@jhcastelano
"Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos. Por la entrañable misericordia de Nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz". Así cierra el cántico de Zacarías (Lc. 1, 67-79).
Hermosa y muy conocida oración situada en el oficio divino, en la liturgia de las horas y más concretamente en las Laudes de todos los días. Quienes tienen la bella costumbre, ya sea por precepto, o por gusto, de dirigirse diariamente con esta oración de las Laudes, ya de memoria la conocen.
Pareciera estar puesta ahí, para todos los días, con la idea de remarcar, poner énfasis y acondicionar la propia conciencia en la memoria cotidiana de dos ideas: asumir en el propio rol de la vida que estamos llamados a ser los portadores de la misión de ir por delante del Señor, preparando sus caminos durante cada día que corre, cual si fuésemos los Juanes Bautistas, los emisarios del mismo Dios y de Jesús, el Hijo amado del Padre. Llevamos la Buena Nueva, el Evangelio de Jesús a través de nuestras obras y de nuestras palabras. Si recordásemos eso todos los días, no habría lugar para las obras de las tinieblas, no daríamos paso a las vicisitudes que la vida en su resaca pudiera arrastrarnos y llevar a otros, sino que podríamos ser el apoyo de los demás, el auxilio y la fuente de la esperanza.
La otra idea es la del que nos visita de lo alto. Todos los días lo recordamos porque todos los días deberíamos esperarlo y asimismo todos los días al prepararnos y al anticipar su venida con nuestra oración, nuestras palabras, nuestros actos y nuestra disposición, entonces todos los días podríamos experimentar la grandeza de su encuentro, su visita en nuestras vidas; pero hoy, en especial, en la víspera de su llegada con la solemnidad de la Navidad, hoy más especialmente y de manera literal nos visita esa gran luz, ese sol que nace de lo alto y que viene para guiarnos por el camino de la paz y para guiarnos y disipar nuestras tinieblas.
Ojalá podamos reconocerlo así y no dejarnos llevar por la corriente mundana de hacer que nuestra cena, si es que la tenemos para esta noche, o nuestro encuentro familiar, no se pierdan en la banalidad o en la tentación de ser una ocasión para el consumo o el desenfreno sin ton ni son. Ojalá podamos, como en el salmo de hoy (Salmo 88) cantar las misericordias del Señor y construir, como David, nuestra morada para Dios, en nuestro interior, y acoger a los que buscan un refugio seguro en medio de sus tormentas.
Así nos ha de visitar el sol de lo alto, disipando nuestros errores, nuestras tinieblas, y dando calor ante el frío del invierno, que puede ser nuestra vida o la de aquellos a los que es preciso anunciarles por delante de Dios que ya viene...
ORACIÓN
Porque el mundo necesita
que el amor nunca se muera,
Ven, Señor, que se te espera.
Que se abajen las montañas
de soberbia y de pereza.
Que nos muestre sus hazañas,
el Señor con su grandeza,
y se acabe la tristeza
del enfermo dondequiera.
Ven, Señor, que se te espera.
Que perezcan las extrañas
ansias duras de fiereza,
que los valles y las mañas
cedan ante la pureza
de la Gracia; y la certeza
de la vida sea primera.
Ven, Señor, que se te espera.
Oh, Presencia que no dañas,
sino infundes entereza,
nos consuelas y acompañas,
eres fuente de riqueza,
vencedora de tristeza
y de la terrible fiera.
Ven, Señor, que se te espera.
Porque el mundo necesita
que el amor nunca se muera,
Ven, Señor, que se te espera.
Infúndenos, pues, el gozo,
como a la Virgen María.
Que veamos el dichoso
nacimiento de aquel día,
en que el brillo majestuoso
de la estrella, tan grandioso
disipó toda quimera.
Ven, Señor, que se te espera.
El mundo menesteroso,
del Bautista aprendería,
si en lugar del mal sollozo,
acondiciona la vía,
el camino venturoso
del corazón ansioso
porque la Gracia se adhiera.
Ven, Señor, que se te espera.
Finiquítese el destrozo,
la injerencia, la osadía,
el impulso belicoso
del maligno; y la armonía
prevalezca en tono hermoso.
Que el don misericordioso
triunfe de cualquier manera.
Ven, Señor, que se te espera.
Porque el mundo necesita
que el amor nunca se muera,
Ven, Señor, que se te espera.
Ven, María, a nuestra casa
como hiciste con tu prima.
Tu cariño no se aplaza,
nos conforta, nos reanima.
Anticipa a toda raza
tu calor que nos abraza
para que tu Hijo nos quiera.
Ven, Señor, que se te espera.
Porque el mundo necesita
que el amor nunca se muera,
Ven, Señor, que se te espera.
JHC

Muy linda oración
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