@jhcastelano
La presencia de Jesús es una presencia que nos trae ardor en el corazón, nos trae calor. Una de las analogías más comunes sobre estos tiempos en los que se sitúa la fiesta de la navidad es precisamente la del solsticio de invierno. No se discute por qué la cristiandad no situó el nacimiento en el año nuevo, fiesta o solemnidad de la Virgen María, sino que se dejó en el solsticio. No han faltado quienes acusan de copia, plagio o emulación con otras religiones o culturas que han aportado la fecha o emparejado el nacimiento de sus dioses con el solsticio. No es el caso para la cristiandad. Es un simbolismo que nos refiere cómo en la noche más larga y fría, viene la luz y el calor. Por eso quienes pueden sentir a Cristo no tendrán más frío ni vivirán más en las tinieblas.
El concepto de frialdad evoca lo yerto. El concepto de calor evoca lo vivo. La sangre tiene cierta temperatura y los cuerpos vivos son cuerpos calientes. Los cuerpos muertos se enfrían. Los médicos forenses toman como una de sus referencias la temperatura para determinar el tiempo de enfriamiento de los cadáveres desde que el último aliento vital fue emitido.
En cuanto a las emociones, el carácter y la actuación práctica de las personas, se dice que son personas frías las que no parecen manifestar interés por algo, ya sea una situación o incluso por las personas que están alrededor. En cambio una persona que sabe ser cercana, interesada, cuyo gesto es amable, agradable y cercano, se dice que es una persona cálida. También quienes saben estar con los demás, amén de esa calidad, se nota su presencia, son de presencia fuerte. La presencia de Dios, para quien lo siente, habrá de ser siempre la mejor garantía de haber tenido la oportunidad de que nos ha visitado y de que está aquí y ahora, y entonces nada más importa. Ni el frío.
Por otro lado, la idea de la luz es también un símbolo de la presencia de Dios. El nacimiento nos trae una gran luz, como dice la lectura de la misa de anoche, una que los pueblos alcanzan a apreciar. Si el nacimiento de Jesús trajo la era en la que estamos viviendo, no cabría hablar de periodos de la historia que prejuiciosamente han sido tachados de oscurantistas, como es el caso de quienes así clasifican a la llamada Edad Media. Sin embargo, hay periodos en los que las señales de las tinieblas no dejan de manifestarse, tal como lo es este tiempo, tal vez, éste sí, oscurantista, pues como nunca se ha llegado a la idea de que la mismísima vida del ser humana es por demás contingente o innecesaria, que de alguna manera se puede disponer desde el útero, por ejemplo, si esos seres humanos por nacer obstruyen, ya sea el proyecto de vida de las mujeres, o bien, si constituyen un desafío para las autoridades; o también, si son carne de cañón y motivo de negocio para los abortarios. Y es que no sólo en esa etapa de la vida se amenaza con la tiniebla del exterminio, sino que también en otros ámbitos de la vida se relativiza de tal modo que incluso se promueve la eutanasia y tácitamente hasta se favorecen los suicidios de tajo o los lentos y muy lucrativos procesos de muerte por medio de las drogas, el alcohol o conductas que deterioran la calidad de vida de las personas.
La luz que nos trae Jesús habrá de ser en nuestro interior; pero para dar luz en el exterior. San Agustín apuntaba estas ideas sobre el día de días, el que no conoce ni alba, ni ocaso, sobre el nacimiento de Jesús:
1. El Día que hizo todo día nos ha santificado este día. A él se refiere el canto del salmo: Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor toda la tierra; cantad al Señor y bendecid su nombre; anunciad al Día del Día, su salvación. ¿Quién es este Día del Día sino el Hijo nacido del Padre, Luz de Luz? Pero es Día también el que engendró al Día que iba a nacer de una virgen este día; ese Día, pues, no tiene ni aurora ni ocaso. Llamo Día a Dios Padre, pues Jesús no sería Día del Día si no fuese Día también el Padre. ¿Qué es el Día sino la Luz? No la luz que perciben los ojos de la carne, no la luz común a los hombres y a las bestias, sino la Luz que ilumina a los ángeles, Luz cuya visión purifica los corazones. Pues pasa esta noche en que vivimos ahora y en la que se nos encienden las lámparas de las Escrituras, y llegará aquello que se canta en otro salmo: Mañana estaré en tu presencia y te contemplaré.
2. Aquel Día, es decir, la Palabra de Dios, Día que alumbra a los ángeles, Día que resplandece en aquella patria adonde peregrinamos, se revistió de carne y nació de la virgen María. Su nacimiento produce asombro. ¿Hay algo más asombroso que el parto de una virgen? Concibe, y es virgen; da a luz, y sigue siendo virgen. Fue hecho de aquella a la que él hizo; él le aportó la fecundidad sin dañar su integridad. ¿De dónde procede María? De Adán. Y Adán, ¿de dónde procede? De la tierra. Si Adán procede de la tierra y María de Adán, también María es tierra. Si María es tierra, reconozcamos lo que cantamos: La Verdad ha brotado de la tierra.¿Qué beneficio nos ha aportado? La Verdad ha brotado de la tierra y la Justicia ha mirado desde el cielo. Pues los judíos, según dice el Apóstol, ignorando la justicia de Dios y queriendo establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios. ¿De dónde le viene al hombre el poder ser justo? ¿De sí mismo? ¿Qué pobre se da a sí mismo el pan? ¿Qué desnudo se viste, si no recibe un vestido? No poseíamos justicia alguna; aquí no había más que pecados. ¿De dónde procede la justicia? ¿Qué justicia hay sin fe? Pues el justo vive de la fe. Quien dice que es justo sin tener fe, miente. ¿Cómo no es mentiroso aquel en quien no hay fe? Si quiere decir verdad, conviértase a la verdad. Pero estaba lejos. La Verdad ha brotado de la tierra.Estabas dormido y vino hasta ti; roncabas, y te despertó; te hizo un camino a través de sí para no perderte. Así, pues, como la Verdad ha brotado de la tierra, nuestro Señor Jesucristo nació de una virgen; la Justicia ha mirado desde el cielo para que los hombres tuvieran justicia, no propia, sino de Dios.
