Vivimos lo que el Papa Juan Pablo II y otros ministros, sacerdotes, obispos y papas, como Benedicto XVI y ahora Francisco, han denominado “la cultura del descarte”. Es esa tendencia a menospreciar o de plano perseguir a quienes no son funcionales para la lógica de la vida ultramoderna. Todo llevado hasta el extremo de la eliminación directa o velada de esos seres. Con ello se constata el desprecio del valor de la vida que en mucho ostenta el mundo actual. O la hipocresía, por lo menos, pues de otras maneras parece querer proteger a ciertos grupos a los que considera desprotegidos.
Tan sólo hace unas décadas el nazismo mostraba esta cara: eran capaces de eliminar a los que ya no podían ejercer tareas funcionales para la intención de la producción o incluso para la guerra. Dejaban morir en hospitales a quienes ya no tenían remedio aparente con la idea de no cargar con la responsabilidad de mantenerlos y poder sanear una economía pujante y una no menos irracional ideología.
No parece más halagüeño el panorama en nuestros días. Cada vez son más los hombres y las mujeres que justifican, desean y promueven la cultura de la muerte a través de esos pensamientos que aspiran al desecho de los seres humanos, desde la eutanasia, la eugenesia y hasta el aborto. Especialmente las mujeres jóvenes, muchas de las cuales han participado sin pudor en las marchas llamadas feministas para exigir el acceso sin culpa al asesinato de los nonatos en el vientre materno, so pretexto de luchar con los que denominan la dictadura del patriarcado (sic). Duele que la mentalidad sea tan simple y llanamente la de decantarse por esa cultura de la muerte, así, sin más, abaratando y entregando sin oposición, ni de la conciencia, ni del sentido de preservación de la especie, su afición por ese tipo de ideologías. Duele más, incluso, cuando son capaces estas mujeres jóvenes de ser eso que denominan activistas o promotoras del aborto, a más de las que apoyan desde las redes sociales o desde sus ámbitos propios de vida.
Ya ha habido buenos predicadores y gente de buena conciencia que ha explicado el origen de esta ideología llamada de género, que promueve en su agenda el asesinato del aborto. Habrá que escucharlos y seguirlos, pero aún más a nuestra propia conciencia, misma que en el evangelio del día de hoy nos recuerda esa matanza desencadenada por el usurpador Herodes hace más de dos mil años. Ante ello las señales de Dios nos habrán de advertir y con ello nuestra tarea será la de señalar, defender y trabajar para que seamos agentes de vida, no de muerte; que seamos los guardianes de los perseguidos de hoy, los más inocentes que podamos imaginar, los no nacidos que son aniquilados por esta cultura de la muerte y del descarte.
Tan sólo hace unas décadas el nazismo mostraba esta cara: eran capaces de eliminar a los que ya no podían ejercer tareas funcionales para la intención de la producción o incluso para la guerra. Dejaban morir en hospitales a quienes ya no tenían remedio aparente con la idea de no cargar con la responsabilidad de mantenerlos y poder sanear una economía pujante y una no menos irracional ideología.
No parece más halagüeño el panorama en nuestros días. Cada vez son más los hombres y las mujeres que justifican, desean y promueven la cultura de la muerte a través de esos pensamientos que aspiran al desecho de los seres humanos, desde la eutanasia, la eugenesia y hasta el aborto. Especialmente las mujeres jóvenes, muchas de las cuales han participado sin pudor en las marchas llamadas feministas para exigir el acceso sin culpa al asesinato de los nonatos en el vientre materno, so pretexto de luchar con los que denominan la dictadura del patriarcado (sic). Duele que la mentalidad sea tan simple y llanamente la de decantarse por esa cultura de la muerte, así, sin más, abaratando y entregando sin oposición, ni de la conciencia, ni del sentido de preservación de la especie, su afición por ese tipo de ideologías. Duele más, incluso, cuando son capaces estas mujeres jóvenes de ser eso que denominan activistas o promotoras del aborto, a más de las que apoyan desde las redes sociales o desde sus ámbitos propios de vida.
Ya ha habido buenos predicadores y gente de buena conciencia que ha explicado el origen de esta ideología llamada de género, que promueve en su agenda el asesinato del aborto. Habrá que escucharlos y seguirlos, pero aún más a nuestra propia conciencia, misma que en el evangelio del día de hoy nos recuerda esa matanza desencadenada por el usurpador Herodes hace más de dos mil años. Ante ello las señales de Dios nos habrán de advertir y con ello nuestra tarea será la de señalar, defender y trabajar para que seamos agentes de vida, no de muerte; que seamos los guardianes de los perseguidos de hoy, los más inocentes que podamos imaginar, los no nacidos que son aniquilados por esta cultura de la muerte y del descarte.
JHC
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