunciar palabra por haber puesto en duda el poder del altísimo cuando cuestionó al arcángel, con mayor razón quienes nos atrevemos a administrar la palabra o el mensaje para hablar a otros, en realidad permanecemos mudos. Mudos a la voluntad del Señor. Mudos por cuantas ocasiones nuestras palabras o nuestro mensaje no sirve para establecer los preceptos del Altísimo. Bien dice en otra parte la escritura que la boca habla de lo que tiene el corazón, así que ya podremos imaginar la procedencia de toda suerte de mensajes en las redes sociales.

Nos corresponde pedir la inspiración divina. Nos corresponde disponernos para que nuestro mensaje siempre esté acorde a lo que Dios quiere. Máxime ahora que anunciamos la venida del Salvador Jesucristo con el adviento y las posadas.

Oración.

Si alguna vez, Señor, tu Mensajero, 
nos trae tu voluntad a nuestra vida, 
si das de tu bonanza compartida, 
no dejes de mostrarte justiciero.
Que el alma abyecta a ti no tenga fuero, 
sino el fulgor de ti en contrapartida 
que envuelve, nos alumbra y da cabida. 
Ven, muéstranos tu rostro verdadero. Amén.




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