miércoles, 4 de diciembre de 2019

Banquete celestial


1. Ante el Creador y la perfección de su obra:

Mucho se le cuestiona al cristianismo su defensa del desvalido. No faltan las mordaces posturas que sugieren la conveniencia porque de parte de la Iglesia se favorezca el sufrimiento porque es fuente de sometimiento, de control y de explotación de la llamada administración de los sacramentos y el comercio de la fe y de la religiosidad del pueblo.

Asimismo, abundan, como apuntábamos en otro momento, las doctrinas, ya sea religiosas o psicológicas cuya pretensión es sustraerse y sustraer a otros y liberarlos de la pena implícita para conseguir algo o, simplemente, para dejar de sufrir.

Y no faltan, además, las posturas filosóficas u otras menos articuladas que con sobrada razón suelen cuestionar, ya sea la existencia de Dios, o ya sea su ineficacia, ante el surgimiento del mal en el mundo. No tiene sentido que haya mal, si se supone que Dios es Dios del Bien y de la Bondad. Es un contrasentido para quienes así lo conciben y no llegan a la comprensión de la libertad del arbitrio propio del ser humano, aunque eso podrá ser tema de otras cavilaciones.

Se asocia, no sólo el sufrimiento y la enfermedad, sino también el hambre con la pobreza y la desdicha. Por contraparte la abundancia y la riqueza son sinónimos de salud, de bienestar y de felicidad. Esas son las categorías que el mundo nos presenta por lo general, aunque pueda darse el caso de que el desposeído se sienta libre de prescindir de lo que en el fondo no necesita, así como que el opulento sufra terriblemente la angustia del apego a las propias cosas. En esos casos, estaríamos hablando de un sentir, más que de un signo visible en cuanto a posesión de bienes materiales.

Con independencia de saber si se tienen o no los bienes materiales, no hay nadie que pueda presumir de no tener afección alguna en su fuero interno. Y es ahí donde reside la condición de pobreza y de riqueza que le atañe a la dimensión espiritual de la persona. Es al desposeído espiritual, al pobre, al desvalido por dentro a quien le hace falta sanar su espíritu y salvarse. 

Los que esperamos a Jesús y su venida en este adviento, en este tiempo, somos los que estamos sedientos, los que espiritualmente necesitamos su presencia, su fuerza, su poder, su salvación. Y clamamos por aquel que nos lo prometió. Y luchamos diariamente o por omisión dejamos de hacerlo; pero no podemos ser indiferentes ante esta hambre de Dios.

2. Ante el logos que ilumina nuestra razón y nutre nuestra esperanza.

En el tiempo de la preparación para la venida de Cristo se nos presentan una serie de discursos escatológicos veterotestamentarios, específicamente del profeta Isaías. En el caso del capítulo 25, 6-10a, lectura propuesta para la liturgia de este día, nos evoca un banquete dado y preparado por Dios mismo, quien vence la muerte para siempre. Hay un gozo y un regocijo porque la esperanza estaba puesta en la salvación.

El Salmo 23 evoca el agradecimiento porque es Dios quien nos asiste con su misericordia y su generosidad, a pesar de los sufrimientos y las tribulaciones, a pesar de la oscuridad y la angustia. Repara nuestras fuerzas y nos conduce por el sendero correcto.

El relato de la multiplicación de los panes en Mateo 15 guarda un paralelismo con la lectura de Isaías. Igual que en ese caso hay un monte aludido. Jesús sube a él, junto al mar de Galilea. Allí se le presentan lisiados, tullidos, sordos, enfermos, etc., personas necesitadas de sanación, deseosas de la acción de Cristo. Igual que el pasaje descrito por el Profeta, dónde se describe en un monte la presencia de los pueblos desconsolados que esperaban la salvación de Dios. Luego Mateo introduce el milagro de la multiplicación. Con ello Jesús ofrece la comida, el manjar para la multitud. Toma siete panes y los reparte. El número siete de los panes no es casualidad, pues la tradición y la misma Biblia nos presentan siempre este número como sinónimo de plenitud y de perfección. El otro número simbólico es el tres, pues se dice que ya llevaban tres días en ese lugar, al término de los cuales Jesús sintió compasión de ellos y les ofrece el alimento, así que el paralelismo con la lectura de Isaías no sólo es por la acción divina encima del monte para dar un banquete, un manjar del cielo, sino porque en el segundo caso fue al término de tres días de estar esperando algo de Jesús, de estar con la avidez de la sanación o de la salvación; paralelismo que no deja de sugerirnos los tres días de la muerte para dar paso a la resurrección de Jesús; o el de la estancia de Jonás en las entrañas de la ballena antes de ser regurgitado en Nínive para cumplir su misión; y así podríamos encontrar más casos similares.

La espera del cristiano o de cualquier persona de buena voluntad, como nos lo recuerdan siempre los grandes maestros de la fe, que fueron para nuestro caso los santos, es una espera en la sanación y en la salvación de Dios. En la sanación de nuestras heridas, enfermedades y debilidades. No se reconoce la desdicha y el sufrimiento porque el cristiano guste de sufrir o de saberse víctima, sino porque está o se hace consciente de la precariedad de la vida, de la dificultad inherente al inevitable sufrimiento de la carne, del paso del tiempo, de la debilidad, del combate para mantener la vida y permanecer en el ser. Ya en el documento sobre "el sentido cristiano del sufrimiento humano", Juan Pablo II nos explicaba cómo al llevar una vida de dificultades nos acerca, nos une y nos hace partícipes del sacrificio de Jesús en sus dolores que llevó junto con la cruz en su pasión; pero también la esperanza, como decía San Pablo, de que "si hemos muerto con él, viviremos con él".

