@jhcastelano
Y aun debemos decir: "¿quiénes somos para que la Madre del Señor venga a ¡vivir con nosotros!?" Porque, si bien la Iglesia tiene documentados algunos de los episodios y lugares a donde ha tenido a bien la Madre de Dios manifestarse, es en México donde, según el Nican Mopohua, ha decido quedarse con nosotros. Las palabras de Santa Isabel, la que fue favorecida cuando le habían dicho que era estéril, la anciana que iba a ser madre del que anuncia la llegada de Jesús. Todo esto tiene un precioso simbolismo.
Somos hijos de este país, de este pueblo. Y nuestra patria puede decir como Santa Isabel: "¿Quién soy yo para que la Madre del Señor venga a verme?" Ahora nos toca a nosotros ser los juanes bautistas: hijos de nuestra Patria, a quien la Madre del Señor vino a ver y a vivir aquí, nos toca ir por el mundo anunciando a Jesús, pregonando su Buena Nueva, porque su Madre vino a vernos.
Somos el pueblo elegido por Dios para que la Vrigen María de Guadalupe permaneciera con nosotros, no sólo en México, sino en América Latina. No olvidemos tampoco que durante todo el año se acercan numerosas peregrinaciones para visitarla en el Tepeyac desde todos los rincones del país, diócesis por diócesis y que, incluso una de las más numerosas es la que sale de Querétaro y Guanajuato. Es la fe que se manifiesta desde los más pequeños hasta los mayores. Es lo que inspira y mueve a tanta gente que quiere sentirse protegida al amparo de la morenita del Tepeyac.
Mucho se puede decir de la historia y de la acción evangelizadora del acontecimiento guadalupano. El que escribe recuerda haber escuchado hacia 1994 al Padre Prisciliano Hernández una excelente conferencia sobre los enigmas en la imagen, la figura y el ayate donde está impresa o pintada por mano divina la sagrada imagen. Nos presentó pruebas extraordinarias y muy elocuentes sobre ese acontecimiento, con la idea muy provocadora de defender nuestra fe; pero más aún, que fuéramos los testigos, los agentes activos portadores del mensaje que representa la Madre de América Latina.
En la homilía de la inauguración de la Conferencia del CELAM, el 27 de enero de 1979, en Puebla, dijo el Papa Juan Pablo II:
"Tu Hijo Jesucristo es nuestro Redentor y Señor. Es nuestro Maestro. Todos nosotros aquí reunidos somos sus discípulos. Somos los sucesores de los Apóstoles, de aquellos a quienes el Señor dijo: 'Id, pues, enseñad a todas les gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado. Yo estaré con vosotros hasta la consumación del mundo' (Mt 28, 19-20). En efecto, desde que en 1492 comienza la gesta evangelizadora en el Nuevo Mundo, apenas una veintena de años después llega la fe a México. Poco más tarde se crea la primera sede arzobispal regida por Juan de Zumárraga, a quien secundarán otras grandes figuras de evangelizadores, que extenderán el cristianismo en muy amplias zonas."
Lamentablemente cunde la idea sembrada por la masonería y los celos colonialistas de las potencias europeas de la llamada "leyenda negra", por la cual se demerita, se desprestigia y se llena de vituperios la labor, no de los conquistadores en sí, sino de los no pocos misioneros y sacerdotes que dieron la vida por la evangelización de los pueblos llamados originarios. Toda una labor apostólica, como lo menciona San Juan Pablo II. Tarea que nos concierne aún en nuestros días a los cristianos.
