jueves, 5 de diciembre de 2019

El baluarte seguro

Sorprende siempre el paralelismo que guardan los textos propuestos para la mesa de la Palabra en la liturgia de este día en el tiempo de la preparación para la venida de Jesús. En éstas encontramos hoy dos figuras importantes, que, a más de ser retóricas, forman parte de la noción espiritual para ayudarnos a entender cómo debe ser nuestra aspiración y nuestra relación con Dios. Nos referimos a la noción de la puerta y a la noción de la construcción fuerte, de la fortaleza arquitectónica que nos guarda de las acechanzas de nuestros enemigos. Recordemos que el lenguaje del pueblo judío antiguo y de otros pueblos de esa época era muy bélico y por eso la alusión al baluarte y la fortaleza, al refugio seguro contra los ataques externos.

El alma anhela entrar en la presencia de Dios. El Profeta nos presenta el posible cántico de los que llegarán a la ciudad santa de Dios, a la algarabía y el júbilo con el que cantarán la victoria y el haber podido llegar y entrar al único refugio seguro. De esa manera el acto de abrir las puertas es muy significativo. Es por la entrada triunfal, por el recibimiento magnánimo y generoso que Dios tendrá con el pueblo elegido. «Abrid las puertas para que entre un pueblo justo, que observa la lealtad; su ánimo está firme y mantiene la paz, porque confía en ti» (Is. 26, 2)

El caso del Salmo 118, muy típico de los tiempos de la Pascua por tan jubiloso y festivo, hace énfasis en la idea del refugio; pero también en la idea de la puerta, abierta para entrar por ella en el momento del gozo y del triunfo.

En el Evangelio de Mateo (7, 21. 24-27) Jesús alude por su cuenta a la posibilidad de la entrada, esta vez al Reino de los Cielos, a donde podrán hacerlo aquellos que escuchan la palabra y cumplen la voluntad de Dios. Ya tenemos un doble desafío: abrir nuestras puertas de los sentidos, en este caso muy específicamente el del oído, de la escucha; pero no para cualquier sonido, por muy bello que este se nos presente, sino de manera específica a la Palabra. Luego viene el desafío más demandante: el de cumplir la voluntad de Dios, titánica tarea, culmen y médula de la práctica de la esencia, del talante cristiano. Luego compara la buena escucha y la actuación en consecuencia, como obra de quien sabe conciliar las dos tareas, a saber, escuchar y hacer, porque el bien escuchar lleva automáticamente a la edificación sobre roca, precisamente para levantar la fortaleza a la que se refiere el texto del Profeta.


La mítica ciudad de Troya, para los griegos, era una fortaleza que pudo ser penetrada con el fantástico e ingenioso embuste planeado por Odiseo con el famoso Caballo de Troya. La mentira vulneró esa fortaleza. Luego tenemos el ejemplo de la ciudad de Jericó en el camino a la tierra prometida cuando el pueblo judío fue liberado de Egipto; esa también estaba amurallada y sucumbió con el enigmático rito de la marcha en círculos concéntricos, siete rondas, mientras paseaban el arca de la alianza y tocaban las trompetas para dar al fin el grito de guerra, hecho por el cual las murallas sucumbieron al fin. Acá se ve ya la acción de la protección de Yahvé Dios para con su pueblo. La ciudad referida en estas lecturas no sería, sin duda, similar a la de Troya o a la de Jericó, sino a la ciudad eterna del Cielo, tal como lo concibe un San Agustín, por ejemplo.

Es Simone Weil otra vez quien nos embelesa con la pertinencia de su pensamiento, esta vez con su poesía:

Ábrenos ya la puerta y veremos los vergeles,
Beberemos de sus aguas frías que aún conservan la huella de la luna.
El largo camino arde hostil a los extraños.
A ciegas erramos sin encontrar el lugar.

La enseñanza que nos aporta por su parte el extraordinario Doctor de la Iglesia San Agustín pone el énfasis en la figura de la roca que es Cristo Jesús. Este pasaje es la conclusión del sermón de la montaña, así que recapitula con la primicia de Cristo como base de todo el itinerario del alma hacia Dios:

"Debemos prestar especial atención a la terrible conclusión a la que lleva todo este sermón: Por tanto, quienquiera que oiga estas mis palabras y las lleve a la práctica, será semejante a un hombre prudente, que edificó su casa sobre roca. Solo con la práctica hace uno efectivo lo que ha oído y entendido. Y si la piedra es Cristo, como afirman muchos textos de la Sagrada Escritura, edifica en Cristo quien lleva a la práctica aquello que ha oído. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y dieron con ímpetu sobre aquella casa y no fue destruida; estaba, pues, construida sobre la roca. Éste no teme las tenebrosas supersticiones, porque ¿qué se entiende por lluvia, cuando se pone con la significación de algún mal?, o los rumores de los hombres, que juzgo que se pueden comparar con los vientos; o el torrente de esta vida, que parece inundar la tierra con las concupiscencias carnales. Quien se deja seducir por la prosperidad de estos tres elementos es derribado por las adversidades; nada de esto teme quien tiene construida su casa sobre la roca, es decir, aquel que no solo oye los preceptos del Señor, sino que los lleva a la práctica. Por el contrario, está expuesto peligrosamente a todos estos daños quien oye y no lo lleva a la práctica; en efecto, no tiene una base sólida, sino, que oyendo y no actuando, lo que edifica es su ruina. Por esto continúa diciendo el Señor: Pero cualquiera que oye todas estas mis palabras y no las lleva a la práctica, se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Bajó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y dieron con ímpetu sobre la casa y se cayó; y hubo una gran ruina. Y sucedió que, una vez que Jesús concluyó de decir estas palabras, la muchedumbre quedó admirada de su doctrina; pues les enseñaba como teniendo autoridad y no como sus escribas. Esto es lo que dije anteriormente que había sido significado por el profeta en los salmos cuando dijo: Pondré toda mi confianza en Él. Los dichos del Señor son puros, plata refinada en el crisol y siete veces refinada. Por esto, este número siete me advierte que también estos preceptos se relacionan con aquellas siete sentencias que el Señor expresó al principio del sermón, al hablar de las bienaventuranzas y con las siete operaciones del Espíritu Santo que enumera el profeta Isaías. Pero, bien sea que se tenga en consideración este orden u otro, lo importante es que se debe poner en práctica lo que hemos oído del Señor, si queremos edificar sobre piedra."

Los embates de la lluvia, del viento y del torrente que inunda los equipara a la superstición de que nos caen males, rumores y tentaciones que, si no soportamos construyendo en la roca, que es Jesús, no podremos librarnos de ello.

Oración

Señor, roca y baluarte, contigo vamos firmes, 
alegres y esperando por tu liberación. 
Venimos a tu monte, para que nos confirmes 
y colmes nuestra vida con paz, con bendición.

Señor, abre la puerta de aquellos tus vergeles, 
de tu morada eterna que venga ya la paz; 
no olvides que tu alianza nos proporciona mieles 
y tu misericordia es viva y es veraz.

Señor, te bendecimos por ser nuestro cobijo, 
porque tu ley nos rige, nos guía y da su luz; 
también porque esperamos con ansias a tu Hijo, 
porque en tu Amor supremo nos mandas a Jesús.

Permítenos buscarte, amarte y encontrarte, 
desde nuestra esperanza, ascesis y valor; 
que nuestro esfuerzo brille, refulja como un arte 
y sane las heridas y alabe tu esplendor.


JHC



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