Por otro lado nos dice Benedicto XVI en el número 38 de la encíclica Spe Salvi que: "la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Esto es válido tanto para el individuo como para la sociedad. Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana. A su vez, la sociedad no puede aceptar a los que sufren y sostenerlos en su dolencia si los individuos mismos no son capaces de hacerlo y, en fin, el individuo no puede aceptar el sufrimiento del otro si no logra encontrar personalmente en el sufrimiento un sentido, un camino de purificación y maduración, un camino de esperanza. En efecto, aceptar al otro que sufre significa asumir de alguna manera su sufrimiento, de modo que éste llegue a ser también mío. Pero precisamente porque ahora se ha convertido en sufrimiento compartido, en el cual se da la presencia de un otro, este sufrimiento queda traspasado por la luz del amor. La palabra latina consolatio, consolación, lo expresa de manera muy bella, sugiriendo un «ser-con» en la soledad, que entonces ya no es soledad. Pero también la capacidad de aceptar el sufrimiento por amor del bien, de la verdad y de la justicia, es constitutiva de la grandeza de la humanidad porque, en definitiva, cuando mi bienestar, mi incolumidad, es más importante que la verdad y la justicia, entonces prevalece el dominio del más fuerte; entonces reinan la violencia y la mentira. La verdad y la justicia han de estar por encima de mi comodidad e incolumidad física, de otro modo mi propia vida se convierte en mentira. Y también el «sí» al amor es fuente de sufrimiento, porque el amor exige siempre nuevas renuncias de mi yo, en las cuales me dejo modelar y herir. En efecto, no puede existir el amor sin esta renuncia también dolorosa para mí, de otro modo se convierte en puro egoísmo y, con ello, se anula a sí mismo como amor."

Por su parte, nuestra filósofa Simone Weil, reconoce desde lo profundo a su manera el sentido del sufrimiento que anhela la acción de Dios, pues ella misma decidió experimentar la pobreza, la precariedad y la asistencia a los obreros pobres y oprimidos de su época y acepta que, sintiéndose esclava, pudo experimentar la misericordia de Dios y lo expresa bellamente cuando afirma que: "la desdicha está realmente en el centro del cristianismo. El cumplimiento del único y doble mandamiento «Ama a Dios», «Ama a tu prójimo», pasa por la desdicha. Pues en cuanto al primero, Cristo dijo: «Nadie va al Padre si no es a través del Hijo». Y dijo también: «Como Moisés elevó la serpiente en el desierto, así también el Hijo del Hombre debe ser elevado, a fin de que cualquiera que crea en él alcance la vida eterna». La serpiente es aquella serpiente de bronce a la que bastaba mirar para quedar preservado de los efectos del veneno. No se puede, pues, amar a Dios sino mirando la cruz. Y, en cuanto al prójimo, Cristo dijo quién es ese prójimo al que debe dirigirse el amor. Es ese cuerpo desnudo, ensangrentado y desvanecido que yace junto al camino. Es ante todo la desdicha lo que se nos ordena que amemos, la desdicha del hombre, la desdicha de Dios. Con frecuencia se reprocha al cristianismo una complacencia mórbida en el sufrimiento y el dolor. Es un error. El cristianismo no se centra en el dolor y el sufrimiento, que son sensaciones, estados anímicos en lo que siempre puede buscarse una voluptuosidad perversa. Se trata de algo muy distinto. Se trata de la desdicha y la desdicha no es un estado anímico. Es una pulverización del alma por la brutalidad mecánica de las circunstancias. La transmutación que hace pasar a un hombre del estado humano al estado de gusano medio aplastado que se retuerce en el suelo no es una operación en al que ni siquiera un degenerado pueda complacerse. Es a esto a lo que hay que consentir por la virtud del amor sobrenatural."


3. Ante el Espíritu Santo que inspira nuestra caridad.

El cristiano no puede permanecer inmune ni ser omiso al sufrimiento propio o ajeno. El propio eventual sufrimiento debe servir para que en ello se manifieste la misericordia y la gloria de Dios y para dar un testimonio propio y verdadero. El ajeno debe servirnos para intensificar la oración y buscar siempre algo que nos ayude a encaminar en comunidad nuestros pasos hacia Dios, en el servicio al prójimo y en la dotación de sentido de nuestra vida a través de ello.

Ningún cambio para bien en nuestra vida es mágico. Nada puede verificarse sin un proceso, sin la suficiente dosis de paciencia y de entrenamiento de nuestro espíritu. Es importante la esperanza, la perseverancia para ver los resultados en nuestra vida. Por eso los tiempos como el del adviento, que nos preparan para un acontecimiento mayor y pleno, son oportunidades inmejorables para poner de manifiesto nuestro compromiso.

No debe asustarnos, entonces, la exigencia de la purificación y de la penitencia para poder recibir en nuestro ser a Dios mismo. al que hace tanto por nosotros, incluso cuando, al experimentar la compasión, se dé cuenta de nuestra hambre espiritual, de nuestra necesidad de conversión y de sanación. Pongamos nuestras fuerzas en procurar ese camino espiritual y esa formación de nuestro intelecto y nuestra fe.



4. Oración.

Condúcenos, Señor, 
por sendas do la paz sea nuestro sino, 
e inspíranos tu Amor, 
que, andando en tu camino, 
comer de tu banquete sea destino.

Ni el mal, ni el sufrimiento, 
ni el paso por cañadas tan oscuras, 
nos dejen con lamento 
por tristes desventuras, 
pues has de agasajar a tus criaturas.

Señor, que das la vida 
y triunfas y sometes a la muerte, 
que mi alma vaya asida 
junto a tu brazo fuerte, 
consciente de que, al fin, habré de verte.

Amén.


JHC


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