Y a medida que sobre estas tierras se realizaba el mandato de Cristo, a medida que con la gracia del bautismo se multiplicaban por doquier los hijos de la adopción divina, aparece también la Madre. En efecto, a Ti, María, el Hijo de Dios y a la vez Hijo Tuyo, desde lo alto de la cruz indicó a un hombre y dijo “He ahí a tu hijo” (Jn 19, 26), y en aquel hombre te ha confiado a cada hombre, te ha confiado a todos. Y Tú que en el momento de la Anunciación, en estas sencillas palabras: “He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38), has concentrado todo el programa de tu vida, abrazas a todos, te acercas a todos, buscas maternalmente a todos. De esta manera se cumple lo que el último Concilio ha declarado acerca de tu presencia en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Perseveras de manera admirable en el misterio de Cristo, tu Hijo unigénito, porque estás siempre dondequiera están los hombres sus hermanos, dondequiera está la Iglesia. De hecho los primeros misioneros llegados a América, provenientes de tierras de eminente tradición mariana, junto con los rudimentos de la fe cristiana van enseñando el amor a Ti, Madre de Jesús y de todos los hombres. Y desde que el indio Juan Diego hablara de la dulce Señora del Tepeyac, Tú, Madre de Guadalupe, entras de modo determinante en la vida cristiana del pueblo de México. No menor ha sido tu presencia en otras partes, con los que en cada nación y aun en cada zona los pueblos latinoamericanos te expresan su devoción más profunda y Tú les proteges en su peregrinar de fe. Este pueblo, que afectuosamente te llama “ la Morenita ”. Este pueblo –e indirectamente todo este inmenso continente– vive su unidad espiritual gracias al hecho de que Tú eres la Madre. Una Madre que, con su amor, crea, conserva, acrecienta espacios de cercanía entre sus hijos.
¡Salve, Madre de México!
¡Madre de América Latina!
Luego, en la exhortación apostólica "Ecclessia in América", dada en Ciudad de México el 22 de enero de 1999 nos dice el mismo Juan Pablo II:
Cuando nació Jesús, los magos de Oriente acudieron a Belén y «vieron al Niño con María su Madre» (Mt 2, 11). Al inicio de la vida pública, en las bodas de Caná, cuando el Hijo de Dios realizó el primero de sus signos, suscitando la fe de los discípulos (Jn 2, 11), es María la que interviene y orienta a los servidores hacia su Hijo con estas palabras: «Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5). A este respecto, he escrito en otra ocasión: «La Madre de Cristo se presenta ante los hombres como portavoz de la voluntad del Hijo, indicadora de aquellas exigencias que deben cumplirse para que pueda manifestarse el poder salvífico del Mesías». Por eso, María es un camino seguro para encontrar a Cristo. La piedad hacia la Madre del Señor, cuando es auténtica, anima siempre a orientar la propia vida según el espíritu y los valores del Evangelio.
La aparición de María al indio Juan Diego en la colina del Tepeyac, el año 1531, tuvo una repercusión decisiva para la evangelización. Este influjo va más allá de los confines de la nación mexicana, alcanzando todo el Continente. Y América, que históricamente ha sido y es crisol de pueblos, ha reconocido « en el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac, [...] en Santa María de Guadalupe, [...] un gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada ».
Benedicto XVI, por su parte, dijo el 12 de diciembre de 2011:
La venerada imagen de la Morenita del Tepeyac, de rostro dulce y sereno, impresa en la tilma del indio san Juan Diego, se presenta como «la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive» (De la lectura del Oficio. Nicán Mopohua, 12ª ed., México, D.F., 1971, 3-19). Ella evoca a la «mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza, que está encinta» (Ap 12,1-2) y señala la presencia del Salvador a su población indígena y mestiza. Ella nos conduce siempre a su divino Hijo, el cual se revela como fundamento de la dignidad de todos los seres humanos, como un amor más fuerte que las potencias del mal y la muerte, siendo también fuente de gozo, confianza filial, consuelo y esperanza.
