@jhcastelano
Decía Pascal que el hombre es incapaz de estar quieto y concentrarse consigo mismo, de enfrentarse a la conciencia de la mismidad. No podemos estar con nosotros mismos porque enseguida sentimos la imperiosa necesidad de salir disparados en busca de alguien que nos haga compañía, o de algún entretenimiento que nos subyugue o someta, de lo cual seamos esclavos. Preferimos eso a mirarnos, porque encontraríamos en nosotros algo que nos pudiera desagradar o incluso aterrar. Por eso inventamos el entretenimiento y "corremos tras la liebre", como decía el francés.
Y nuestra curiosidad por lo banal nos lleva a veces a grados extremos de ver en el sinsentido la motivación de nuestras atracciones. Nuestra compulsiva tarea de estar al día (o al instante) en el contenido de las redes sociales forma parte de esta misma cadena opresora de nuestro tiempo y nuestras energías encauzadas a eso, a vivir pendientes del discurso, del tema, de la ocasión. Sin embargo, hay peores cadenas, hay otro tipo de entretenimientos y aficiones mucho más grotescas y extremosas. Algunas de ellas han llevado a la muerte a quienes experimentan la intensidad de su puesta en práctica. Tal es el caso de los llamados "challenges" o retos. Las personas ya no saben de repente qué hacer para mantenerse ocupadas y entretenidas. Lo han visto todo. Lo han experimentado todo. O al menos, así parece.
El acceso al mundo de la información vende la quimera del saber, que se confunde con la existencia de los datos o de la capacidad para encontrar referencias sobre prácticamente cualquier tema. No son pocos los profesionales de la educación que se refieren a este tiempo como el de la plenitud de la inteligencia, dada la sobreabundancia y facilidad de poseer todos los datos posibles de información sobre cualquier tema. Confunden, pues, el saber real con la posesión de los datos de la información. No distinguen la condición ignorante de quienes creen saberlo todo porque sus móviles tienen punto de acceso a Google o a cualquier servidor que ofrece rápidas respuestas a cualquier cuestión. Ni siquiera existe el afán de seleccionar las fuentes. Si ya muchos pensadores del siglo pasado advertían sobre los riesgos de la pérdida de racionalidad por la sobre exposición al televisor, ¿qué podrían diagnosticar de esta hiper conectividad y flujo de datos de la internet? ¿Dónde se ha quedado esa capacidad, ya no digamos de argumentar lógicamente, sino por lo menos de reconocer el origen o la fuente de los datos que se manejan, como para preparar un juicio medianamente aceptable sobre cualquier tema en cuestión?
La realidad es que cualquiera puede opinar sobre cualquier tema. ¡Y pretende tener razón, sin más, y sin un mínimo de rigor lógico! Ante estos raros agentes, personajes como José Ingenieros o como José Ortega y Gasset, definitivamente se quejaban de la pretensión altanera, soberbia e insolente de la llamada "opinión pública", de la oportunidad muy democrática de hacer hablar a la ignorancia.
Vivimos tiempos de abaratamiento de la cultura y del conocimiento y de la ciencia y de la filosofía. Vivimos tiempos "líquidos", sin fundamento y sin sustancia. Tiempos de lo efímero, de lo incierto, de la simulación, de la realidad virtual, de la tergiversación o relativización del lenguaje, del fondo, de la estructura y hasta de lo serio. Y si esa actitud invade el terreno religioso, tenemos la falta de compromiso y la ignorancia de las propias bases dogmáticas y el poco celo religioso. Pululan entonces los expertos que diagnostican la muerte de las religiones y, peor aún, los no menos zafios que se erigen en grandes teólogos y ellos mismos se inventan cualquier imagen de la religión, de los santos o de Dios y que al contentillo se adaptan para sí mismos las ideas que mejor les convienen para justificar sus razones y sus formas comodinas de vida.
Estos últimos corren por la vida esperando ver los milagros para creer, de lo contrario son capaces de declararse ateos o agnósticos, según convenga. Son quienes pueden caer fácilmente en relatos simples de la historia de las religiones, en especial, de la Iglesia Católica. Son los que pueden llegar a etiquetar toda señal de oscurantismo y concluir, sin más, que eso era la Edad Media, por ejemplo. Son quienes se dejan llevar por clichés sin fundamento, o que pretenden que saben porque los jugos de la civilización les proveen del alimento de su intelecto, sin darse cuenta de su condición parasitaria.
Vivir en la ignorancia ultramoderna, en la idolatría de los modelos que el mundo nos da, o en la apostasía de la falta de compromiso real bajo los preceptos de la religión, de modo tal que, lo que florece sin ningún pudor, es la confusión, la desorientación o la perdición conveniente, es la más grotesca ceguera de nuestros días. Incluso cuando se justifica el asesinato so pretexto de la defensa a la libre decisión de la mujer, por ejemplo, o que se promueva una falsa idea de inclusión, cuyos alcances harían ruborizar al mismísimo John Locke con su "carta sobre la tolerancia". Un tipo de ceguera espiritual, tal vez, o de incapacidad visual que sólo acierta a confundir o a esperar o tratar de atestiguar la maravilla, lo extraordinario, lo que rompa la rutina y dote de motivos para el entretenimiento perenne.
