viernes, 6 de diciembre de 2019

"Véante mis ojos"



Los sentidos nos permiten enlazar con el mundo. Cualesquiera de ellos nos permiten experimentar cómo son las cosas en el mundo físico. Se dice que hombres y mujeres tenemos distinta capacidad para captar y percibir lo que nos rodea, aunque también se puede decir lo mismo sobre los niños, los adultos mayores o sobre cualquier persona con distinta condición.

Muy a menudo he podido encontrar a un hombre ciego, de unos cuarenta y cinco años tratando de cruzar las calles. Más de alguna vez he podido auxiliarlo. Siempre me agradece; pero una vez me dijo que los coches difícilmente paran o le ceden el paso en estas calles. Me quedé pensando cómo imaginará los vehículos, si es que es ciego de nacimiento. Es un misterio, pues todos solemos estar acostumbrados a depender exageradamente del sentido de la vista. Recuerdo que inmediatamente hice el ejercicio de cerrar los ojos mientras seguí caminando, pero me dio miedo y no quise seguir así. Entonces admiré más a los ciegos. Entiendo que los demás sentidos se agudizan en esas personas.

En la tradición religiosa oriental del budismo, por ejemplo, se busca prescindir de los sentidos corporales en el proceso de la meditación con tal privilegiar la apertura de nuevas sensaciones en el interior y, desde luego, para ensimismarse y lograr esos llamados estados de conciencia profundos.

En nuestra tradición cristiana lo más cercano a eso es el ejercicio de la contemplación y los escritos de los grandes místicos, como el maestro Eckhart, que en obras como "El fruto de la nada", predicaba la idea del "vaciamiento de sí" para poder experimentar el encuentro con Dios.

En fin, la idea del encuentro ha sido explorada y explicada por los últimos papas, desde Juan Pablo II, pasando por Benedicto XVI y Francisco. Los tres coinciden en que, la experiencia de Dios no se da tanto en la mente, en el intelecto. No es por la idea, sino por la experiencia del encuentro. Ahora bien, esta posibilidad de encuentro no es posible si no afinamos bien nuestros sentidos; pero no meramente los corporales, al menos en una primera instancia, sino los espirituales.

En la lectura (Is 29, 17-24), el salmo (26, 1.4, 13-14) y evangelio de este día (Mt. 9, 27-31) se nos proponen unas cuantas ideas:

Una promesa que cumple Dios: la de encumbrar, salvar y consolar a su pueblo santo.
Un paisaje o tierra prometida: que en Isaías es referida con ricos vergeles.
Una sanación: para los sordos y los ciegos, es decir, para quienes no escuchan la Palabra de Dios y los que no ven su salvación.
Una liberación: para los pobres y los oprimidos.
Un deseo de habitar la casa de Dios.
Un reconocimiento al que es luz y salvación.
Una sanación de la ceguera.
Un milagro reconocido que hay que anunciar, pregonar y presumir, a saber, la curación de los dos ciegos pro parte de Jesús.

El valor de la vista nos remite a la posibilidad del reconocimiento de la gloria de Dios; pero también nos evoca la importancia de tener abiertos los sentidos para ese encuentro con lo divino a través del Hijo de Dios, para el caso del evangelio y para nosotros, en tanto asumimos la tarea del mediador. Los sentidos no son necesariamente los corporales, sino los espirituales, decíamos, y es que las categorías humanas para expresar la experiencia del encuentro rebasan los ejemplos de la mera visión con los ojos, aunque tenemos casos como el de este poema atribuido a Santa Teresa de Jesús:

Véante mis ojos, dulce Jesús bueno;
véante mis ojos, muérame yo luego.

Vea quién quisiere rosas y jazmines,
que si yo te viere, veré mil jardines,
flor de serafines; Jesús Nazareno,
véante mis ojos, muérame yo luego.

No quiero contento, mi Jesús ausente,
que todo es tormento a quien esto siente;
sólo me sustente su amor y deseo;
Véante mis ojos, dulce Jesús bueno;
véante mis ojos, muérame yo luego.

Siéntome cautiva sin tal compañía,
muerte es la que vivo sin Vos, Vida mía,
cuándo será el día que alcéis mi destierro,
veante mis ojos, muérame yo luego.

Dulce Jesús mío, aquí estáis presente,
las tinieblas huyen, Luz resplandeciente,
oh, Sol refulgente, Jesús Nazareno,
veante mis ojos, muérame yo luego.

¿Quién te habrá ocultado bajo pan y vino?
¿Quién te ha disfrazado, oh, Dueño divino ?
¡Ay que amor tan fino se encierra en mi pecho!
veante mis ojos, muérame yo luego.

Gloria, gloria al Padre, gloria, gloria al Hijo,
gloria para siempre igual al Espíritu.
Gloria de la tierra suba hasta los cielos.
Véante mis ojos, muérame yo luego. Amén.

De donde podemos conjeturar que no hay valor más grande que el ver a Dios, que experimentarlo y sentirlo. Y, pues que ya no hay nada mejor que eso, morir en la Gracia de Dios es deseable, es una exigencia del alma sedienta de Dios. Y no necesariamente por el sentido corporal de la vista, pues hay buenos ejemplos de quienes tuvieron sendas experiencias místicas sin que se nos aclare lo que vieron de manera específica:

Blas Pascal, por ejemplo, en su Memorial explica lo que sintió o lo que parece que vio, como si lo hubiera visto; pero no lo dice así, sino que se refiere al fuego, a la sensación de la presencia de Dios.

Manuel García Morente, el filósofo español exiliado en Francia, quien afirma haber tenido experiencia mística de encuentro con Jesús, quien lo abrazó y abrazó al mundo entero.

Y así podríamos continuar; pero es menester apresurarnos a dejar la invitación para que mantengamos nuestros sentidos abiertos y atentos a la acción de la Gracia de Dios, siempre a la espera de tener ese encuentro que nos vivifique, nos cambie, nos sane y nos salve. Este es el tiempo.

Oración:

Dios de nuestros padres,
 Señor del Universo,
 por ti nuestra alma suspira,
 por ti nuestro aliento fluye,
 por ti nuestra sangre se mueve,
 por ti nuestra fuerza nos impulsa,
 por ti anhelamos la vida eterna,
 por ti, que eres nuestro creador y Señor,
 por ti nuestros sentidos te buscan.
 Danos tu Gracia,
 danos a tu Hijo y tu Palabra.
 Ábrenos la puerta y deja ver tu morada
 ahí donde queremos estar,
 donde no hay nada mejor que eso.
 Déjanos comenzar tu camino,
 déjanos renovar el compromiso de seguirte,
 de buscarte y de encontrarte.

 Amén.

JHC



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