@jhcastelano
No son pocos los intentos del mundo actual para echar a andar una suerte de negocio con las llamadas terapias del confort. Hace un tiempo cierto terapeuta de fama en el altiplano mexicano me lo dijo a propósito de lo que procuramos para los alumnos: "yo no estoy de acuerdo en que para conseguir algo sea necesario padecer" (sic). Y es que en la discusión me pareció en algún punto detectar cierta laxitud respecto de la exigencia necesaria para que los alumnos puedan superarse.
Lo mismo aplica para otros ámbitos de la vida humana. Por lo regular se rehuye la responsabilidad y se le resta al mérito su mérito. Desde los esquemas pedagógicos "igualizantes" que reniegan de las distinciones arguyendo discriminación para los no distinguidos, hasta nuestras autoridades actuales con sus ideas bizarras del igualitarismo a ultranza, de la supresión de las "diferencias" con sus enfoques comunistoides. Cada vez más nuestro mundo nos lleva a conseguir las metas "sin dolor", sin la exigencia ni la disciplina. De todo esto nos hemos ocupado en estos días. Ahora debemos apuntar que existe toda una industria para exaltar toda suerte de movimientos, doctrinas, ritos, terapias, etc., que supriman la dificultad. Hay un pavor al esfuerzo porque el esfuerzo cansa, desgasta y cuesta.
Cualquier esfuerzo cansa. Máxime si uno observa una meta por demás ambiciosa. Eso pasa mucho en el ámbito del combate de la fe. Y es que el ideal máximo y perfecto es el de la santidad. No falta quien considere ello como la meta más inalcanzable, pues pretender que con ello aspiramos a ser como el mismo Cristo, causa desaliento, ya no digamos por los embates de la tentación de la mediocridad, sino por la simple idea de la entrega total e incondicional a la misión de propagar el evangelio y ser consecuente con ello. Cansa inclusive emprender un esfuerzo mucho más bajo, tan de menor relevancia, como sostener la vida, como desear permanecer en el ser. Suena extraño, pero así es: lo podemos notar cuando se deja de pelear por algo, pues en tal caso hasta las defensas del cuerpo se tornan débiles e inoperantes. Cansa luchar por la sanidad. Cansa emprender las tareas cotidianas. Cansan los desprecios, los rechazos, los obstáculos, los reveses en todos los órdenes de la vida. Cansa la impaciencia, la falta de confianza, el desánimo, la falta de apoyo, la falta de resultados, la lentitud y la falta de solidaridad. Cansa un mal gobierno. Cansa el desorden. Cansa vivir. Mucho más habrá de cansar siempre tratar de alcanzar la santidad.
Para las almas sedientas de Dios, las que eventualmente pueden perder la esperanza, viene tan ad hoc este mensaje de consuelo de la liturgia de hoy. En la lectura del libro del profeta Isaías se asienta que "Él da valor al fatigado y al que no tiene fuerzas, energía. Hasta los jóvenes se cansan y se rinden, los más valientes tropiezan y caen; pero aquellos que ponen su esperanza en el Señor, renuevan sus fuerzas; les nacen alas como de águila, corren y no se cansan, caminan y no se fatigan". (Is. 40, 29 - 31) De donde surge la consonancia con el pasaje evangélico presentado por Mateo 11, 28-30: "Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga, ligera". El mensaje es claro y elocuente: no nos cansemos; no perdamos la esperanza ni la fe. Apenas comenzó el año de la Iglesia y el tiempo de Dios está cerca.
Ya desde antes en la propuesta de Isaías nos cuestiona con ahínco: "¿Con quién me van a comparar,que pueda igualarse a mí?". Y luego lo pide de manera explícita: "alcen los ojos a lo alto y díganme quién ha creado todos esos astros. Él es quien cuenta y despliega su ejército de estrellas y a cada una la llama por su nombre; tanta es su omnipotencia y tan grande su vigor, que ninguna de ellas desoye su llamado".
Don Miguel de Unamuno y Jugo tiene una poesía tan sentida y profunda para admirar ¡a una sola estrella!:
Rubí encendido en la divina frente,
Aldebarán,
lumbrera de misterio,
perla de luz en sangre,
¿cuántos días de Dios viste a la tierra,
mota de polvo,
rodar por los vacíos,
rodar la tierra?
