@jhcastelano
Se dice que la llegada de Cristo cumple una encomienda, una misión, un hito, pues Cristo es la Palabra pronunciada por el Padre, tal como lo escribe San Juan en su célebre introducción al Evangelio: “en arjé, jen jo logos...”. En el principio era la Palabra...
También en la carta apostólica que lleva su firma, nos recuerda que ya ha habido muchos anticristos y por eso reconocemos que con la llegada de Jesús entramos a la plenitud de los tiempos.
Históricamente hablando se concibe dicha plenitud porque resultó de un modo extraordinario que Jesús haya nacido en su tiempo con el cruce de las civilizaciones Romana, griega y judía y que el cristianismo se haya expandido en Europa gracias a la acción apostólica de San Pablo, principalmente.
La irrupción de la Iglesia en el mundo grecorromano fue providencial, pues el mismo imperio en su proceso de incorporación de los pueblos conquistados hizo posible la inculturación de la doctrina de Cristo allende las fronteras del mundo conocido hasta entonces. Las necesidades del Imperio terminaron por favorecer la expansión de la cristiandad y del mensaje evangélico.
Por su parte el pueblo judío, que vivía en la espera de la liberación y del establecimiento de su alianza contraída desde antaño por las promesas de Dios, habiendo sido saqueado, dividido, invadido y hasta deportado un par de ocasiones, vivía con ansias esa espera del libertador, del mesías prometido por los profetas.
Asimismo, el influjo de la cultura griega de la antigüedad, con todas sus ideas filosóficas y la no menos imponente fama y grandeza, pervivía a través de las escuelas de pensamiento y todo lo que los romanos pudieron haberle aprendido.
Todos esos elementos nos sirven para comprender por qué llegó Jesús en la plenitud de los tiempos. Pues como afirma San Juan de la Cruz, quizá Dios Padre ya no habla porque ya pronunció su Palabra con Jesús, su Hijo único, nuestro Señor. Ya dijo su Palabra irrevocable, como dice por ahí el libro de la Sabiduría: “cuando un sosegado silencio todo lo envolvía y la noche llegaba a la mitad de su carrera, tu palabra salió desde tu trono real, rompiendo el silencio como espada y asentando tu decreto irrevocable”.
Así podemos llegar al final de un año civil, pensando, como dice la lectura, que es el fin y que sólo a Jesús debemos reconocer y alabar, y no a los múltiples anticristos de nuestra vida. Podemos, como cristianos, ver cuánto hemos crecido en nuestras obras, con nuestro camino de fe y de espiritualidad. Meditemos todo ello a la luz de la plenitud de los tiempos en el aquí y en el ahora.
JHC
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