sábado, 7 de diciembre de 2019

Estas manos que la magna producción precisa


La Palabra de Dios es palabra creadora. Cuando Dios pronunció palabra, el mundo fue, el Universo nació, la vida comenzó en medio del caos; el tiempo comenzó su marcha inexorable y fue posible el dinamismo, la fuerza, la energía y el conglomerado de entes. Según el relato de la creación en el Génesis, incluso se dio la oportunidad nuestro hacedor de organizar y armonizar lo creado hasta el séptimo día con su descanso, con su ausencia, con ese día de cuasi eternidad que estamos viviendo ahora.

La obra de Dios es inmensa. Es infinita. Es inalcanzable para la mente humana. Es el supremo misterio. Es ignota porque es tan vasta. Es inconmensurable. No podemos abarcarla. La producción de Dios es su creación. Esa producción requiere quien la administre, no sólo en su dimensión de existencia física, sino en todas las inexplicables e intrincadas aristas. Tan sólo las manifestaciones del Amor de Dios por medio de la belleza de su creación; pero también las ideas más sublimes, las más excelsas, el genio, la perfección de la forma, de los sonidos, de la imagen, del despliegue de los elementos: todo reclama quien trabaje en esa obra, en esa producción, en esa cosecha. La maravilla tiene el sino de la caridad, de la unión, de la conciencia de ser Uno. El filósofo pagano neoplatonista y gnóstico Plotino lo entendía. Nosotros, cristianos, buscamos y esperamos el dominio de la creación, a sabiendas de nuestra capacidad de libre albedrío, nos hacemos partícipes de la creación y tratamos de captar en medio del entramado del Universo cuál es nuestro lugar en él.

San Buenaventura nos explica que a Dios lo buscamos por los vestigios que ha dejado en su creación y por eso conocemos la Verdad, dice, como en espejo, porque somos imagen y semejanza de Dios. Por eso seguimos sus huellas, porque las ha dejado cuando plasmó su mano en su obra, en su producción. Por eso San Juan de la Cruz en su arrobamiento místico clama por Dios diciendo:

¿A dónde te escondiste, 
Amado, y me dejaste con gemido? 
Como el ciervo huiste 
habiéndome herido, 
salí tras ti clamando y eras ido.

Y es que sale para buscar desesperadamente su alma con toda la sed manifiesta de Dios; y le dice a los bosques y las criaturas:

¡Oh, bosques y espesuras, 
plantadas por las manos del Amado, 
oh, prado de verduras, 
de flores esmaltado, 
decid si por vosotros ha pasado!

¡Y la respuesta de las criaturas, tal como lo explica San Buenaventura!:

Mil gracias derramando, 
pasó por estos sotos con presura, 
y yéndolos mirando, 
con sola su figura, 
vestidos los dejó de fermosura!

En la creación, ahí están las huellas de Dios. Ahí está su rastro, su obra, su producción. Esa es la cosecha. Hace falta quien la cante, quien la cuente, quien le alabe y le dirija con fervor el recuento de la grandeza porque refleja a Dios. La tarea es titánica y reclama hombres y mujeres valientes que primero la miren y se dejen extasiar por ella y luego para que con ese encuentro lleguen a Dios y den testimonio de lo más bello, lo más alto, lo más profundo, lo que en la cosecha ha dejado como constancia el Creador que es señor y rey, que es el dueño de la mies.

Pero, ¿cómo podrá cantarse la maravilla de la creación, si no hay quién lo haga? ¿Cómo puede una melodía armoniosa ser interpretada con el canto, si no hay coro? ¿Cómo puede haber quién recoja la cosecha, si no hay obreros que lo hagan. Este es el sentido de la falta de obreros. Quizás no es por el reto de que las almas se pierdan, sino la encomienda de administrar la creación, de reconocer su grandeza, su belleza y, sobre todo, su abundancia, porque fue hecha por Dios. No se puede terminar, sino más bien mancillar si no la cuidamos; pero antes de cuidarla hay que conocerla, hay que recogerla. Es un llamado a que escudriñemos los misterios del mundo, de nuestras pasiones, nuestras afecciones y nuestras virtudes; de nuestras relaciones, nuestra capacidad de lograr la armonía en comunidad. La mies es mucha. Los obreros son pocos. Roguemos al dueño de la mies para que nos envíe más obreros.

¿Pero cómo va a haber más obreros, si el mundo actual nos está induciendo a pensar que más bien ya somos muchos, no los que trabajamos por la producción, sino los que la estamos arruinando ¡porque existimos, lucramos y exterminamos la producción de Dios!? ¿Cómo, pues, tratar con esta idea tan controvertida, polémica y a contracorriente de los dictados del Gran Animal?

Distinguimos dos dimensiones de comprensión sobre la carencia de obreros para trabajar la mies que es mucha y que es obra de Dios: por un lado, la más lógica, a saber, la del control poblacional, la de la "racionalización" y la de la idea de que ya no puede haber más personas en el mundo. La otra dimensión para comprender esta idea es la de la falta de personas comprometidas para anunciar la obra de Dios y la Buena Noticia de Jesús, por medio de la entrega consagrada al trabajo por el Reino de Dios.

En el primer caso vale decir que ya han surgido voces que alertan sobre el ocaso demográfico y sus terribles consecuencias, entre ellas, la dificultad que en el futuro habrá para quienes, hoy siendo mayoría jóvenes, serán mayoría jubilados, dada la inversión de la pirámide poblacional.

Sobre el otro caso no queda más que intensificar la oración para que nuestros sacerdotes, religiosos y misioneros sepan siempre dar la cara con un testimonio inmejorable, que las familias promovamos la oración desde la intimidad del hogar y sembremos la semilla de la fe para que las nuevas generaciones lleguen a sentir atracción por la entrega total a Dios.

Dios Todopoderoso,
causa eficiente
del mundo
y la creación,
observa las necesidades
de quienes esperamos
la venida gloriosa de Cristo
y muéstranos
el favor de la Gracia
del Espíritu Santo. Amén.

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