Lo mismo se puede decir del sentido del oído y de la capacidad del habla. Si la llamada civilización actual no acierta a escuchar lo que de verdad le pueda orientar, sino lo que le halaga el deseo, estamos ante una sordera para lo profundo, lo esencial, lo importante. Es la sordera que rechaza la Palabra de Dios, pues la cree anacrónica o simplemente no la entiende.
El que saca de su boca cualquier palabra, o de su tintero cualquier idea, o de su ordenador cualquier opinión ajena al orden y la huella de lo divino, padece esa suerte de mudez, que por mucha estridencia que agregue al ruido o al pretendido lenguaje que maneja, no llega a decir nunca nada por lo cual le vaya la vida en ello y perdure a través de la memoria,o bien, que inspire a buscar los bienes más altos.
Tenemos entonces ya señaladas tres incapacidades: no ver, no oír, no hablar, señales que ya desde el Antiguo Testamento eran las peores calamidades frente al orden divino, pues el que no ve, no puede reconocer la creación de Dios; el que no oye no puede escuchar la Palabra de Dios, no tiene ese privilegio; y el que no habla, no puede proclamar la Palabra ni hacer explícita la ley divina, ni dar cuenta de su situación como criatura y después como hijo de Dios. Quienes padecen esas tres incapacidades no ameritan, en el contexto veterotestamentario, pertenecer a la comunidad del pueblo de Dios. Son rechazados, vejados y expulsados. No cuentan en ese contexto.
A esos pobres indefensos y hasta inútiles para la cultura judía, a esos se dirige la Palabra en este día. En el fondo tantas anomalías descritas por un discurso cuasi apocalíptico, no son más que incapacidades o pobrezas. Son frutos de la indigencia de las almas. Si cada quien comenzara por reconocer su propia fragilidad, ya se estaría dando el primer paso de la preparación a la que se nos alude con las lecturas de la liturgia de hoy: Isaías nos dice que "se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará. Volverán los rescatados del Señor, vendrán a Sión con cánticos: en cabeza, alegría perpetua; siguiéndolos, gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán". Siempre se puede notar de inicio la alusión directa a quienes padecen las condiciones ya antes descritas.
El Salmo 145, por su cuenta, ofrece en estilo lírico la misma consideración frente a los indefensos:
"El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos."
Y el verbo mirar o contemplar sigue tomando fuerza, ahora con la carta del Apóstol Santiago: "Mirad que el juez está ya a la puerta. Tomad, hermanos, como ejemplo de sufrimiento y de paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor", quien no sólo pide la capacidad visual para reconocer a Dios, sino que agrega, además, la muy necesaria virtud de la paciencia para resistir hasta la venida de Cristo.
Jesús, en el evangelio de San Mateo, participa en tono un tanto irónico para reclamar la falta de distinción en lo que se quiere ver:
Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: "Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti." Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.»
No es en el espectáculo para captar seguidores en la Iglesia, ni en los mensajes que las apariciones sobrenaturales parecen dejar para todos, no es en la espera de los milagros para creer o en las acciones heroicas de los agentes misionales en el mundo como podemos ver o contemplar a Dios, escucharlo y hablar de él. No necesitamos el púlpito caprichoso de los medios de comunicación para estar anunciando la Buena Nueva. Lo que necesitamos es quitar el velo de la hipocresía, de la ignorancia y de nuestra incapacidad por descubrir a Dios en los vestigios de su creación, para poder verlo, pedirle que cure esa nuestra ceguera, que abra nuestros oídos a escuchar su Palabra y que nos permita decir lo mejor, lo que el Espíritu Santo nos inspire, pues es por su nombre que podemos ejercer nuestra capacidad de hablar, reconociéndolo en lo sencillo, en lo próximo. Nos está esperando. Es el momento de finiquitar nuestra preparación para el encuentro con Él.
ORACIÓN.
Hoy vengo, buen Jesús, para escucharte,
te pido que me ayudes y me sanes,
te pido multipliques estos panes
que doy con la intención de pregonarte.
Sin miedos, ¡oh, Jesús, quisiera amarte!,
pues eres dulce fin de mis afanes,
son tuyos mis empeños y mis planes.
Permítenos sentirte y adorarte.
Disipa de una vez esta ceguera,
que encuentre tu belleza y majestad,
plasmada en tantas cosas dondequiera.
Que cante con mi lengua la Verdad,
sin dudas, sin temores, ni siquiera
el miedo a no vivir la eternidad. Amén.
JHC
Santa Ana Chiautempan, Tlaxcala
Santa Ana Chiautempan, Tlaxcala
P.D. El audio, para quien guste, está acá.
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