@jhcastelano
Todos en algún punto de nuestra vida nos hemos llegado a sentir desorientados. Hay quienes pueden sentirlo siempre. O bien, hay quienes no lo sienten porque no lo saben, aunque vivan así en un estado constante de perdición o desorientación. Incluso quienes nos damos cuenta podemos sentirlo así, podemos ver cómo nos perdemos en la encrucijada de la vida. Todo lo que nos rebasa nos puede hacernos perder. Es en esas circunstancias cuando necesitamos el auxilio, ya sea interno o externo, de una buena orientación. Tarea que en algún momento pudieron haber ejercido o pueden ejercer los sacerdotes. Tarea que también ejercen los psicólogos. Inclusive son tareas propias de quienes somos educadores y de las personas de buen juicio, a quienes podemos reconocer como referentes para un buen consejo.
Habría que preguntarnos en ese sentido qué entendemos por consejo o qué tipo de consejos damos cuando es necesario o cuando nos lo solicitan. Habría que preguntarnos qué es el consejo; y la respuesta más rápida es que el consejo es un don, es un regalo del Espíritu Santo y por ello, de una muy delicada administración que no cualquiera podría dar según las propias necesidades o las dificultades de quien lo solicita.
Cuando nos dejamos guiar por el Espíritu Santo y nos dotamos del don del consejo es porque estamos abriendo nuestro corazón para que tengamos la orientación de nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y nuestras intenciones, según lo va marcando el ritmo o el corazón de Dios, es decir, es la coincidencia de la voluntad de Dios con las intenciones que emanan de nuestra propia capacidad de discernir lo que es mejor para la vida en cada caso.
De manera similar a lo que representa la danza, en sintonía con la música que le va marcando el paso, asimismo, la liturgia de la Iglesia y los tiempos del año litúrgico son los marcados por Dios a través de la propia Iglesia para poder descifrar y vivir según el ritmo que va marcando el mismo Dios. Un desfase en ese ritmo nos llevaría a considerarnos como aquellos que, habiendo escuchado la música no bailan, o habiendo escuchado o sentido o conocido la voluntad de Dios, no la cumplen.
Si pudiéramos hurgar en cada una de las corrientes de pensamiento que buscan orientar a la persona según la conciencia, o según los preceptos de la religión, o lo que sus convicciones les marcan, encontraríamos un sinnúmero de ejemplos y de caminos a seguir para regir nuestra vida por las sendas de lo justo, del bien, de la bondad, de lo que nos puede resultar provechoso según lo que queremos y aprovechar nuestra existencia, nuestro tiempo concedido para seguir en la vida.
Lo más común desde el punto de vista filosófico es citar el ejemplo, las palabras y las enseñanzas de un filósofo griego llamado Sócrates, quién inauguró para la humanidad un tipo de cavilaciones que tienen que ver con la cuestión de la conciencia.
Posteriormente a Sócrates, o al mismo tiempo, según se vea, apareció Platón, quien en sus múltiples diálogos nos habla, en general, del cultivo de la virtud y, en particular, sobre cómo regir nuestra alma según la conciencia. Quizás el ejemplo más claro lo podemos encontrar en la alegoría del "carro alado" también llamado la "alegoría del auriga", que no es otra cosa que aquella figura en la que nos dice en el diálogo El Fedro que para llegar a la contemplación eterna hay que cruzar el firmamento, buscando o aspirando siempre a lo alto, a través de un carro alado que es nuestra alma y que va regido por un cochero, siendo el carro llevado o tirado por dos fuerzas que son representadas por unos caballos: una de esas fuerzas es nuestro apetito irascible, otra de esas fuerzas es nuestro apetito concupiscible; y el cochero es nuestra recta razón que va controlando ambos apetitos para poder llegar a buen fin, a lo más alto. Ese carro con alas significa que es necesario ejercer las virtudes conocidas como cardinales: la prudencia, la fortaleza, la templanza y la justicia.