Aldebarán.
De vosotros, celestes jeroglíficos
en que el enigma universal se encierra,
cuelgan por siglos
los sueños seculares;
de vosotros descienden las leyendas
brumosas, estelares,
que, cual ocultas hebras,
al hombre cavernario nos enlazan.
Él, en la noche de tormenta y hambre,
te vio, rubí impasible,
Aldebarán,
y loco alguna vez, con su ojo en sangre,
te vio al morir,
sangriento ojo del cielo,
ojo de Dios,
¡Aldebarán!
¿Y cuando tú te mueras?
¿Cuando tu luz, al cabo,
se derrita una vez en las tinieblas?
¿Cuando frío y oscuro
el espacio sudario
ruedes sin fin y para fin ninguno?
¡Este techo nocturno de la tierra,
bordado con enigmas,
esta estrellada tela
de nuestra pobre tienda de campaña,
es la misma que un día vio este polvo
que hoy huellan nuestras plantas,
cuando en humanas frentes
fraguó vivientes ojos!
¡Hoy se alza en remolino
cuando el aire lo azota
y ayer fue pechos respirando vida!
Y ese polvo de estrellas,
ese arenal redondo
sobre que rueda el mar de las tinieblas,
¿no fue también un cuerpo soberano,
sede no fue de un alma,
Aldebarán?
¿No lo es aún hoy, Aldebarán ardiente?
¿No eres, acaso, estrella misteriosa,
gota de sangre viva
en las venas de Dios?
¿No es su cuerpo el espacio tenebroso?
¿Y cuando tú te mueras,
¿qué hará de ti ese cuerpo?
¿Adónde Dios, por su salud luchando,
te habrá de segregar, estrella muerta,
Aldebarán?
¿A qué tremendo muladar de mundos?
Sobre mi tumba, Aldebarán. derrama
tu luz de sangre,
y si un día volvemos a la Tierra,
te encuentre inmoble, ¡Aldebarán, callando
del eterno misterio la palabra!
¡Si la Verdad Suprema nos ciñese
volveríamos todos a la nada!
¡De eternidad es tu silencio prenda,
Aldebarán!
Me atrevo a presentarlo casi todo, so pena de parecernos tan extenso porque no tiene ni letra de desperdicio para darnos cuenta de lo mucho que la inspiración y el espíritu humano puede reconocer en la grandeza del Universo la presencia de Dios en la nostalgia de la estrella que se admira, la sed de eternidad y el reconocimiento de lo efímero de la existencia humana. Con razón el Salmo 8 nos habla ya de la grandeza de Dios con su creación y su preferencia por el hombre para cantar las maravillas del hacedor.
Si, reconociendo la infinita grandeza de Dios, dejamos que nuestra alma quede extasiada, podremos aspirar a lo alto, como lo sugiere Isaías y podremos confiar y acudir al Salvador, como él mismo lo sugiere con su Evangelio de hoy.
No valen anestesias espirituales para sustituir la acción de Cristo en nuestra vida. No tengamos miedo ni omitamos la valentía que nos exige la entrega a su servicio, pues al fin que Él nos sostiene.
ORACIÓN:
Camino, Verdad y Vida,
ningún escrutinio cunde
y ninguna barca se hunde,
si por tu Amor y tu herida
das perdón y das cabida
a nuestro cansancio real;
porque, yéndonos del mal
cualquier carga torna suave
y ese yugo da la llave
de la esperanza final.
Amén
Para las almas sedientas de Dios, las que eventualmente pueden perder la esperanza, viene tan ad hoc este mensaje de consuelo de la liturgia de hoy. En la lectura del libro del profeta Isaías se asienta que "Él da valor al fatigado y al que no tiene fuerzas, energía. Hasta los jóvenes se cansan y se rinden, los más valientes tropiezan y caen; pero aquellos que ponen su esperanza en el Señor, renuevan sus fuerzas; les nacen alas como de águila, corren y no se cansan, caminan y no se fatigan". (Is. 40, 29 - 31) De donde surge la consonancia con el pasaje evangélico presentado por Mateo 11, 28-30: "Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga, ligera". El mensaje es claro y elocuente: no nos cansemos; no perdamos la esperanza ni la fe. Apenas comenzó el año de la Iglesia y el tiempo de Dios está cerca.
