Las promesas hechas para la llegada de Jesús en el libro de Isaías son de muy alto vuelo. Viene con poder, con bonanza, con justicia, con paz, nos dice el Profeta. Y viene también con la abundancia de unos regalos que luego en Pentecostés se recuerdan con mayor énfasis. Es sorpresivo porque regularmente asocia el cristiano estos regalos como exclusivos del Espíritu Santo y en el tiempo marcado para ello después de la Pascua; pero acá aparece la fuente veterotestamentaria con el profeta Isaías: "Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el espíritu de Yahveh: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Yahveh."
Si poco se habla, menos se entiende de los dones del Espíritu Santo. Y si poco se entiende, poco se sabe y se asume que existen, que son un bien, una meta o una herramienta para el cristiano. Mucho menos se puede distinguir que algo tienen que ver con las potencias del alma, tal como lo enseñan personajes de la talla de un San Agustín, de una Santa Catalina de Siena o un San Buenaventura.
Hemos echado al olvido esas enseñanzas, incluso en las entrañas de la propia Iglesia. Las predicaciones del común en las homilías o los escritos apologéticos, catequéticos o de reflexiones sobre las cuestiones de la fe y la razón ya no dan cuenta de ello.
Sucede que de los dones o los regalos del Espíritu Santo, que son siete, según su naturaleza pertenecen o se manifiestan a través de las potencias del alma, exceptuando la de la memoria, es decir, a través del entendimiento y de la voluntad. La inteligencia, la ciencia y el consejo pertenecen al entendimiento como potencia del alma. La piedad, la fortaleza y el santo temor de Dios son propias de la voluntad como potencia del alma. La sabiduría pertenece, tanto al entendimiento, como a la voluntad.
Juan el Bautista menciona que el que viene después de él es más grande que él y que Juan bautiza con agua, pero quien viene bautizará con el Espíritu Santo, con toda la fuerza, el fuego y la potencia que ello implica. Estemos abiertos a ello y en ese sentido no perdamos de vista la preparación que se nos reclama en este tiempo de la vida litúrgica.
Pidamos esos dones, a sabiendas de que vendrán con Cristo en el tiempo justo, según la voluntad divina.
Del devocionario católico:
"¡Oh Espíritu Santo!, llena de nuevo mi alma con la abundancia de tus dones y frutos. Haz que yo sepa, con el don de Sabiduría, tener este gusto por las cosas de Dios que me haga apartar de las terrenas.
Que sepa, con el don de la Inteligencia, ver con fe viva la importancia y la belleza de la verdad cristiana.
Que, con el don del Consejo, ponga los medios más conducentes para santificarme, perseverar y salvarme.
Que el don de Fortaleza me haga vencer todos los obstáculos en la confesión de la fe y en el camino de la salvación.
Que sepa con el don de Ciencia, discernir claramente entre el bien y el mal, lo falso de lo verdadero, descubriendo los engaños del demonio, del mundo y del pecado.
Que, con el don de Piedad, ame a Dios como Padre, le sirva con fervorosa devoción y sea misericordioso con el prójimo.
Finalmente, que, con el don de Temor de Dios, tenga el mayor respeto y veneración por los mandamientos de Dios, cuidando de no ofenderle jamás con el pecado.
Lléname, sobre todo, de tu amor divino; que sea el móvil de toda mi vida espiritual; que, lleno de unción, sepa enseñar y hacer entender, al menos con mi ejemplo, la belleza de tu doctrina, la bondad de tus preceptos y la dulzura de tu amor. Amén."
JHC

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