Posteriormente a Sócrates, o al mismo tiempo, según se vea, apareció Platón, quien en sus múltiples diálogos nos habla, en general, del cultivo de la virtud y, en particular, sobre cómo regir nuestra alma según la conciencia. Quizás el ejemplo más claro lo podemos encontrar en la alegoría del "carro alado" también llamado la "alegoría del auriga", que no es otra cosa que aquella figura en la que nos dice en el diálogo El Fedro que para llegar a la contemplación eterna hay que cruzar el firmamento, buscando o aspirando siempre a lo alto, a través de un carro alado que es nuestra alma y que va regido por un cochero, siendo el carro llevado o tirado por dos fuerzas que son representadas por unos caballos: una de esas fuerzas es nuestro apetito irascible, otra de esas fuerzas es nuestro apetito concupiscible; y el cochero es nuestra recta razón que va controlando ambos apetitos para poder llegar a buen fin, a lo más alto. Ese carro con alas significa que es necesario ejercer las virtudes conocidas como cardinales: la prudencia, la fortaleza, la templanza y la justicia.
Aristóteles, por su parte, nos habla de tres clases de disposiciones morales que deben evitarse: el vicio la incontinencia y la brutalidad; "los contrarios de dos de ellos son evidentes, dice, al primero lo llamamos virtud, y al otro, continencia; para el contrario de la brutalidad lo que mejor se adapta es decir que es una virtud sobrehumana, heroica y divina. Si los hombres llegan a ser dioses a causa de una sobreabundancia de virtud, es claro que ese tal modo de ser se opondría al de brutal; pues así como en un animal no puede haber ni vicio, ni virtud, tampoco en un dios, sino que el modo de ser de un dios es más honorable que la virtud, mientras que el del animal es genéricamente diferente del vicio".
El emperador filósofo Marco Aurelio, estoico él, dice que "el alma del hombre se afrenta cuando se convierte en pústula y en algo parecido a una excrecencia del mundo, porque enojarse con algún suceso de los que se presentan es una separación de la naturaleza; en segundo lugar, se afrenta también cuando siente aversión a cualquier persona o se comporta hostilmente con intención de dañarla, como es el caso de las naturalezas de los que montan en cólera; luego también se afrenta cuando sucumbe al placer; y luego cuando es hipócrita y hace o dice algo en fricción, o contra la verdad". El equilibrio se pierde cuando el carácter se ve afectado y sucumbe ante el enojo o cualquier otra emoción que somete la cordura y la ecuanimidad, volviéndose terreno peligroso el tratar asuntos de altos rumbos, provistos de una endeble armadura ya mermada por el enojo o el mal talante.
La literatura del cristianismo es muy abundante precisamente para poder aconsejar sobre la virtud y contra el vicio. Solamente voy a citar en este espacio un solo ejemplo que es de las "Florecillas" de San Francisco de Asís y que en este caso las ideas son atribuidas a Fray Gil cuando dice: "tres cosas son sumamente altas y útiles, las cuales, si alguno hubiese alcanzado no podría caer jamás: La primera, que aceptes voluntariamente con alegría por amor de Jesucristo cualquiera tribulación que te venga; la segunda, que cada día te humilles más en cada cosa que hagas o veas; la tercera, que ames fielmente, de todo corazón al sumo bien celestial e invisible, que no se puede percibir con los ojos del cuerpo. Las cosas más despreciadas y vituperadas de los hombres mundanos son en realidad las más aceptadas y mejor recibidas de Dios y de sus santos; y, por el contrario, las más amadas y honradas y que más agradan a los mundanos son las más despreciadas, vituperadas y aborrecidos por Dios y su santo. Esta vergonzosa discordancia procede de la ignorancia y malicia humana, porque el hombre miserable ama más las cosas que debería aborrecer y aborrece las que debería amar". Palabras que nos recuerdan al mismo evangelio cuando se nos dice que "¿de qué le sirve al hombre ganarse al mundo, si se pierde a sí mismo?". En ese mismo tenor, descubrimos el compromiso de la mística franciscana de buscar siempre la sencillez como principio de la bondad, así como la ambición únicamente para los bienes de lo alto, para lo cual es necesario tener con absoluta claridad el compromiso de cumplir los mandatos de Dios inscritos en nuestro corazón, en nuestra conciencia. La rectitud de la misma nos garantiza tener la inspiración para regir nuestro interior en sintonía con la voluntad de Dios.
