viernes, 20 de diciembre de 2019

Elogio del seis

@jhcastelano


En el libro del Apocalipsis se alude al número de la bestia, el 666 (Ap. 13, 18). A partir de dicho pasaje se ha interpretado tradicionalmente que el número 6 es detestable, o por lo menos, señal del mal, o de la imperfección. 

No queremos cambiar esa percepción sin algunas pruebas para elogiar el número seis.

Resultado de imagen para la anunciacionEl evangelio de hoy se refiere a la aparición de Arcángel San Gabriel frente a la Virgen María: "En el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David" (Lc. 1, 26). Suponemos que es el sexto mes del calendario. Un anuncio que llega sobre el sexto mes. Un anuncio de vida, de la vida más plena, la eterna.

San Buenaventura afirma haber tenido la misma visión que tuvo San Francisco de Asís y que ya había tenido antes el profeta Isaías ¡en el capítulo 6, del 1 al 6!: "El año de la muerte del rey Ozías vi a Señor sentado en un trono excelso y elevado, y sus haldas llenaban el templo. Unos serafines se mantenían erguidos por encima de él; cada uno tenía seis alas: con un par se cubrían la cara, con otro par se cubrían los pies, y con el otro par aleteaban. Uno a uno se gritaban: Santo, santo, santo, Yahvé Sebaot: llena está toda la tierra de su grloria. Se conmovieron los quicios y los dinteles a la voz de los que clamaban, y el templo se llenó de humo. Yo me dije: ¡Ay, de mí, estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros y vivo entre la gente de labios impuros y he visto con mis propios ojos a Yahvé Sebaot! Entonces voló hacia mí uno de los serafines con una brasa en la mano, que con las tenazas había tomado de sobre el altar".

Es el mismo San Buenaventura quien nos señala en su Itinerario del alma a Dios que por efecto de las tres virtudes teologales y ya que Dios nos hizo a su imagen y semejanza, la relación del alma con Dios sólo puede darse como por espejo, de tal manera que si de Dios nos vienen las virtudes teologales, fe, esperanza y caridad, nosotros podemos devolver el vínculo espejeando con nuestras potencias del alma, a saber, la memoria, el entendimiento y la voluntad, así el movimiento de Dios en tres virtudes se corresponde a nuestras tres potencias en la especulación, dando como resultado el seis.

Yahvé Dios, el Creador, utilizó seis días para completar su creación. Seis días de acción, al cabo de los cuales creó al hombre mismo.

Pero es San Agustín quien ofrece lo más completo este elogio:

Esta relación del uno al dos tiene su origen en el número tres: uno y dos son tres, y todo esto que dije nos lleva al número seis: uno, más dos, más tres, son seis. Se le llama perfecto por ser en sus partes completo. Encierra en sí una sexta y una tercera parte, y una mitad, y no existe en dicho número una parte que pueda ser equivalente a otra. La sexta parte es la unidad, dos la tercera parte, y tires la mitad. La suma de uno más dos, más tres, integran el número seis. La Escritura subraya esta perfección numérica del seis al narrar -cómo Dios en seis días llevó a complemento su obra y en el sexto fue el hombre creado a imagen de Dios. En la sexta época del género humano vino al mundo el Hijo de Dios y se hizo Hijo del hombre para rehacer en nosotros la imagen de Dios. Nos encontramos en la actualidad en esta sexta época, ora se distribuya por milenios de años en cada período, ora en espacios de tiempo históricos e insignes recordados en las Escrituras Santas. La primera edad corre desde Adán hasta Noé; la segunda llega hasta Abrahán; el evangelista San Mateo distingue luego desde Abrahán hasta David, desde David hasta la transmigración de Babilonia y, finalmente, hasta el parto Virginal. Estas tres edades, sumadas a las otras dos, hacen cinco. Por consiguiente, el nacimiento del Señor inaugura la sexta época, que se prolongará hasta el fin ignorado de los tiempos.

Bajo otro aspecto, el número seis es figura del tiempo, incluso en su distribución tripartita. El primer período tuvo lugar antes de la Ley; el segundo, bajo la Ley, y el tercero, bajo el imperio de la gracia. En esta última edad recibimos el sacramento de nuestra regeneración, para que, remozados al fin de los tiempos por la resurrección integral de la carne, sanemos de toda lacra corporal y espiritual. En aquélla mujer ligada por Satán con la enfermedad de su curvatura, a la que el Señor curó y enderezó, podemos ver una figura simbólica de la Iglesia. De estos enemigos ocultos se lamenta la voz del salmista: Han, dice, curvado mi alma. Esta mujer hacía dieciocho años padecía espíritu de enfermedad, número que da el seis multiplicado por tres. Además, el número de meses que resultan de los dieciocho años es igual a seis multiplicado por seis multiplicado por seis; es decir, seis elevado al cubo. Idéntico significado tiene la higuera evangélica, cuya esterilidad databa de hacía tres años. Intercedió por ella el hortelano, y se la dejó un año más, pasado el cual debía ser arrancada de permanecer en su esterilidad. Los tres años pertenecen a esta misma distribución tripartita, y los meses resultantes de los tres años corresponden en total a seis elevado al cuadrado, esto es, a seis multiplicado por seis.