Por su «sí» a la llamada de Dios, la Virgen María manifiesta entre los hombres el amor divino. En este sentido, Ella, con sencillez y corazón de madre, sigue indicando la única Luz y la única Verdad: su Hijo Jesucristo, que «es la respuesta definitiva a la pregunta sobre el sentido de la vida y a los interrogantes fundamentales que asedian también hoy a tantos hombres y mujeres del continente americano» (Exhort. Ap. postsinodal Ecclesia in America, 10). Asimismo, Ella «continúa alcanzándonos por su constante intercesión los dones de la eterna salvación. Con amor maternal cuida de los hermanos de su Hijo que todavía peregrinan y se debaten entre peligros y angustias hasta que sean llevados a la patria feliz» (Lumen gentium, 62).
Los últimos Papas han dejado claramente manifiesto su beneplácito por las grandes implicaciones en torno del papel de la Virgen de Gaudalupe para la evangelización. La fe del pueblo mexicano es admirable porque no merma a pesar de todos los embates habidos para estigmatizar el gran acontecimiento guadalupano. El cúmulo de beneficios, de milagros y de manifestaciones de gratitud, las peregrinaciones, las festividades en todo el país y desde luego la tendencia a seguir por el camino del amor a la Virgen al mismo Jesús, habrán de ser siempre la señal de la esperanza en la transformación de nuestro país y sobre todo el esfuerzo para que cada persona aspire a los bienes del cielo.
¡Viva la Virgen de Guadalupe!
Excelsa Madre nuestra, querida Virgen pura,
es este nuestro canto, tributo y oración,
pues toda eres hermosa, tan linda tu figura,
recibe nuestros versos de todo corazón.
Has sido para el pueblo un bálsamo divino,
trayéndonos tu Hijo, dejándonos la fe,
si vienes y nos mueves en ti nuestro camino
se torna llevadero, feliz como se ve.
Uniste y congregaste a América Latina
debajo de tu manto, prodigio de tu amor;
nos das de tus milagros, pues eres prenda fina
que Dios quiso entregarnos con todo su esplendor.
La tierra da su fruto y tú nos das ejemplo
con tal de consentirnos y darnos caridad.
No existe un beneficio mayor que ver tu templo
plagado de esas almas que esperan tu bondad.
Que atraque nuestra barca al fin de nuestros días
allende tu esperanza, tu tierna calidez,
que lleguen nuestras almas a ti y las alegrías
de estar donde la gloria es toda exquisitez.
Oh, tierna virgencita, atiende nuestro anhelo
de descubrir a Cristo, el fruto de tu don,
pues es por tu importancia, que eres puerta del cielo,
el arca de la alianza, estrella y bendición. Amén.
Somos el pueblo elegido por Dios para que la Vrigen María de Guadalupe permaneciera con nosotros, no sólo en México, sino en América Latina. No olvidemos tampoco que durante todo el año se acercan numerosas peregrinaciones para visitarla en el Tepeyac desde todos los rincones del país, diócesis por diócesis y que, incluso una de las más numerosas es la que sale de Querétaro y Guanajuato. Es la fe que se manifiesta desde los más pequeños hasta los mayores. Es lo que inspira y mueve a tanta gente que quiere sentirse protegida al amparo de la morenita del Tepeyac.
Mucho se puede decir de la historia y de la acción evangelizadora del acontecimiento guadalupano. El que escribe recuerda haber escuchado hacia 1994 al Padre Prisciliano Hernández una excelente conferencia sobre los enigmas en la imagen, la figura y el ayate donde está impresa o pintada por mano divina la sagrada imagen. Nos presentó pruebas extraordinarias y muy elocuentes sobre ese acontecimiento, con la idea muy provocadora de defender nuestra fe; pero más aún, que fuéramos los testigos, los agentes activos portadores del mensaje que representa la Madre de América Latina.