Ya desde antes en la propuesta de Isaías nos cuestiona con ahínco: "¿Con quién me van a comparar,que pueda igualarse a mí?". Y luego lo pide de manera explícita: "alcen los ojos a lo alto y díganme quién ha creado todos esos astros. Él es quien cuenta y despliega su ejército de estrellas y a cada una la llama por su nombre; tanta es su omnipotencia y tan grande su vigor, que ninguna de ellas desoye su llamado".
Don Miguel de Unamuno y Jugo tiene una poesía tan sentida y profunda para admirar ¡a una sola estrella!:
Rubí encendido en la divina frente,
Aldebarán,
lumbrera de misterio,
perla de luz en sangre,
¿cuántos días de Dios viste a la tierra,
mota de polvo,
rodar por los vacíos,
rodar la tierra?
Aldebarán.
De vosotros, celestes jeroglíficos
en que el enigma universal se encierra,
cuelgan por siglos
los sueños seculares;
de vosotros descienden las leyendas
brumosas, estelares,
que, cual ocultas hebras,
al hombre cavernario nos enlazan.
Él, en la noche de tormenta y hambre,
te vio, rubí impasible,
Aldebarán,
y loco alguna vez, con su ojo en sangre,
te vio al morir,
sangriento ojo del cielo,
ojo de Dios,
¡Aldebarán!
¿Y cuando tú te mueras?
¿Cuando tu luz, al cabo,
se derrita una vez en las tinieblas?
¿Cuando frío y oscuro
el espacio sudario
ruedes sin fin y para fin ninguno?
¡Este techo nocturno de la tierra,
bordado con enigmas,
esta estrellada tela
de nuestra pobre tienda de campaña,
es la misma que un día vio este polvo
que hoy huellan nuestras plantas,
cuando en humanas frentes
fraguó vivientes ojos!
¡Hoy se alza en remolino
cuando el aire lo azota
y ayer fue pechos respirando vida!
Y ese polvo de estrellas,
ese arenal redondo
sobre que rueda el mar de las tinieblas,
¿no fue también un cuerpo soberano,
sede no fue de un alma,
Aldebarán?
¿No lo es aún hoy, Aldebarán ardiente?
¿No eres, acaso, estrella misteriosa,
gota de sangre viva
en las venas de Dios?
¿No es su cuerpo el espacio tenebroso?
¿Y cuando tú te mueras,
¿qué hará de ti ese cuerpo?
¿Adónde Dios, por su salud luchando,
te habrá de segregar, estrella muerta,
Aldebarán?
¿A qué tremendo muladar de mundos?
Sobre mi tumba, Aldebarán. derrama
tu luz de sangre,
y si un día volvemos a la Tierra,
te encuentre inmoble, ¡Aldebarán, callando
del eterno misterio la palabra!
¡Si la Verdad Suprema nos ciñese
volveríamos todos a la nada!
¡De eternidad es tu silencio prenda,
Aldebarán!
Me atrevo a presentarlo casi todo, so pena de parecernos tan extenso porque no tiene ni letra de desperdicio para darnos cuenta de lo mucho que la inspiración y el espíritu humano puede reconocer en la grandeza del Universo la presencia de Dios en la nostalgia de la estrella que se admira, la sed de eternidad y el reconocimiento de lo efímero de la existencia humana. Con razón el Salmo 8 nos habla ya de la grandeza de Dios con su creación y su preferencia por el hombre para cantar las maravillas del hacedor.
Si, reconociendo la infinita grandeza de Dios, dejamos que nuestra alma quede extasiada, podremos aspirar a lo alto, como lo sugiere Isaías y podremos confiar y acudir al Salvador, como él mismo lo sugiere con su Evangelio de hoy.
No valen anestesias espirituales para sustituir la acción de Cristo en nuestra vida. No tengamos miedo ni omitamos la valentía que nos exige la entrega a su servicio, pues al fin que Él nos sostiene.
ORACIÓN:
Camino, Verdad y Vida,
ningún escrutinio cunde
y ninguna barca se hunde,
si por tu Amor y tu herida
das perdón y das cabida
a nuestro cansancio real;
porque, yéndonos del mal
cualquier carga torna suave
y ese yugo da la llave
de la esperanza final.
Amén
JHC

0 comentarios:
Publicar un comentario