Por eso la lectura del libro del profeta Isaías nos dice: "yo soy el Señor tu Dios, el que te instruye en lo que es provechoso, el que te guía por el camino que debes seguir".
Jesús, en el evangelio de San Mateo remata la idea, la redondea y lo hace con una comparación cuando dice: "tocamos la flauta y no han bailado, cantamos canciones tristes y no han llorado, porque vino Juan, que ni comía, ni bebía y dijeron que tenía un demonio. Viene el hijo del hombre y dicen: 'ese es un glotón y un borracho, amigo de publicanos y gente de mal vivir'; pero la sabiduría de Dios se justifica a sí misma por sus obras".
Lo que procede para nosotros en nuestra práctica cotidiana es preguntarnos si lo que vamos a decir para orientar a alguien procede de la concordancia entre nuestro corazón y la voluntad de Dios. En un ámbito social o colectivo habremos de distinguir siempre que aquellas cosas mundanas que se alejan del corazón o de la voluntad de Dios son las que están fuera del ritmo que nos marca el mismo Dios con su ley, con sus tiempos y con su voluntad.
No nos queda más que estar alerta para saber si nuestros más profundos anhelos están inspirados por el deseo de Dios, es decir, si nuestras acciones tienen como base la recta intención de poner las cosas en todo orden de manera que en ellas pueda operarse la acción de Dios. Por otra parte, siempre es una responsabilidad poder guiar a otros cuando solicitan una orientación, pues el primer requisito es el anterior: uno mismo estar consciente y seguro de que se tiende y se orienta hacia Dios de manera personal para poder dar una respuesta. Aun en este caso siempre es bueno en una primera instancia sólo escuchar para tener la oportunidad de interiorizarlo con la oración, la cual debe ser del todo profunda para poder sentir la iluminación que viene de Dios al someter cualquier cuestión al espejo de la acción divina; de ese modo podremos evitar dar consejos que en lugar de acercar a las personas al orden establecido por Dios y por su ley, les alejemos irremediablemente de Él.
No perdamos la oportunidad de cumplirle, buscando siempre la armonía de su voluntad con los impulsos de nuestros corazones.
ORACIÓN
Hijo del eterno Padre,
acude a sanar nuestro pasado,
nuestro presente y nuestro futuro,
de tal modo que podamos ver
con tus ojos de misericordia
y sentir al ritmo de tu corazón de bondad,
para que aprendamos de ti
a administrar los bienes celestiales
en favor de nuestros hermanos
y al amparo de la certeza
de nuestra propia encomienda
como tus hermanos y seguidores. Amén.
No nos queda más que estar alerta para saber si nuestros más profundos anhelos están inspirados por el deseo de Dios, es decir, si nuestras acciones tienen como base la recta intención de poner las cosas en todo orden de manera que en ellas pueda operarse la acción de Dios. Por otra parte, siempre es una responsabilidad poder guiar a otros cuando solicitan una orientación, pues el primer requisito es el anterior: uno mismo estar consciente y seguro de que se tiende y se orienta hacia Dios de manera personal para poder dar una respuesta. Aun en este caso siempre es bueno en una primera instancia sólo escuchar para tener la oportunidad de interiorizarlo con la oración, la cual debe ser del todo profunda para poder sentir la iluminación que viene de Dios al someter cualquier cuestión al espejo de la acción divina; de ese modo podremos evitar dar consejos que en lugar de acercar a las personas al orden establecido por Dios y por su ley, les alejemos irremediablemente de Él.
No perdamos la oportunidad de cumplirle, buscando siempre la armonía de su voluntad con los impulsos de nuestros corazones.
ORACIÓN
Hijo del eterno Padre,
acude a sanar nuestro pasado,
nuestro presente y nuestro futuro,
de tal modo que podamos ver
con tus ojos de misericordia
y sentir al ritmo de tu corazón de bondad,
para que aprendamos de ti
a administrar los bienes celestiales
en favor de nuestros hermanos
y al amparo de la certeza
de nuestra propia encomienda
como tus hermanos y seguidores. Amén.
JHC
Se puede escuchar el audio acá.

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