En la homilía de la inauguración de la Conferencia del CELAM, el 27 de enero de 1979, en Puebla, dijo el Papa Juan Pablo II:
"Tu Hijo Jesucristo es nuestro Redentor y Señor. Es nuestro Maestro. Todos nosotros aquí reunidos somos sus discípulos. Somos los sucesores de los Apóstoles, de aquellos a quienes el Señor dijo: 'Id, pues, enseñad a todas les gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado. Yo estaré con vosotros hasta la consumación del mundo' (Mt 28, 19-20). En efecto, desde que en 1492 comienza la gesta evangelizadora en el Nuevo Mundo, apenas una veintena de años después llega la fe a México. Poco más tarde se crea la primera sede arzobispal regida por Juan de Zumárraga, a quien secundarán otras grandes figuras de evangelizadores, que extenderán el cristianismo en muy amplias zonas."
Lamentablemente cunde la idea sembrada por la masonería y los celos colonialistas de las potencias europeas de la llamada "leyenda negra", por la cual se demerita, se desprestigia y se llena de vituperios la labor, no de los conquistadores en sí, sino de los no pocos misioneros y sacerdotes que dieron la vida por la evangelización de los pueblos llamados originarios. Toda una labor apostólica, como lo menciona San Juan Pablo II. Tarea que nos concierne aún en nuestros días a los cristianos.
Y a medida que sobre estas tierras se realizaba el mandato de Cristo, a medida que con la gracia del bautismo se multiplicaban por doquier los hijos de la adopción divina, aparece también la Madre. En efecto, a Ti, María, el Hijo de Dios y a la vez Hijo Tuyo, desde lo alto de la cruz indicó a un hombre y dijo “He ahí a tu hijo” (Jn 19, 26), y en aquel hombre te ha confiado a cada hombre, te ha confiado a todos. Y Tú que en el momento de la Anunciación, en estas sencillas palabras: “He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38), has concentrado todo el programa de tu vida, abrazas a todos, te acercas a todos, buscas maternalmente a todos. De esta manera se cumple lo que el último Concilio ha declarado acerca de tu presencia en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Perseveras de manera admirable en el misterio de Cristo, tu Hijo unigénito, porque estás siempre dondequiera están los hombres sus hermanos, dondequiera está la Iglesia. De hecho los primeros misioneros llegados a América, provenientes de tierras de eminente tradición mariana, junto con los rudimentos de la fe cristiana van enseñando el amor a Ti, Madre de Jesús y de todos los hombres. Y desde que el indio Juan Diego hablara de la dulce Señora del Tepeyac, Tú, Madre de Guadalupe, entras de modo determinante en la vida cristiana del pueblo de México. No menor ha sido tu presencia en otras partes, con los que en cada nación y aun en cada zona los pueblos latinoamericanos te expresan su devoción más profunda y Tú les proteges en su peregrinar de fe. Este pueblo, que afectuosamente te llama “ la Morenita ”. Este pueblo –e indirectamente todo este inmenso continente– vive su unidad espiritual gracias al hecho de que Tú eres la Madre. Una Madre que, con su amor, crea, conserva, acrecienta espacios de cercanía entre sus hijos.
¡Salve, Madre de México!
¡Madre de América Latina!
Luego, en la exhortación apostólica "Ecclessia in América", dada en Ciudad de México el 22 de enero de 1999 nos dice el mismo Juan Pablo II:
Cuando nació Jesús, los magos de Oriente acudieron a Belén y «vieron al Niño con María su Madre» (Mt 2, 11). Al inicio de la vida pública, en las bodas de Caná, cuando el Hijo de Dios realizó el primero de sus signos, suscitando la fe de los discípulos (Jn 2, 11), es María la que interviene y orienta a los servidores hacia su Hijo con estas palabras: «Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5). A este respecto, he escrito en otra ocasión: «La Madre de Cristo se presenta ante los hombres como portavoz de la voluntad del Hijo, indicadora de aquellas exigencias que deben cumplirse para que pueda manifestarse el poder salvífico del Mesías». Por eso, María es un camino seguro para encontrar a Cristo. La piedad hacia la Madre del Señor, cuando es auténtica, anima siempre a orientar la propia vida según el espíritu y los valores del Evangelio.