3. ¡Qué condescendencia la suya! ¡Cuán airado estaba antes! ¿Por qué? Éramos mortales, nos oprimían nuestros pecados, cargábamos con nuestros castigos. Todo hombre comienza su vida en la miseria; ya desde su nacimiento. No creas que hago profecías; pregunta a quien acaba de nacer y observa cómo llora. Siendo tan grande la ira de Dios sobre la tierra, ¡cuál y cuán rápida fue su condescendencia! La Verdad ha surgido de la tierra. Creó todas las cosas, y entre ellas fue creado él; hizo el día, y vino al día; existía antes del tiempo y marcó los tiempos. Cristo el Señor existe sin comienzo y por siempre junto al Padre. Pregunta, no obstante: -¿Qué es el día de hoy? -Es el día del nacimiento. -¿De quién? -¿Del Señor. -¿Tiene él día de nacimiento? -Lo tiene. -La Palabra que existía en el principio, Dios junto a Dios, ¿tiene día de nacimiento? -Sí, lo tiene. -Si él no hubiera tenido generación humana, no llegaríamos nosotros a la regeneración divina: nació para que renaciéramos. Nadie dude de este renacer: Cristo ha nacido; fue engendrado, pero no ha de ser regenerado. ¿Quién necesitaba la regeneración sino aquel cuya generación estaba condenada? Hágase presente en nuestros corazones su misericordia. Su madre lo llevó en el seno; llevémoslo nosotros en el corazón; la virgen quedó grávida por la encarnación de Cristo, estén grávidos nuestros corazones de la fe en Cristo; ella alumbró al salvador; alumbremos nosotros la alabanza. No seamos estériles; dejemos que nuestras almas las fecunde Dios.
4. El nacimiento de Cristo del Padre fue sin madre; su nacimiento de madre fue sin padre; ambos asombrosos. El primero fue eterno, el segundo en el tiempo. ¿Cuándo nació del Padre? ¿Qué significa «cuándo»? ¿Buscas el cuándo allí, allí donde no hallarás tiempo? No busques allí un cuándo. Búscalo aquí. Con razón preguntas por el cuándo referido a su nacimiento de la madre; sin motivo referido a su nacimiento del Padre: nació, y no tiene tiempo; nació el eterno del eterno, siendo coeterno. ¿Por qué te asombras? Es Dios. Considera que se trata de la divinidad, y desaparece el motivo del asombro. También te admiras cuando decimos que nació de una virgen. ¡Cosa portentosa! Es Dios, no te cause admiración; pase la admiración, llegue la alabanza. Hágase presente la fe; cree que tuvo lugar. Si no lo crees, el hecho tuvo lugar igualmente, pero tú permaneces en tu incredulidad. Se dignó hacerse hombre, ¿qué más quieres? ¿O se humilló Dios poco por ti? El que era Dios se hizo hombre. Estrecho era el establo; envuelto en pañales, fue colocado en un pesebre. Lo escuchasteis cuando se leyó el evangelio. ¿Quién hay que no se admire? El que llenaba el mundo no encontraba lugar en el establo; puesto en el pesebre, se convirtió en vianda para nosotros. Acérquense al pesebre dos animales, es decir, dos pueblos, pues el buey reconoció a su dueño, y el asno el pesebre de su señor. Fíjate en el pesebre; no te avergüences de ser jumento para el Señor. Llevarás a Cristo, no te extraviarás cuando vayas por el camino: sobre ti va sentado el camino. ¿Os acordáis de aquel asno ofrecido al Señor? Nadie sienta vergüenza: aquel asno somos nosotros. Vaya sentado sobre nosotros el Señor y llámenos para llevarle a donde él quiera. Somos su montura, vamos a Jerusalén. Cuando él va sentado, no nos aplasta, nos levanta; teniéndole a él por guía, no nos extraviamos: vamos por él, no perecemos. (Sermón 189. Sobre el nacimiento del Señor).
No encuentro una catequesis sobre el asunto como ésta. Seamos los asnos que llevamos a María. Luego podremos servir para huir de la persecución a los santos inocentes y luego para cargar a Jesús a su entrada en Jerusalén. Humildes. Que nos llegue la luz de Jesús y su presencia ardiente siempre.
Feliz Natividad del Señor.
No encuentro una catequesis sobre el asunto como ésta. Seamos los asnos que llevamos a María. Luego podremos servir para huir de la persecución a los santos inocentes y luego para cargar a Jesús a su entrada en Jerusalén. Humildes. Que nos llegue la luz de Jesús y su presencia ardiente siempre.
Feliz Natividad del Señor.
JHC
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