El año solar, con su ciclo de doce meses de treinta días cada uno (tal es el mes establecido por los antiguos después de observar las fases lunares), contiene el número seis. Y el valor que tiene el seis en el orden primero de los números, es decir, en el de las unidades, del uno al diez, lo tiene el sesenta en el orden de las decenas, de diez a ciento. Luego sesenta días son la cuarta parte del año. El seis de la primera serie se multiplica por el primero de la segunda serie, esto es, seis por sesenta, y nos da por resultado trescientos sesenta días, que corresponden exactamente a los doce meses que tiene el año. Pero así como el mes es igual a un ciclo lunar completo, el año lo constituye el sol en su rotación a través de los signos zodiacales y, por consiguiente, faltan cinco días y un cuarto para que el sol complete su curso y cierre el año. Cuatro cuartos forman un día, que es menester intercalar cada cuatro años—año bisiesto—para no perturbar el orden de los tiempos. Y si consideramos estos cinco días y cuarto, vemos que el seis es de gran valor. Y esto por dos razones: la primera, porque como con frecuencia sucede, la parte se toma por el todo, y así ya no son cinco los días que faltan para completar el año, sino seis, pues la cuarta parte se computa como día pleno; la segunda, porque los cinco días son la sexta parte del mes, y la cuarta parte del día tiene seis horas. El día íntegro, con su noche, tiene veinticuatro horas, y la cuarta parte, denominada cuadrante, son seis horas; y así, más de dos veces en el curso del año el número seis nos presta excelentes servicios.

No sin causa, en la formación del cuerpo del Señor, simbolizado en el templo, que fue destruido por los judíos y que Cristo se comprometió a resucitar en tres días, el número seis tiene la valencia de un año. Dijeron los hebreos: Cuarenta y seis años se tardó en edificar este templo. Cuarenta y seis multiplicado por seis da doscientos setenta y seis; es decir, nueve meses y seis días, tiempo que se computa como si fueran diez meses en el parto de las mujeres, no porque todas lleguen en su preñez al sexto día después de los nueve meses, sino porque la perfección del Señor exigía que se emplearan íntegros los días prescritos, como nos lo enseña la Iglesia por la autoridad de sus mayores. Se cree fue concebido el 25 de marzo. El sepulcro nuevo donde nadie había sido sepultado es como el seno virginal de María, donde, ni antes ni después, ningún mortal había de nacer por seminación de varón 

Se cree también que Cristo nació el 25 de diciembre. Luego desde su concepción hasta su nacimiento tenemos doscientos setenta y seis días, número igual a seis repetido cuarenta y seis veces. En este número de años se construyó el templo de Jerusalén, y en el mismo número de senarios fue perfeccionado el cuerpo del Señor, cuerpo que será destruido en su pasión para resucitar al tercer día. El Señor se refería al templo de su cuerpo, según lo declara con toda evidencia y firmeza el evangelista en aquel testimonio que dice: Como estuvo Jonás en el vientre del pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches.

El triduo de la muerte de Cristo no fue completo, y la Escritura es de ello testigo; pues el primer día dio principio al declinar el sol y termina el tercero al despuntar la aurora, y ambos se computan como días plenos. El que está en medio de ellos, es decir, el segundo, fue día completo con sus veinticuatro horas, noche y día. Cristo fue crucificado primero por el clamor de los judíos hacia la hora de tercia del sexto día de la semana. La crucifixión tuvo lugar a la hora de sexta, y a la de nona entregó su espíritu. Fue sepultado cuando era ya llegada la tarde, es decir, al finalizar el día, al tenor de las palabras del Evangelio. Por cualquier parte que empiece, aun suponiendo que, sin contradecir al evangelista San Juan, haya sido suspendido en la cruz hacia la hora de tercia, no tenemos el primer día completo. Luego se computa como íntegro en su parte extrema, así como el tercero se dice completo aunque estaba aún alboreando. La noche hasta el amanecer que precedió a la resurrección del Señor pertenece al día tercero, porque el Dios que hizo brillar la luz en el seno de las tinieblas quiso darnos a entender esto por la gracia del Nuevo Testamento y por la participación de la resurrección de Cristo. Fuisteis algún tiempo tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor, insinuando en cierto modo que el día principia por la noche. Y así como los primeros días de la creación, a causa de la futura caída del hombre, se computaban de luz a noche, éstos, en virtud de la redención del hombre, se numeran de noche a la alborada. En consecuencia, desde la noche de la muerte de Cristo hasta el amanecer de su resurrección, hay cuarenta horas, contada la de nona. Con este número armoniza la duración de su vida sobre la tierra después de su resurrección, que fue de cuarenta días.

Es asaz frecuente en la Escritura el empleo de este número para significar el misterio de la perfección del mundo, dividido en cuatro partes. Tiene también su perfección el número diez, y multiplicado por cuatro nos da cuarenta. Desde el atardecer de la sepultura hasta la alborada de su resurrección hay treinta y seis horas, que es precisamente el número seis elevado al cuadrado. Se refiere a la habitud del uno al dos, proporción de la más bella armonía. Así, doce más veinticuatro, relación de la unidad al duplo, son treinta y seis; esto es, toda la noche, más el día siguiente íntegro y la noche completa; y esto no sin el misterio mencionado. No es, pues, un absurdo comparar el espíritu al día, y el cuerpo a la noche. El cuerpo del Señor en su muerte y resurrección era figura de nuestro espíritu y ejemplo para nuestro cuerpo. También aparece la relación del uno al dos en las treinta y seis horas, cuando a las veinticuatro sumamos doce. Las razones por las que estos números se mencionan en las Escrituras son muy diversas, y quizás alguien acertará a encontrar otras mejores que las que yo propuse, o al menos igualmente probables, e incluso más probables; pero nadie, por idiota y menguado de alcances que sea, osará afirmar que estos números carecen de místico significado en la Escritura. Las que yo especifiqué las he espigado en el campo de los autores más venerables de la Iglesia, en la atenta lectura de las divinas Escrituras, y otras las he deducido de la semejanza misma de los números. Nadie es docto si a la razón contradice, nadie cristiano si rechaza las Escrituras, nadie amigo de la paz si siente contra la Iglesia.

Un poco injustos quizá hemos sido si juzgamos a la primera que el seis es imperfecto.


JHC


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