La aparición de María al indio Juan Diego en la colina del Tepeyac, el año 1531, tuvo una repercusión decisiva para la evangelización. Este influjo va más allá de los confines de la nación mexicana, alcanzando todo el Continente. Y América, que históricamente ha sido y es crisol de pueblos, ha reconocido « en el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac, [...] en Santa María de Guadalupe, [...] un gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada ».
Benedicto XVI, por su parte, dijo el 12 de diciembre de 2011:
La venerada imagen de la Morenita del Tepeyac, de rostro dulce y sereno, impresa en la tilma del indio san Juan Diego, se presenta como «la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive» (De la lectura del Oficio. Nicán Mopohua, 12ª ed., México, D.F., 1971, 3-19). Ella evoca a la «mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza, que está encinta» (Ap 12,1-2) y señala la presencia del Salvador a su población indígena y mestiza. Ella nos conduce siempre a su divino Hijo, el cual se revela como fundamento de la dignidad de todos los seres humanos, como un amor más fuerte que las potencias del mal y la muerte, siendo también fuente de gozo, confianza filial, consuelo y esperanza.
Por su «sí» a la llamada de Dios, la Virgen María manifiesta entre los hombres el amor divino. En este sentido, Ella, con sencillez y corazón de madre, sigue indicando la única Luz y la única Verdad: su Hijo Jesucristo, que «es la respuesta definitiva a la pregunta sobre el sentido de la vida y a los interrogantes fundamentales que asedian también hoy a tantos hombres y mujeres del continente americano» (Exhort. Ap. postsinodal Ecclesia in America, 10). Asimismo, Ella «continúa alcanzándonos por su constante intercesión los dones de la eterna salvación. Con amor maternal cuida de los hermanos de su Hijo que todavía peregrinan y se debaten entre peligros y angustias hasta que sean llevados a la patria feliz» (Lumen gentium, 62).
Los últimos Papas han dejado claramente manifiesto su beneplácito por las grandes implicaciones en torno del papel de la Virgen de Gaudalupe para la evangelización. La fe del pueblo mexicano es admirable porque no merma a pesar de todos los embates habidos para estigmatizar el gran acontecimiento guadalupano. El cúmulo de beneficios, de milagros y de manifestaciones de gratitud, las peregrinaciones, las festividades en todo el país y desde luego la tendencia a seguir por el camino del amor a la Virgen al mismo Jesús, habrán de ser siempre la señal de la esperanza en la transformación de nuestro país y sobre todo el esfuerzo para que cada persona aspire a los bienes del cielo.
¡Viva la Virgen de Guadalupe!
Excelsa Madre nuestra, querida Virgen pura,
es este nuestro canto, tributo y oración,
pues toda eres hermosa, tan linda tu figura,
recibe nuestros versos de todo corazón.
Has sido para el pueblo un bálsamo divino,
trayéndonos tu Hijo, dejándonos la fe,
si vienes y nos mueves en ti nuestro camino
se torna llevadero, feliz como se ve.
Uniste y congregaste a América Latina
debajo de tu manto, prodigio de tu amor;
nos das de tus milagros, pues eres prenda fina
que Dios quiso entregarnos con todo su esplendor.
La tierra da su fruto y tú nos das ejemplo
con tal de consentirnos y darnos caridad.
No existe un beneficio mayor que ver tu templo
plagado de esas almas que esperan tu bondad.
Que atraque nuestra barca al fin de nuestros días
allende tu esperanza, tu tierna calidez,
que lleguen nuestras almas a ti y las alegrías
de estar donde la gloria es toda exquisitez.
Oh, tierna virgencita, atiende nuestro anhelo
de descubrir a Cristo, el fruto de tu don,
pues es por tu importancia, que eres puerta del cielo,
el arca de la alianza, estrella y bendición. Amén.
JHC
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