lunes, 2 de diciembre de 2019

Ante la desesperanza


Lunes de la primera semana del tiempo de Adviento. Ciclo A. 2 de diciembre de 2019.


I. Ante el orden plasmado por el Creador.

Es propio de la naturaleza humana aspirar a Dios. San Buenaventura dice que el alma humana fue hecha para la alabanza de Dios y para la contemplación del misterio divino. Simone Weil nos dice que todo deseo, incluso el deseo del mal, en el fondo no es más que el deseo del alma por Dios; en ese sentido, los malos deseos son una desviación de la voluntad, una desorientación del alma perdida que, no reconociendo el objeto verdadero de su deseo, que es Dios, se confunde y se aboca a desear aquello que cree Dios, es decir, lo que idolatra.

Muchos filósofos, teólogos, clérigos y personajes ilustres de toda índole han caído en la tentación de confundir su deseo de Dios con otro tipo de deseos, ya sea de poder o de una falsa delectación de sus almas. Han sucumbido en el combate diario del fuero interno, de la conciencia. Es la desesperación. Es desesperanza. Al final el deseo de ser, de ser siempre, de no dejar de ser, puede llevar a la soberbia de la apostasía o simplemente a la nada. En el punto intermedio estaría, o la herejía, o la promoción de la idolatría.

El mundo actual se mece entre la desesperanza, la zozobra, la ignorancia o la indiferencia frente a Dios. Se hace muchas imágenes de Dios: desde un proveedor, hasta un mago que cumple caprichos, desde un facilitador, hasta un justificador de las acciones fuera de toda norma; desde un vengador o aliado personal, hasta un ente que sólo existe si me conviene. Hay quienes con su boca profesan la fe; pero con sus actos niegan toda posibilidad de testimonio de esa fe que dicen tener. Hay quienes de frente niegan la fe y pretenden tener obras buenas. En ambos casos se padece una especie de hemiplejía espiritual, no exenta de vacío, de sinsentido.

II. Ante la Palabra o el Verbo que nos ilumina y nos guía.

El tiempo de adviento no sólo es una preparación para la venida de Jesucristo al mundo o para su triunfo definitivo en la Parusía. Es también un tiempo para ir al encuentro de Dios, tal como lo canta el Salmo 121.

La consolación por la llegada de Cristo es para aquellos que están inscritos en el libro de la vida, los que aspiran a habitar la Jerusalén del cielo. Si bien ya no se nos enseña a aspirar al cielo, pues se pregona la no existencia del infierno, por lo tanto, para el mundo actual ya no tiene sentido hablar del cielo; sin embargo, el profeta Isaías mantiene viva la promesa del cielo, de la ciudad santa y del deseo por habitar en ella, en consonancia con el Salmo citado. El profeta no merma en su anuncio sobre el refugio y el abrigo, así como la justicia y la purificación de la sangre que se encuentra con Dios, así que no nos conviene perder esa esperanza.

El testimonio del centurión —hombre extranjero, ciudadano romano, soldado, opresor— nos trae la imagen de un Jesús que no ve las diferencias, ni en lo político, ni en lo ajeno o extraño. Ese testimonio no nos trae el ejemplo tan sólo de la esperanza, sino de la fe, pues se acoge a la simple posibilidad de la palabra de Jesús. Él sabe del poder de las palabras y así lo explica: pues habla y sus criados lo obedecen; por lo tanto, pide de Jesús, no su presencia en su casa para sanar a su criado, ¡sino simplemente su palabra! La palabra de Jesús sana y salva; pero el testimonio del centurión hace posible el milagro y abre las puertas al efecto de la acción de Jesús, al milagro no presencial.

A nosotros no nos haría falta la presencia real de Jesús en nuestras vidas, sino tan sólo su palabra, tal como nos da ejemplo este centurión romano. Esa es la fe, pues al cabo en otro punto de la escritura nos dice «dichoso tú que has creído sin haber visto…»

III. Ante las obras que son necesarias por el Espíritu que nos inspira.

La tarea que tenemos como cristianos es doble: por un lado, nos falta acogernos a Dios con toda nuestra fe, sin exigir su presencia, sólo dejando que su palabra sane y salve nuestra indigencia, nuestra enfermedad. Por otro lado, nos conviene ir al encuentro de Dios, sin la desesperanza de suponer que ya no vale la pena. Siempre es glorioso el encuentro, aun si nosotros somos los que nos adelantamos a ello con la esperanza cierta de saber que Jesús estará esperándonos, pues la aspiración a ser parte de la ciudad celestial debe prevalecer ante los embates del mundo actual, incluso los que pretenden socavar lo más íntimo de nuestro corazón y que tendrán que ver con la conciencia de luchar por el cielo.


ORACIÓN:

Padre amoroso,
precioso creador,
Tú que has llenado al mundo
con la belleza y la santidad
de las cosas que evocan tu huella,
permítenos ser constantes
en la oración,
en el discernimiento
de nuestra fe
y la perseverancia
de nuestra esperanza,
a fin de que anhelemos siempre
vivir en la eternidad
en tu ciudad santa en el cielo. Amén.


JHC

0 comentarios:

Publicar un comentario